soberanía o nacionalismo

La jornada del jueves 6 de agosto se vivió como un triunfo popular. La movilización en las calles y en las redes obligó al bloque oficialista en el Senado a retirar el capítulo sobre la extranjerización de la tierra del proyecto de “Ley de inviolabilidad de la propiedad privada”, propuesto por el poder ejecutivo. Fue el resultado de una secuencia que se inició el 15 de julio de 2026 en Atlanta, Estados Unidos, cuando los jugadores de la selección mostraron una bandera con la leyenda “Las Malvinas son argentinas”, al finalizar el partido de las semifinales del mundial de fútbol en el que vencimos espectacularmente a Inglaterra. Pocas veces se ha visto una conjugación política tan virtuosa entre aquel gesto mínimo pero estridente protagonizado por lejanos ídolos deportivos y una fuerza multitudinaria que pudo ponerle límites a la prepotencia de la ultraderecha. Un acto de resistencia, parcial y defensivo, pero también una señal de recomposición de un sujeto democrático que está comenzando a buscar modos de expresión acordes con los desafíos del presente.

Ese golpe, además, no fue un rayo en cielo sereno. El signo de vitalidad opositor se dio en el contexto de un deterioro significativo de la economía, que está ingresando técnicamente en recesión. Las estadísticas registran un aumento notable de la pobreza y del endeudamiento social. La malaria motiva un descontento creciente incluso en sectores de la población que se vieron atraídos por la promesa de Milei y empiezan a sentirse defraudados. Aun así el gobierno libertario acelera, no piensa ceder y tampoco tiene (ni quiere tener) un plan B. Es a todo o nada. Ante el evidente descenso del apoyo con el que contaba en las encuestas y el resquebrajamiento de las alianzas al interior del sistema político, apuesta todo a los poderes foráneos. Intenta salir por arriba. Invoca a las fuerzas del cielo.

Y en un giro farsesco que incuba consecuencias dramáticas, el presidente menos nacionalista que ojos humanos hayan visto sacó de la galera la causa de Malvinas para intentar recobrar la iniciativa. Es archiconocida la frase del filósofo barbudo, según la cual “todos los grandes hechos y personajes de la historia universal se producen, como si dijéramos, dos veces: una como tragedia y la otra como sainete”. Quizás vaya siendo hora, en la época de la inteligencia artificial, de agregar un tercer pliegue a esa experiencia del déjà vu: la del cinismo. Ni trágico ni bufonesco, más bien siniestro.

no les presentaremos batalla

El jueves 3 de septiembre el presidente argentino sorprendió con una cadena nacional en la que habló del inminente inicio de una explotación petrolera offshore bajo control inglés en aguas argentinas, y anunció: “vamos a desplegar todas las herramientas del Estado, diplomáticas, económicas, judiciales y legales para disuadir a los actores estatales y no estatales que violentan nuestra soberanía”. Dos semanas más tarde envió al Congreso un proyecto de ley que propone la creación de un Consejo de Seguridad Nacional, organismo de impronta bélica. Y a finales de mes llevó el reclamo a la Asamblea General de las Naciones Unidas, con un explosivo discurso en el que acusó a la ONU de ser “una organización inútil, que solo sirve para alimentar a una casta de parásitos fatalmente arrogantes disfrazados de burócratas bienintencionados”.

La reminiscencia de la guerra de 1982 es desconcertante, aunque está por verse el grado de eficacia que pueda conseguir la maniobra esta vez. En el plano geopolítico, es muy posible que los libertarios terminen haciendo el ridículo como sus antepasados militares, ilusionados con el cálculo de que los Estados Unidos abandonen a su histórico socio inglés y arbitren a favor del súbdito rioplatense. Al mismo tiempo, no hay que perder de vista que atravesamos un período de desorden mundial y que el apoyo israelí al reclamo argentino es un indicio a tener en cuenta.

Si de lo que se trata es de una maniobra puramente distractiva, cuesta pensar que un gobierno tan faccioso y antipolítico logre activar los resortes necesarios para poner en marcha algo parecido a una causa nacional. Sin embargo, las primeras reacciones de buena parte del campo popular y democrático, tal y como sucedió en plena dictadura, son preocupantes. La causa de esa falta de anticuerpos ante un embuste tan obvio es la identificación entre nacionalismo y soberanía. La operación de la ultraderecha consiste en exaltar el patriotismo, a costa de rifar la capacidad de decidir nuestro destino. La dificultad colectiva para articular una respuesta decidida se debe a la carencia de imaginación política o de actualización doctrinaria.

Sobre el cierre de este número la Corte Suprema de Justicia irrumpió de manera escandalosa con un fallo que derriba la victoria popular de agosto y libera toda barrera para la compra de territorios por parte del capital foráneo. No se trata solo de una señal de apoyo al gobierno de Milei, hay algo más aciago aún: la cúpula judicial emitió un mensaje nítido de que pretende blindar las prerrogativas otorgadas por la administración libertaria al poder económico, el verdadero soberano. Con esta decisión el sistema político prácticamente clausura cualquier posibilidad de encontrar canales institucionales que expresen las demandas mayoritarias y la defensa de los intereses nacionales. Durante las próximas semanas veremos si el Congreso asume su papel de contrapoder, pero la sensación es que se restringe todavía más el campo democrático y como única salida va quedando la ruptura del orden existente. Eso se logra en las calles, desde abajo y asumiendo el riesgo.