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breve arqueología de la inteligencia argentina
Desde hace exactamente tres décadas cada vez que vivimos un escenario de alternancia en el vértice del poder político, el mundo de los servicios de inteligencia salta al primer plano. Pero esta vez parece que ese viejo esquema de espionaje interno al servicio de las internas palaciegas va a quedar en el recuerdo. Viaje a 1989, el año en que se pusieron los cimientos de una lógica espúrea que hizo metástasis.
Fotografía: Hugo Aveta
05 de Marzo de 2020
crisis #38

 

Cuando el 23 de enero de 1989 un grupo de militantes del Movimiento Todos por la Patria (MTP) asaltó el regimiento de infantería mecanizada de La Tablada, una lúgubre sensación de déjà vu recorrió la espina dorsal del país todo. Ese día buena parte de los atacantes pagó con sus vidas el anacronismo que implicaba volver a tomar las armas, mientras los sobrevivientes soportaban la saña de los represores y una incomprensión social casi unánime. Lo que nadie imaginó es que aquel espisodio inauguraba una metodología política que pervive hasta hoy y cuyos protagonistas son los servicios de inteligencia.

La intervención de los espías en las coyunturas donde el poder está en veremos se ha hecho una costumbre. Cada vez que se palpita una alternancia en el ejecutivo y se avisora el rediseño de los pactos de gobernabilidad, emergen desde la trastienda del sistema político esos seres espectrales que todos intuimos pero cuyo rostro desconocemos. Tales apariciones estelares sirven como termómetro y nos permiten enhebrar una breve arqueología de la institución más enigmática de la república.

 

rebobinar hasta que aclare

En 2018 la causa de las fotocopias de los cuadernos fue protagonizada por un exmilitar devenido chofer, que registraba cada movimiento de los funcionarios kirchneristas como si de la “guerra fría” se tratara. Una pregunta quedó sin respuesta en la estridente cobertura mediática: ¿para quién escribía Oscar Centeno?

En 2019 otro espía inesperado con aires de megaagente saltó a la fama: Marcelo D´Alessio formaba parte de una red de inteligencia paraestatal que nutría la maquinaria extorsiva de un grupo de jueces, periodistas y políticos empeñados en salvar a la República del peligro populista.

En 2015 la muerte del fiscal Alberto Nisman impactó de manera decisiva en el ascenso al poder de la Alianza Cambiemos, y al mismo tiempo marcó el final de una época estelar de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE): el interregno de Antonio “Jaime” Stiuso, el más avispado de los espías locales. Como en tantos otros temas, la calamitosa gestión de Mauricio Macri despierta en la mente de los argentinos una inevitable nostalgia por aquel pasado para nada idílico.

Stiuso había tomado el comando de la SIDE en 2001 pero su primacía se confirmó en 2004, luego de obligar al entonces ministro de Justicia Gustavo Béliz a exiliarse del país por haber osado mostrar en televisión una foto de su secreto rostro. Fue una señal del poder que emana desde las catacumbas del estado. El naciente kirchnerismo, que navegaba entre las torrentosas aguas de la crisis, eligió pactar con los hombres anfibios.

Legitimaba con ese proceder un esquema espúreo de articulación entre el poder político y la justicia federal, diagramado durante el gobierno de Carlos Menem gracias a la labor de orfebrería de un tal Hugo Anzorreguy, quien se desempeñó como jefe de “la Secretaría” entre 1990 y 1999.

Dicen que en el origen hubo un pacto de caballeros entre los dos principales partidos de la historia moderna argentina. A diferencia del Pacto de Olivos, que fue rubricado por ambos presidentes ante las cámaras de televisión y desembocó en la reforma Constitucional de 1994, el acuerdo para manejar los servicios de inteligencia habría sido celebrado con sigilo entre los ministros del Interior de Alfonsín y Menem. Tanto Enrique Nosiglia (1987-1989) como José Luis Manzano (1989-1992) sobrevivieron a sus antiguos jefes y permanecen vigentes. Es el lado b de la democracia y, como siempre, la película comienza con los militares.

 

lógica del simulacro

El plan de ataque al cuartel de La Tablada ideado por Enrique Gorriarán Merlo, líder del MTP, inició con un ardid que rompía algunos códigos: los militantes de izquierda se hicieron pasar por militares “carapintadas”, dando a entender que estaba en marcha un nuevo levantamiento castrense. La estratagema resultaba verosímil ya que ese sector del ejército había protagonizado una sucesión de rebeliones con el objetivo de “salvar el honor de las Fuerzas Armadas”, la última en diciembre de 1988.

El gobierno alfonsinista y su aparato comunicacional sostuvieron hasta las primeras horas de la tarde la versión inducida por los asaltantes. Cuando cayeron en la cuenta la situación estaba en manos de los jefes militares, que montaron ante las cámaras un show represivo en continuado durante dos días.

Los funcionarios radicales sabían de la recaída del MTP en el setentismo y habían impartido órdenes al sistema de inteligencia para que vigilaran sus movimientos. Pero un informe de la SIDE poco antes del intento de copamiento aseguró que la organización realizaba maniobras “previsibles e inofensivas”; también dijo que eran un grupo “sin capacidad operativa militar”.

En su tortuosa relación con las fuerzas armadas y de seguridad, Alfonsín tenía un solo hombre de confianza: Juan Ángel Pirker, a quién ubicó al frente de la Policía Federal. Pero el espionaje policial dependía de la División de Protección del Orden Constitucional (POC), al mando de Adrián Pelacchi, que tampoco cumplió la función que se le encomendaba.

La imagen del Presidente recorriendo el cuartel al terminar el combate rodeado de militares caminando entre los cuerpos mutilados de los atacantes, era la vívida estampa de la precariedad del poder ejecutivo. Ese es, precisamente, el objetivo de las operaciones que engendra la inteligencia que supimos conseguir: poner de rodillas al soberano, mostrar su impotencia, evidenciar cuáles son los núcleos de poder en el sistema. A veces alcanza con un carpetazo; otras aparecen molestas causas judiciales; la opereta puede llegar al escrache mediático; en última instancia se apelará a escenarios de desestabilización.

“La política” suele reaccionar tarde y sumisamente. Como Alfonsín, cuando avaló el cruel despliegue represivo que incluyó torturas y desapariciones como en los viejos tiempos. No fue el caso del comisario Pirker, que cuestionó el operativo: “Si me dan una compañía con gases lacrimógenos desalojo el Regimiento en dos horas”. Pocos días después el jefe de la PFA apareció muerto en su despacho del Departamento Central. El gobierno investigó a fondo y no pudo hallar evidencias de un crimen; pero a algunos la duda los carcome hasta hoy.

Ese es, precisamente, el objetivo de las operaciones que engendra la inteligencia que supimos conseguir: poner de rodillas al soberano, mostrar su impotencia, evidenciar cuáles son los núcleos de poder en el sistema.

 

“la casa” está en orden

El alfonsinismo supo lo que significa gobernar un estado cuyos servicios de inteligencia están en manos del enemigo. Desde el inicio mismo de su mandato procuró quebrar la hegemonía de las Fuerzas Armadas, expulsando a “casi todos los militares que ostentaban cargo y poder en las bases secretas”, según cuenta Gerardo Young en su libro Código Stiuso. Roberto Pena, jefe de la SIDE elegido por Alfonsín, en apenas dos meses organizó una limpieza de 850 agentes comprometidos con la dictadura, entre ellos los que integraban la banda de Aníbal Gordon en el Centro Clandestino de Detención Automotores Orletti.

Pero la Secretaría nunca se subordinó al Presidente. Por ese motivo los radicales pusieron en marcha un dispositivo propio de espionaje, dependiente del subsecretario general de la Presidencia Dante Giadone. La impericia fue tal que contrataron como director de orquesta a un peso pesado de la inteligencia militar, Raúl Guglielminetti, que a su vez involucró a otros espías provenientes de la temida “mano de obra desocupada”, entre ellos Juan Carlos del Cerro, conocido en la ESMA como “Colores”. Cuando la noticia salió a la luz y quedó en evidencia la dudosa legalidad del engendro, Alfonsín se vio obligado a lapidarlo.

Pena tuvo que renunciar en 1986, para regocijo de los agentes. “Los servis están intactos”, dijo poco después de su alejamiento al periódico de las Madres de Plaza de Mayo. Impotente ante las presiones, el primer presidente radical firmó la paz de los cementerios con la SIDE: “la Casa” estaba en orden.

 

tener la posta

El que supo desde el minuto uno quiénes habían ingresado al cuartel fue Juan Bautista Yofre, “el Tata”, jefe de la sección política del diario Ámbito Financiero y asesor del entonces candidato a presidente por el peronismo Carlos Menem. El Tata era una terminal informativa de los servicios de inteligencia del Ejército.

En los días previos al copamiento, Menem había sido acusado por el MTP de acordar con los carapintadas para desestabilizar a la democracia; el riojano rápidamente ripostó denunciando una alianza entre el oficialismo y los militantes de izquierda para evitar su casi seguro triunfo en las elecciones que se avecinaban.

Pero por detrás de esta esgrima retórica que se dirimía en la arena pública, los verdaderos ganadores iban a ser las autoridades del Ejército, comandados por Francisco Gassino. Los generales intentaron capitalizar la escena, reponiendo a la guerrilla como enemigo para disputarle a los carapintadas la representatividad dentro de las fuerzas; al mismo tiempo que humillaban al gobierno nacional y enviaban un señal inequívoca al próximo inquilino de la Quinta de Olivos. Alta opereta.

Cuando la batalla llegó a su fin, la adrenalina castrense estaba sedienta. Entre los soldados que recorrían el regimiento, según Young, había uno “vestido de jeans y chaqueta militar que con un FAL en la mano caminaba sobre los convalecientes cuerpos desnudos y les gritaba, desencajado: ¡Ahora yo soy su dios, pendejos de mierda! ¡Yo decido si se mueren o se salvan! ¡A rezar, carajo!”. Se llamaba Alejandro Brousson y reportaba al Batallón 601 de inteligencia militar. Pronto Brousson sería una de las figuras estelares de la SIDE.

 

la dimensión desconocida

Según la investigación que Julio Salinas y Julio Villalonga publicaron en 1993 (Gorriarán: La Tablada y las guerras de inteligencia en América Latina), una vez terminada la tarea de destrucción de las organizaciones revolucionarias la cúpula del Batallón 601 se dedicó a exportar la experiencia acumulada. Primero en Paraguay, donde ayudaron a reorganizar los servicios de inteligencia por encargo del tirano Alfredo Stroessner –por la misma época en que un comando al mando de Gorriarán Merlo aniquilaba al exdictador nicaragüense Anastasio Somoza en Asunción, en septiembre de 1980–; y luego en Centroamérica, a donde acudieron para contrarrestar la influencia de la revolución sandinista de 1979.

La Operación “Hoja de Parra” fue dirigida desde Buenos Aires por los jefes del espionaje militar, Alberto Valín, Mario Davico y Raúl Gatica; mientras en el terreno la misión estaba a cargo de José Osvaldo Ribeiro, alias “Balita”, asentado en Honduras, asistido por Raúl Guglielminetti desde una base en Miami. A su regreso a la Argentina fueron premiados y continuaron su labor en estrecha relación con la CIA.

Además de los guerrilleros instalados en Managua y los espías militares afincados en Tegucigalpa, el mismísimo coronel Mohamed Alí Seineldín, líder de los carapintadas, había sido enviado en 1984 por el gobierno radical como asesor militar en Panamá, justo en el momento en que el sector nacionalista del ejército local –bajo la conducción de Manuel Noriega– entraba en colisión con Estados Unidos. El regreso de Seineldín al país sería de manera clandestina hacia fines de 1988.

Dicen Salinas y Villalonga que el 30 de noviembre de ese mismo año desembarcó en Buenos Aires un tal Roger Miranda, quien había sido secretario privado de Humberto Ortega, ministro de Defensa de Nicaragua, hasta que se convirtió en un agente clave de la CIA. Durante sus días en Buenos Aires, se entrevistó en varias oportunidades con el entonces jefe de Inteligencia del ejército Francisco Gassino. El espía Roger dejó Buenos Aires el 25 de enero de 1989, dos días después del intento de copamiento protagonizado por el MTP.

 

una side para “la política”

La Tablada significó el principio del fin del primer gobierno radical, que debió entregar el poder cinco meses más tarde. Cuando Menem asumió la presidencia el 9 de julio de 1989, nombró al frente de la SIDE a Juan Bauista Yofre. El “Tata” se dedicó a recontratar viejos espías militares, como los experimentados Pascual Guerrieri y Raúl Guglielminetti. También ingresó Alejandro Brousson, el imitador de Rambo que pisaba cadáveres en La Tablada.

Pero Yofre duró apenas seis meses en el cargo y fue reemplazado por Hugo Anzorreguy, quien conduciría “la Casa” durante toda la década menemista. Fue en ese período cuando se forjaron los cimientos del espionaje “democrático” que hoy vemos eclosionar. Había que dar vuelta la página de “la guerra fría” y darle un nuevo sentido a la institución: en el fuero interno el objetivo iba a ser colonizar la Justicia para proteger a “la política”; en el plano internacional, el alineamiento a los Estados Unidos y la alianza con Israel nos introdujo de lleno en el conflicto de Medio Oriente. Para conseguir lo primero Anzorreguy dispuso de una billetera abultada; lo segundo se impuso con la prepotencia de lo indiscutible, como esos consensos que adoptan el nombre de “política de estado” y suelen estar garantizados por poderes que trascienden a la voluntad popular.

Patricio Finnen, alias “Paddy”, otro servilleta con actuación en la dictadura bajo las órdenes de Anibal Gordon, fungía como enviado de la SIDE en Tel Aviv cuando regresó al país a comienzos de los noventa para fundar “Sala Patria”, equipo de agentes nutrido por exmilitares. Entre ellos estaban Brousson y Luis González, más conocido como “Pinocho”, jefe del equipo de analistas. Pinocho llevaba años haciendo de enlace entre la SIDE y el Poder Judicial: entregaba los informes a los jueces y recibía sus encargos.

El objetivo inicial fue capturar al prófugo Gorriarán Merlo. Lo cazaron en México en 1995 y lograron trasladarlo a la Argentina. El secuestro catapultó a los integrantes de ‘‘Sala Patria” a la estratégica Dirección de Antiterrorismo. Una sorda disputa los enfrentaba con el ascendente Jaime Stiuso, jefe de la base “Estados Unidos” (por la calle donde estaba ubicado el edificio), quien tuvo que cederles el manejo del caso AMIA, verdadero aleph del espionaje argentino contemporáneo. Por esas coincidencias de la vida, Alberto Nisman había participado en la trama de encubrimiento durante el juicio de La Tablada en 1989 y fue luego la estrella de la causa por el atentado contra la mutual judía en 1994. La biografía del fiscal muerto en el año 2015 condensa de una manera trágica las miserias de una institución que no solo se come a sus propios hijos, sino también a su mismísima madre.

Nisman había participado en el encubrimiento durante el juicio de La Tablada en 1989 y fue luego la estrella de la causa por el atentado contra la AMIA en 1994. La biografía del fiscal muerto en el año 2015 condensa de una manera trágica las miserias de una institución que no solo se come a sus propios hijos, sino también a su mismísima madre.

 

alianzas en crisis

Cuando expiraba el siglo veinte el radicalismo retomó el gobierno al frente de una Alianza con sectores progresistas que se habían escindido del PJ. Los argumentos para promover una nueva ola de despidos en “la Secretaría” esta vez no provenían del lenguaje de los derechos humanos, sino de las circunstancias económicas que imponían un ajuste severo en las finanzas del estado. Al frente de la SIDE fue nombrado el amigo presidencial Fernando De Santibañes, mientras Alejandro Brousson llegaba a la dirección de Contrainteligencia. Tras bambalinas, muchos intuyeron que Nosiglia recobraba influencia al ubicar a Darío Richarte como número dos del organismo.

La crisis de fin de siglo iba a retumbar en “la Casa”, desde donde se fogonearon una bacanal de operetas de alto impacto. De allí salieron los misiles contra el vicepresidente Carlos “Chacho” Álvarez, quien decidió renunciar a su investidura el 6 de octubre del año 2000. De allí también salieron los fondos para engordar las Banelco de los senadores que votaron la ley de flexibilización laboral, en un escándalo político que terminó eyectando a De Santibañes dos semanas más tarde. Y de allí salió la foto del delegado de la CIA en Buenos Aires, Ross Newland, que publicó el diario Página/12 en su tapa del 12 de enero de 2001. El enfado de la agencia norteamericana fue tal que la carrera meteórica de Brousson quedó clausurada de golpe y porrazo.

Una verdadera revolución institucional tendría lugar en la SIDE luego de dos acontecimientos que fueron bisagra en 2001: el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York el 11S, que modificó la gestión de la seguridad a escala mundial; y la insurrección destituyente de los días 19 y 20 de diciembre en Buenos Aires, que cambió las reglas de lo que entendíamos por gobernabilidad en nuestro país. Había llegado la hora de Stiuso. Por primera vez un hombre surgido de las entrañas mismas de la Secretaría tomaba el poder “desde adentro”, para imponer su sistema de intereses en la constelación de corporaciones que corrompen la soberanía popular. El espionaje vernáculo se emancipó finalmente de la racionalidad basada en códigos ideológicos y adquirió la conciencia para sí que exige la república del siglo veintiuno. Los servicios de inteligencia se convirtieron en una pieza clave de las complejas articulaciones de negocios que trabajan al servicio de “la política”.

Aquel esquema que se consolidó durante la larga década kirchnerista hoy expone a cielo abierto sus hilachas. Mientras las crónicas periodísticas hablan de las nuevas aventuras de Nosiglia y de Manzano, operadores incombustibles, la pregunta por la posibilidad de una agencia de inteligencia con verdadero contenido democrático se torna urgente; hasta que no logremos responder a semejante dilema, seguiremos soportando los embates de una fuerza experta en la extorsión y el anonimato. ¿Cuál será el próximo capítulo?

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