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esos raros votos nuevos
El 20 por ciento del padrón electoral tiene entre 16 y 24 años. Los partidos tradicionales buscan su atención con políticas públicas o estrategias en redes que saben a artificio. En especial, quienes votarán este año por primera vez son una incógnita. ¿Es cierto que se inclinan a la derecha? ¿Hay apatía? ¿Cómo viven la coyuntura electoral les pibes que se morfaron dos años de pandemia?
Ilustraciones: Brenda Greco
23 de Agosto de 2021

 

“Antes no se notaba tanto si un compañero no tenía una computadora porque iba y estudiaba en el colegio”, dice Manuel, de la Escuela de Teatro de Mataderos. Él, Wanda, Branco, Mora, Zoe, Enzo, Belén, Iván y Candela forman parte de ese electorado joven que vota por primera vez para las próximas legislativas y que conforman un porcentaje cada vez más significativo en magnitud.

El mundo que miraban “se les rompió”, según sus palabras. Y también señalan: la pandemia puso al descubierto algo que pasaba, que estaba en cifras, en estadísticas, pero no tronaba como truena ahora en relación a la educación. Se refieren a la desigualdad: “Lo que sucedió llevó a la superficie muchas cosas que ya existían”, dice Mora, estudiante de quinto año del Mariano Moreno de CABA.

“La pandemia nos permitió plantear problemas como los de los pueblos en algunas provincias donde no había señal, y nos puso a buscar alternativas”, señala Wanda P. del colegio Clemente de Andrada de Santa Rosa, La Pampa. Esa desigualdad instaló a estos primeros votantes en un escenario que miran, en algunos casos, en silencio; en otros, con acciones; en muchos, con tristeza.

 

una que defendamos todos

Aun así, muchos estudiantes buscaron –y buscan– nuevas formas de vivir. Los espacios de militancia tanto partidaria como gremial les abrieron ventanas de sentido. Mora cuenta que después de una primera fase de silencio, se organizaron para “salir a buscar a los pibes”. Al no haber presencialidad, inventaron estrategias para llegar a los chicos, para entender la situación de cada uno. “Hubo un momento de meets, otro de vivos de Instagram, después nos preguntamos: ¿tenemos que ir a buscarlos a la casa? ¿Llamarlos para ver cómo están? ¿Sacar nuevas ideas debajo de la manga?”, relata Mora. “Había que innovar a full, abrirse a cosas nuevas, con paciencia, aceptar la frustración”, dice. Para Manuel, aun cuando a él mismo le costó –y le cuesta– mantener el ritmo de estudio y la cursada de la escuela, la militancia le funcionó “para contener el desgano”.

Wanda, Zoe, Branco, Belén Candela y Enzo, que conforman la Mesa Federal de Centros de Estudiantes (MeFeCeS), relevaron la situación de los estudiantes de sus provincias: solo un 18,8% lograba estar al día con las tareas. La imposibilidad se daba por tres razones: un 51,5 % no entendía las consignas, un 13,1 % no tenía buena conectividad y un 35,4 % debía ocuparse de cuidar a sus hermanos. Junto con distintos actores de la sociedad civil lanzaron el programa Reconectades para intentar evitar la deserción escolar. “La mesa es un espacio de transformación para la educación y para quienes la formamos”, dice Enzo, de la EPES 32 de Mansilla, Formosa, quien asegura que la participación partidaria tiene que quedar fuera de ese espacio. “Los partidos políticos no tienen que estar en los centros de estudiantes, en la Mesa, tampoco”, dice Branco, un estudiante del colegio Don Bosco, en Resistencia, y señala que los centros son semilleros para futuros líderes políticos. Zoe, que se recibió a fin del año pasado en Viedma, también dice que la Mesa es un espacio plural: “Hay banderas que defendemos todos, por ejemplo, el acceso a los estudios”.

 

Mi voto, mi decisión

En 2012, se promulgó la ley 26.744 de Ciudadanía Argentina que permitió a las y los adolescentes de dieciséis y diecisiete años votar por primera vez, lo cual significó una ampliación de derechos pero también, obligaciones. Esta acción –sumada a otros programas– mostraba políticas activas que los interpelaba y motivaba a militar. Como contrapartida, la parálisis que se impuso a partir de la pandemia, la suspensión de las clases presenciales y las políticas de cuidado centradas en los adultos mayores provocó en una parte de los adolescentes un alejamiento de la militancia. Si bien en la Argentina el voto es obligatorio, no lo es para ellos: están exentos del Registro de Infractores. Esa particularidad hace también que haya algunos chicos que no tengan ni idea de qué tienen que votar ni que puedan hacerlo.

Son pocos los países donde los jóvenes pueden votar antes de los dieciocho años. Austria fue el primer país de la Unión Europea en 2007. En América Latina, Brasil, Ecuador y Nicaragua. En Israel y Alemania, votan en elecciones locales; Malta lo extendió a las nacionales en 2018. En Grecia votan a los diecisiete; en Escocia –no así en el resto de Reino Unido– a los dieciséis en las parlamentarias. Hay otros países donde pueden votar a los 17 pero tienen que tener trabajo como en Eslovenia, Bosnia, Serbia y Croacia, o si están casados como en Indonesia, Hungría o Timor Oriental.

En la Argentina, muchos jóvenes que votan por primera vez este año accedieron a la iniciativa #yoelijovotar de Unicef en 2019 para estudiantes de quince, dieciséis y diecisiete años que buscó acercar a las chicas y los chicos a la temática electoral y cívica. En Rauch, una localidad de la Provincia de Buenos Aires, ese mismo año también una escuela secundaria desarrolló un proyecto sobre cuestiones relacionadas con el voto. Guillermina Camillieri, docente de esa escuela, dice que hoy el escenario es más complejo: “Me encontré con chicos más apáticos, a muchos los conocía de otros años; cuesta tener un diálogo; en las clases presenciales cuando les doy la consigna prefieren trabajar con los auriculares; las virtuales son casi monólogos, a cámara apagada: veo mucho chat y pocas voces, pocas palabras”.

Si bien en la Argentina el voto es obligatorio, no lo es para ellos: están exentos del Registro de Infractores. Esa particularidad hace también que haya algunos chicos que no tengan ni idea de qué tienen que votar ni que puedan hacerlo.

 

Generación que interpela

Shila Vilker, consultora comunicacional y analista de opinión pública desde hace más de quince años que lidera el equipo de especialistas en TresPuntoZero, dice que a esta generación “no les va cualquier propuesta que prometa y que no se va a cumplir, no quieren el bolazo de la política”. Caracteriza el ambiente joven con un fuerte sesgo antisistema o libertario donde “no se casan con nadie” y que es la primera generación que se da cuenta de que van a estar peor que sus padres. “Es la Argentina del descenso social, ven el fracaso de la política, no dudarían en cambiar de candidata o candidato si lo que propone se acerca más a alguna de sus causas.” Porque como en otras partes del mundo, esta generación milita causas: el feminismo, el ambientalismo, y ahora con la pandemia, la educación.

En esa línea, Facundo Pajón, licenciado en Ciencia Política que coordina distintos proyectos de democratización y participación educativa en Fundación Voz, destaca que “los pibes ahora no militan algo partidario sino algo más gremial”. Pajón –que tiene veintiocho años y lideró el centro de estudiantes de su escuela en Haedo– señala lo gremial como una gran diferencia con “su época”. “Hoy los jóvenes no agachan la cabeza frente a un dirigente político, eso pasaba antes, ahora no se callan la boca aunque sea de su partido afín, no acatan el porque sí si alguien viene y les dice que tienen que repartir tal volante, eso no funciona más”, destaca.

 

Fuerzas paralelas

El universo juvenil de zonas urbanas, según Vilker, podría analizarse en cuatro categorías: los libertarios, los progres, los nini, los jóvenes viejos. El ambiente libertario cala más en jóvenes varones que en las mujeres de esa edad: “no se bancan que la política no tenga soluciones.” Dice que “irrumpió como un ambiente, un pibe puede estar en otro espacio político de votación pero su ambiente es libertario”.

Los progres tienen compromisos con causas, están metidos dentro de una matriz feminista, ecologista-vegana, heteronormativa. Su universo económico es más alto, creen que tienen la verdad, sus compromisos son con causas más que con espacios políticos, tienen ideas claras, son convencidos.

Para Vilker las ideas feministas entraron “a lo loco, aun en el último rancho de La Quiaca aunque en algunos sectores hay un rechazo activo hacia las posturas más duras: compran ideas pero no el tono”.

Branco, desde Resistencia, dice que el movimiento feminista revolucionó su generación: “Impulsó a miles de chicas que entraron por una causa a participar en política”. Javier Iriarte, vicedirector de la escuela 2 del distrito 4 ubicada en el límite entre Barracas y La Boca, explica los matices que provocó “la ola verde”: “Para algunas pibas ser madres es dejar de ser deseadas sexualmente, se vuelven intocables; de golpe, en un grupo, el aborto era muy resistido”, explica.

La tercera categoría analítica que sugiere Vilker la conforman los nini, que no son aquellos que ni estudian ni trabajan: son los nihilistas; sienten un rechazo por la política porque no tiene nada que ofrecerles, ven ahí una máquina de impedir. “Están de espaldas, no tienen lazos ni referencias políticas.”

Por último, Vilker describe a los jóvenes viejos. “Los ordenan los principios iguales a sus padres: armar una familia, mantenerla, tener un trabajo, una casa, ven una idea de progreso, valoran el mérito. Los convoca la agenda de inseguridad –es el único segmento–; en los otros grupos hay un sentimiento “antipoli”.

En sintonía con Wanda, Branco, Manuel, Mora, Zoe, Enzo, Belén, Iván y Candela, Vilker señala que “la desigualdad es un lente de aumento que atraviesa a todos los jóvenes.”

Branco, desde Resistencia, dice que el movimiento feminista revolucionó su generación: “Impulsó a miles de chicas que entraron por una causa a participar en política”.

 

Atender la salud mental

Apagados, desconectados, sin chispa, con bajón o desgano, desmotivados son apreciaciones sobre cómo se perciben o los perciben a muchos futuros votantes atravesados por la pandemia. “Por un lado fueron los más sacrificados, muchos tenían miedo de contagiar, quedaron estigmatizados por discursos donde los señalaban por poner en riesgo la salud de los grandes; lo que me preocupa es su salud mental”, sostiene María José Navajas de Padres Organizados y madre de un adolescente. Ese punto, el de la salud mental en la pandemia y sus efectos colaterales, lo señalaron también Wanda, Branco, Manuel, Mora, Zoe, Enzo, Belén, Iván y Candela. A una edad donde los pares son todo y se mueven en bloque, donde los planes y salidas se inventan de un momento a otro, el confinamiento los dejó en un escenario “complicado”, según sus palabras. Mora cuenta que antes de la pandemia ella hacía teatro vocacional e iba los fines de semana a ver algún ensayo y eso no está más: “Lo más roto de la pandemia es lo social“, dice. Iván, del Instituto San Miguel de Ramos Mejía, asegura que lo que perdió fue el básquet y a todos sus amigos del club. “Eso no volvió, no logro tener turnos para el apto médico y el vínculo con esos amigos no es por zoom”. Wanda, desde La Pampa, dice que “antes nos frustraba dar mal un examen, ahora los problemas pasaron a ser otros”; Enzo, desde Formosa, dice que “a todos nos afectó de manera diferente pero en general de manera negativa.”

Silvia Martínez, inspectora de escuelas secundarias de la provincia de Buenos Aires, conoce de cerca lo que expresan estos chicos. Por más que haya una vuelta a las escuelas, dice que “esa chispa de los jóvenes cuando están juntos no está”. En su distrito, Ezeiza, trabaja desde hace varios años en un proyecto de participación estudiantil. A pesar de las restricciones, siguieron con reuniones por meet para que los estudiantes conformen los centros de estudiantes. Ese espacio, dice, funcionó también para desarrollar dispositivos que recuperaran a ese más del 30 % de chicos que se desvincularon de la escuela en ese distrito. “Hay una tradición de no escuchar y de tratar de imponer una agenda de los adultos, esos encuentros son muy productivos porque los chicos arman su propia agenda de temas; vimos situaciones muy complejas, de mucha angustia”.

La escuela donde trabaja Javier Iriarte es una institución de reingreso: asisten chicos empiezan el secundario a los dieciséis años porque son grandes para cursar a primer año con compañeros de doce o trece y chicos para empezar en una de adultos. Iriarte considera que allí existen tres miradas: la religiosa, la vinculada con la política partidaria y la formateada por medios hegemónicos. “Es una comunidad atravesada por el día a día, no por el largo plazo”. Allí la enseñanza va desde los cuidados mínimos –como el uso de un barbijo– hasta la toma de decisiones que pueda impactar en sus vidas de modos insospechados como la de dejar la escuela “porque pintó”. A estos jóvenes electores, la agenda del ambientalismo “les entra por las condiciones en las que viven”, según Iriarte. “Uno puede mirar con profundidad el feminismo o la política cuando tiene muchas cosas resueltas, pero cuando convivís con lo sórdido, con la ausencia de cuidado y sin idea de lo privado o de lo íntimo es muy difícil construir lo que los sectores de clase media pueden enunciar. Los pibes no hablan desde el desconocimiento sino del conocimiento de las condiciones de dignidad mínima que pueden contar los sectores medios”, señala Iriarte.

"cuando convivís con lo sórdido, con la ausencia de cuidado y sin idea de lo privado o de lo íntimo es muy difícil construir lo que los sectores de clase media pueden enunciar."

 

El futuro está para allá

Las cifras que arrojan las estadísticas universitarias realizadas con el Ministerio de Educación señalan que durante el período 2019-2020 se inscribieron 640.401 nuevos estudiantes: el 33.5% era menor de 20 años. Entre 2010 y 2019 aumentó la cantidad de alumnos de 415.301 a 596. 446. El porcentaje según las ramas de estudio en instituciones estatales y privadas es el siguiente: Ciencias Sociales, el 37.5%; Ciencias Aplicadas, el 20.4%; Ciencias Humanas, el 19.6%; Ciencias de la Salud, el 19%. ¿Cómo vislumbran sus futuros estos jóvenes que van a votar por primera vez? Wanda, Branco, Manuel, Mora, Zoe, Enzo, Belén, Iván y Candela planean un futuro con estudios universitarios. Aunque les cueste imaginar cómo serán sus vidas dentro de diez años, hay algunos escenarios que prefieren no tenerlos como opción, como los trabajos por las aplicaciones como Rapi o Pedidos ya.

“Estamos en un momento de tanto desempleo joven que la expectativa de independizarte es como un sueño, tenemos la vara muy baja”, dice Mora. Ella destaca que en pandemia muchas amigas y amigos crearon sus propios emprendimientos: comida, venta de ropa en ferias, tatuajes. Manuel dice que a él lo “obsesiona” el tema del trabajo: “Estamos en una etapa donde hay que ver lo queremos hacer y qué se puede hacer”. Él piensa que en las elecciones de 2019, el tema de la meritocracia quedó atrapado entre dos discursos y que terminó siendo un insulto para ciertos jóvenes. “Creo que no lo terminamos de entender”. Iván considera que el Estado debería proveer más herramientas para que “el encuentro con el trabajo sea más accesible y con mejores condiciones”.

La pandemia les dio tiempo para hacer otras cosas –como aprender a tocar la guitarra o cantar– y también pensar qué estudiar. Branco se decidió por Abogacía, dice que quiere trabajar en la función pública: “Abriría la política para deje de ser ese antro donde van los peores de la sociedad, en cambio, deberían ir las personas más capacitadas y preparadas”.

Iván también imagina un futuro en la función pública, va a estudiar Economía y piensa, incluso, que le gustaría llegar a ser el propio ministro de esa cartera. De todos modos, cree que es imposible independizarse a los dieciocho años como podía pasar antes y que es “imposible” tener la capacidad de ahorro para comprarse o alquilar una casa.

Manuel piensa que si terminara el colegio podría estudiar abogacía y orientarse hacia la rama penal. Igual cree que salir al mundo adulto está “raro”. “Antes terminabas la secundaria, estudiabas, trabajabas y tenías tu familia; ahora ya no es lo mismo esa idea de adultez”, dice.

Mora aun está indecisa, ¿Psicología? ¿Ciencia Política? ¿Dirección de Arte? No sabe si escuchar su voz interior que la guía a opciones con mejores salidas laborales o la que le indica que mire más bien sus intereses. Pero también cree que hay un cambio relacionado al capital social. Ahora –dice Mora– cuando mira cómo se desarrollan su vida los adultos cercanos, ve que muy pocos consiguen trabajo de lo que estudiaron: “Lo consiguieron por ser astutos y estar en el lugar donde debían de estar”.

Zoe ya arrancó en Ciencia Política en Viedma, pensaba ir a estudiar a La Plata pero prefirió quedarse para seguir con su militancia. Wanda aun no sabe, pero es probable que Derecho y que se traslade a Viedma, rescata las amistades en todo el país que pudo que crecieron a partir de la Mesa Federal. Candela, desde Jujuy, dice que quiere ser maestra y que va a estudiar un profesorado en Ciencia Política porque le gusta enseñar temas de ciudadanía, le llamó la atención que en las últimas elecciones que hubo en su provincia varios compañeros no fueran a votar.

Desde Formosa, Belén dice que no sabe, que tal vez Diseño, pero que le da mucha inseguridad elegir algo y que después no le guste; y Enzo, que estaba entre el profesorado de Historia y Enfermería, optó por Ciencias de la Salud: “Decidí por lo vocacional, todo lo humanístico lo voy a estudiar por mi cuenta”.

Para terminar, Mora dice que tener un título universitario es “joya”, que lo quiere, pero cree que no es todo, que hoy con eso no alcanza.

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