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fiebre del oro encriptado
Las criptomonedas se sostienen con una red descentralizada de sofisticadísimos procesadores en todo el mundo que resuelven problemas matemáticos. China prohibió la actividad debido al gran consumo de energía que supone, pero en nuestro país los mineros brotan como hongos entre la clase media. Una crónica de emprendeduristas digitales, contrabandistas y lúmpenes de una burbuja que se agiganta en el capitalismo tardío.
Ilustraciones: Panchopepe
03 de Octubre de 2021
crisis #49

 

Dos de abril, 2021. Dos de la mañana. Amparados por la noche, en las aguas frente al aeropuerto internacional de Hong Kong, un grupo de hombres en un barco pesquero usa una grúa para pasar caja tras caja a una lancha. Las autoridades aduaneras los ven sospechosos y dan la voz de alto. Ellos saltan inmediatamente a la lancha y se dan a la fuga logrando eludir a la policía.

Al día siguiente, sin embargo, los oficiales arrestan al dueño de la embarcación desvencijada y encuentran las cajas: era mercadería de contrabando. Entre los más comunes pepinos de mar y aletas de tiburón disecadas, aparece un lote de trescientas tarjetas de video CMP 30HX de Nvidia, valuado en aproximadamente 257.000 dólares. Son placas que se usan para la minería de criptomonedas, un bien escaso y deseado en el mundo actual.

Los medios internacionales, exultantes, no tardan en hacerse eco: “Sí, ahora existen los contrabandistas de tarjetas de minado de criptos”, titula PC Gamer, de Estados Unidos.

En el momento en que la aduana china decomisa las placas, el Bitcoin orilla los 60.000 dólares, cerca de sus picos históricos. Ethereum ronda los 2000 dólares. El precio de las placas se dispara en simultáneo para desazón de gamers, arquitectos y diseñadores, que también las utilizan en sus actividades. China es en ese momento la capital mundial de la minería de criptos. Pocos imaginan que todo eso está por cambiar muy pronto.

La minería de criptomonedas requiere de un procesamiento digital descomunal, disperso en millones de equipos en todo el mundo, para tratar de conseguir una clave. Cada vez que se hace una operación mediante una criptomoneda, se genera una clave criptográfica o “hash”. Cuando alguien de la red la adivina, la operación se verifica. Las criptomonedas se sostienen con una red descentralizada de sofisticadísimos procesadores en todo el mundo que resuelven problemas matemáticos.  Es decir, se añade a un registro público, llamado blockchain. Así se acuñan las monedas virtuales. El dueño del equipo que primero adivine el hash, recibe una recompensa en esa criptomoneda.

Pero adivinar una cadena numérica hexadecimal de 64 caracteres requiere mucho músculo computacional. Hay –literalmente– billones de posibilidades. Para eso se comenzaron a usar los procesadores GPU de las tarjetas gráficas, que aún funcionan para criptos como Ethereum pero no para Bitcoin, cuya red se volvió tan potente que la mayoría del minado se hace con placas ASIC, específicamente hechas para ese fin. Todo esto no solo consume luz per se sino que requiere muchísima refrigeración. Según un estudio de la Universidad de Cambridge, el dinero virtual y descentralizado del futuro chupa más energía que toda la Argentina.

 

ambientalismo financiero

Elon Musk, uno de los hombres más ricos del planeta, twiteó el 13 de mayo de este año que Tesla, su empresa, no aceptaría más bitcoin: “Estamos preocupados por el aumento cada vez más rápido del uso de combustibles fósiles para la minería y las transacciones de Bitcoin, especialmente el carbón, que tiene las peores emisiones entre todos los combustibles”. El valor de la cripto cayó un 10% casi inmediatamente.

Una semana después, el Banco Central de la República Argentina (BCRA) lanzó, junto a la Comisión Nacional de Valores (CNV), una alerta en la que advierten a los inversores sobre los criptoactivos por su “volatilidad” y “falta de respaldo”. María Daniela Bossio, subgerenta general de Regulación Financiera del BCRA, dice a crisis que los criptoactivos no tienen una regulación específica en Argentina y que no son dinero de curso legal. “No tienen respaldo y además las wallets (billeteras virtuales) no suelen estar localizadas en el país y es difícil litigar contra ellas cuando son hackeadas o cuando dejan de funcionar”.

Según Bossio, además de los riesgos que implica para los inversores, una de las preocupaciones del BCRA es su relación con el mercado de cambios. Es decir, su utilización como paso intermedio para pasar a divisas extranjeras, sorteando así las restricciones cambiarias que funcionan en el país. Sin embargo, como no existe un marco legal específico, no se puede regular. Ni tampoco calcular su magnitud de forma oficial. Según estimaciones informales existe un millón de personas en nuestra patria que operan con criptos. Paxful, una exchange neoyorquina, afirma que en 2021 el intercambio de Bitcoin aumentó 587% en Argentina y que el aumento de usuarios argentinos registrados en la plataforma desde julio 2020 a junio 2021 fue del 490%.

La minería de criptos tampoco tiene una regulación específica, por lo que las grandes granjas se inscriben en otras ramas, como “procesamiento de datos”. ¿Se podría regular como actividad financiera? Bossio responde: “La minería podría leerse como el subyacente de las criptos, pero en definitiva sería un subyacente más tecnológico que financiero. No lo tengo del todo claro”. También cree que “en términos de la agenda verde, no sería positivo el establecimiento masivo de la minería en el país”.

Justamente por ese motivo, en junio de este año, China prohibió la minería de criptos. “Lo hicieron porque tenían que elegir entre dejar sin luz a toda una ciudad o seguir con las granjas prendidas”, dice a crisis Christian Schwarzenbach, jefe de Operaciones para Latinoamérica de IbittIbank (IBBA), un exchange de criptomonedas y concluye: “Pero a la Argentina no le falta energía. Tampoco le sobra. Está bien”.

 

onda rig

Cristian sabe lo que es perderlo todo. En 1991, a sus doce años, su mundo de clase media alta desapareció con la privatización de la siderúrgica Somisa, la acería estatal donde trabajaba su padre. Esa experiencia le enseña a invertir “por las dudas”, principalmente en departamentos en pozo y en emprendimientos gastronómicos. Pero en 2016 un nuevo experimento neoliberal desacomoda esos ingresos. “No quiero hacer plata con un inquilino que no me puede pagar, pero tampoco puedo salir a pérdida”, dice a crisis. Años después, el coronavirus elimina de cuajo la posibilidad de cualquier inversión productiva. Descartado el mundo de las finanzas por aborrecerlo (“es el demonio”), se inclina por una solución intermedia: a principios de 2021, se junta con dos amigos y deciden poner cada uno 3000 dólares para armar una plataforma o rig de doce placas. Pero no solo en China las placas son escasas: el Ethereum, la criptomoneda que piensan minar, saltó de enero a mayo de 729 a 2912 dólares, y con ella se multiplicó también el precio de las tarjetas gráficas. “Es que todos empezaron a minar. Todos. Las placas desaparecieron del mercado”, dice Cristian.

La inversión inicial, que habían calculado de 3000 dólares por pera, salta a 7000 dólares. Pero siguen adelante y ponen un rig de 12 placas en la casa de uno de ellos (que incluye una cámara para monitorearlas a distancia las 24 horas): diez RTX 2060 y dos RTX 3090. Estas últimas son “las reinas de la industria”. Ninguno de ellos, sin embargo, entiende perfectamente del tema, el más experto es vendedor de insumos de computación y sabe de sistemas, pero deben pedir ayuda a otro amigo para armar el rig. En mayo, las placas comienzan a zumbar: están minando Ethereum. El grupo recalcula, la inversión que iban a recuperar en poco más de un año, ahora se recuperará en dos. No es por la energía: la boleta de la luz subió apenas un 10%. La ganancia semanal que hoy les da es de aproximadamente 0,10 ether por semana: 274 dólares, al cierre de esta edición. 331 dólares, si se hubiera cerrado una semana antes.

Si bien se planea que el último de los 21 millones de bitcoin se mine recién en 2140, Ethereum no correrá la misma suerte: en diciembre de este año, el sistema se actualizará y la minería pasará a ser prácticamente obsoleta. Cristian lo sabe y aún analiza sus opciones con sus amigos y socios. Cuando estudiaba sus potenciales inversiones, se le ocurrió comprar criptomonedas, pero desistió: “Me parece que esto es un poco menos improductivo, en el sentido de que al menos le diste de comer a los que venden las placas, a los que fabrican las placas, digo... moviste un poquito el mercado y lo único que hiciste no fue comprar una moneda virtual barata para después venderla cara”. Sin embargo no está convencido. “Nosotros no estamos fanatizados, ni pensamos ahora en ampliarnos, pero ya se armaron en Argentina pooles de minado, como los pooles de siembra”, ríe. Y cierra: “Al final somos la patria fuinanciera”.

Un minero concluye: “Nosotros no estamos fanatizados, ni pensamos ahora en ampliarnos, pero ya se armaron en Argentina pooles de minado, como los pooles de siembra. Al final somos la patria financiera”.

 

las minas abiertas de américa latina

En 2011, Sebastián Nill tuvo un golpe de suerte que moldeó su vida hasta estos días. Con 22 años, el diseñador industrial fue a vender su computadora de escritorio porque pensaba cambiarla por una notebook y alguien le dijo que podía usarla para minar bitcoin. Intrigado, decidió darle una chance. “Para mí era un numerito que iba subiendo”, dice Nill. “La única forma que tenía de cambiar esos bitcoins era en algún encuentro de bitcoiners, no había otro lugar que te aceptara criptomonedas. De hecho muchos de los bitcoiners originales tenían un muñequito de una alpaca que vendían en uno de los pocos comercios que los tomaban”.

Ese año ganaba entre 25 y 40 dólares mensuales, con un valor máximo que tuvo el Bitcoin de US$32. Dos años después era invitado a exponer en el Primer Congreso Latinoamericano de Bitcoin LaBITconf y a finales de 2016 Sebastián ya era un referente en el mundo cripto, una comunidad a la que ingresó como “el más chico” cuando en La Plata, la ciudad en la que vive, prácticamente no había tal comunidad. Entonces liquida varios de los bitcoin que le quedaban para comenzar a armar Aeternam Broker, que asesora a empresas con intenciones de invertir en criptomonedas. Así arma su primera granja de minería: ocho equipos con AMD Aorus XT580 de 4 gigas que pasaron a mejor vida recién en marzo de este año, cuando las placas de 4 gigas dejaron de servir para minar Ethereum.

“La minería, dentro de lo que es invertir en criptomonedas, es lo más seguro: siempre vas a tener el respaldo que estás invirtiendo en un equipo tangible y si todo sale mal y las criptomonedas desaparecen, mi equipo va a seguir estando ahí, lo voy a poder vender y recuperar parte de la inversión”, dice Nill, que hoy es propietario del Espacio Weiaut, un coworking que cuenta con una cafetería, un cajero de criptos administrado por la empresa Athena y una granja de equipos de minado ocupando casi todo el último piso. Nill y su grupo administran más de 150 equipos de clientes: “Nosotros nos preocupamos por conseguirte el equipo, configurártelo, armártelo y administrártelo. Y una vez por mes se dividen los costos. Hoy en día, al mes ya estás percibiendo la rentabilidad de casi un 10% de la inversión en dólares. A fin de mes, una placa de video de gama media, está generando casi 100 dólares. Una persona que trabaja en un comercio de barrio está cobrando unos 200 dólares trabajando ocho horas, cinco días a la semana. Un pibe que, con una computadora, cuando no está jugando a los jueguitos, la pone a minar criptomonedas genera la mitad. Eso hace que muchísima gente se vuelque a eso”, grafica Nill. Y agrega que en Argentina tenemos una electricidad muy económica y las criptomonedas se liquidan en el mercado al dólar blue: “Yo estoy pagando mi factura de luz en pesos, pero esto me genera dólares que puedo liquidar en el paralelo”.

La de Nill ni siquiera es la granja más grande del país. BitPatagonia, ubicada en Tierra del Fuego, tiene 3400 placas. Bitfarms, una empresa canadiense, anunció que firmó en Argentina un contrato energético a ocho años que le asegurará 210 megavatios de electricidad a un precio 45% menor que el de Canadá, donde tienen sus granjas actualmente. Otra firma, Ibitt-Ibank (IBBA), también confirma a crisis que tienen “un proyecto de 30 megawatts cerrado y un proyecto de 5 megawatts listo” cuyas localizaciones no pueden revelar.

Pero no serán los últimos: en junio de este año China prohibió la minería de criptos, por lo que varios referentes del sector estiman que la actividad se reconfigurará y ya se habla de “la gran migración minera” al sur global. Latinoamérica espera con brazos abiertos, energía subsidiada y regulaciones laxas.

En junio de este año China prohibió la minería de criptos, por lo que varios referentes del sector estiman que la actividad se reconfigurará y se habla de “la gran migración minera” al sur global. Latinoamérica espera con los brazos abiertos, energía subsidiada y regulaciones laxas.

 

los lumpenmineros

Raúl tiene 30 años y trabaja en un corralón en una capital provincial argentina. En febrero lo impresionó un Tik Tok que mostraba varias placas de minado de criptomonedas funcionando a la vez.

“La gente que no está en el tema me mira raro y me dice que estoy loco. Yo tenía una camioneta cero kilómetro y la vendí para minar criptomonedas”. Para abril ya la había vendido en 30.000 dólares, contactado a dos hermanos que alguna vez le habían armado una computadora e instalado un rig en el comedor de su casa, donde tendría 18 placas minando las 24 horas y depositando Ethereum en su billetera virtual.

Al menos eso era lo que creía.

La ganancia que estimaba nunca llegó. Preocupado, revisó la computadora y comprobó que por la noche, solo trabajaba uno de sus tres equipos: los hermanos le dijeron que debía ser por su pobre conexión de Internet. Raúl les creyó. Después de todo, vive en una zona rural y el servicio no es el óptimo. Alquiló, entonces, una oficina en el centro y trasladó los equipos allí: gastó aproximadamente 35.000 pesos de luz y 20.000 pesos de alquiler. Los primeros dos días los equipos trabajaron a pleno. Pero al tercer día volvieron a fallar.

Una noche, luego de meterse al registro, se dio cuenta de lo que sucedía todas las noches: desde la 1:30 de la madrugada hasta las 8 de la mañana, uno de los hermanos que le había hecho la instalación de las placas conectaba los equipos a su propio wallet. Raúl cambió las claves y llamó al hermano honesto: “Tu hermano me está robando. Internet nunca fue el problema”. Y cortó. Problema solucionado. Pero esa estafa no lo frenó: “Tengo otro auto que vale algo así como 20.000 dólares y lo quiero vender para comprar más placas”, cuenta. Los números no mienten: actualmente mina cerca de 0,3 ether al día. Es decir, 855 dólares diarios.

 

piratas del asfalto

Para tratarse de la producción de dinero etéreo, la venta de placas es un negocio que mueve muchos billetes físicos. Dólares, en la abrumadora mayoría de los casos. “Son montos grandes y es mucho bulto andar con cantidad y cantidad de pesos. Una operación de 10.000 o 12.000 dólares cuando te querés acordar es un millón y pico de pesos”, explica Fabricio, proveedor minorista de placas de minado.

Él abrió su emprendimiento unipersonal a principios de 2020, luego de meterse a YouTube y fascinarse por esas placas de video que de alguna forma daban plata. A su papá, trabajador de una curtiembre de toda la vida, no le agradaba la idea de su hijo: “Vas a perderlo todo”. Pero para Fabricio su padre está “chapado a la antigua. Siempre trabajó en relación de dependencia, toda su vida en el mismo lugar y no está acostumbrado a lo que es emprender”. Finalmente compra sus primeras placas con la intención de armar un rig y descubre que las consiguió 5000 pesos más baratas por unidad que el precio del mercado, por lo que decide venderlas. Desde ese momento, compra y vende placas por encargo, exclusivamente por el Marketplace de Facebook: “He visto granjas de 300 placas minando. En lugares con buena instalación eléctrica y con extracción de aire, que no podrían seguir sumando rigs porque la trifásica que tiene ya no aguanta más”.

Faltaba poco más de una semana para que El Salvador adoptara el bitcoin como moneda de curso legal y el negocio de las placas de minado estaba floreciendo. El promedio de venta aproximado de Fabricio era cincuenta equipos al mes. “Estaba a full, con mucha demanda y me había quedado sin stock así que compré por Marketplace”, recuerda desde el barrio porteño de Bajo Flores. Las tarjetas que había encargado estaban demasiado baratas y a último momento le cambiaron la ubicación a un edificio de Floresta. Cuando estacionó su camioneta, vio que en la esquina había una moto con la llave puesta. Su instinto lo instó a alejarse, pero reconoció en la puerta del edificio a un guardia de seguridad con pinta de policía de civil. Estaba palpando a alguien antes de hacerlo pasar y eso le dio tranquilidad.

Bajó de la camioneta cargando la mochila con los 6600 dólares. El guardia le dijo que debía verificar que tuviera el dinero para la compra, Fabricio abrió la mochila. El guardia lo hizo pasar. “¿A qué piso tengo que ir? No me dijeron nada”, le preguntó. El guardia señaló los ascensores. Justo ahí escuchó remontarse una pistola detrás de él. Giró y se encontró con el falso guardia apuntándolo. Desde algún lado se le abalanzó el supuesto “palpado” que había visto entrar en el edificio. “Tranquilo, tranquilo”, le dijeron. “Dame la mochila”. Fabricio admitió la derrota y negoció por su celular, que tenía en la mano. Le dijeron que se tirara al piso. “Yo laburo con esto, me matás si te lo llevás”, trató de explicarles mientras hacía caso. Le pidieron que se quedara quieto. Se llevaron la mochila con los dólares, pero se apiadaron con el teléfono. Era agosto de 2021. Precio del Ethereum: 3300 dólares.

Fabricio la sacó barata. TN recopiló varios casos de estafas similares en un informe. En julio, en Hurlingham, mataron frente a su mujer al gastronómico taiwanés Juan Kuai Lang, que había acordado la compra de unas placas por 2000 dólares. Hubo tres detenidos y se desarticuló una banda. Una semana después, en Castelar, dos delincuentes intentaron asaltar a un oficial especialista en informática de la Policía Federal Argentina que había comprado placas por Marketplace. El policía se resistió, hubo intercambio de disparos dentro de su auto y uno de los ladrones terminó muerto. En Ituzaingó, una pareja fue asaltada por tres hombres armados luego de haber pactado la entrega de las placas de video. Les sacaron de un bolso casi un millón de pesos. Durante los primeros días de agosto, en el partido de Tres de Febrero, otro policía se tiroteó con dos personas que le quisieron robar luego de pactar la entrega de dos placas.

La justicia teoriza que existe al menos una banda que se dedica a robar con esta modalidad que ya se extendió por la provincia y la ciudad de Buenos Aires. Y desde la comunidad cripto argentina están atentos a los perfiles falsos de Facebook que ofrecen placas demasiado baratas.

Algunos expertos dicen que ganar con criptos en dólares usando energía subsidiada en moneda local es un “desfalco” o “robo de energía”. Mientras tanto en la Argentina ya opera masivamente un negocio que produce, durante las 24 horas del día, algo que no se puede ver ni tocar. Pero todo indica que reditúa.

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