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un susurro muy especial
En “Recuerdos que mienten un poco” el Indio Solari propone una conversación íntima sobre su vida como ídolo, el rock, la militancia, la madurez y la enfermedad. Evocación emocionada de un libro monumental, mas allá de la manija ricotera.
Fotografía: Martín Bonetto
16 de Mayo de 2019

 

Un gordo con casco de motoquero en mano y morral negro cruzado sobre el pecho le pregunta a la cajera si el libro viene con un fernet para tener el combo completo, larga una sonora risotada y nos mira buscando alguna complicidad de pinta. La empleada le clava un visto feo y continúa atendiendo, pero el gordo garpa feliz y se va con su ladrillo de más de 800 páginas bajo el brazo. Pero no es solo el volumen físico lo que hace a Recuerdos que mienten un poco. Conversaciones con Marcelo Figueiras un libro pesado: también, y sobre todo, la propia densidad vital del protagonista; la solidez conceptual de un pensador lúcido y conmovedor y el contexto ‘histórico’ en el que lo leemos: de orfandad del ricoterismo que sabe casi con certezas que no habrá más recitales por el Parkinson que aqueja a Indio y por la tremenda “derrota” que significó la oleada de odio mediática y social pos-Olavarría en el año 2016 (suma de varios odios: desde periodistas resentidos a funcionarios y sectores sociales, “son los descendientes de esa parte de la sociedad que gritaba Viva el cáncer”, como dice Indio tratando de “historizar”).

Se trata de un libro que, más allá de la manija ricotera sobre la que cae, requiere que hagamos un poco de fuerza para desviar o sabotear el circuito de lectura programado, aquel que puede aquietarlo lentamente en la mesita de luz adulta y citarlo anecdóticamente en una conversación de amigos y amigas de baja intensidad que involuntariamente traicionarán al viejo leyendo sus memorias (sus eslóganes existenciales, las andanzas de su vida intensa y política, su profunda filosofía vitalista, su mirada de la contracultura, la psicodelia, sus códigos sobre la amistad y los dramas populares de nuestro país) como si fuese una serie entretenida o una colección de datos pasados que poco tienen que ver con los nervios y el pulso de la vida presente.

“La lectura no determina nada”, dice el Indio en referencia a sus febriles lecturas adolescentes: pudimos haber leído lo mismo y sin embargo ser muy distintos. No hay entonces una lectura mágica y performativa, lo que se lee depende siempre de cómo se lee, de con quiénes se lee y de qué otros ingredientes vitales tiramos a la olla: un texto, una idea, una canción serán siempre catalizadores y no creadores.

Recuerdos es un recorrido por las memorias de una vida de apuestas existenciales y políticas que saben que para desafiar los circuitos de control social hay que exponerse a los riesgos del ambiente.

Uno de los eslóganes más célebres de los comienzos de Patricio Rey era el de tocar “solos y de noche”, varias décadas después nos encontramos con una escena de lectura doméstica y personal que implica una práctica contra natura para el ricoterismo (leer solos y en la noche). El libro es abordado con algún vaso de whisky o una birra en mano en un cuarto solitario. Pero también es cierto que, como ricoteros, más que lectores fuimos y somos escuchas y de ahí que el efecto de oralidad y conversación del libro puede que funcione mejor aún en soledad: si la escritura propiamente dicha del Indio queda reservada a sus letras, a sus poesías, a lo cantado (por él y gritado por nosotros) la historia, en cambio, el corajudo repaso de su biografía que nos incluye, es más bien contado y tiene el tono del susurro: un relato íntimo que abre a su vez una inmensa intimidad pública, y que es balance y reflexión sobre la soledad, las intensidades pasadas, los muertos queridos, las apuestas vitales sin redes (Indio en relación a Skay: “La pileta a la que Skay se tiró toda la vida tenía agua hasta arriba, en cambio yo me tiraba a las piletas para ver si había agua”) y tomando riesgos.

citas secretas

El público de nuestra primera época no entendía nada, dice Indio rememorando los comienzos de la banda y borrando intermediarios, intérpretes y expertos de esos que filtran y explican su discurso. Se trata de un testimonio de Indio para nosotros, cuyo comienzo puede rastrearse en esa célebre conferencia de prensa en Olavarría luego de la suspensión del recital de los redondos en el año 1997 en la que, si bien lo rodea la banda, él toma la palabra desde una franqueza que perfora la pantalla y conmueve. También hay una escena de similar sinceridad y soledad en el documental Tsunami. Un océano de gente que realiza el bobo de Mario Pergolini cuando Indio –al igual que hará en ese recital en el hipódromo de Tandil confirmando su enfermedad y sumiendo a toda la multitud en un doloroso silencio seguido de una profunda ovación– está sentado solo (sin la banda, sin familiares o amigos: solo) con anteojos negros y un vaso de whisky en la mano y parece quedar conversando cara a cara con nosotros; ahí otra vez nos encara y habla de su enfermedad y muestra el pastillero y se emociona y habla de la decrepitud física y de la muerte y por momentos se quiebra y en las muecas con las que aguanta las lágrimas nos aloja a todos los que lo miramos y se queja de la no correspondencia de su edad y de que no sirve para ser viejo y se muestra doliente –pero lúcido– y spoilea ese testimonio vital que explayará en Recuerdos: el largo viaje de Patricio Rey, la lírica que compuso a lo largo de su vida, el discurso público que creó, moldeó y modeló con su propio cuerpito, los proyectos que aún tiene, el misterio que significa ocupar ese lugar en la historia del rock y de nuestras vidas.

Lo escuchamos hablar (aquellas veces y ahora) con la atención con la que siempre le otorgamos al pensador más importante de nuestra época: siempre lo leímos y lo escuchamos tuteándolo como a un aliado (una alianza para pensarnos y para pensar la época). Si bien no tomamos a Indio como un ídolo –como no tomamos a nadie de esa forma– para que nos baje línea o nos marque una jerarquía o nos imponga una agenda existencial o política, si además de cómplice es líder lo es por erigirse como tal desde el suelo sensible y el plano de fuerzas que instaura una alianza concreta desde la que manoteamos ideas, imágenes, conceptos y afectividades para pensar e intervenir políticamente en la época (a esta altura: las épocas). Si el viejo “rompe el cerco” y despeja la cancha despegándose de apropiaciones vetustas, de interpretaciones hechas desde lugares anquilosados (la cultura under platense y porteña, los ochenta y el “caldo prebiótico” de lo que fue Patricio Rey: toda la vieja cultura frita…) es porque en la charla sincera y directa con nosotros apuesta por el trasvasamiento generacional.

 

si hace falta hundir la nariz

Hay un modo de leer el libro envejeciéndolo y es cuando se le demanda al Indio que se ‘coyunturalice’; empujarlo a opinar del régimen de obviedad del macrismo y de sus malas noticias cotidianas. Mejor que tratar de transformar al Indio en polemista o en panelista de la horrible “actualidad” es convocarlo, aliarse a él para hablar del presente: para crear de modo artesanal otras imágenes políticas que nos permitan pensar la coyuntura más allá de ella. Pensarla perforándola. Pensar las derrotas pequeñas y grandes (incluso las históricas: Indio habla con gran sensibilidad popular sobre la hiperinflación y su relación con el estado de ánimo, del buenismo cobarde del alfonsinismo, de lo que significa enfrentarse a los poderes fácticos, de la maquinaria letal de la dictadura militar, de la tortura vivida en carne propia, de las visitas a amigos presos incluso ya entrada la democracia), las deserciones y los temores, los deseos y las tristezas sociales, aquellas que –en planos alejados de lo evidente en que a veces se lo pone a jugar– incubaron y viralizaron al macrismo. Macrismo que, entre otras cosas, arrojó un misil y dinamitó por el aire a uno de los últimos grandes acontecimientos multitudinarios y dispositivos de hospedaje para las y los damnificados por la sociedad del ajuste: un paraíso de los olvidados y de las vidas infames en donde durante años desfilaron sin provocar indiferencia distintos grados de desamparo, locura y marginalidad social, cultural, económica y sobre todo existencial. Un verdadero régimen abierto en el que siempre pernoctó el y la que quiso.

 “¿Cómo conmovés a quien no conocés?” se preguntaba el Indio al momento de parir sus canciones, y el enunciado anti ghetto y anti sociabilidad de “clones” llega hasta nuestros días para seguir apostando con urgencia por una política –y una escritura política– que también interpele a las fuerzas anónimas, extrañas y desconocidas; que se abra a lo indeterminado y desprolijo; que contagie y que convoque, como en esa prehistoria del viaje de Patricio Rey, al cabaret político (“en ese mar de gente no puede sino haber de todo por simple ley de proporciones. Desde una piba que milita en La Cámpora a alguien que admira a Charles Manson”). Recuerdos es un recorrido por esa sensibilidad, expresividad y capacidad de leer, por las memorias de una vida de apuestas existenciales y políticas que saben que para desafiar los circuitos de control social hay que exponerse a los riesgos del ambiente, ir a los bordes de lo que se ignora. Con valentía y con gracia.

¿Qué nos dicen estos enunciados vitales en medio de la soledad política del macrismo? ¿Qué le dice a una generación de jubilados prematuros, a lectores y lectoras que están más cerca de estilizar y anecdotizar la noche y las vivencias que de pensarlos como terrenos de experimentación social?

 

el que las hace las paga

Las trincheras no son como los refugios: forman parte del campo de batalla, no pretenden aislarnos ni hacernos olvidar las condiciones bélicas en las que nos encontramos. Una lectura política de Recuerdos implica meterlo en las guerritas del presente; conectarlo a las líneas y fuerzas en las que estamos tomados y a través de las cuales agitamos y militamos la Realidad (la trinchera deviene espacio de creatividad); una lectura política del libro del Indio lo niega como artefacto cultural, como pieza de la historiografía roquera, o como consumo cultural entretenido. “Con otro tipo de riesgo esta vida puede volver a ser digna”, se lee en un texto de intervención que publica la banda luego del asesinato de Walter Bulacio. El enunciado tendría que impactar como un sopapo para salir del sopor: no duermas, leelo y metabolizalo con tu propia vida.

El correr riesgos como axioma estético, ético y político; el sistema anímico como objetivo a proteger (y la “valentía” de protegerlo); el costo social, económico y “biológico” de la psicodelia, la contracultura y la autogestión real (cuando no es una pose ideológica sino una verdadera apuesta vital). Recuerden que vivir solo cuesta vida, insiste Indio. ¿Qué nos dicen estos enunciados vitales en medio de la soledad política del macrismo? ¿Qué le dice, que le susurra Recuerdos a una generación de jubilados prematuros, a lectores y lectoras que están más cerca de estilizar y anecdotizar la noche, las vivencias, “la vida pública”, que de pensarlos como terrenos de experimentación social? ¿Hay una escucha que perturbe esas formas de vida? ¿Será Recuerdos que mienten un poco una última oportunidad (una insistencia) para –en vez de transformar a los Redondos y al “rock barrial” en general en la banda de sonido de vidas vividas con las “ambiciones al mínimo”–, preguntarnos, con el libro en la mano, cómo nos va en estos días?

Esa pregunta filosa y siempre vigente, sigue sonando en fade out casi tres años después de la última vez que nos vimos. No será ya gritada y pogueada en multitud, pero podrá viajar vía escritura y susurro y, al igual que esa consideración intempestiva –y retrospectiva– que es su último gran disco El Ruiseñor, el amor y la muerte, servirnos para seguir investigando el estado de salud del nosotros político, darnos fuerzas para sostener las alianzas insólitas y donándonos imágenes y conceptos para extraer desde el feo presente las sumergidas leyendas del futuro.

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