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el láser de los pueblos
Las manifestaciones en Hong Kong contra el gobierno de la República Popular China a partir de una nueva ley de extradición desnudaron un conflicto global inevitable: ¿hasta dónde pueden convivir sin violencia las tradiciones sociales del viejo capitalismo liberal y la mano dura del nuevo contrato social gestionado a partir de la vigilancia? ¿Puede la rebelión proliferar pese a las híper sofisticadas tecnologías represivas?
Ilustraciones: Ezequiel García
26 de Agosto de 2019

 

Recientemente circuló en Twitter un video filmado en las protestas que comenzaron en junio de este año en la ciudad de Hong Kong. Lo que se ve es la ajustada organización de los manifestantes, que apuntan con sus láseres a las cámaras del sistema de reconocimiento facial de la policía hongkonesa. Una escena casi salida de películas como Blade Runner o Ghost in the Shell. En otro video, menos popular, se ve la experticia de los protestantes para lidiar con el gas lacrimógeno con gran velocidad y movimientos que parecen coreografiados. Disciplina asiática hasta en la desobediencia, postales realmente interesantes de una región de la que se habla mucho, pero se sabe poco. Para entender el origen de esta efervescencia social y las complejas ramificaciones que presenta, al igual que cualquier novela cyberpunk, todo comienza con un asesinato.

El 8 de febrero de 2018, una joven pareja hongkonesa (Chang Tong Kai y Poon Hiu-Wing) viajó a Taipei, Taiwán, por vacaciones. Luego de nueve días, el 17 de febrero, sólo Chang volvió a su casa. Un mes después, confesó: había asesinado a su novia embarazada. Sin embargo, al haberlo hecho en Taiwán, las autoridades de Hong Kong no podían presentar cargos, pero tampoco podían deportarlo, ya que estos países no poseen un acuerdo de extradición. Este año se presentó un proyecto de ley que habilitaría la extradición, pero también se incluyó la posibilidad de extradición a China continental, donde el debido proceso no es muy popular. Cabe, entonces, la pregunta: ¿cuál es específicamente la relación entre Hong Kong y China?

Lo que se ve es la ajustada organización de los manifestantes, que apuntan con sus láseres a las cámaras del sistema de reconocimiento facial de la policía hongkonesa.

 

restos culturales de un imperio occidental

Para responder esto, hay que remontarse a mediados del siglo XIX, particularmente a la Primera Guerra del Opio o, más formalmente, a la Primera Guerra Anglo-China. El conflicto devino del desequilibrio en la balanza comercial entre los imperios chino y británico. La política comercial de la China imperial era altamente proteccionista. Desde 1757 regía el Sistema del Cantón, por el cual se excluía el desarrollo del comercio con Occidente al puerto de la zona de Cantón y Macao. A su vez, el intercambio comercial con extranjeros sólo lo podía llevar a cabo un grupo de clanes comerciales denominado “Hongs”, quienes tenían obligaciones tributarias con el gobierno imperial. Sumado a estar a la merced de este grupo, los británicos tenían dificultad para colocar sus productos en el mercado cantonés. Los chinos les podían vender fácilmente té y seda a éstos, pero las lanas y los bienes de lujo europeos no eran muy demandados. Por lo que los ingleses se concentraron en la venta de un producto particular: el opio, adquirido a través de la Compañía de la India y que, mediante un complejo sistema de tráfico, era llevado a puerto chino por empresas privadas.

La región se mantuvo como colonia británica hasta 1997, cuando fue transferida de forma definitiva al gobierno chino como región administrativa. La fecha se fijó en la Declaración Conjunta Sino-Británica firmada en 1984 por el Reino Unido y la República Popular de China. El acuerdo se basó en el principio de “un país, dos sistemas”. Este establecía un alto grado de autonomía para la región, la constitución de un sistema democrático liberal y la conservación del capitalismo como forma de organización económica. Sin embargo, este orden de cosas duraría 50 años y, para 2047, se supone que Hong Kong sea parte definitiva de China, pero el gobierno de Xi Jinping no pretende esperar. Es que, desde el comienzo de la transferencia, el gobierno chino ha presionado para limitar la autonomía de la región coartando la libertad de expresión, arrestando líderes democráticos e influenciando las elecciones (hecho que dio origen en 2014 al Movimiento Umbrella).

Finalmente, en junio de este año, las tensiones llegaron a un punto cúlmine con el proyecto de ley de extradición. El carácter recalcitrante de las protestas se debió, en gran medida, a la alta probabilidad de que se aprobara la iniciativa si es que se votaba en el Consejo Legislativo de Hong Kong. Aunque Carrie Lam, la jefa del Ejecutivo hongkonés, suspendió por tiempo indefinido la presentación del proyecto, las protestas mantuvieron su inercia y continúan en una espiral de violencia ascendente, con la toma del edificio del Consejo como summum. Para la opinión pública de la región, el proyecto no fue más que un esfuerzo encubierto en los reiterados intentos del gobierno chino por socavar su autonomía. El poder de presión que posee Beijing reside en dos dinámicas: como siempre, una política y otra económica.

 

una democracia hongkonesa

La dinámica política gira, principalmente, en torno a las particularidades de la democracia hongkonesa y, específicamente, a la forma en que se distribuyen los escaños en la LegCo. En primer lugar, el jefe ejecutivo no es elegido por voto popular, sino por un pequeño comité pro-Beijing elegido por sólo el 6% del padrón y aprobado por el gobierno chino. Según la Ley Básica (la “miniconstitución” de Hong Kong), el objetivo a futuro es la instauración del sufragio universal, pero el gobierno chino se ampara bajo el ambiguo principio de “progreso gradual”, presente en la Ley, para retrasar esta reforma. Por otro lado, la potestad legislativa está reservada para la LegCo, compuesta por 70 miembros. Aunque el sistema es multipartidista, se encuentra polarizado en torno a su propia grieta: pro-autonomía o pro-democracia y pro-establishment o pro-Beijing.

A pesar de que los primeros han ganado sistemáticamente todas las elecciones, ocupan menos de la mitad de los escaños; y es que sólo 35 de estos se disputan en la competencia electoral. Los restantes cuentan con representación sectorial; es decir, legisladores elegidos por agrupaciones profesionales y corporativas, institución heredada de la época colonial de la región. Entre los denominados “constituyentes funcionales” se encuentran, por ejemplo, representantes del sector financiero, de la industria tecnológica, la industria médica y el turismo, entre otros varios. Estos, casi en su totalidad, son representantes pro-China debido a que son quienes poseen mayores incentivos para mantener relaciones aceitadas con el gobierno continental, por su capacidad de abrir nuevos mercados y generar gigantescos proyectos de infraestructura.

Retroalimentando esta dinámica, se encuentra también la lógica económica del conflicto. La cuestión es que Hong Kong se ha visto relegada como centro financiero y comercial de la región, pasando de representar más de un cuarto del PBI per cápita de China a ser superada por Beijing, Shanghai y Shenzhen. En términos de comercio internacional ocurre lo mismo: otrora líder indiscutible, actualmente se ha tenido que conformar con el quinto lugar. Siguiendo esta tendencia, en los mercados financieros pasó de poseer el doble de capital que China a sólo la mitad. Este pronunciado declive y atraso relativo otorga mayores incentivos a los constituyentes funcionales a aferrarse al dominio central y ser arrastrados por la inercia de su crecimiento.

Las técnicas utilizadas por los manifestantes de Hong Kong dan cuenta de la capacidad para utilizar las mismas herramientas empleadas en contra de la protesta, a favor de esta.

 

las presiones de beijing

A pesar de este escenario desfavorable, los manifestantes hongkoneses no han sido fácilmente intimidados. Desde 2003, han logrado organizar masivas protestas con un relativo grado de éxito para repeler las presiones de Beijing. Es en 2014 cuando se consolidan agrupaciones contestatarias de jóvenes estudiantes en torno a una identidad común: ser la primera generación nacida bajo “un país, dos sistemas”, formando los movimientos Umbrella y Sunflower. Desde ahí, su organización se ha afianzado, así como sus técnicas para rechazar la avanzada represiva de la policía, como se ve en los videos. Aunque las estrategias de los manifestantes no sólo se limitan a resistir la represión de forma defensiva, sino que también han generado métodos para combatirla y hacerla rendir cuentas.

Ejemplo de esto es el canal utilizado por los movimientos de protesta Dadfindboy de Telegram, que, en respuesta a que los policías dejaran de usar identificación en su uniforme, fue utilizado para reconocerlos y publicar sus fotos personales, familiares y hasta íntimas (más comúnmente llamado doxxing, una práctica bastante frecuente en las sociedades asiáticas). Además, según un reporte del The New York Times, uno de sus suscriptores, Colin Cheung, se encontraba desarrollando un algoritmo de reconocimiento facial para perfeccionar esta práctica, hasta que fue detenido por la policía. Por otro lado, los manifestantes son también muy cuidadosos con respecto a las huellas de información que pueden llegar a producir al movilizarse y que, en última instancia, posibilitan ser rastreados por las fuerzas de seguridad. Desistieron de usar la Octopus (una especie de SUBE todoterreno) para pagar el metro de Hong Kong, y, en cambio, optaron por pagar en efectivo un boleto de viaje único.

postales didácticas de la rebelión

A todo esto: ¿qué lecciones podemos extraer del recorrido de los manifestantes hongkoneses? De forma no tan obvia, dado el Zeigeist actual, se podría decir que las movilizaciones y las demostraciones populares todavía pueden ser efectivas para canalizar demandas y repeler decisiones políticas de corto plazo, aún en contextos tan desfavorables y represivos como el de Hong Kong. Al contrario de la insistencia con la que las élites pretenden caracterizar a las protestas como prácticas antiguas e infructuosas, la calle sigue siendo uno de los campos por excelencia de la política. Sí, también en los centros de las potencias económicas del mundo.

Por otro lado, brotan algunas reflexiones en torno al desarrollo y el futuro del capitalismo de vigilancia. Más específicamente, alrededor de la naturaleza de la privacidad como un derecho de importancia perceptible sumamente volátil; es que, en el día a día, no es materia de preocupación la enorme cantidad de datos que desperdigamos, y que son efectivamente monitoreados y almacenados. Esto es, hasta que el contexto político o social cambia. Hasta que meten preso a alguien por insultar al presidente por Twitter, o Facebook vende nuestros datos a empresas de ingeniería social que los usan para manipular elecciones, o, dado el caso, existe la necesidad de protestar ante medidas impopulares de un gobierno en poder de nuestros datos.

Sin embargo, un halo de esperanza. Las técnicas utilizadas por los manifestantes de Hong Kong, aún algo embrionarias, dan cuenta de la capacidad existente para utilizar las mismas herramientas empleadas en contra de la protesta, a favor de esta. Sea identificando policías o impidiendo el reconocimiento de uno mismo, estas estrategias alejan un poco el horizonte distópico que se avecina, sino todos estos derechos, como dice Roy Batty hacia el final de Blade Runner, “se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia”.

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