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a jurar en jogging
Federico Fagioli tiene 28 años, vive en un asentamiento de la zona sur del conurbano, y este domingo puede ser electo diputado nacional por la provincia de Buenos Aires. Entre la estigmatización de quienes los acusan de choriplaneros, y el correctismo careta de los que llegan para hacer buena letra, tratará de hacerse un camino que no lo deposite en la marginalidad y el pintoresquismo político. ¿Se puede ir de la villa al palacio, del galpón a la banca, de la calle a la rosca, sin dejar la piel en la puerta del Congreso?
Fotografía: Gala Abramovich
23 de Octubre de 2019

 

Fede tiene pinta de buen chabón. Recuerda a esos amigos a los que le podés tocar el timbre de madrugada o tirarle un mensajito SOS y activan al toque. Tiene el chip de la horizontalidad incorporado; cuando habla y cuando mira no impone esa lejanía y esa jerarquía involuntaria que despliega mucha militancia con cartel que siente que se tutea con la historia. Todavía hoy vive medio como un flash que a partir del 10 de diciembre vaya a ocupar una banca en la Cámara de Diputados de la Nación representando a la provincia de Buenos Aires, si es que se repiten los resultados de las PASO. “Yo no le pongo una carga tan importante a entrar al Congreso, sé lo que implica como responsabilidad, pero mi felicidad principal es que se vaya el macrismo, y mi preocupación principal es que los sectores populares podamos salir de esta situación”.

Nació en Quilmes y de pibito el trabajo del padre obligó a la familia a mudarse a un barrio popular en la provincia de Río Negro, para luego vivir años bajo la imposición de esa feroz ley que por estos lares a tantos nos marcó: padre que se toma el raje y madre con coraje que aguanta la parada. La vieja, con título de docente y tres pibes bajo el brazo, le puso el cuerpo a la crisis del 2001.

Un día Fede se cansó de los fuertes vientos y el clima seco de Cipoletti, y decidió quedarse a vivir en el conurbano sur. Un paso fugaz por la carrera de Psicología y “empiezo a militar en lo que va a ser el movimiento popular La Dignidad en el año 2009”, rememora entusiasmado. “Empecé a trabajar, trabajar, trabajar; terminé dedicándome a full a la economía popular y a la militancia que implica un compromiso con mi sector, con mis vecinos y vecinas de la villa”.

“Estamos sub-representados, estigmatizados y silenciados; quienes nos ningunean tienen que entender que vamos a participar de La Política: no estamos pidiendo permiso; llegó el momento de que nos auto representemos”, avisa Fede.

 

militancia ateerre

En la geografía conurbana, en esa “franja” caliente, compleja, heterogénea, caótica y carcomida por brutales facturas sociales y económicas, en ese hermoso quilombo vital que sigue marcando el pulso y el estado de ánimo de las mayorías populares, Fede aplicó por más de una década una militancia 24/7. “Siempre tuve una militancia muy ateerre en el barrio. Una rutina de ir y caminar y estar con cada uno de los y las compas en todas las situaciones que haga falta. Eso no va a cambiar porque tengamos un lugar en la Cámara. Vamos a dar la disputa desde ahí”. Nueva perspectiva y vieja esencia que no se altera, a la que llama “construir consultando”.

Hay empresarios que por suerte en breve dejarán de posar sus delicadas manos en la botonera estatal, hay políticos y políticas profesionales -de la buena y de la mala rosca- que vuelven a adquirir protagonismo, hay dirigentes cachivaches de todo tipo, hay también mucha militancia con OSDE. Todo eso abunda: faltan más Fedes, podría decir un eslogan de campaña.

Los y las que provienen de la militancia territorial combinan estímulos morales, mística barrial, “sentimiento de unidad y comunidad”, y un empirismo que permite la verificación sensible inmediata de lo-que-se-hace en esa Realidad efectiva que no se escrolea, sino que se camina, se chapotea, se vive y se desea transformar, porque se la concibe materia maleable. De ese roce cotidiano con las cosas, de esa labor como influencer, pero del cara a cara, proviene el sentido de las metáforas políticas duras a las que se recurre: la Realidad te destruye, pero también se construye. “Estamos sub-representados, estigmatizados y silenciados; quienes nos ningunean tienen que entender que vamos a participar de La Política: no estamos pidiendo permiso; llegó el momento de que nos auto representemos”, avisa Fede. Y remarca la lejanía sensible de los que hablan de la pobreza sin vivirla: “Siempre digo que es fácil militar cuando tenés todas las necesidades básicas garantizadas; cuando todos los dramas están enfrente tuyo es complicado. Por ejemplo, la cuestión del narcotráfico, que la vivís de lleno y tenés que pararte de manos para que no avance y te coma la vida de los pibes, y ves que la policía es cómplice. Me acuerdo que el macrismo le pedía a los vecinos y a las vecinas que denuncien dónde estaban en su barrio: una locura, es mandar al vecino al muere. Es no entender nada”.

Entre los que hablan de la pobreza sin vivirla hay varios a quienes el acento del barrio les sale decididamente mal. Hablan y la ficha de clase salta. Pero ahí Fede es tajante: una cosa es la “culpa de clase” de los que hacen turismo popular o que caen un rato a hacer apoyo escolar y luego se van, aunque puede ser útil, y otra cosa son los que se comprometen en serio y van a fondo. “Hay compañeros y compañeras que han hecho el proceso de vivir la pobreza, de estar, de compartirla; han nacido en una familia de guita, pero rechazan esos privilegios de clase y entienden que hay que dejar todo para sacar a la gente de la situación de pobreza”. Están los y las que deconstruyen sus privilegios de clase y rajan de la zona de confort –en continuidad con aquel gesto de la militancia setentista que asumía la opción por los pobres o la proletarización–, para tener una presencia full time en el barrio. Y hay también un proceso que suele pensarse menos: el de los vagos y las vagas de los barrios populares que rechazan sus destinos de clase y se mandan a “la opción por La Política”. Por el camino que pinte o se pueda, si hay berretines colectivos y soportes grupales las ganancias se socializan, las derrotan no se privatizan y se ataja al cuerpo individual por si pinta algo de vértigo o incertidumbre.  

el que se enoja pierde

Una vez, hace muchos años, escuché en un pasillo de la vieja Facultad de Sociales a un pibe que le decía a una piba, “vos eras de Gleid, ¿no?”.  La evocación del porteño desorientado siempre arranca una risa conurbana. La localidad en cuestión, Glew, no tiene nada que ver con ese aromatizador doméstico recheto, forma parte del distrito de Almirante Brown y queda bien lejos de la ciudad de Buenos Aires y de La Plata. Metida en el conurbano profundo, ahí donde dobla el viento –y hace, fuera de joda, dos grados menos que en Capital–, Fede y sus compañeros y compañeras se unieron para hacer un barrio nuevo, de cero. “Había un predio abandonado hace muchos años, parece que era de una empresa que quebró y no dejó herederos. No tenía dueños, pero una inmobiliaria venía pagando los impuestos (como suelen hacer en el conurbano y en gran parte del país para después apropiarse de una tierra que no les corresponde). Los vecinos y las vecinas le venían reclamando al Estado que construyan una plaza para jugar, una canchita, algo... Porque en ese predio sucedían hechos delictivos y se había convertido en un basural. No había respuestas, entonces en el año 2014 nos lo pusimos al hombro y entramos al predio que no estaba siquiera alambrado. Sabiendo que detrás había una inmobiliaria que quería especular con el terreno y hacer negocios, decidimos transformar el baldío-basural en un barrio para 115 familias”.

Mientras lo escucho me suena en la cabeza la canción “Sirva otra vuelta, pulpero”, en la que un Ricardo Iorio con sus últimos reflejos antigorra homenajea una toma de tierra: “Que el terreno yo le he marcado y seguiré haciendo changas, pa´poder edificarlo. Es que nunca habrá más torniquete que vivir con dignidad en la pobreza”.

En el programa Nada personal, Fede le cuenta en tono suave y didáctico a Viviana Canosa como construyó su casa y le muestra con un ejemplo efectista la diferencia entre su barrio y cualquier barrio urbanizado: “Vos seguro abrís la canilla y podés tomar un vaso de agua potable. Nosotros no”. Cuando mueve el brazo izquierdo para levantar el vasito del ejemplo, se le ve la manga tatuada que incluye una América Latina, junto a los rostros de Zapata, Fidel y el Che. En el otro brazo tiene un Gauchito –aunque no se considera religioso, banca fuerte la creencia en el santito más vago y popular– y un escudito de River.  Le pregunto si a las diferentes capas de escrachos –que incluye el álbum familiar de piel y tinta– le va a sumar el logo de campaña en el que se ve la cúpula del Congreso de la Nación, el hashtag El barrio al Congreso, y abajo un Fagioli en colores fluos bien turros. Ríe y responde que ni a palos. Le pregunto también qué onda verse en las pantallas de TV: “Al principio genera incomodidad, pero uno se va acostumbrando. Todos los lugares que nos sirvan hay que aprovecharlos para visibilizar nuestro programa y nuestro proyecto político, porque no somos solo un cúmulo de necesidades y quejas. Hay que llenarse de fuerza para dejar de lado la vergüenza y el pudor”.

Pero el imperio de las formas televisivas y esa cultura pública tan careta hace que lo políticamente correcto te impida hablar “a cara de perro”. Hay que ser sincero, pero no bardear al pedo. Si te regalás y tirás una palabra de más te cae toda la maquinaria mediática para exponerte hasta la saturación. Esa lógica moralista contiene una ancha zona de atención mediática y pública para que alguno se tiente, tire chaskibún y provoque un gran estruendo. La pantallita te va curtiendo y aclimatando, te regula la térmica para que no salte, o para que si pasa no desborde los decorados televisivos. En un cruce que tuvo con Florencia Arieto se le pone la cara tan roja como la barba, levanta las manos, eleva la voz –“porque no te dan pelota”– y se la banca muy de visitante, “igual sé que esto es como en el barrio; el que se enoja pierde”.

 

los 400 amigos

Hay en Fede un “guevarismo barrial”, una especie de foquismo suburbano que en la década del noventa se hizo canción, remeras, tatuajes y trapos. Y una austeridad que le debe más a cierta indiferencia por el tuneo sofisticado y por el ostentar que nos legó el rock barrial, que al despojo pregonado por Francisco últimamente. Esa ética se traduce en posturas firmes: “A nosotros no nos interesa ganar 200 mil pesos y enquistarnos en el silloncito. Al contrario, eso nos parece injusto cuando hay gente que vive con 8 lucas”.

Desde el cierre de listas en el mes de junio y su lejano número 21 que –recuerda– costó muchísimo cerrar, aumentó la sociabilidad política, el reunionismo y le engordó una agenda nueva con demasiada amabilidad impostada: “gente que antes no te abría las puertas ahora se te hace la amiga; personajes que no te recibían ahora te reciben; personas que no te estimaban ahora te estiman. Pasás a tener cuatrocientos amigos en dos días”. También recuerda a diputados y diputadas que en los últimos años se hicieron los giles y los dejaron plantados cuando fueron al Congreso a discutir la ley de barrios populares y la ley de góndolas. “En las audiencias muchos terminaban de hablar, se iban, y nos dejaban a ‘los invitados’ hablando solos. Eso tiene que cambiar en la política argentina: la distancia que muchas veces generan con ‘la realidad’ es muy grande”. 

Antes del cierre de campaña los días se aceleran demasiado, pero su rostro transmite un cansancio feliz; agotamiento del bueno que es pura adrenalina, que se gasta y se renueva manteniendo al cuerpo manija. “Es difícil quemarse haciendo lo que a uno le gusta. Además, tengo mis cables a tierra en los amigos con los que me junto y la familia. Disfrutar con mi compañera y mi hijo en el regreso a casa es lo mejor que hay”. En la hora 25 del día, y si la internet de mierda no anda como el orto, se puede poner el cerebro en modo avión y pispear una serie: “estuve mirando Peaky Blinders”.

La noche del domingo 27 será diferente. Fede estará dando vueltas en el búnker del Frente de Todos, se sentirá un poco sapo de otro pozo, tendrá quizás ahí nomás a Alberto y a Cristina, y festejará con las muchas y los muchos que esperan con ansias despedir a los gatos blancos que arruinaron el país. Pero pensará también en los jodidos meses por venir, en los desafíos colectivos que esperan, y en esas convicciones y berretines de “barro y barrio” que no piensa dejar en la puerta de la cámara de diputados.

 Veremos si no olvida su primera promesa: “voy a jurar en jogging”.

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