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un fin de semana en la patria de la felicidad
Tras el veto de Vidal para tocar en Mar del Plata, La Renga se mudó a la república separatista de San Luis y hacia allí fue la marea famélica y curtida, para encontrar un precario paraíso verde de precios cuidados, bien regado con latitas y traspiración. Crónica de un nuevo congreso de esquinas sin duranbarbizar, donde el hit del verano sonó ambiental, constante y atronador, como el show de la ya venerable banda de Mataderos. Y luego, el viaje de vuelta hacia la insoportable tranquilidad.
Fotografía: Leo Italiano
23 de Abril de 2018

“Hay 2019”, guasapeó el Alberto y convocó al peronismo desunido y desorganizado para un encuentro de la militancia en la ciudad de Villa Mercedes, San Luis. Semanas más tarde y quizás con otro mensaje esperanzador de por medio, hubo finalmente -en el mismo complejo de La Pedrera- recital de La Renga y el despliegue del viejo y querido congreso de esquinas; o para ser etariamente precisos: congreso de reunificación de veteranos y veteranas de esquina.

Luego de la panzada de recitales en el estadio de Huracán en 2017, tolerados por el jefe de la Ciudad de Buenos Aires en plena coyuntura electoral, las gastadas excusas para impedir el regreso de la banda a la provincia de Buenos Aires volvieron a hacerse escuchar. Los tickets decían Sábado 7 de abril en el Estadio José María Minella, pero el fin de semana pagano que nos esperaba no tendría fotos con lobos marinos ni mar y arena de fondo. “Una vez más, empezaba el comunicado que la banda hizo circular luego de la suspensión, “el gobierno de la Provincia de Buenos Aires inventa un motivo para que no podamos tocar en Mar del Plata”. Esta vez el Ministerio de Seguridad se había negado a brindar el operativo policial necesario para garantizar el show; un nuevo no que se suma a los del Estadio Único de La Plata y San Pedro. “Si ustedes nos preguntan por qué nos suspendieron el show… no sabemos, huele a discriminación”, dijo Chizzo, líder de la banda, arriba del escenario, menos con un tono llorón y de ingenuidad que con la calentura inocultable del que busca empujar hacia la zona fuera de coaching a las autoridades de la provincia de Buenos Aires. Todo un gesto de provocación para que a Mariu –apodo imposible de encontrar en la vagancia femenina rocanrolera- se le vea públicamente su rostro más anti. Pero a los amarillos bonaerenses tampoco les calienta el acting democrático, saben que están ante un núcleo duro de sensibilidad anti-macrista, vidas ingobernables para el duranbarbismo, causas perdidas para la nueva Argentina.

va por saint louis

La mudanza forzada dinamita los planes de escapada-de-fin-de-semana: San Luis no es MDQ y el costo del trayecto se encarece más por el gasto social que monetario. El turismo roquero o el curioseo millennial del glotón de experiencias dejan paso a los viajeros frecuentes, esos y esas que se mandan y después averiguan como lidiar con los vueltos: el faltazo al sábado laboral, el abandono temporal de las obligaciones familiares y conyugales, la anginita y/o la resaca del lunes por la mañana y el dolor de bolsillo en los meses próximos. Después de todo, ¿qué le hacen unas cuotas más al eterno endeudado? 

“Es viernes y tu cuerpo lo sabe”, dice en un video el hermano del Alberto. Son casi las once de la noche y estamos en Constitución esperando para subirnos a un Flecha Bus. Un demonio borracho sale de la noche atraído por el aroma a vino y acopla cantando un fragmento de Lo frágil de la locura, y después vuelve a meterse en su boca del lobo. Un par de pibes veinteañeros piensan algún plan para evitar que las heladeritas vayan a la bodega del micro (“tratemos de esconder los hielos en la mochila”), otro vuelca un chorro de ferné al piso y se salva rápidamente de la impugnación general dedicándolo a los que ya no están,  un gigante de campera negra y borcegos se tambalea anunciando el vómito con el que bautizará minutos después el precario y preciado bañito.

Arriba del micro la primera carcajada sociabilizadora arranca con la parodia simpsoniana de la presentación del coordinador: “Hola, soy Troy McClure. Seguramente me recuerden por viajes como….”. Pero acá importa más el barrio de procedencia que el oficio o la profesión. Igual, en medio de la nube de risas, humo, escabios y cancioncitas chilladas desde los celulares, aparecen otras breves presentaciones: “hago mantenimiento”, “soy docente y hoy hice paro”, “yo soy empleada doméstica, cuido a una vieja piola”, “trabajo en una empresa haciendo la parte de redes”; y se mezclan también referencias al encarcelamiento de Lula y al garrón del pronóstico de mal clima extendido.

El primer MMLPQTP estalla ni bien apoyamos el culo en el asiento y va a sonar durante todo el fin de semana (hay un amague de enganche con la marchita que pierde aliento antes de la primera estrofa). Las horas pasan y las que se mantienen en pie, copando y bancándose –a tono con la época- ser minoría son un par de pibas que no llegan a las cuatro décadas y que a pura carcajada y berretín apuran a los varones durmientes: “Dale, loco, ¿ya están haciendo noni-noni? Yo tengo tres hijos, dejé todo y me vine a ver a La Reeeenga, locooo”.

El rito de los bolsillos sangrantes muestra también que ciertos berretines ya son órganos: no hay cambios de hábitos posible, lo que se pierda será por mutilación.

breve destierro de civilización

“Acá seguro hay Wi-Fi gratis, boludo”, tira con certeza un colgado al que le quedó incrustada alguna esquirla de campaña publicitaria en el inconsciente. Los celulares tienen poca señal y las baterías están en rojo. Desconectados y arrojados a un enorme parque con laguito incluido, manoteamos la folletería turística que nos ofrecen y nos sorprendemos de la sonrisa institucional que nos da la bienvenida, parece que estamos en una ciudad vagancia friendly. El paisaje es encantador: los manchones negros de las remeras roqueras y los trapos multicolores desparramados por los cuatro costados, el cielo gris que amenaza con desplomarse (¡toca La Renga y llueve, no importa cuando leas esto!) y una interminable alfombra de verde césped regada de latitas de Brahma, Schneider y Quilmes; parrillitas más o menos improvisadas que no paran de largar humo y asar patys y bondiolitas, caritas de emojis sonrientes de pibes y pibas –mayoritariamente sub 35, aunque varios parezcan tener una sota de más- que se pasean de acá para allá sabiendo que somos locales otra vez. Es un gigantesco muestrario de cuerpos que-no-se-cuidaron, que no sucumbieron del todo al despiadado totalitarismo estético de la época; cuerpos de los que únicamente practicaron el deporte de destapar botellas, como diría Indio. Panzas de las que guardan las planchas de ravioles piel adentro, barbas no-hípster, peladitas y canas, algunas familias que traen a los pibitos y pibitas para iniciarlos en el ritual colectivo, grupos de  que andan dando vueltas con las heladeritas a cuestas buscando el mejor sitio para el picnic de día nublado y rocanrol. Cuerpos dóciles para el laburo y para la joda y la fiesta rocanrolera en proporciones similares; gedientos para largar todo y rajar y sobrios a las piñas para palanquear el cuerpo cansado ante las alarmas mañaneras, porque soportamos los engomes de clase, así como también gozamos de las fiestas paganas que permiten olvidarlos.

Se vive, una vez más, el entretenimiento masivo y a cielo abierto en el que paseamos nuestra mejor versión, pero también se palpa cómo sobrevuela en la jornada el mandato silencioso de sacrificio y rocanrol que obligaba a estar acá para defender con los dientes apretados los berretines propios que supimos conseguir. Con los cuerpos y las subjetividades pesadas desparramadas será siempre más jodido borrarnos del mapa: un no entonces más o menos audible al verdugueo estatal y también al deseado desalojo de esta perdurable máquina de guerra compuesta de carne, asfalto, rocanrol y agites suburbanos. Un pedazo de vida generacional -y también de muerte: acá convocamos a los fantasmas de nuestros muertos queridos- que a esta altura no necesita de posteitos y artículos de solidaridad progre para “frenar la censura”, muchos menos de aquellos que siempre impugnaron los componentes plebeyos y barriales de estas movidas rocanroleras.

 

a la carga mi rocanrol

Dani señala orgulloso las remeras de La Renga con el MMLPQTP y la fecha del show que cuelgan de una soga improvisada: en pocas horas las vende todas y promete nuevos diseños para el próximo recital. Dice que también lo podemos encontrar en “las marchas en Plaza de Mayo” y en su sitio de Facebook.

Acá se respira un ambiente de anti-macrismo fisiológico, un rechazo visceral que no requiere de traducciones ideológicas ni de interpretaciones sociológicas; lo puteamos hasta si se termina el hielo para el ferné. La omnipresencia de la sigla en remeras y banderas, y el hit de la temporada verano-otoño sonando sin parar son tan solo saltos a la atmósfera de gérmenes continuamente incubados en estos parajes silvestres, en estas grandes ranchadas, en tribunas de fútbol, en nocturnidades más o menos clandestinas, en los agites sueltos que recorren la ciudad y sus calles… en las circunstancias siempre fértiles y subestimadas para la movilización de afectos políticos y para la creación colectiva y anónima de enunciados destinados al karaoke.

Varias horas después y en el epílogo del show, Chizzo leerá las banderas que se perciben entre el vapor humano que sale del pogo y hará aún más audible el eslogan primitivo con el que la vagancia leyó las modificaciones en el Palacio: “gracias a todos los que se vinieron de lejos, ahí Berisso, Viedma, Caraza, Macri Gato… Mendoza, San Juan… je”; después mira a los costados con la risita del que se manda una travesura y encuentra complicidad en el Tete que le festeja la boqueada. La estelar bandera de palo con la tipografía renga, que ya había acumulado cientos de likes y fotos-souvenir en la previa y en los recitales de Huracán, ondea soberbia y el chiste se celebra abajo como un riff.

En los alrededores del estadio recuperamos algo de la dignidad consumidora perdida en los últimos años. De reojo vemos un food truck recheto que espanta a quienes no estamos acostumbrados a tutearnos con esas estéticas palermitanas. Un cartel anuncia una hamburguesa a 100 pe, una hamburguesa gourmet con lechuga, huevo, queso y ¡papas fritas! Al lado un loco vende una Pepsi gigante con vaso repleto de hielos al mismo precio. Un pibe mendocino nos mira sin comprender nuestras caritas de felicidad bajonera (apuesto a que, si seguimos conversando, larga un “hace rato que nosotros pagamos el transporte más caro que ustedes”). Carteles de algún Saá agradeciendo a otro Saá por alguna obra, nula presencia de vendedores ambulantes sueltos, extemporáneos precios cuidados y ambiente cheto para el disfrute de los pibes y las pibas, laguito artificial a un costado, plazoletas con palmeras onda maiame, poca presencia policial y un orden exasperante en las filas de ingreso al estadio; una verdadera tentación para algún cachivache en recuperación, de esos que luchan hasta quedar exhaustos contra la pulsión que los empuja a tirar una botella de vidrio y pudrirla porque sí.

Dentro del estadio las banderas de siempre se mezclan con las que aprovechan la cercanía geográfica. Hay vagancia que vino de San Juan, Mendoza, Salta, grupitos de pibes que cruzaron la cordillera, varios cordobeses y cordobesas y un enorme flujo que derramó desde Buenos Aires y sus periferias en los cientos de micros que embotellaron el tramo final de la ruta y que nos esperan ordenados en el estacionamiento al lado del estadio.

El show tuvo un atronador setlist de tono belicoso y con la presencia de casi todos los himnos y manifiestos del agite renguero que ayudan a sostener al cuerpo parado de manos. La inocultable calentura de la banda le suma un plus de vitalidad furiosa a cada uno de los acordes. Más de dos horas al palo en las que suenan A tu lado, Detonador de sueños, El final es en donde partí, El viento que todo empuja, Tripa y CorazónCuando vendrán (gran parte de la banda sonora de los agites del 2001 y 2002); sumadas a las imprescindibles canciones para viajantes (Corazón Fugitivo, Nómades, Oportunidad Oportuna, Motoralmaisangre), el recuerdo para Miguel Ramírez en San Miguel, con el siempre conmovedor despliegue del trapo gigante que desde el campo mira hacia el cielo apuntando a quienes miran el recital desde las plateas más altas, un par de clásicos como El rito y Triste canción de amor, y las canciones terapéuticas con las que hace ya varios años comenzamos a pensarnos como animalitos sufrientes en entornos precarios (El rey de la triste felicidad, Desnudo para siempre).

el final es en donde partí

En el viaje de regreso solo se escuchan algunos ronquidos, unos audios sucios con  fragmentos de recital y estornudos que anuncian la gripe que vendrá. Cerca de las diez de la mañana del domingo el micro hace una última parada antes de aterrizar en Constitución. Bajamos arrastrando las piernas, capuchas y lentes de sol para ocultar algún ángulo de los rostros hinchados, y nos ponemos a hacer la fila en una YPF. Alguien dice que estamos en Arrecifes pero a nadie le interesa mucho el dato. Un imberbe vestido de rambo actúa de seguridad y controla que solo ingresen grupitos de cuatro personas al local. Mientras un flaco mira con ganas la pelota de cuero que brilla inflada encima del mostrador pedimos un café con medialunas. Un cuarentón se ríe y nos mira cómplice ante la consulta de si queremos azúcar o edulcorante: “imaginate si después de todas las porquerías que tomamos ayer le digo edulcorante; no me da la cara, je”. Otro está indeciso y decide juntar desayuno con cena perdida de la noche anterior: pide un sándwich de milanesa completo y un café, y mientras toma despacio una Villavicencio fría se manda una elegía que arranca varias risotadas: “estamos pagando la victoria de ayer, compas…en el partido de vuelta siempre se pierde”.

Regresamos lentamente al micro. Un patrullero de la bonaerense se estaciona al lado de un camión que transporta gas y dos policías se cuelgan a hablar en medio de la salida a la ruta; los choferes que ya nacieron con el corazón ortiva apuran los cigarrillos y de nuevo en el camino para el check-out. El cielo sigue gris como en todo el fin de semana, unos pájaros subidos a los cables de alta tensión nos miran desde las alturas. Cuesta, como siempre, volver a encontrar el portal de regreso al presente desencantado. Por la ventanilla empañada pasan tractores y silobolsas, alguna casita prolija con un auto de alta gama en la puerta y una piletita de material. Todas imágenes de una tranquilidad insoportable.

Dentro del micro alguien pega señal y tira la noticia de la suspensión del recital de Viejas Locas en Tucumán. Parece que el Pity cayó como a las cinco de la mañana re loco y no quiso tocar. La gente se calentó y prendió fuego todo el lugar. Comparamos esa escena con una imaginaria –o no tanto- en la que Indio se pichicatea para salir a bancar las grandes misas, y mencionamos todo el operativo desgaste que nos morfamos en las semanas previas al recital. No. Ni loco. Algo así no tendría lugar nunca jamás con nuestras bandas, “le guste o no a la gilada, somos parte de la obra: nosotros somos la obra”, acota un amigo observando los dos días que lleva batallando con una gripe fulminante sin patalear y en estado de agite. Parece difícil no creerle.

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