Eduardo Pavlovsky: el nacimiento del señor Galíndez | Revista Crisis
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Eduardo Pavlovsky: el nacimiento del señor Galíndez
Eduardo Pavlovsky ha escrito para Crisis este testimonio sobre su obra El señor Galíndez, de sostenido éxito en esta temporada teatral argentina. Lo publicamos junto con un breve pero revelador fragmento de la obra.
15 de Julio de 2022

 

Cuando Jaime Kogan me llamó para trabajar juntos, yo tenía un objetivo muy claro: escribir una obra de denuncia sobre la tortura. Pero, realmente, no tenía más que eso. Estábamos en marzo de 1972. El diálogo nos entusiasmó a los dos. Jaime es un profundo conocedor del oficio. Yo volaba con imágenes desordenadas, caóticas, intensísimas, pero las imágenes brotaban sin poder integrarse dentro de un todo. Había ideas, conceptos, y un solo personaje real: El inspector Galíndez.

Era desesperante, me surgían escenas desgarradoras, de gran fuerza. Los personajes nacían de golpe. Interactuaban entre sí y volvían a morir. Sólo quedaba, siempre de pie, el inspector Galíndez.

Creo haber escrito como treinta escenas, pero tenía cabal conciencia de que el caos era total. No lograba la síntesis, la unidad necesaria que se requiere para escribir teatro. Porque no es sólo con ideas que se escribe teatro.

Dialogamos muchas horas con Jaime. Mi impaciencia aumentaba al no poder plasmar los “personajes reales”, pero seguía escribiendo. Jaime me ayudó mucho en seguir buscando, buceando, en saber tolerar la frustración de esa maravillosa búsqueda que es la creación.

No la tenía a Celita, la conocedora de mis grandes tormentos, y seguí buscando: allí donde sé que está el máximo dolor, la verdad se aproxima… A veces tengo la sensación de que estoy por reventar de angustia, pero sé también que ése es el buen camino. Sé que al lado de mi gran momento de encierro y de locura está el máximo poder de mi verdad y allí, tocándose, aparece mi máxima capacidad creadora. Al lado del gran encierro, la máxima necesidad de libertad. También como actor me pasa lo mismo. Sé que cuando empiezo a sufrir por el caos interno que me produce el “personaje” estoy cerca de la verdad del “personaje”. Esa fue mi gran experiencia de Atendiendo al Sr. Sioane. Allí sentí que me hice actor (gracias, señor Alberto Ure).

El inspector Galíndez, torturador especializado y científico, preparado por la CIA, invadía todas mis escenas. Era como una pesadilla. No podía liberarme de él, los demás personajes carecían de fuerza dramática. No había teatro; había escenas narrativas, pero los demás personajes carecían de fuerza. No había conflicto. Los personajes transitaban oníricamente, deambulaban como sonámbulos en un espacio rodeado de fantasmas. Bellos fantasmas, pero también transparentes y ambiguos.

Un día lo llamé a Jaime y le dije que no quería escribir más. Que había fracasado. Que no podía seguir escribiendo “escenas” sin “vida”. Que la obra parecía una larga, interminable pesadilla. “Estás cerca”, me dijo, “seguí buscando que estás cerca”.

Cortázar dice que él empieza a partir de un “coágulo”, que es el nódulo de donde puede partir para el lanzamiento de sus novelas. El “espacio interno” de donde empiezan a brotar los personajes y sus vidas. La matriz generadora. Materia prima.

Yo no tenía el “coágulo”. Ideología y creación estaban separadas. Había necesidad de denuncia que en la Argentina existía la tortura: pero no había “personajes” que descendiesen al escenario.

No se puede escribir teatro sin personajes. No se puede hacer teoría sobre el escenario, si la teoría no se singulariza a través de la cotidianeidad. Esa es la gran trampa del teatro. Las ideas tienen que bajar a tierra. Los personajes no son ideólogos. Son simples personas que habitan un pequeño universo.

Lo que más me impulsaba a seguir era la insistencia y entusiasmo que ponía Jaime en todo esto. Parecía un partero avezado frente a una parturienta atascada y resistente.

 

Y el “coágulo” llegó: fue una noche conversando con Ricardo Monti y Kogan. Era un diálogo informal. De repente, se me aparecieron los dos “personajes”. Había muerto el inspector Galíndez como personaje “real”: sólo ahora adquiría valor simbólico, y “nacían” el Beto y Pepe, los dos torturadores de la obra. Juro que los “vi”.

Empecé a hablar con Monti y con Kogan como si los hubiera conocido toda mi vida. Se los describía. Ellos me devolvían su entusiasmo. El parto había llegado. Los personajes siniestros ya pisaban el escenario del Payró. Ya no había dolor. Solo tenía que dejarlos vivir sus vidas. Allí, fuera de mí.

Beto y Pepe interactuaban entre sí. Como hijos que se desprenden de lo peor de uno.

El primer acto no lo “escribí”, casi diría que escribía lo que veía en una pantalla imaginaria. Como si estuviera viendo una película, lo ideológico, la denuncia del sistema y la tortura misma ya pisaban tierra. La teoría se sintetizaba en imágenes. El “coágulo” explotaba en mil pedazos, y cada pedazo cobraba sentido en la estructura total.

Tenía que irme a un Congreso de Adolescencia en Río de Janeiro, y el primer acto se lo leí a Kogan antes de irme. Los dos de acuerdo. Partero y parturienta felices.

Una noche caminaba por Copacabana con un amigo, y salí corriendo al hotel. Había “visto” el segundo acto. Tomé un lápiz y comencé a escribir lo que nuevamente veía en mi pantalla. Las imágenes brotaban como en un sueño. Todo tenía una secuencia, como si estuviera adivinando intuitivamente el final.

Cuando llegué comencé otra vez el diálogo con Jaime. Hubo indicaciones muy sensatas que me hicieron modificar el sentido de algunas frases. No podíamos ser demasiado directos, a causa de la censura, y Jaime es, en ese sentido, un maestro de sutilezas.

Pero la obra estaba, la habíamos completado en esta magnífica tarea de creación colectiva. Yo pensaba no actuar en un primer momento, pero poco a poco “el Beto” me fue tomando, y un día le dije a Jaime que quería hacer el papel. ¡Él me dijo que había sabido desde el principio que yo iba a hacer ese papel!

Todo lo demás fue un arduo trabajo de laboratorio. Ensayábamos cinco días por semana, a veces seis. La identificación ideológica del grupo, nuestra concreta definición contra la dictadura, fue un factor que nos unió durante todo el trabajo preparatorio.

La idea clave, el Súper Objetivo por donde debía transcurrir la obra, era la Responsabilidad del Sistema, representado simbólicamente por las llamadas telefónicas del Sr. Galíndez. El Sr. Galíndez era nuestro Enemigo N°1: sólo luchando contra el Sr. Galíndez y no contra la tortura como fenómeno aislado se pueden eliminar los torturadores. La tortura como instrumento del sistema capitalista. Los torturadores en nuestro caso eran responsables pero también victimas del Sistema.

En ese sentido el Sr. Galíndez era una abstracción, era un teléfono en medio del escenario que representaba el sistema.

Pero el problema era que Beto y Pepe no hablaban por teléfono con el Sistema, sino con un señor Galíndez de carne y hueso, a quien temían y al mismo tiempo respetaban.

Como actores teníamos que hacer descender la abstracción simbólica al plano concreto de la realidad. Cuando yo, Beto, hablo con Galíndez, me lo imagino de un metro ochenta de estatura, de bigote finos, vestido de azul, con una mirada penetrante y que a veces esboza una cierta sonrisa.

No hablo con el sistema, hablo con un hombre de carne y hueso que no veo. Beto nunca conoce a Galíndez.

Ensayamos mucho siguiendo esta línea: la dialéctica del torturador y del torturado se ejercitó en cuartos de improvisaciones. El llamado de Galíndez solía aparecer en los momentos más insólitos durante los ensayos. Siempre nos sorprendía. La escena dramática con las prostitutas (la Negra y la Coca) fue improvisada de múltiples formas. La vieja (Doña Sara) y el pibe (Eduardo) se introducían en la vida de los torturadores de maneras muy diferentes al texto escrito. Pero estas improvisaciones seguían la coherencia interna de los personajes. No teníamos que transformar en el escenario a Beto y Pepe en dos caracterópatas, en dos monstruos, sino en seres simples, cotidianos.

Beto tiene un hogar, va a misa, quiere a su mujer y a su hija, la Rosita: pero todos los días a las seis de la tarde llama al Sr. Galíndez para ver si se “trabaja”.

Beto es responsable y consciente de su elección, pero también es víctima de un sistema que he hecho del horror algo obvio y cotidiano. Nada es “horroroso” en el mundo capitalista (Doña Sara ha interiorizado lo obvio del horror: no se sorprende cuando ve a la prostituta en la camilla).

Hasta los torturadores pueden ser buenos padres. Eso es lo monstruoso. El torturador habita nuestro mundo diario. No es necesario encontrarlo en los hospicios ni en los manuales psiquiátricos. Es un técnico más dentro de la organización. Ocupa un lugar, como ciertos técnicos científicos.

La idea era que cada uno interiorizara el conjunto de reciprocidades de todos los demás. Cada actor había interiorizado a todo el conjunto. El trabajo de los ensayos fue sumamente creativo.

El estreno llegó sin que nos diéramos cuenta. Todo lo demás es lo sabido. Despues el público juzga.

A pesar de las funciones cumplidas, a veces nos reunimos con Jaime para mejorar la autenticidad de ciertas escenas que aparecen desvirtuadas por el tiempo, y lo volvemos a hacer con cariño, con la misma ingenuidad y entrega del comienzo.

Así da gusto hacer teatro en el país. Gente maravillosa la del Payró (Berta, Felisa, Pace, Segado, Pura, Alberti, Monti, Kogan, etc). Todos huelen teatro por los cuatro costados, y uno como yo que viene del lado de la Medicina y de la Psiquiatría, aprende todos los días. Pero no se aprende teatro solamente: se aprende a vivir, a compartir humanamente con un grupo de compañeros todo este mundo maravilloso de la creación.

Yo siempre tengo una deuda permanente con el teatro. Porque, aunque parezca increíble, la experiencia teatral compartida me hizo comprender mejor la psiquiatría.

                                  

Los torturadores

Pepe: Pero ¿y quién podría ser el otro que se hace pasar por Galíndez, digo en el caso que no fuera Galíndez en persona el que habla y nos dice que es Galíndez, cuando en realidad es alguien que se hace pasar por él?

Beto: Si yo supiera… Podríamos pensar que es alguien que Galíndez utiliza para dar contraórdenes o que directamente es alguien que interfiere en el trabajo de él y que lo está saboreando…

Pepe: Este, esto último debe ser…

(En esos momentos Eduardo sale del baño, con una toalla sobre el cuello y peinado)

Beto: En el primer caso, no… en el segundo caso podemos llegar a pensar que (lo mira a Eduardo) es alguien que… está interfiriendo las órdenes de él.

Pepe: (También mira a Eduardo) Vos decís alguien que se hubiera introducido en la organización y estuviera provocando caos.

(Beto y Pepe se ponen de pie, avanzan hacia Eduardo)

Eduardo: Ya puse desodorante… Les juro que no hay olor.

Beto: Decime, hijo de puta ¿Quién sos vos?

(Beto y Pepe agarran a Eduardo, lo empujan. Eduardo cae al piso, lo patean)

Pepe: Hablá claro. Te descubrimos. Con nosotros no vas a joder como jodiste al Flaco Ahumada.

Beto: ¿Para quién laburás, hijo de puta?

Pepe: Así que te hacés pasar por Galíndez.

Beto: (Agarra a Eduardo del cuello) ¿Por qué no lo imitás ahora?

Eduardo: ¡Socorro! ¡No sé de qué hablan!

Pepe: (Lo patea) O vos trabajás para Galíndez o sos el que hablás por él.

Beto: (También lo patea) Y decís que sos Galíndez, pero te hacés pasar por él y le dice las contraórdenes al Flaco.

Pepe: Diciendo que eras Galíndez…

Beto: (Lo trompea) Pero en realidad eras otro que se hacía pasar por él.

Pepe: (Patadas) Querías volvernos locos como al Flaco Ahumada, Pero nosotros somos dos y nos sabemos defender muy bien.

Beto: (Patea a Eduardo. Eduardo va rodando a golpes por el escenario) Trabajamos en equipo.

Pepe: (Trompadas) Y nos complementamos muy bien.

Beto: (Patadas) Y estamos dispuestos a luchar hasta el final. ¿Entendés?

(Beto y Pepe se lanzan sobre el cuerpo de Eduardo. Suena el teléfono, Beto se levanta lentamente. Pepe lo sigue. Eduardo está desmayado en el piso.)

Beto: (Atiende el teléfono) ¡Hola…! Sí… (Cambia su cara de inexpresiva a una cara de enorme placer y obsecuencia.) Si, Señor Galíndez. Habla Beto Cáceres. Buenas noches. ¿Cómo le va a usted, señor? ¿Bien? A nosotros muy bien. Gracias, gracias señor. (A Pepe) Te manda saludos.

Pepe: ¡Mandale vos mis saludos también!

Beto: Aquí Pepe aprovecha para saludarlo, señor. (Pausa) Sí, señor. El nuevo compañero también está aquí con nosotros (lo mira a Eduardo desmayado). Pierda cuidado, señor, que nos vamos a ocupar de él. Ya le hemos hablado de nuestra tarea en común y él está encantado. ¡Estábamos esperando su llamado, señor! ¡Sí, señor! ¡Sí, señor! ¡Faltaba más, señor! ¡Como usted diga, señor! ¡Sí, señor! ¡Por supuesto, señor! ¡Esperaremos señor! ¡Nuestra misión es esperar, señor! ¡Gracias, señor! (A Pepe) Saludos nuevamente del Señor Galíndez. ¡Hasta pronto, señor! (Cuelga)

Pepe: (Como un chico) Y, ¿Qué te dijo?

Beto: Dijo que todavía no había novedades. Que sigamos esperando y que espera poder felicitarnos como siempre y que está orgulloso de nosotros.

Pepe: ¿En serio dijo que estaba orgulloso de nosotros?

Beto: Dos veces me lo dijo. Al principio y al final de la conversación.

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