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las tumbas del kremlin
La escritora y periodista Hinde Pomeraniec acaba de publicar Rusos de Putin, reedición actualizada y aumentada de un libro escrito originalmente diez años atrás. Una crónica, que a la vez puede leerse como una novela de intriga, sobre la Rusia profunda, donde la autora indaga en las razones del ascenso y la permanencia en el poder de un líder carismático cuyo estilo y prácticas le recuerdan, en algunos aspectos, a la Unión Soviética. El capítulo que aquí presentamos tiene como protagonista a Boris Nemtsov, un dirigente opositor asesinado en misteriosas circunstancias en el año 2015.
Ilustraciones: Ezequiel García
27 de Noviembre de 2019
Rusos de Putin. Postales de una era de orgullo nacional y poder implacable.
Autor: Hinde Pomeraniec
Editorial: Ariel

Moscú, junio de 2019

Camino en la mañana moscovita con un cielo desganado que aún acompaña el paseo y un sol a punto de perderse. Acabo de visitar el mausoleo de Lenin; una hora y media de cola para pasar apenas unos minutos alrededor de la momia. En mis viajes anteriores no había tenido tiempo para hacerlo y esta vez me propuse remediar esa falta. No puedo decir que haya salido impactada con la imagen del padre de la Revolución porque lo que realmente me impresionó fue comprobar que la única tumba del Kremlin que tiene flores frescas es la de Stalin.

Casi sin darme cuenta llego hasta el puente Bolshoy Moskvoretsky, que regala una vista fabulosa de la ciudad. Aquí es donde en 1987 aterrizó su Cessna 172 Mathias Rust, el joven alemán occidental que sobre el final de la Guerra Fría, y en un gesto disparatado y riesgoso, se propuso llegar hasta la Plaza Roja como “prueba de paz”. Un delirante que terminó detenido durante más de un año, que salvó su vida de casualidad y que sigue creyendo que fue gracias a su “gesta” que Gorbachov pudo adelantar la Perestroika.

Mientras me detengo para sacar fotos del Kremlin con el celular, advierto que a mi lado hay un grupo de cinco personas mayores con el mapa en la mano que escuchan con atención a un guía que habla muy buen inglés. Ninguna de las tres mujeres tiene tintura: todas exhiben su pelo blanco. Las tres cargan una mochila en la espalda, en la que sobresale la botella de agua mineral. Dos de ellas usan lentes de sol, la otra ubica su mano como visera. Los dos hombres que están con ellas ya son ancianos y uno parece no escuchar bien. “Hace cinco años, en este puente asesinaron a balazos a un político opositor”, les cuenta el guía. Me dan ganas de sumarme al grupo y decirles: Boris Nemtsov, se llamaba Boris Nemtsov.

Después de muchos años de práctica, Nemtsov había aprendido a pedir autorización con el tiempo justo para organizar manifestaciones callejeras, ese trámite imposible. Viejo zorro de la política, primero del cabildeo y la función pública y luego de la política de la calle, no había habido marcha ni protesta en la que él no se hiciera presente como uno de los organizadores y, también, entre los principales oradores.

Ya sea porque quedó fuera de cualquier círculo de poder o porque era real su repudio a la personalidad autoritaria de Putin, desde muy temprano Nemtsov se ubicó en la vereda de enfrente a la del líder.

 

Había nacido en 1959 en Nizhny Novgorod, que en tiempos soviéticos se llamaba Gorki. Estudió Ciencias Físicas y Matemáticas y se doctoró en Física. La primera gran protesta en la que participó tuvo lugar en 1988, dos años después de la catástrofe de Chernóbil, cuando estuvo presente en las manifestaciones en contra de un proyecto para instalar una central nuclear en su ciudad. La caída de la Unión Soviética y la apertura de la Perestroika lo encontraron con la formación, la edad y las ambiciones justas. Muy joven se convirtió en gobernador de su ciudad natal y pocos años después llegó a ser viceprimer ministro y ministro de Energía del gobierno de Boris Yeltsin. Aunque su nombre fue uno de los evaluados para suceder al presidente enfermo, Yeltsin se decidió por Vladimir Putin.

Ya sea porque quedó fuera de cualquier círculo de poder o porque era real su repudio a la personalidad autoritaria de Putin, desde muy temprano Nemtsov se ubicó en la vereda de enfrente a la del líder. En 2004, durante la Revolución Naranja, tomó partido público por el candidato proeuropeo Viktor Yuschenko, de quien fue asesor económico por un tiempo. Ya de regreso, y claramente del lado de la oposición, integró las fuerzas de varios partidos liberales y fundó otros también; uno de ellos, Solidaridad, junto con Kasparov. Criticaba a Putin en libros, documentos, redes sociales y en la calle, megáfono de por medio. El presidente, por su parte, nunca perdió la oportunidad de desmerecer sus credenciales políticas y de acusarlo directa o indirectamente de haber sido miembro de la clase política rusa que “se robó todo”.

En diciembre de 2011, salió a las calles la mayor manifestación popular desde la Perestroika para impugnar por fraude las legislativas en las que el oficialista Rusia Unida había ganado la mayoría de las bancas. El objetivo era que se repitieran las elecciones y Putin fue el blanco elegido del repudio. Las marchas y protestas se sucedieron, y cada una terminaba con cientos de detenidos. El oficialismo menospreciaba a los que participaban de esos actos por considerarlos “burgueses quejosos de clase media”. Una cinta blanca se convirtió en símbolo de protesta. Nemtsov estaba siempre ahí y, por lo general, era uno de los que acababa en prisión. “Después de diez años de hibernación, Moscú y toda Rusia han despertado”, escribió en su blog.

No se equivocaba: por esos días no eran sólo los grandes centros urbanos los escenarios de movilizaciones sino que casi cien ciudades y pueblos rusos se alzaron en protesta por las legislativas amañadas.

Consultado por lo que algunos imaginaban como una reproducción de las revoluciones de colores en territorio ruso, Putin fue una vez más el campeón de la descalificación: “Las revoluciones de colores son una práctica establecida para desestabilizar sociedades. Sabemos lo que sucedió durante la Revolución Naranja en Ucrania. Por cierto, algunos de nuestros activistas de la oposición estuvieron en Ucrania por aquella época y ejercieron cargos oficiales como asesores del entonces presidente Yuschenko. Pero, para ser franco, cuando vi en televisión que algunas personas llevaban algo en el pecho, le diré con honestidad, aunque resulte inapropiado, que pensé que aquello era una campaña educativa sobre el sida y que se habían, perdóneme, prendido preservativos en el pecho. Lo que no entendía era por qué los habían sacado de sus envoltorios”.

En marzo de 2012 Putin ganó las presidenciales con el 63,6% de los votos y el 6 de mayo, un día antes de su asunción como presidente, en Moscú, la oposición convocó a una marcha que debía culminar en una concentración en la plaza Bolotnaya y que se convirtió en un caso emblemático de represión policial, violaciones de las leyes rusas y “justicia telefónica”. Aunque en un comienzo la oposición había intentado obtener permiso de la alcaldía para protestar en una plaza más céntrica, aceptaron ir a Bolotnaya porque imaginaron que sería mejor y más organizado para una protesta masiva.

En realidad, separada por un lado del Kremlin por el río Moscova y, por el otro, de un barrio residencial por un canal, la plaza es una especie de isla que le permitía a la policía y las fuerzas especiales antidisturbios de la OMON (Escuadrón Especial para Propósitos Especiales) acordonar el sitio y también el lugar más adecuado para que los manifestantes llegaran y se fueran de a poco, sin posibilidad de salir corriendo. Sencillamente, una trampa.

Bastonazos, lluvia de golpes, gases, provocaciones; cientos y cientos de detenidos y el inicio de causas legales contra varios participantes de la protesta que al día de hoy sigue siendo vista como una de las mayores violaciones contra los derechos de los procesados, a quienes acusaron de “disturbios masivos”, lo que en Rusia puede conllevar penas de hasta quince años de cárcel. El gobierno presentó los hechos como si se hubiera tratado del apaciguamiento de una revuelta. Sin embargo, todos los organismos de derechos humanos coincidieron en lo contrario: fue una vergonzosa represión de una protesta pacífica. Nemtsov fue uno de los acusados en la megacausa.

El 7 de mayo Putin asumió la presidencia de Rusia por tercera vez en una Moscú vacía y bajo medidas de seguridad extraordinarias. Varios opositores abandonaron el país luego de la represión y posterior judicialización del caso Bolotnaya, entre ellos, Kasparov, que en la actualidad vive con su familia entre Split (en Croacia) y los Estados Unidos. Tiene pasaporte croata y eso le ha permitido mantener su pasaporte de origen.

Nemtsov, algo más solo, continuó utilizando cualquier espacio disponible para atacar al oficialismo y, en especial, al presidente.

Los esperados Juegos Olímpicos de Sochi terminaron el 23 de febrero de 2014. Al día siguiente, un tribunal de Moscú dictó sentencia contra ocho de los acusados por el caso Bolotnaya. Ese día también hubo arrestos a las puertas del tribunal y entre los detenidos estaba Nemtsov, quien había sido elegido legislador en Yaroslav, lo que le garantizaba un cierto protocolo legal pero no inmunidad. Estaba en prisión cuando comenzó la crisis que terminaría con la anexión de Crimea. Fue entonces que publicó en Facebook un texto luego de que los medios se negaran a publicarlo:

Putin le ha declarado la guerra a Ucrania. Ésta es una guerra fratricida. Rusia y Ucrania pagarán un alto precio por la sangrienta locura de este desequilibrado agente de la policía secreta. Morirán jóvenes de ambos bandos. Habrá madres y hermanas desconsoladas. Habrá niños huérfanos. Crimea se quedará vacía porque ya nadie irá allí de vacaciones. […] El demonio se alimenta de la sangre del pueblo. Rusia sufrirá el aislamiento de la comunidad internacional, el empobrecimiento de su población y las represiones políticas. Dios, ¿qué hemos hecho para merecer esto? ¿Y hasta cuándo continuaremos soportándolo?

Las encuestas señalaban que sólo el 1% de la población rusa se oponía a la acción en Crimea. Nemtsov convocó a una nueva protesta y se puso a la cabeza de la marcha con un conjunto de personas que sostenían un cartel que rezaba: “Ucrania no se toca”. Otras pancartas decían: “Por vuestra libertad y la nuestra”. Nemtsov fue el primer orador: “Es un enfermo, pero no sólo un enfermo, también es un hombre cínico y deshonesto. ¡Ocupó Crimea porque quiere gobernar para siempre!”.

Su actividad era intensa aunque inútil y el esfuerzo lo desgastó. Cansado de gritar en el desierto, ese mismo año viajó a Israel, y hasta pensó en quedarse ahí y no volver más a Rusia, pero no lo hizo. La noche del 27 de febrero de 2015 está en Moscú y, luego de dar las puntadas finales a un informe sobre la guerra en Ucrania y la participación de Rusia en el conflicto, salió a cenar con su novia, la modelo ucraniana Anna Duritskaya. A la salida del restaurante, cuando regresaban caminando de la mano por el puente Bolshoy Moskvoretsky hasta la casa de Nemtsov, varios hombres bajaron de un auto blanco y dispararon contra él. Hubo testigos. Lo mataron cuatro certeros disparos de Makarov por la espalda. Las fotos recorrieron el mundo: una bolsa de plástico negra sobre el asfalto con la espectacularidad de San Basilio como telón de fondo y a metros del Kremlin.

Como en el caso de Anna Politkovskaya, y como en tantos otros, una vez más comenzaron las especulaciones. Abogados, militantes de derechos humanos, políticos, periodistas de investigación: la lista de hombres y mujeres que se comprometieron con denuncias de todo tipo contra Putin desde su llegada al poder, veinte años atrás, y murieron asesinados son muchos. Demasiados como para pensar que sólo se trata de intentos de desestabilización de su exitoso gobierno por parte de los enemigos de Occidente. Con el crimen de Nemtsov, otra vez una red inagotable de hipótesis: fue Putin, fueron la CIA o Ucrania para perjudicar a Putin, fueron los islámicos radicales rusos, fueron cuentas pendientes personales.

La primera aproximación al tema por parte del gobierno de Putin la hizo su vocero Dmitri Peskov, quien recurrió a una estrategia de minimización ya conocida: “No era un político popular. Era apenas un poco más conocido que un ciudadano promedio”.

Lo mataron cuatro certeros disparos de Makarov por la espalda. Las fotos recorrieron el mundo: una bolsa de plástico negra sobre el asfalto con la espectacularidad de San Basilio como telón de fondo y a metros del Kremlin.

 

La justicia determinó que los asesinos eran cinco chechenos que habían recibido en rublos el equivalente a unos 200.000 dólares para matarlo. Los hombres tenían férreos vínculos con las fuerzas de seguridad leales a Ramzan Kadyrov, el hombre fuerte de la república del Cáucaso norte. El nombre del autor intelectual del crimen no fue esclarecido. Cuando Kadyrov se enteró de las condenas, una de ellas a cadena perpetua, desde Grozni dijo que la evidencia era dudosa, se atrevió a asegurar la inocencia de los hombres y advirtió que la justicia actuaba en contra de ellos sólo porque eran chechenos. Respecto de Zaur Dadayev, el autor de los disparos, no sólo negó su responsabilidad sino que fue aún más allá al afirmar que “es un verdadero patriota ruso”.

Uno de los principales socios de Nemtsov en la coalición opositora, Mijaíl Kasianov, también terminó fuera de juego. En abril de 2016, cuando todo indicaba que iría como candidato a la presidencia para competir contra Putin, las imágenes íntimas del ex primer ministro del primer gobierno de Putin en un departamento con su amante fueron transmitidas por los noticieros de uno de los canales del Estado. Puede decirse que Kasianov es un hombre afortunado: en la lotería de la represión de los opositores, apenas le tocó la muerte civil.

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