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adiós a los pulgares arriba
La apuesta de Cambiemos por concentrar sus esfuerzos de campaña en WhatsApp es el correlato de una serie de circunstancias técnicas, comerciales y políticas que relegaron a Facebook del top de las preferencias. Pero ambas redes sociales, así como Instagram, pertenecen a la misma corporación de extracción de datos humanos. Apuntes sobre la transición del “Me gusta” a lo más oscuro de los inodoros de la ideología.
Ilustraciones: Martín Rata Vega
20 de Febrero de 2019

El jefe de Gabinete de Ministros Marcos Peña acierta al considerar que Facebook está en “decadencia” como herramienta electoral. Pero acierta aún más en interesarse por las posibilidades estratégicas de WhatsApp, la red social donde hoy confluyen los análisis más abarcadores acerca de quiénes somos, cómo pensamos y qué deseamos. Ambas empresas forman parte de la corporación de extracción de datos más importante del orbe, un negocio en el que se construyen muchas de las fantasías políticas, económicas y culturales de lo que en Occidente, todavía, se considera el orden democrático.

Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook y la quinta persona más rica del planeta, ha llegado a convertirse durante los últimos meses en el CEO que mejor conoce lo que se puede ganar (y también perder) al controlar las bobinas digitales de una industria que está en contacto permanente con 4000 millones de conciencias en todo el mundo; es decir, algo menos de la mitad de la población terrestre.

 

monopolizar la democracia

Ahora bien, si en Brasil la última elección presidencial demostró la manera en que WhatsApp, que es propiedad de Zuckerberg desde 2014, puede usarse para difundir contenidos estratégicos en favor o en contra de un candidato, en Alemania en cambio se están forjando algunas nuevas lecciones acerca de Instagram, otra de las redes bajo su control desde 2012. En febrero de este año, de hecho, el Bundeskartellamt (ente regulador de la competencia) le advirtió a Facebook que debía dejar de combinar los datos de los ciudadanos alemanes recolectados a través de sus distintas plataformas, ya que se trataba de una práctica sin “consentimiento voluntario”.

Luego de tres años de investigación, las autoridades habían establecido que Facebook, a través de la recolección simultánea de datos desde tentáculos como Instagram y WhatsApp, estaba perfilando a los alemanes de un modo incompatible con “la alta participación de la empresa en el mercado publicitario”. La maniobra, por lo tanto, indicaba indicios de “un proceso de monopolización” en favor de Facebook, capaz de conocer y dominar mediante sus redes sociales casi todos los hábitos de consumo de la población alemana. El tipo de ejercicio tecnológico-comercial que permite, además, entender por qué los estrategas políticos han sido los primeros en recategorizar a los candidatos como “productos” y a sus potenciales votantes como “consumidores”.

Para el modelo de negocios de Mark Zuckerberg, sin embargo, esta recolección cruzada de datos provenientes de Facebook, Instagram, WhatsApp y Messenger define el núcleo mismo de su función en el mercado contemporáneo de las experiencias. Por esa razón, también el parlamento británico acaba de definir a la corporación de extracción de datos Facebook como un “gánster digital”, al concluir tras dieciocho meses de investigación que “la democracia está en riesgo con la maliciosa y permanente desinformación de los ciudadanos a través de la publicidad oscura y sin fuentes identificables” que comercializa Zuckerberg en favor de partidos políticos, organismos de inteligencia o, incluso, Estados dispuestos a pagar el precio.

apogeo, caída y nuevo apogeo

Lo cierto es que el anticuado “estilo obamista” con el que la primera campaña presidencial de Cambiemos sorprendió a los usuarios argentinos en Internet, cuando hasta el perrito Balcarce podía juntar en su FanPage de Facebook diez mil pulgares arriba en favor de Mauricio Macri, llegó a su fin. Para este año, lo que llega con WhatsApp es el turno del reenvío viral de videos dudosos, audios anónimos geolocalizados, cadenas masivas de mensajes fanáticos y memes diseñados para propagarse según las escalas ABC1, C2, C3 y C4. En otras palabras, si en 2015 Facebook aludía con su simpática retórica audiovisual a la atmósfera de un vasto living familiar, en 2019 WhatsApp está trasladando todas las maniobras de campaña hacia lo más oscuro de los inodoros de la ideología.

Las condiciones técnicas y comerciales para este giro estético, además, son ideales. A pesar del “affaire Cambridge Analytica” denunciado en 2018, desde enero de 2019 WhatsApp superó oficialmente en cantidad de usuarios a Facebook, con más de 2200 millones de personas conectadas a sus smartphones a cada momento. Y esa es la razón por la cual el conglomerado de marcas digitales controladas por Mark Zuckerberg también ganó durante 2018 casi 6800 millones de dólares, un 30% más que en 2017, demostrando que los escándalos que llevaron al CEO de Silicon Valley a responder preguntas sobre los mecanismos más ambiguos de su negocio ante una comisión del Congreso de los Estados Unidos no tienen, al final del año comercial, ningún efecto real sobre el valor de su producto en el ávido mercado de la psicopolítica digital.

berlín, londres y buenos aires

Entre las denuncias formalizadas contra la corporación de extracción de datos Facebook por el parlamento británico, una de las más sorprendentes es la que acepta el hecho de que la ley electoral vigente en ese país es incapaz de defenderse del tipo de maniobras que Mark Zuckerberg ofrece a sus clientes. En ese sentido, la manipulación directa de los votantes, el robo de sus datos (encapsulado en un mercado negro anual de 288.000 millones de dólares) y la desinformación podrían llegar a convertirse, en un futuro inmediato, en los argumentos más firmes para intentar dar por terminada, al menos en una parte de Europa, “la era de la autorregulación de las empresas tecnológicas”.

Mientras tanto, en Alemania, donde la historia moderna del control burocrático sobre poblaciones enteras de ciudadanos todavía es un asunto sensible, las autoridades parecen sorprendidas por la manera en que Facebook transformó el “Me gusta” en un dispositivo de seguimiento digital capaz de recopilar información de los consumidores a través de todos sus recorridos cotidianos por la web, sin demorarse en formalidades como el consentimiento ni en el cambio repentino hacia plataformas como Instagram. Para conocer cómo WhatsApp se integra a este circuito, tal vez valga la pena saber que, a partir de este año, también van a entrar en juego los datos biométricos de cada usuario. Así, el acceso a los grupos y los contactos de cada miembro de WhatsApp a través de sus propias huellas y sus propios rasgos faciales van a perfeccionar la que ya es una de las mejores bases de datos humanas de la historia.

A escala local, por otro lado, el uso de WhatsApp como plataforma privilegiada para la campaña presidencial 2019 de Cambiemos se basa en la geolocalización de potenciales votantes según cada distrito y en la programación lingüística de respuestas automáticas para quienes quieran “chatear con el gobierno”. Mediante WhatsApp Business, la variante corporativa de WhatsApp para captar y enviar datos a escala masiva, esa tarea se limita, por ahora, a difundir mensajes para los convencidos. Pero en la misma sala de máquinas de la campaña muchos son todavía escépticos al momento de reconfirmar si aquellos exitosos audios difundidos durante el último G20 para disuadir a los curiosos no fueron, en realidad, una verdadera puesta a prueba de los nuevos juguetes de Mark Zuckerberg, como si el poema de la mente en el acto de hallar lo que habrá de bastarle ya no hubiera empezado.

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