La guerra de los bosques en Argentina | Revista Crisis
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La guerra de los bosques en Argentina
Con la última ola de calor y los incendios cada vez más voraces en Argentina, las miradas apuntan a los bosques como guardianes cruciales del equilibrio ambiental. Cuáles son las batallas que en ellos se liberan año a año y dónde está la disputa de fondo, mientras la crisis climática ya dejó de ser sólo una amenaza.
27 de Enero de 2022

 

El etnobiólogo italiano Stefano Mancuso, autor de libros hermosos y sorprendentes como La Nación de las Plantas, escribe lo que muchos antes, como Thoreau, también habían dicho: “influir sobre una especie de forma directa o mediante la alteración de su hábitat puede acarrear consecuencias totalmente inesperadas”.

A veces es una huella sutil que puede leerse en la discreta disposición de unos árboles. En lo que fue la estancia de Rómulo Otamendi, ferroviario y urbanista de comienzos del siglo XX, zona que ahora pertenece al Parque Nacional Ciervo de los Pantanos, cerca de Campana, hay una fila de talas que escoltan a un alambrado. Un orden prolijo que no es, sin embargo, producto de la mano de algún agrimensor obsesivo sino el resultado de una cadena mucho más curiosa. El tala, de espinas fuertes y porte medio, es un árbol que crece en las barrancas del río del Paraná pero esa hilera, la que sigue el alambre, está mucho más allá del borde del agua que cruza esa zona del Parque ¿Cómo llegaron ahí, plantados de tal manera?  Por los pájaros, que cerca de la corriente comían sus frutos (amarillos, dulces) y volaban a posarse en los alambres en los que defecaban, en fila, dejando así las semillas listas para germinar y convertirse en esa formación que hoy se ve, brote de una invisible interacción entre la civilización y el mundo natural a partir del alambrado.

Otras veces, ese cruce se da de otra manera, como en el Chaco, y se llama desmonte. Dos topadoras unidas por una cadena avanzan y a su paso lo que era vegetación frondosa da lugar a un terreno que queda desnudo bajo el sol despiadado de la tarde. A merced de las máquinas, van rindiéndose gigantes que caen como jirafas noqueadas: palos borrachos, algarrobos y más. Zarpazos que en una semana pueden cargarse 400 hectáreas (una hectárea es una manzana urbana) y que en el camino se llevan árboles que han demorado 200 años en crecer.

Con los calores escandalosos de enero, los árboles coparon la discusión pública, al menos por un rato. ¿Pero qué pasa luego, cuando la temperatura cede y ya no miramos para ese lado?

 

todos los bosques el bosque

En lo poco que va del año, las llamas llegaron a arder al unísono en once provincias. El ciclo del fuego arriba con una puntualidad inglesa cuando llega la época, pero el calor y la sequía dan su mano para que eso ocurra con una contundencia cada vez es más notoria. Esta vez fue tan grave que el Consejo Federal de Medio Ambiente y el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible declararon la Emergencia Ígnea durante doce meses en todo el territorio nacional, citando la Ley de Sistema Federal de Manejo del Fuego y la Ley de Bosques (del 2009), y reconociendo que las medidas tomadas no fueron suficientes para controlar una situación que, causada por la actividad humana la mayoría de las veces, se estaba yendo de las manos.

El famoso “No es calor, es desmonte” de los carteles de protestas ambientalistas empezó a tener otro peso. Alguien incluso hizo un posteo en Twitter que se volvió viral en el que invitaba a tirar por ahí carozos y semillas para iniciar una especie de guerra de guerrillas de siembra espontánea. Quienes estudian la flora y la fauna salieron al cruce de inmediato para frenar la ingenuidad de las buenas voluntades. Recordaron que hay en cada ecosistema un equilibrio. Veinte semillas revoleadas no reponen un bosque pero pueden, en cambio, desatar una batalla natural silenciosa. El borde que diferencia a las especies nativas de las invasoras es claro para los naturalistas. Y cada región tiene sus lógicas.

Los bosques nativos son superficies forestales formadas por especies propias. Los hay en el Parque Chaqueño, en la Selva Misionera, en la Tucumano-Boliviana, y están el Bosque Andino Patagónico, el Espinal y el Monte. Las provincias que conservan mayores extensiones forestales son Chaco, Formosa, Santiago del Estero, Salta, Misiones, Santa Fe y La Pampa, donde crecen unas noventa especies entre quebrachos colorados y blancos, algarrobos, lapachos, cedros, guatambúes, jacarandás, peteribís, palos santos, alerces, ñandubays y sauces, nombres coloridos que le ponen voz a la riqueza del lenguaje. Según el informe Deforestación de los bosques nativos en Argentina: causas, impactos y alternativas, del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, nuestro país cuenta con 536.545 km² de bosques nativos, el 19,2 % de nuestra superficie continental.

Hay otros bosques, que son los de cultivo, custodiados (o eso se espera) por la mano del hombre, provistos de especies exóticas (las coníferas representan el 54% y los eucaliptus, el 32 %) y funcionan como parque para preservar a las especies primarias. Más del 90 % de la industria forestal trabaja sobre ellos.

A todos los atraviesa una disputa que tiene al modelo económico como matriz en común.

“La idea de bosque está asociada a una sola imagen, pero el bosque es tan diverso como las especies que lo forman. En Santa Fe, entre todos los ambientes que han visto reducida escandalosamente su superficie, resiste todavía el bosque de río, cercano a los humedales, por ejemplo. Luego, las proporciones apenas si aguantan en un 1 % de la superficie: espinal, chaco seco, chaco húmedo. Lo que es necesario es parar con el daño ahora. Buscar alternativas productivas, porque el modelo no se combate con fe y buenos sentimientos, tenemos que debatir el sistema productivo”. Quien dice eso es César Massi, naturalista de Santa Fe, referente de la Red Nacional de Humedales y gran conocedor de la flora nativa. Y sigue: “Si fueran incendios naturales, nada se podría hacer, porque en los pastizales, por ejemplo, es parte de la dinámica del ecosistema. Pero si hay un avance del ganado en las zonas quemadas, cuesta mucho recuperar. La principal amenaza es la actividad humana. El cambio en el uso del suelo, los monocultivos… Después hay actividades que también inciden, como la extracción de madera de palo santo o guayacán, que son especies vulnerables”.

 

18 días en el horno

“Anteayer se quemaron más de 600 ha en la Finca Monterrey, a solo 6 km del bosque mejor conservado en el límite de Santiago del Estero y Chaco, el Parque Nacional Copo. El predio fue desmontado irregularmente en 2017”, denuncian desde el colectivo Somos Monte. Lo hacen en los primeros días de 2022, pero noticias como esa se repiten semana a semana, todos los años.

Son las ocho de la noche del 25 de enero y Dardo Tiddi, referente del movimiento, cuenta que a esta hora refrescó: en Colonia Benítez, en el chaco húmedo, hacen unos 37 grados. Un alivio si se compara con los 42 que marcaron a la tarde, media que se repite desde el 9 de enero. Dieciocho días de calores que rompieron la marca histórica y no bajaron nunca de máximas de por arriba de los 40 grados. Si en Buenos Aires ya se habla de la lluvia y de un otoño polizón que desbancó de las noticias al agobio porteño, en esta parte del país no hay señales todavía y los calores preocupan incluso a los más ancianos, que no recuerdan días así en otros tiempos. Pero en esas jornadas que la capital federal sintió el azote de la ola de calor, desde Somos Monte intentaron instalar una discusión que pareció levantar algo de vuelo: frenar el desmonte para mitigar estas consecuencias. Frenarlo en esa zona que en los datos oficiales se indica como el segundo foco de deforestación en América del Sur después del Amazonas. 

Tiddi manda un video y espera la reacción. Dice que es necesario ver en acción el desmonte. Nada de un grito de ¡fuera abajo! o todas esas ideas que vemos en las películas. Acá los árboles bajan al piso de a puñados y arrancados de raíz. Arbustos pequeños o especies grandes y delicadas, algarrobos que estaban desde antes de la conquista. Todo cede ante el paso de las máquinas que funcionan como trolls del modelo agroindustrial que se instaló a partir de los noventa y que en la zona muerde con una voracidad que cuesta dimensionar pero que puede llegar a cargarse mil hectáreas en cinco días. “Es el efecto de una bomba nuclear en el monte”, grafica Tiddi, que es italiano, formado en física, especialista en imágenes satelitales y que vive en la región desde hace más de diez años. “El desalojo acá es esto, se van familias que habían armado sus vidas y se van también las especies, que estuvieron desde siempre”.

Se instala un agujero. La industria forestal de taninos o exportación de carbón se ve beneficiada en esa lógica productiva. No necesitan muchos trabajdores que derriben de a uno esos árboles que se venderán como carbón. Las dos topadoras y sus cadenitas en una semana dejan todo servido. Ellos sólo limpian el terreno. Una simbiosis ejemplar de una matriz productiva que sigue tirando de la cuerda.

 

Tiddi no habla de una alternativa ingenua a ese tipo de lógica. “Es hora de discutir modelos de producción'', dice, y recupera los nueve puntos que acordó la organización en 2019. Sus alternativas propuestas son: “el turismo, la apicultura, una industria forestal verdaderamente sustentable, una ganadería respetuosa de los bosques, el pago por servicios ecosistémicos, las actividades ancestrales y tradicionales que involucran productos no madereros”.

Si bien tras la sanción de la Ley de Bosques en 2007 se redujo la deforestación en varias zonas del país, en otras eso no pasó. Es que luego de sancionada, cada provincia hizo su propia zonificación y los criterios fueron dispares. Chaco es una de ellas, junto a Salta y Santiago del Estero. En esas tres provincias, sólo entre 2009 y 2016 se deforestaron de manera ilegal 750.000 hectáreas, que serían como 36 veces la superficie de CABA, según datos de la Facultad de Agronomía de la UBA.

“Desde lo ambiental, si no nos ponemos firmes, no tenemos atención. No nos dejan otro camino que la intransigencia. Toda esta situación genera ansiedad, y da pie a que gente salga a tirar semillas y no es así la solución porque las invasoras generan mucho desequilibrio. De una invasión así es muy difícil recuperar la biodiversidad. La idea de recuperación es difícil: ¿de dónde podrían tomarse hectáreas que ya fueron destinadas a la producción para volver a tener bosque? Pero más allá de eso, lo que no hay es un plan de reforestación a nivel federal. El espinal es el reino del algarrobo, se podría pensar en bonos de carbono, en capital ambiental. Pero ni sobrevuela esa posibilidad. Un bosque que se degrada demora unos treinta años en recuperarse. Pero no les damos tiempo”, dice César Massi.

 

los invasores

Así como en algunas zonas el avance de algunas especies animales exóticas produce descalabros ambientales (los ciervos colorados, los castores, las ardillas, todos traídos de afuera por caprichos de militares o estancieros adinerados), en la botánica también se generan esos efectos dominó. En la zona de Sierra de la Ventana, en el sur bonaerense, hay una especie que desde hace tiempos es mirada con preocupación por los especialistas. Un nombre que también preocupa en otras regiones, kilómetros más arriba, como en Entre Ríos, Corrientes, Misiones: el pino. Pero es en el Sur donde quizá muestra su cara más peligrosa, al menos en los últimos años, cuando los fuegos llegaron a las zonas urbanas. Para marzo del año pasado, eran ya 17 mil hectáreas las quemadas.

Cuando Jade Sívori tomó algunas de las imágenes que acompañan esta nota, en los fuegos del sur en febrero de 2021, pensó que eso que veía era el fin del mundo. Un bosque de cipreses antiguos, a 10 km de El Bolsón, ardió durante un mes y ella fue hasta allá para tomar fotos con el drone. Ese mismo día, comenzó el incendio en El Hoyo en el que se quemaron 300 casas. Cuando Jade bajó de la montaña, un pinar gigante perteneciente a la toma de la ecoaldea se había incendiado. Buscó refugio en la casa de una amiga. Ahí pasaron la noche ella y algunas familias que escapaban de las llamas. Esa noche llovió. La mañana trajo algo de alivio por un rato. En el sur, los fuegos van y vienen. Ese 2021, durante el verano hubo tres episodios en los que se evaluó la evacuación por la intensidad de los incendios. La mochila siempre armada por si acaso es parte del paisaje doméstico en los meses de calor. 

¿Qué aviva la bomba de tiempo que parece estar siempre a punto de explotar allá también? Muchos estudios apuntan al desmadre en el crecimiento de pinos en medio de la degradación del bosque nativo.

Es difícil pensarlos como algo exótico pero lo son. Los pinos llegaron en el siglo XIX y en la segunda mitad del XX crecieron en la actividad productiva forestal. Pero más allá de números y balances en la industria, hay otras fichas que empezaron a moverse en ese sutil juego natural. Con el avance de las décadas, la sequía avanzó, se hicieron más frecuentes los fuegos y esa especie, tan simpática para la postal invernal, mostró una capacidad de recuperación frente a las llamas muy superior a la de las nativas, que luego de cada incendio le cedieron lugar. Así, en una especie de juego de conquista, el paisaje fue cambiando con los años. Hay trabajos como los de las investigadoras Jorgelina Franzese y Melisa Blackhall que buscan desarmar eso: la falsa idea que se instala de un paisaje natural.

 

La apuesta por la forestación de pinos es fuerte en la zona. Los Benetton, poseedores de 900 mil hectáreas en el sur, han invertido en ese tipo de cultivo: los pinos ponderosa para producir madera de alta calidad. El nombre del pino lo dice toda. Ponderosa se llamaba la cabaña de la serie norteamericana Bonanza. Esos pinos son de allá. Pero acá, de la mano de la Compañía Argentina de Tierras, apostaron a hacerlos crecer entre las localidades de El Maitén y Epuyén y aguardar a que den a largo plazo una madera que gane en calidad respecto de la que se produce en el Noreste. Entonces la propiedad y el uso de la tierra están en la base del iceberg. Acá, como en el norte, y como en todo el territorio nacional. Las disputas territoriales de todos esos años atraviesan también la cuestión.

Lucas Chiappe es naturalista, fotógrafo, ambientalista y un conocedor desde hace décadas de la región. Fue de los primeros en alertar sobre ese problema. Lo sigue haciendo. En su blog del Proyecto Lemu escribe: “la invasión de pinos avanza por la cordillera y por la meseta a un ritmo espeluznante… Una verdadera plaga de ribetes bíblicos que ocurre delante de los ojos de los turistas que tan sólo ven árboles sin saber distinguir un bosque de una plantación comercial”. Según la FAO, la superficie de forestaciones con especies exóticas en el sur se incrementó en más del 50% entre 1990 y 2010, de 95 a 153 millones de hectáreas, y calculan que otros 40 a 90 millones de hectáreas se plantarán antes de 2030.

Chiappe le dice a crisis: “se dan un banquete sin gastar un mango, llenan de pinos todo espacio que les convenga, y encima cobran los Bonos Verdes de algún país como Italia, Alemania, y cada 25 años le venden esos árboles a las pasteras "exentos" de lo que se llama aforo, un impuesto mínimo que cobra el Estado cuando se talan árboles para usarlos como madera. Mientras el país se hace cargo de todos los platos sucios como la acidificación de los suelos, el agotamiento de los acuíferos, etc”.

Otra batalla silenciosa que suena de fondo con cada incendio que se produce en el lugar.

 

eso que siempre estuvo

Los bosques nativos permiten “la regulación hídrica, la formación y conservación de suelos, la conservación de la biodiversidad, la fijación de carbono, la provisión de alimentos, materiales de construcción o medicinas, la preservación y la defensa de la identidad cultural”. No sólo se trata de flora y fauna, el 61,5 % de la población con Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) se encuentran en los departamentos con bosques nativos, 1.218 comunidades indígenas palpando de cerca lo que representa la expansión de la frontera agropecuaria.

¿Hay posibilidad de reparación? Chiappe pone la mirada en “desarrollar una política de restauración de nuestros bosques nativos”. Por su parte, Massi se pregunta: “¿De dónde podrían tomarse hectáreas que ya fueron destinadas a la producción para volver a tener bosque? Se puede pensar en focalizar en la ciudad. Ahí sí pensar en un modo de reforestación de nativas, con una apuesta más ecosistémica, que cambie el paradigma. Mil árboles representan una hectárea. Nada más. La provincia de Buenos Aires tiene un buen plan de liberación de especies nativas. Enormes viveros con especies de acá”. Se refiere al Plan de Incentivos a la Actividad Forestal que da materiales para reforestaciones en inmuebles y escuelas rurales de la provincia de Buenos Aires. En 2021, el objetivo fueron estacas de casuarinas, acacias, álamos. Hay otras iniciativas de reforestación popular, modos de sumar. Pero todos coinciden en apuntalar un modelo que busque, entienda y comprenda el mapa en su conjunto y diversidad.

El sistema económico y el medio ambiente están en guerra, ha dicho una y mil veces Naomi Klein. No es algo nuevo. Humboldt, Thoreau, hasta Bolívar dedicaron pensamiento a la importancia de los bosques y a las consecuencias que pueden traer perderlos. A mediados del siglo XIX, un norteamericano llamado George Perkins Marsh escribió un libro que de alguna manera hilvanaba sus ideas. Un clásico: Man and Nature. “Ya hemos talado suficientes bosques”, advertía. Era 1864 y recordaba: “Estamos destruyendo el suelo, los revestimientos, las puertas y los marcos de las ventanas de nuestras viviendas”.

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