apure, delantero buey | Revista Crisis
rescate emotivo / el horno no está para mitos / néstor kirchner 2004
apure, delantero buey
El video publicado por la revista Crisis es un viaje a la sala de máquinas del inicio de la “segunda transición”, después de 2001. El presidente Néstor Kirchner, todavía pingüino, se sumerge en la clave de bóveda de la gobernabilidad del siglo veintiuno, el conurbano bonaerense. Dos década después, esas imágenes poseen un notable poder disonante frente a una política que ha sido vaciada de su intención transformadora.
29 de Julio de 2023

 

Es 2023 y las pocas esperanzas “para todos los gustos” llegan del interior. Las vemos en la ciclotimia electoral: Llaryora, Pullaro, Ciudad Futura, el rigor jujeño de Morales, un tractorazo. Esperanza es que alguien o algo nos arranque de cuajo de este encierro. Litio, soja, lluvia, el Estado argentino en el fondo es una santería que enciende velas a la Madre Tierra para que nos dé una cosecha, un mineral. La transición no terminó: no tenemos moneda, aunque sobren pesos. La piel curtida del nativo argentino y la crisis combustionan el ingenio: a un argentino le das una maceta y te devuelve un jardín. Cada crisis es un mundo. Y el elenco político luce agotado, al límite. Un presente sin aura. Todos hablamos con el bolsillo. No hay ilusión, sólo crisis y boom, crisis y boom, depende la cuadra, el barrio, la clase, en este paradójico 2023. Y el país atiende en el AMBA los problemas del AMBA. A esta encerrona es lógico que le nazca un deseo de que lo que venga, venga de tierra adentro. Una sombra terrible, una moneda en el aire.

Los amigos de revista crisis me invitaron a escribir unas impresiones sobre un archivo inédito: un acto de Néstor Kirchner como presidente en julio de 2004, en La Matanza, junto a Felipe Solá (gobernador) y Alberto Balestrini (intendente). Los escoltas con quienes Kirchner pergeña su batalla final contra el duhaldismo: quedárselo. Duhalde fue un presidente necesario, pero a esa altura era “molesto” al nuevo orden porque intentaba lo que intenta todo expresidente: no retirarse. Y Kirchner aún se estaba dando a conocer en un país que hasta 2003 prácticamente lo desconocía.

Las tres figuras -el intendente, el gobernador, el presidente- lucen como sobrevivientes a la lluvia ácida del 2001 pero también hay un último dejo de ingenuidad en sus caras porque el telón se abre: señores, hace su ingreso la segunda transición democrática. Esa que ahora –con su encerrona obsesiva en el AMBA, con la asfixiante interna entre bonaerenses y porteños, con su propia casta– se agota. Y ahora, ¿quién podrá ayudarnos? Veamos.

NK: ¿Qué necesitan acá?

AB: Acá lo prioritario como primera medida es el ensanchamiento de la ruta 3.

Litio, soja, lluvia, el Estado argentino en el fondo es una santería que enciende velas a la Madre Tierra para que nos dé una cosecha, un mineral. La transición no terminó: no tenemos moneda, aunque sobren pesos.

Así quedó grabado el arquetipo de una conversación originaria entre Kirchner y Balestrini. Lo define Cristian Navarrete, vecino y militante peronista de La Matanza. “La ruta 3 era un bardo, una avenida chiquita, imaginate que por ahí se traslada esa cantidad de gente, ida y vuelta a los laburos. La hicieron autovía. Le pusieron los fierros y así fue”, dice Cristian. “Y esa obra de la ruta es la relación básica que se gestó y quedó en la memoria de los compañeros. Después, vinieron obras de red potable.”

Pero la relación de ese trío (presidente, gobernador e intendente) no prosperó. Néstor y Felipe nunca pudieron superar su desconfianza mutua. Balestrini, que más tarde fue vice de Scioli en la gobernación, tuvo un accidente cerebrovascular y quedó postrado hasta su muerte. Y Kirchner consagró con la victoria de Cristina en 2005 la misión cumplida: sacar de la cancha a Duhalde para quedarse con su poder (y la mayoría de sus hombres). Aníbal Fernández había inventado el puente retórico para esa conversión: duhaldista portador sano. Marginal y en retirada, el duhaldismo (verdadero enemigo del menemismo) era una fuerza suficiente para las cuentas electorales. A su modo, en esa captura, Kirchner loteó un límite a su propio modelo: duhaldismo con derechos humanos. El kirchnerismo finalmente funcionará en una alianza de progresismo y peronismo bonaerense que fue la estación democrática en donde el progresismo perdió para siempre su virginidad, su condición de “reserva moral” y quedó en el mismo lodo que los demás.

Contexto. Kirchner ya sufría en julio de 2004 un primer desgaste al invicto en las encuestas. El acto en la ESMA (su pacto de sangre con la izquierda social, con el que hizo enojar a varios peronistas y radicales) despertó alarmas en una parte de la sociedad, y las protestas que impulsó Juan Carlos Blumberg tras el despiadado crimen de su hijo, produjeron un hito de movilización al que Kirchner se rindió como cualquier político frente a un monstruo que es grande y pisa fuerte. Como con la protesta contra las pasteras en Gualeguaychú: si no puedes con tu sociedad, únetele. Las intuiciones garantistas de Kirchner y su progresismo chocaban contra la realidad de un pueblo que veía agotada su paciencia en la demanda de seguridad. No viene mal decir que Felipe Solá acaso fue el último gobernador bonaerense (o el último político) en intentar una reforma policial profunda que fuera más allá del desafío de “gobernar la fuerza”. De la mano de Arslanian.   

El acto es compacto (un microestadio), el discurso es directo y le responde a los medios y a Elisa Carrió por un cuestionamiento a la opacidad de la obra pública. Kirchner les responde a sus críticos que vayan a embarrarse como él. Y ruge la leonera. Un detalle de época hoy ya resulta “novedoso” por su antigüedad: se sigue presentando como pingüino, del sur, recién llegado de las fronteras a estas otras fronteras. Dos periferias. Es visitante en el conurbano bonaerense. Es patagónico. La mención crítica a los medios nos informa que eso ya formaba parte de su repertorio, aunque seguro se tratara de discusiones más puntuales, cuitas con editorialistas con los que hablaba, una columna chicanera que encerraba la paritaria con un grupo y respondía con un tonito “de más” que el esperado. Pero no era todavía la edad del “chiste” de escupir fotos de periodistas. Kirchner retaba a duelo sin marco teórico.

Después, en la segunda parte del video, final y salida del escenario, llega el contacto con la gente, su habitual salto al hervidero de los pobres. Y ahí se escuchan cosas. Se escuchan cosas que se le dicen a un político al oído, cuando se abre la oportunidad entre cánticos, bombos, pegue Kirchner pegue, pero por abajo asoman cartas y lamentos, tengo mi hija down dice una señora, llevo años tramitando la pensión y me meten el perro dice otra. Kirchner a una mujer la deriva en Alicia, que no está ahí, pero la nombra, gestiona en vivo esas voces, cartas, papelitos con un dramón que no tiene mesa de entrada, ¡y que no tiene salida! Saltando entre codazos y lágrimas, el presidente hace lo que puede, agarra de la manga a un asesor, tomá nota, sonríe, besa, se marea, mira el agujero negro. Pero todo es rápido, algo hay que decir a velocidad municipal. Y escucha. No pone gesto de político obligado como esos que ponen cara de tener la puerta abierta del ascensor mientras suena la alarma. Kirchner se sumerge. Menem lo dejó sin votos. Última picardía riojana. De algún lado Kirchner tiene que salir a la luz y sale de ahí. Kirchner era maltratador, despótico y mal llevado con los políticos, pero paciente y cariñoso con la gente.

Lo estoy contando y parezco boludo porque es lo que van a ver, pero me propuse escribir lo que veo así, a secas. Kirchner se sube a la camioneta y se baja de nuevo. Va a paso de hombre. También se ve a Aníbal Fernández, a Muñoz, a una secretaria. No se entiende. Baja de la camioneta, después se sube a un auto. ¿Qué mensaje tiene para la Matanza? Y responde: les dejo mi corazón. Estaba desesperado por contener eso, por aprender eso, la obsesión por el Gran Buenos Aires, que no se le vaya de las manos, que eso tenga un dique, su caudal electoral. Kirchner sabe que ese es su nuevo lugar. Pingüino empetrolado: rompía su pasaje de vuelta al sur. Nacía su partido del conurbano, gobernar La Matanza será gobernar la Nación. Él y los suyos, hombres de negro, ensayando un discurso. Felipe le trae un bebé alzado para que lo bese. En 2004 el mito estaba en la gente y la política estaba vaciada. Felipe alza el bebé, lleva una manta rosa, Balestrini sonríe, son tres reyes magos en el escenario: algo va a haber que hacer. Los pobres que aguantaron la crisis, la clase media que le robaron los ahorros, huele a napalm el pesebre desecho. Felipe devuelve el bebé a la mamá.

Esos primeros años Kirchner podía tener una interpretación por izquierda del 2001, del piquete y cacerola, pero si venía Blumberg y le prendía velas a la plaza por la seguridad, absorbía la demanda. Tuvo la foto de Axel Blumberg en su despacho, gesto de demagogia o contención, todo junto. Kirchner se aceleraba a ver si se desaceleraban los demás. “No voy a dar una sola mala noticia mientras sea presidente”, dicen que dijo. En eso incubó el límite de su modelo: patear los problemas para adelante. El jeroglífico de Duhalde decía la crisis es un momento en donde todos tienen razón. Y Kirchner también tenía “el helicóptero”, porque necesitaba llegar rápido. ¿Adónde? El helicóptero de la gobernabilidad, del minuto a minuto. Tenía más jefatura sobre él Hugo Curto que Putin o Lula. No se trata de hacer del recuerdo un “sistema político” o un manual para la crónica sensible, era la vida o muerte de un orden naciente eso que suena romántico. Era el pánico a que la calle estalle, ya sea el Gran Buenos Aires o un cacerolazo porteño. Ahí se cocinó el disyuntor de hoy, la Moncloa de durlock: no estallar. Kirchner era un político alterado por cómo domar el potro de la sociedad argentina. Pobres y clase media. CGT y Clarín. Frávega y derechos humanos. La obsesión por enfrentar o crear corporaciones se fundaba también en el miedo peor, el miedo al vacío: “decime que hay alguien con quien tensar y negociar”. El fruto de sus proyecciones. Casi como el “armen un partido” de Cristina. Y así, quizás, finalmente lo que proyectara en Magnetto –su duelista final– fuera una jefatura mayor que la del “Grupo”: que el empresario fuera el Moyano de la clase media. Pero la Argentina siempre es un río que se nos va de las manos. Desde Ruiz Díaz de Guzmán hasta ahora. Una ancha avenida. Una sociedad indomable, llena de consensos simultáneos.

El helicóptero de la gobernabilidad, del minuto a minuto. Tenía más jefatura sobre él Hugo Curto que Putin o Lula. No se trata de hacer del recuerdo un “sistema político” o un manual para la crónica sensible, era la vida o muerte de un orden naciente eso que suena romántico. Era el pánico a que la calle estalle.

¿Y ese archivo hoy? Todo es ruido, todo nace sucio, hay fuerzas mistificadoras y desmitificadoras paralelas. No hay mito que aguante. Este siglo nació con pies de barro. No hay hombre de mármol. El video es un viaje a la sala de máquinas del inicio de la segunda transición después de 2001. Y no hay nestornauta ni nestorismo, ni “héroe colectivo” ni idealización del “último político de clase”, ni generación diezmada ni el doctor en letras del superávit gemelo… estamos en 2023, no está el horno para mitos, y la política está presa de lo que no sabe: que está vaciada. Y “la salida” quizás pase por deshacerse de mitologías, cruzar el umbral y atravesar la incertidumbre sin chofer. Lidiar a cara limpia con la de hoy: inflación, subsidios, inseguridad, restricción externa, pobreza, falta de moneda, trabajadores pobres y guita que quema en las manos, sala llena, comedor lleno, teatro lleno, restoranes llenos, basurales llenos, cine lleno, merendero lleno, lleno de ofertas de laburo para el trabajador golondrina de servicios y… gente que está sola y espera. Tirar el anillo de alianza con las luchas pasadas para fundar propias, para tender nuevos puentes.       

Volvamos al video. Kirchner en el escenario parece un caballo en azotea. No se entendía (y quizás no entendía él del todo) qué quería o qué podía hacer. No se entendía del todo qué pasaba ni hasta dónde podía llegar. La presidencia también le permitió terminar de conocer el país, como a todos los presidentes. La pobreza del sur no era entre gente apiñada. En ese tiempo que era la democracia después de la democracia, ¿cuál era la canción, la “una que sepamos todos” que quedaba en pie con el ahorrista estafado y el trabajador desocupado? El video lleva el aura de cuando está todo por hacerse, por decirse, las vísperas, y nadie muere en las vísperas. Pero en la primera fila se cuelan los que no tienen rosca, las que le llevan al presidente, como al Santo, su pedido para la niña inválida, la pensión para el abuelo roto que no tiene arreglo, las ofrendas del país arrasado, la larga marcha de paz, pan y trabajo. No le pedían una selfie, le pedían una solución. El aire del video es más crudo y despejado. A la intemperie de siempre.

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