la hermosa gente al final del camino | Revista Crisis
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la hermosa gente al final del camino
Mayo es un mes que recuerda a Haroldo Conti por partida doble: nació un 25, en Chacabuco, en 1925, y fue secuestrado y desaparecido un 5 de mayo en 1976. Esta crónica publicada en la revista crisis #21 muestra al autor de Sudeste en todo su esplendor, con un texto que tiene el fluir del camino y la conciencia, al estilo Kerouac, y que sin respiro nos mete de lleno en la experiencia de Libre Teatro Libre, que ponía en escena la realidad de los trabajadores de los ingenios azucareros en Tucumán. El resultado: un reportaje circular que hilvana sensibilidad y lucidez política.
07 de Mayo de 2021

 

Comencé esta nota exactamente cuando el ómnibus de la Chevallier reculaba en el andén N° 10 de la terminal de Córdoba y Lindor se alejaba entre la gente con una mano en alto, saludando más bien al mundo, a todos los que caminan y andan en la gran noche argentina, entre la gente, los gritos, el olor a empanadas criollas y la voz horrible de Carlitos Pueblo Rolán que cantaba por milésima vez “El bombero”. La terminal se achicó en el recuadro de Ia ventanilla como un islote de apiñadas luces suspendidas en la oscuridad y entramos en la noche con un blando sacudón de elásticos, gomas y amortiguadores y yo eché a correr por esta nota. Pero mientras mi cuerpo avanzaba rumbo o Baires a 120 km por hora, mi cabeza recorría el camino a la inversa, de manera que calculo nos debimos cruzar más o menos en Bell Ville. Ahí me vi a mí mismo pasar acelerado rumbo a Córdoba, preguntándome entre un bostezo y otro qué diablos iría a ver allí a la otra noche, en el Teatrino de la Universidad y si se justificaba en alguna forma que recorriese 700 kilómetros nada más que para ver una obra de teatro en medio de una ciudad sitiada. Ahora, de regreso, comprendo que no tenía otra forma de verla y que en realidad la función, para fijar un tiempo, había comenzado en el momento mismo que ya hora intempestiva, cuando justamente me preparaba para salir en otra dirección, me ordenó: "Los esperamos, tren Mitre a las 10. María”. No precisaba el día y la hora, era más bien otro motivo de confusión pero en eso justamente vi el huesudo y brillante dedo del destino. Después, ahora, comprendería que en ese mismo instante se había levantado el telón y comenzaba la gran función “El fin del camino”.

Mi experiencia con el teatro es breve pero más o menos alucinante. En 1956, en las Primeras Jornadas de Teatro Leído (las primeras y las últimas) organizadas por la secretaría de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, se leyó una obra mía más o menos hermética titulada “Examinado”. En mitad de la lectura y en el momento que uno de los actores gritó: “¡Hijo de puta!”, un señor de la platea saltó como pateado por la butaca y pidió también a los gritos un voto de censura para la precitada Secretaría de Cultura. Por aquel tiempo un hijo de puta en el teatro era relativamente una novedad. Recuerdo que en medio del alboroto que siguió después, mi tía, que era hija de María o algo así, estrujó un helado como si fuera el cogote de una gallina chorreando crema sobre su vestido más nuevo, y mi tío que se sintió tocado en el honor familiar, desafió al señor del voto que seguía gritando contra la Secretaría de Cultura. Se impuso al fin la libertad de expresión y el condenado del actor arrancó desde el mismo hijo de puta cuando bien pudo saltearlo por esta vez. Mi obra, en la votación final, salió última. Pablo Palant me abrazó a la salida y contra toda esperanza, me auguró un futuro de conquista cuando yo en su lugar me habría dicho que hiciese un bonito fuego con todos los papeles. Gracias, Pablo. No nos hemos visto desde entonces pero juro que jamás olvidé esa hermosa exageración y que además la tomé al pie de la letra. No sé si fue un favor exactamente pero por haber persistido tuve otros muchos fracasos y algunas alegrías, como esta de correr y correr en la noche loca todo fuego y ansiedad.

Febrero del 71. En una guagua pechadora ascendemos trabajosamente por verdes laderas hasta Topes de Collentes, en las sierras de Escambray. Entre otras cosas vamos a asistir a una representación del Teatro de Escambray. A mí me da más bien en las pelotas, pues pienso en un escenario, telones descoloridos, raídas bambalinas, juegos de luces y todas esas cosas de somero artificio que tienen tan poco que ver con el aire limpio y abierto que vamos atravesando. Pero cuando me quiero acordar yo mismo estoy actuando en cierta forma. Me he sentado al borde de un claro en el bosque entre cafetos delirantes y salvajes helechos arborescentes y como quien no quiere la cosa después del suave rasgueo de una guitarra, los compañeros con las mismas ropas de vida comienzan (lo advierto recién al rato) a representar un cuento para niños de Onelio Jorge Cardoso. La historia nace sin elevaciones de telón, de la tierra, los árboles, el arroyo que corre mis abajo. Es un teatro, si no hay más remedio que llamarlo así, de la vida. Además del arrebato de la historia, saqué de ahí todas las otras hermosas historias de Onelio y después, en Lima, mi amistad con este magnífico cuentista. Aquel teatro, del cual Dahd Sfeir, con quien compartimos el día, habló muy bien en esta misma revista (N° 6), me había enriquecido, yo bajaba de los Topes colmado de nuevos dones. Ese fue el segundo suceso en esta breve experiencia. El tercero lo estoy viviendo todavía y esta nota a 120 km es una parte.

Entramos a Córdoba en la somnolienta mañana del domingo 20 de octubre que para mí recién amanece, entre paredes abarrotadas de leyendas y rojas estrellas. En la terminal no había nadie conocido, por supuesto, pues había quedado establecido que nos esperaban en el Mitre. De manera que de allí nos fuimos a lo de Malicha Leguizamón que con su natural elegancia supo disimular muy bien el hecho más o menos descabellado de aparecer en la puerta de su casa a esa hora con cara de sonámbulas y un par de valijas. Algo después vino Pepe Robledo del LIBRE TEATRO LIBRE, y después de discurrir por calles adormecidas fuimos a dar a una casita de las afueras donde despertamos a Roberto y al rato comenzó a congregarse la gente del LTL. Habían tenido función la noche anterior; con lleno, de manera que contaban ya con algún dinero y nos podían agasajar con un asado y vino de raspar. Sin notarlo, como en el Escambray, la función de vida estaba progresando. “El final del camino” había comenzado en cierta manera. Con discos de fondo de la Violeta y uno muy bueno de la propia María y otro muy loco de Les Luthiers, los muchachos nos fueron contando de las novedades del teatro y de las novedades de Córdoba, que se combinaban y conjugaban y que, a la noche, en tono mayor, iban a reaparecer de alguna forma en el trabajo del Teatrino. Esta es la cosa. Esa corriente común, esa interacción, esa vida. Vida y teatro, teatro y vida, teavida, todos revestidos y actuantes en continuo, sin censuras, ni telones, ni actos ni entreactos. Nosotros en ese momento éramos ciertos actores invitados que entrábamos a participar de esa vida iluminada. Tan todo de ex profeso in situ ad hoc que con total naturalidad asumí mi parte y me puse a hacer el asado pues era el actuante que estaban esperando y aun concibiendo y yo les salí un poco de la cabeza. La charla y el vino siguieron hasta el anochecer y en ese punto, sin transiciones de notar, partimos para el Teatrino. En el Teatrino, que lo más grande que tiene es el nombre y que por lo demás, de tan chico, uno está entrando continuamente en alguna otra parte, ya revestidos y participantes echamos mano con absoluta naturalidad en el trabajo previo, aunque previo es una forma de decir, pues todo transcurre sin marcas, ni excelencias. Yo ayudé a colgar un teloncito que debía desplegarse en una de las últimas secuencias y luego acomodé las sillas mientras Marta secundaba en el control de las entradas. Como todo está tan próximo y discurre en esa forma de seguido pude, sin dejar de hacer lo que tenía entre manos, charlar con algún amigo que hacía cola, salir o entrar (a esta altura los espacios se habían trocado) a respirar el aire rumoroso de la gran noche con árboles empapados y no sé si cuando volví de uno de esos viajes más o menos imaginarios o bajaba de una escalera o saludaba a otro amigo, Julio tomó unos papeles de un pupitre y empezó a hablar y por cierta iluminación interior, no disponía de otro dato, me di cuenta de que había comenzado.

 

el fin del camino

Meses antes, a propósito de otro viaje a Córdoba, había oído hablar del proyecto. Los muchachos ya habían estado en Tucumán y tenían todo el material, incluso estaban trabajando sobre él. Entonces me pregunté, y hasta el momento en que empieza a hablar Julio me preguntaba todavía cómo diablos iban a hacer para darle forma teatral. En qué engendro podía terminar todo eso. La respuesta comenzaba a desplegarse ante mis ojos y de alguna manera salía de mí mismo, pues a lo largo de hora y media yo me sentí surco y caña, melaza, miseria, Tucumán. El proyecto nació un año atrás cuando el grupo, en su búsqueda de un teatro-documento, se planteó la posibilidad de investigar la realidad tucumana. Se trataba, fieles a la línea que se habían trazado, desde un comienzo, de relevar rigurosamente una realidad determinada. analizarla, criticarla, cuestionarla, descubrir sus contradicciones, para luego volcarla en un lenguaje teatral adecuado y proponerla a los protagonistas de la historia: el pueblo. Éstas ya no son mis palabras sino que copio una nota de LOS PRINCIPIOS que reproduce a su vez una declaración del grupo LTL. Yo también estoy llegando a la nota colectiva. Mi aporte personal es que estoy leyendo esta nota frente a una taza de café y un platito de áridas medialunas en el parador de San Pedro mientras a través de los vidrios el cielo se enciende con una claridad mugrosa y la puta tristeza del regreso me salta al cogote y me pregunto por qué no me moriré aquí mismo y que los mozos me entierren con un especial de la casa al borde de la ruta 9. Pero pienso que debo terminar antes este trabajo y eso me ayuda a atravesar las pálidas llamas de este nuevo amanecer. El grupo LTL, que tiene bastante de circo vagabundo, se instaló al final del camino, es decir, en Tucma que en quechua quiere decir justamente "el fin del camino", digámoslo de una vez y sin ayuda de Borda Leaño. Si los tucumanos no pueden vivir de Tucumán menos lo iban a hacer ellos por más "cancheros" que fuesen en esa cosa del hambre, como dice Lindor cuando le preguntamos de qué comen en general. Comen en general. Fueron tirando del teatro, de qué otra cosa. Daban "Contratanto", "La mayonesa se bate en retirada”... y de ahí salían los pesos suficientes para mantener el cuerpo vivo. Trabajaron en los ingenios, barrios, facultades y al final de las funciones charlaban con la gente, grabando, acopiando información, documentos, todo el material que luego iban a plasmar en la obra o trabajo, como prefieren decir ellos, que yo estaba viendo ahora. Luego, ya de regreso a Córdoba, vino la etapa siguiente, es decir, ordenar y clasificar toda esa acumulación de temas, historias, anécdotas, mitos, leyes económicas, literaturas, notas periodísticas, reseñas. etc. De la síntesis de estas dos experiencias (la vida en Tucumán durante un par de meses y la organización y estudio de los datos recogidos) salió el esquema conceptual básico de "El fin del camino". Vino luego la etapa que a mí me llenaba de dudas. La búsqueda del lenguaje apropiado para expresar todo esto. Es ahí donde se ven los pingos. El LTL ya había cubierto la experiencia en forma inmejorable en "Contratanto", trabajo sobre la tarea de los maestros, sus problemas y cuestionamientos a todo nivel. Aquí aplicó la misma mecánica. El trabajo, desde ya, es colectivo. Todo es colectivo. Desde el hambre hasta armar un escenario. Dos grupos o equipos escogen un tema, la gestión del ministro Salimei o el Quintazo (1972) o el cierre de los ingenios en el 66, por ejemplo, y a partir de ahí improvisan. A medida que improvisan van ajustando una línea que finalmente se resume o concreta en un texto muy simple que inmediatamente comienzan a enriquecer hasta lograr una forma representable, no definitiva, pues la obra se sigue ajustando, interminablemente, aun después del estreno, como resultado de evaluaciones, debates y sugerencias posteriores que provienen muchas veces del propio público. Pues usted paga la entrada no para ver una obra sino para participar en un trabajo. Yo lo comprobaré al día siguiente, es decir, en el tiempo de esta nota cuando estuviese atravesando la General Paz ya al fin de mi camino.

Después del viaje, el asado y la charla y con mi inveterada propensión al autolamento yo estaba al borde de un síncope. Pero, tras la primera experiencia, francamente deslumbrado y aun sobrecogido por el desarrollo del espectáculo, sobre todo a partir de las escenas de “el pueblo fantasma” y “alegría del trabajo” de una arrolladora poesía, yo echaba fuego por todos los lados y mentalmente me conjugaba con aquella singular representación, perdurando en un tiempo intenso, finito, llama y llama, fuego y fuego, todo vida. En el arrebato final salté por encima de sillas y butacas y cabezas y abracé a María Escudero. Yo acababa de estar en Tucumán, de atravesar su historia, de sudar su trabajo y padecer y amar su tierra, de levantarme de entre los muertos tucumanos y juntar mis manos a la de los vivos, de cortar y estrujar y golpear la caña y disparar el canto final como si acabase de nacer en Lules o La Ramada. Es probable que cuando la obra se represente en Tucumán, si las circunstancias lo permiten (ya Roberto ha viajado para allí y reporta que las cosas pintan bien) apenas si reconozca algunas escenas, porque el trabajo no se detiene, se enriquece constantemente, pero de cualquier forma el objetivo se ha conseguido amplia y bellamente. Del mismo modo que en “Contratanto", a través de la educación, se trataba de entender una realidad más general en “El fin del camino" al abordar los mecanismos de producción del azúcar en Tucumán se cuestionan las leyes económicas que rigen a nuestra sociedad y por lo tanto las relaciones sociales que se dan en ella con todo el contorno de historias que se desprenden de la misma y le dan un relieve humano que se eleva a drama universal. Yo creo que sin haber oído siquiera el nombre Tucumán podría a partir de este trabajo entender y compartir su historia de una punta a otra.

 

Los muchachos aprovechan la pausa para un buche de ginebra mientras otra fila empuja a la entrada para la segunda de la noche. Nosotros nos vamos con la cabeza en llamas a echar un sueño a una casita en un barrio obrero, a medio terminar, con un negocio al frente. Es la forma de seguir participando. Porque el trabajo, la función no ha terminado. Una bomba nos despierta a las siete de la mañana y de allí nos vamos entre polvo y sudores al Tiro Viejo, una dependencia de la Escuela de Arte, para reunimos con el grupo y evaluar la Función de la noche anterior. Lindor, ante todo, hace un prolijo reparto de lo recaudado en las dos funciones. Una parte va a una caja común para gastos generales (el viaje de Roberto, por ejemplo, que ya está al partir) y luego el 10 % para cada uno de los muchachos. Son unos 40 mil pesos por cabeza. Con eso deben tirar la semana entera. En general, y tuvimos que padecerlo más o menos revolucionariamente, hace tiempo que han perdido la costumbre de las dos comidas diarias. Muchas veces apelan a una especie de olla popular de tamaño reducido, se prestan sus ropas, viven como los cómicos de la legua de manera que el hambre que representan es bastante auténtica. Uno por fuerza piensa en los chantas que se costean el viaje hasta Nueva York para estudiar en el Actor's Studio o los tilingos que cobran millones de pesos para comer frente a una cámara de televisión. Estos muchachos, en cambio, que acaban de ser invitados al festival de Nancy y que nos representaron orgullosamente en el de Manizales y que significan un verdadero aporte en la cultura argentina tienen a estas horas que andar mendigando una sala para hacer su obra medio en secreto bajo la ominosa acechanza de un sistema que ni siquiera tolera un teatro que se llame libre y menos dos veces pues simplemente le jode la mera palabra. La función o el trabajo, continúa. Intentamos una evaluación de la obra trabajosamente, poniendo cara de honoris causa, frenando en lo posible los elogios. Hay una secuencia que quizá se pueda transponer. Ya lo habían pensado. Están seguros que con el tiempo irá cambiando sola de forma. Los debates y evaluaciones posteriores la pondrán a punto. Como Cristina debe viajar a Baires, Susana es designada para reemplazarla e inmediatamente comienza a ensayar su parte. En general cualquiera sustituye a cualquiera. Todos hacen lo de todos. No hay primeras figuras, nadie es indispensable. Yo mismo podría hacer ahora de Rey Azúcar o del cura Soldati. A partir de cada uno de ellos podría reconstruirse el LTL por entero. Cuando terminamos con esto (¿terminamos?), ya son las siete y afuera el atardecer cordobés tira fuerte, ingresan a la sala Raúl Dorra, Glauce Boldovin, Gustavo Cosacov. Son parte del grupo de escritores que integran con los restantes grupos de trabajadores de la cultura como Canto Popular, por ejemplo, una incipiente coordinadora o frente que impulse una tarea común. Más o menos van entendiendo todos que el espacio se estrecha, que llegará un momento en que recitar, no ya escribir, el "Lamento por la mano de Arthur Donovan” será un acto insoportable de la perversa sinarquía, resultado de las infiltraciones de fuerzas oscuras en el cuerpo de nuestro ser nacional, además de filtrarse en el mate de Juan Gelman. Ya vamos comprendiendo por qué se reventó a Lorca. Ya vamos aceptando que ser poeta o cantor es un delito y a estas horas parece que Éluard tuvo razón cuando dijo que la poesía es subversiva. Espero que no se olviden de los novelistas porque nosotros siempre llegamos tarde. A los escritores, además de escribir bien o mal, nos resulta difícil hacer cualquier otra cosa, a no ser hablar como descosidos. María que, para su desgracia, escribe, actúa y canta (debiera hacer una cuarta cosa, por cábala) aparte de estar, como es natural, en el grupo de teatro, está también en el de canto y, por supuesto, en el de escritores. Es un frente en sí misma. Yo traigo noticias de Baires. como es de suponer, porque también aquí se producen noticias. También aquí (casi estoy llegando a aquí) se nos han ocurrido cosas porque sucede que aquí también nos apalean, nos vuelan o nos matan por un quítame allá ese poema. Nos cuesta encontrar el camino a los de allá y los de aquí, pero después de una hora de tanteos y balbuceos echamos pie en las recientes jornadas de Vaquería y a partir de ahí surge un proyecto concreto: una SADE combativa, no lavativa. Una SADE que se identifique por su voz en alto y no por sus inexplicables silencios. Una SADE de escritores vivos y no muertos "a priori". A la tarde siguiente, horas antes de la partida, tenemos ya una reunión a nivel de frente o coordinadora. Con el LTL como eje. Salimos a los tiros del Tiro Viejo rumbo a la terminal hablando todavía, proyectando, amarrando, combinando, actuando y participando en esa ininterrumpida que es el LTL. Sin puntos, ni pausas. Y con el invalorable fondo de Carlitos Pueblo Rolán, el ómnibus de la Chevallier echa para atrás. Lindor levanta una mano. El ómnibus se embala y la noche cordobesa se llena de chorreantes luces que corren hacia atrás por el cristal de la ventanilla. Yo reclino el asiento y empiezo mentalmente esta nota, barajando títulos, ideas sueltas, algunas frases. Doce horas después (ahora) entraré a mi casa, juntaré la correspondencia que Guillermo Boido ordenó sobre mi mesa. Implantaré allí, en un claro, mi ruidosa maquinita y todavía con ropas de viajero comenzaré de nuevo este largo y arrebatado viaje hasta el fin del camino.

Fotos al ejemplar de la revista original: Jazmín Tesone.

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