Onetti: “Para mi dulce condenación” | Revista Crisis
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Onetti: “Para mi dulce condenación”
Esta conversación que publicó la revista crisis #47 podría definirse como ritual: cuatro encuentros a lo largo de 15 años entre María Esther Gilio y Juan Carlos Onetti. El 30 de mayo se cumple un aniversario más de la muerte del autor de “Juntacadáveres” y aquí aparece con toda su indómita y ácida lucidez. Esas respuestas leídas hoy, dejan muchas veces una pregunta: ¿pasarían el filtro de la cultura de la cancelación?
28 de Mayo de 2021

 

1965

Juan Carlos Onetti había vuelto a Montevideo luego de vivir con algunos intervalos en Buenos Aires donde trabajaba como periodista.

Se cuenta que apenas llegado alguien le preguntó si estaba contento de la vuelta. "Ah, sí -dijo- aquí me siento bien, todo el mundo me conoce, todo el mundo me saluda". "Habrás extrañado en Buenos Aires" -dijo el otro. "No, ¿por qué? Allá era feliz. Nadie me conocía. Nadie me saludaba”.

Onetti tenía en esos momentos 55 años, varios libros publicados, algunos matrimonios y una amada hija, Beth.

No hacía mucho que estaba en Montevideo cuando, tal vez como consecuencia de la fama de intelectual ganada en esos años, fue nombrado director de las Bibliotecas del Municipio de Montevideo. Este trabajo, según él mismo, ordenaba su tiempo. De mañana dormía, de tarde trabajaba y de noche escribía.

En esos tiempos, igual que hoy, escribía en la cama. La cabeza apoyada en la mano izquierda mientras la derecha sostenía el bolígrafo o el vaso, a veces de vino, a veces de cerveza. ¿Con cuál mano sostenía y sostiene el cigarrillo, el perenne, inacabable cigarrillo?

"Si vos querés saberlo podés espiarme. Me espiás por el agujero de la llave. Yo sé que lo harías sin turbarte".

Como hoy, le fastidiaban los periodistas. aunque si eran mujeres tal vez le fastidiaban un poco menos. No le importaba el dinero ni la publicidad. Hablaba poco, sonreía menos. Pero si se tenía paciencia era posible verlo sonreír con una sonrisa siempre más conectada con la ternura que con la alegría.

Su casa, un departamento pequeñísimo, por cuyas ventanas se colaba en invierno el viento helado del mar, estaba en el sexto piso de un viejo edificio sin portero eléctrico y sin teléfono. Para entrar había que esperar a que alguien saliese o entrase y luego subir los seis pisos caminando pues en los hechos tampoco tenía ascensor. El que había estaba tercamente detenido entre los pisos cuarto y quinto desde siempre y en apariencia, para siempre.

Estas eran las primeras vallas que encontraba el que quería ver a Onetti, pero no eran las únicas. había otras. Por ejemplo los cartelitos que pegaba a la puerta de su departamento donde anunciaba que habla salido. "Es necesario tener muchos deseos de verlo para vencer tantos obstáculos como los que existen hasta llegar a usted".

 

-Dígale a su patrón que en lugar de mandarme esclavas a que me entrevisten haga la crítica de mi último libro.

¡Qué gracioso! Nunca pensé que a usted pudiera importarle la opinión de los críticos.

-Estoy juzgando una conducta periodística. Es una obligación de la crítica para lo que sea, bien o mal.

Sin deducir nada digo que le importa. Sé que se enoja cuando sus críticos dicen que su mejor libro es El Pozo.

-Porque no es mi mejor libro, como el Poema Nº 20 no es el mejor poema de Neruda. "Puedo escribir los versos más tristes esta noche, escribir por ejemplo: la noche está estrellada y tiritan azules los astros a lo lejos". Pasarán diez mil años y este poema seguirá en pie.

¿Me permite una última deducción? Cuando dicen, a veces, que usted es premeditadamente oscuro, no saben lo que dicen. Usted es natural, sencillo y simplemente como es: oscuro.

-Sí, como Faulkner, a quien plagio desde hace años.

Justamente como Faulkner. ¿Reconoce su influencia?

-Y bueno, sí. La influencia de Faulkner se dio fundamentalmente en Para esta noche.

¿En el estilo?

-No, en la manera, en la manera. Se empieza a desarrollar una idea, o relatar un suceso y el relato se corta, sigue por otro camino. Una asociación de ideas. un recuerdo, hacen perder la línea primitiva. La gente cuando habla hace lo mismo por supuesto, sin hacer estilo.

Si usted estuviera en mi lugar reporteando a Onetti, ¿qué le preguntaría sobre literatura uruguaya?

-No le preguntaría nada. Creo que no es elegante hablar de los colegas.

No me imagino al protagonista de una leyenda negra contestando eso.

-Ahí está el error, no tengo nada que ver con esa leyenda.

¿Cómo? ¿Entonces usted no es ese laboratorista que toma la gente como conejillo de Indias, una especie de experimentador sin escrúpulos?

-No, no soy. Ni siquiera soy el alcoholista mujeriego de que habla el capítulo segundo de la leyenda.

Sin embargo se casó cuatro veces y desde que llegué se tomó sus buenos tres vasos de vino.

-Solo con vino puedo aguantar los reportajes. Mi pasión por experimentar no pasa de la cuota normal. Usted misma me ha querido enfrentar a otro autor nacional para divertirse.

No es comparable. Usted ha reunido ex amantes para observar sus reacciones, todo con expresión inocente y gran maestría.

-¿Tengo yo la culpa de ser un maestro? No soy culpable. La leyenda, en lo fundamental, calumnia, ignorancia, desconocimiento de los hechos. Yo sigo viviendo y la leyenda crece. Cada día soy más malo.

¿Usted no cree que su leyenda tiene un buen pie puesto en su literatura?

-No, mi literatura es una literatura de bondad y el que no lo ve es un burro.       

Su desprecio por cualquier mujer que pasó la adolescencia, su cariño por Larsen, alias Juntacadáveres. Todo eso está en su literatura.

-Mi cariño por Larsen. ¿Qué sabe usted quién es Larsen? Juntacadáveres, alias Larsen que ha sido tan calumniado, que fue para tanta gente el símbolo del mundo perverso, de la degeneración, de la inmundicia, es, y eso se desprende de los libros que le he dedicado... no llegaba a santo, pero sí, llegaba a ser un artista. Era un hombre que sufría por su arte. Su arte era tratar de obtener una forma de prostitución perfecta. Y él se sacrificó por eso. Creo que murió tal vez por eso. En fin, esa historia está mejor contada por un escritor llamado Onetti en Juntacadáveres, página no me acuerdo cuánto.

La suya es una versión muy especial, es evidente que usted aplica otro sistema de claves. Ahora, yo querría que usted me explicara por qué no hay en su literatura una sola mujer madura que no sea un monstruo rapaz, ávido de bienes materiales.

-Pero no es verdad, no es verdad. Hablemos de alguien que está en La vida breve: Mamy. Hecha con todo amor. Qué más amor que el que pude darle a ella. Y la mujer de la casilla del perro, de El astillero. Es un personaje lleno de ternura.

Mire usted cuánto trabajo le ha dado en encontrar dos ejemplos. Un escritor que tiene diez libros, libros llenos de mujeres.

-Bueno supongamos que usted tuviera razón. No sé a dónde quiere ir con esto. Déjelo para el año dos mil cuando se haga el revisionismo de Onetti.

Está bien, usted es convencional. Pasemos a las preguntas que espera un señor convencional. ¿Por qué o para qué escribe?

-Escribo para mí. Para mi placer. Para mi vicio. Para mi dulce condenación.

¿Cómo escribe?

-Estupendamente.

Conteste con seriedad. ¿Escribe con un plan que elabora previamente? ¿Sabe exactamente a dónde va a llegar?

-Sé qué va a pasar. No sé cómo va a pasar. Si supiera cómo va a pasar no lo escribiría.

¿En una isla desierta escribiría igual? ¿Verdaderamente escribe para usted?

-Escribiría.

¿Sabiendo que nunca nadie lo va a leer?

-Bueno, no sé si con un lápiz y un papel. Sé que imaginaría historias.

Historias llenas de adolescentes con alma de niña y mujeres adultas con todos los méritos para la condenación eterna.

-¿Vuelve con lo mismo?

Sí, porque me gustaría discernir algunos de los hilos que unen sus historias y su vida. Sé que no es demasiado difícil conociéndolo un poco. Por supuesto que no me refiero a la anécdota de su vida, sino a sus pasiones y sus odios. En La cara de la desgracia, escrito 25 años después de El pozo, está el mismo Onetti y su ensueño de apresar la inocencia. ¿Cómo se resuelve esto en su vida? Creo que empieza a funcionar el gran titiritero. ¿Se confiesa como un experto titiritero?

-Lo he sido, lo he sido. Ahora no puedo, tengo barriga.

No creo que le impida nada.

-Bueno, es verdad, puedo, sigo pudiendo.

¿Pero actúa?

-Sé que la vocación la tengo, que me siento capaz.

Está a la vista.

-No sé a qué se refiere.

Me refiero a su vida privada. Su mujer tiene la frescura y la inocencia de una niña de 15 años.

-¿Y qué tengo que ver yo con eso?

Creo que eso es sobre todo un homenaje que ella le rinde.

-Lo que usted dice es tonto y lo que yo digo es indemostrable.

Pregúntele a Simone de Beauvoir de qué manera nos modificamos las mujeres para retener a los hombres. Una mujer que está con usted tiene una espada de Damocles sobre la cabeza: "En cuanto deje de creer en los Reyes Magos este hombre me deja", piensa.

-Nunca dejé a ninguna mujer. Ellas me han dejado a mí Y no le voy a decir por qué sino qué pasa. Envejecen un año por cada mes.

Otra forma de coacción.

-Yo no coacciono a nadie. Cuando una mujer se siente amada totalmente se entrega como una niña y es feliz siendo niña. Es el estado del amor, el verdadero amor entre el hombre y la mujer. Es absolutamente feliz. Sabe que uno la quiere. Que se va a jugar si es necesario. Las mujeres encuentran la verdad cuando encuentran su dicha. Cuando no la encuentran escriben libros, tienen una cátedra, hacen reportajes.

A veces tocan el violín.

-Sí, pero lo dejarían apenas su hombre dijera que prefiere el piano. ¿Quiere verlo?

Le creo absolutamente. Y el hecho de creerlo me lanza a una inevitable pregunta: ¿Por qué puede? No alcanza con su habilidad. Antes que pueda usted poner en juego su habilidad ellas están a sus pies. ¿Cómo lo explica?

-Sospecho que tengo una fibrila homosexual. Esto facilita mi entendimiento con ellas. Las mujeres, como los niños, son bichos de otro mundo. El niño no es el hombre de mañana. A las mujeres no se las puede tratar como a personas.

¿Y cómo?

-Como a mujeres. Adorándolas, y también brutalizándolas.

Somos masoquistas, por esencia, ¿entonces?

-Más o menos. No me gustan sus preguntas. ¿Usted vino a entrevistar al escritor Onettì o qué?

Imagine un reportaje a Bergman si éste fuera escritor, ¿no le parece que sería inevitable multiplicar las preguntas sobre lo que es un pilar en su obra, las mujeres? También lo es en su caso dada la especial visión que usted tiene de ellas. ¿A qué atribuye su éxtasis por la inocencia? Pienso que tiene que haber algún hecho en su vida que lo haga explicable.

-Cómprese un diván de analista y vuelva a verme. ¿Quién le dice que buscando, buscando no encontremos algo? Ahora se acabó. Si quiere seguir hablando deje el lápiz.

 

Al poco tiempo de publicada la entrevista volví a encontrarlo. Simuló estar enojado porque no había suprimido el pasaje en que decía "yo tengo una fibrila homosexual". Yo simulé creerle y le pedí perdón por haber cometido un error que tal vez lo había arrojado hacia abrazos prohibidos. "¿Le han hecho propuestas?". Sonrió.

Era evidente que la entrevista le había gustado, lo cual significaba puertas abiertas para otras.

 

1967

En esta fecha le hice, por encargo de Adán de Buenos Aires, una segunda entrevista que Adán pagó y nunca publicó, sin dar razones.

El estilo establecido entre ambos se mantuvo y, a pesar de la gran confianza que a esa altura existía, a los efectos del trabajo, volvió el "usted" y la agresividad simulada, que a los dos resultaba divertida y eficaz.

 

¿Cómo soporta sus viejos libros?

-Jamás he vuelto a leerlos. Le aconsejo que me imite.

Cada vez que lo entrevisto vuelvo a leerlo. ¿Cuál le parece el más valioso?

-La vida breve.

¿Por qué?

-Por las razones por las que un libro es mejor que otro. Además allí nació María.

Hace poco un crítico francés habló de su admiración por la novela objetiva, Robbe Grillet. No sabía que admiraba a los objetivos.

-Hay un error ahí. No sé de dónde sacarían eso. No me interesan. Creo que toman la literatura como si fuera un material de laboratorio. Hacen de la técnica lo fundamental. La técnica es apenas un instrumento, no el asunto central de la creación. Y finalmente dificultan la comunicación. Dígame, ¿usted es feliz?

¿Y esa pregunta?

-¿Qué tiene de rara?

No sé, es rara. ¿Considera que sus críticos lo interpretan correctamente?

-Si por interpretación correcta usted entiende interpretación total, te digo que eso no puede suceder nunca, ni siquiera en el amor. Además los críticos que me importan saben mucho más de literatura que yo...

Yo quisiera hablar de sus mujeres pero sé que el tema le pone los pelos de punta.

-Ya sé, siempre la misma historia. Quiere saber por qué pinto como lo hago a las mujeres que han pasado la adolescencia. Las pinto así porque son así. Yo las veo así. La inteligencia de las mujeres deja de crecer a los veinticinco años. Y ahora deje ese tema.

Hablemos de literatura comprometida. ¿Se considera un autor comprometido?

-Sí. Y creo que no hay más compromiso que el que uno acepta tácitamente cuando se pone a trabajar o a jugar. Es un compromiso con uno mismo. Se trata siempre de escribir lo mejor que nos sea posible; con total sinceridad, sin pensar nunca en los hipotéticos fulanos que van a leernos.

Si es así, ¿por qué en el prólogo a la primera edición de Para esta noche usted habla de "participar", "participar en dolores y angustias", como si en ese libro en particular, no en los otros, usted estuviera tomando posición frente a un conflicto exterior, como si estuviera aceptando un compromiso, buscando deliberadamente una participación?

-El hecho de que hable expresamente de compromiso en ese prólogo no modifica las cosas. En todo lo que escribí he participado. Sólo los malos escritores creen que ese compromiso debe ser expresamente político.

Sartre, ¿por ejemplo?

-¿Cuál es el compromiso político de Sartre en la mejor de sus novelas, La náusea?

¿Cree que para hacer literatura comprometida hay que estar inmerso en el mundo y no negarse a él?

-Creo.

Pienso que usted se niega al mundo. Y su literatura es un reflejo muy claro de su forma de vida... sus personajes desconectados de la realidad, moviéndose en un mundo distorsionado.

-Primero tendría que preguntarle por qué cree que su realidad es la realidad. Mis personajes están desconectados de la realidad de usted, no de la realidad de ellos. En cuanto al mundo distorsionado, concedo. Pero, o uno distorsiona el mundo para expresarse o hace periodismo, reportajes, malas novelas fotográficas.

En cuanto a su propia relación con el mundo…

-Usted dice que no estoy inmerso en él, que me niego a aceptarlo.

Y digo también que para construir su literatura no mira al exterior sino al mundo que.tiene en sus entrañas. Se desentiende de la historia.

-El mundo que tengo en mis entrañas. Me gusta la frase, tiene fuerza. Pero ese mundo que yo tengo en mis entrañas es una consecuencia de lo que usted llama el mundo exterior. Un mundo en el que estoy inserto y que acepto. Me reservo el derecho de criticarlo y lo hago en el estilo indirecto y escéptico que usted me conoce.

¿Verdaderamente cree que acepta el mundo exterior?

-Esto me hace recordar la definición de un famoso pintor francés: "El artista debe actuar frente a la realidad como actúa el amante frente a la mujer a la que ama pero no respeta". ¿Hablamos de otra cosa?

¿Y si hablamos de su pasado?

-El pasado me enferma. Dejemos por hoy.

 

La insistencia para seguir con la entrevista fue calibradamente dosificada pero Onetti no cedió. Estaba cansado. "Las entrevistas me cansan, vos lo sabés". Tomó muchos cafés, fumó muchos cigarrillos y estuvo muy amable, salvo cuando yo insistía en continuar. Allí ponía cara de paciencia y aburrimiento y volvía a decir "no”.  Finalmente pidió que le diera las preguntas que faltaran por escrito, cosa que fue necesario aceptar.

Cuando tres días después fui a buscar las respuestas lo encontré insólitamente feliz. Se iba a los Estados Unidos convidado como jurado de un concurso literario y había comprado para el viaje un pantalón que le quedaba grande y unos zapatos que le molestaban. Pero nada de esto lo fastidiaba. La idea del viaje lo ponía casi alegre, lo cual, tratándose de Onetti resultaba por lo menos curioso. "¿Te vas a encontrar con tu maestro?". ''¿Faulkner? Ya veremos. ¿Venís a buscar las respuestas? No las hice”. "No te pongas mal. -dijo Dolly- él me prometió que te las enviará en unos días”. "Claro que las voy a enviar en tres o cuatro días. ¿Querés que te firme un documento?"

Cuando ya me iba tomó de la mesita de luz Poemas de amor, que Idea Vilariño escribiera para él y me los dio. Cuando abría la puerta de calle dijo: "Dame el libro, te lo voy a dedicar". Apoyó el libro sobre una mesa y con su letra clara, grande, prolija e inclinada hacia la izquierda, escribió.

El simple hecho de querer escribir una dedicatoria mostraba un Onetti absolutamente inédito.

Pocos días más tarde el correo trajo las preguntas y sus correspondientes respuestas:

1) ¿Cómo se imagina a sí mismo durante el viaje? ¿Qué cosas le interesarían hacer?

-No imaginación, experiencia. Insomnio, cansancio, museos, bibliotecas, "dry martinis" envidia, asombro provinciano, ironía ante los síntomas indudables del matriarcado. Y otra vez cansancio de verlos trabajar, levantarse a las siete, de verlos desayunar con medio buey mezclado con salsas dulces y litros de café. (Hay un "con" repetido; pero a mí me gusta). De verlos "cenar" a las seis de la tarde. Pero ahora estoy en el profundo Sur y ya veremos. Después de Nueva Orléans, Nueva York. Mandaré postales. Ver más museos, envenenarme en los "bookstores", tomar un solitario scotch on the rocks en el bar donde se suicidó Dylan Thomas.

2) ¿Quién paga el viaje?

-El dueño de casa, por supuesto.

3) ¿Se identifica con el protagonista de El pozo cuando éste decía: "Soy un hombre solitario que fuma en un sitio cualquiera de la ciudad"?

-Sí, con ése y con muchos otros protagonistas. ¿Tampoco le contaron que el arte es una eterna confesión?

4) ¿Sigue siendo ese solitario?

-Como todo el mundo. La diferencia está en que algunos se dan cuenta de esa soledad y otros se distraen.

5) ¿Por qué el mundo de sus personajes es siempre pequeño, sórdido?

-En literatura, sólo son pequeños y sórdidos los mundos mal inventados.

6) ¿Tiene alguna idea de por qué sus actos son tan poco comprendidos o aceptados por la gente?

-La clave puede estar en que siempre digo lo que pienso y trato de hacer lo que quiero. No hablemos del resto. Conozco personas que me aceptan y me comprenden. Con ellas vivo.

7) ¿Podría explicar su obsesión por la pureza?

-No es obsesión. Para mí es sinónimo de franqueza, además de ser consonantes. No miento, ni acepto la mentira de los demás. Sólo eso.

8) ¿Por qué sus personajes siempre son derrotados en su intento de apresarla?

-(Ahora es Nueva Orleans. Es domingo y no hay máquina. Trataré de hacer una linda plana.) Porque todos los personajes y todas las personas nacieron para la derrota. Claro, uno puede interrumpir la trayectoria del personaje en un instante de triunfo. Pero si continuamos, el final siempre es Waterloo, Martinelli o Lázaro Costa.

9) A veces se tiene la sensación de que la pureza sólo puede encontrarla a través del infierno y que es a través del infierno que la busca.

-Hay algo, a veces mucho a veces demasiado, de eso que usted llama atravesar el infierno.

10) ¿Por qué para usted la autenticidad sólo se da en la abyección?

-No es cierto. Corrijo: la autenticidad de nuestra dosis de abyección sólo se da en el ejercicio de lo abyecto. A veces con deliberación, otras por instinto.

11) Usted se identifica a menudo con Díaz Grey, ¿verdad? Comparte, por supuesto, la teoría del miedo que éste expone en Juntacadáveres. Si no le da pereza, amplíemela.

-Me identifico, comparto y me da pereza.

12) Creo que usted ha sido vencido por el miedo. Miedo a la muerte, a la declinación, al desamor. Toda su vida es evasión, y eso está en su literatura.

-Si usted lo afirma, debe ser verdad.

13) Esos tarados que en su literatura tienen razón frente a los cuerdos (Jacob, Historia de caballero), ¿son un símbolo de lo que pasa en el mundo?

-De ningún modo. Tienen razón, éxito muy pocas veces. Pero conviene aclarar que los tarados son, para mí, los cuerdos, la aplastante mayoría occidental, cristiana, demócrata, correcta e hipócrita. Et viceversa.

14) ¿A usted le importa publicar? ¿Le importa que lo traduzcan?

-Es triste, pero me importa poco. Soy un decadente pequeñoburgués. No me preocupa que me lean o no, que mis libros gusten o disgusten. Usted me conoce. No haga preguntas para el público.

15) ¿Daría su alma al diablo por perdurar?

-Daría mi alma al diablo a cambio de no morirme nunca. Pero el tipo, el diablo, es demasiado viejo para hacer negocios absurdos. ¿Qué me importa perdurar o no si yo no voy a estar presente para enterrarme? (Se olvidó seis preguntas, querida, así que pasamos a la 22).

22) ¿De qué vive? ¿Cuánto gana con sus libros?

-Cobro un sueldo como director de bibliotecas, fantasmas y municipales. No sé cuánto dinero gané con mis libros. En todo caso mucho más que Horacio Quiroga -tan argentino, él, como Florencio Sánchez, Gardel y Leguisamo- a pesar de que Quiroga tenía más talento que yo.

23) Disculpe, pero debo volver con el prólogo de Para esta noche. Y vuelvo porque en este momento recuerdo a los que lo tratan de cínico. Yo sé que allí fue sincero. Y pienso también en el personaje de La cara de la desgracia, sintiéndose solidario, o compartiendo la culpa de los hombres. ¿Esa actitud es de su personaje o usted se siente así de solidario?

-La pregunta queda condensada en la confesada creencia final. Sí en esta vida me siento así de solidario. Pero si lo medita, la mencionada coparticipación también puede ser una forma sutil del cinismo y de la indiferencia.

24) En las relaciones de amor, que pueden llevar implícito un futuro, sus personajes femeninos aparecen con un déficit de realización plena, en tanto que mujeres (son adolescentes, locas). ¿Representa ello miedo a la total madurez de la mujer? ¿A que decida desde su plenitud?

-Fuera de la cama no contesto preguntas de o sobre el amor.

 

Además de las respuestas venía en el sobre una pequeña esquela. "Querida María Esther: No puedo pedirte que transcribas este reportaje tal como está, porque sé que haría sufrir a la novelista fallida que tenés adentro. Pero trata de no exagerar con los cambios. Un abrazo. Onetti".

El reportaje fue transcrito sin hacer ningún cambio.

 

1969

Pocos años más tarde, en ocasión de la publicación de varios de sus libros en Suecia, Noruega, y tal vez Finlandia, volví a su casa a fin de concertar con él otra entrevista.

Cuando llegué el departamento estaba invadido por spots, cámaras de cine y jóvenes rubios hablando inglés. Se trataba de un equipo de la TV canadiense haciendo un reportaje filmado. Más ilustrativo, seguramente, que el film que hacían los canadienses habría sido un segundo film que tomara a Onetti filmado por los canadienses. Tal era la incongruencia entre su docilidad distraída, su aire de general desinterés y la seriedad de los canadienses y sus sofisticados aparatos. Sentado en un sillón desvencijado, fumando un cigarrillo tras otro, contestaba a las preguntas con su voz más baja y su dicción más confusa, mientras se distraía tratando de leer los titulares de un diario que acababan de pasar por debajo de la puerta. Cuando me vio ¡oh, sorpresa! sonrió como si yo fuera su hada madrina apareciendo en medio de una pesadilla atroz.

Sin embargo, cada vez que las luces se apagaban miraba hacia el rincón donde charlábamos Dolly y yo, con un aire entre hosco, envidioso y desesperado. Finalmente, al cabo de dos horas, los canadienses se fueron, y Onetti quedó tan feliz de haber terminado con aquel infierno que sólo faltaba que se pusiera de rodillas y pidiera: "haceme un reportaje". Pero no lo dijo, claro que no. De cualquier manera, en medio de una conversación informal, que duró horas, dijo cosas que pueden servir para un mayor acercamiento.

El escribir:

"Escribo para librarme del remordimiento de no escribir. Borges me dijo que a él le pasaba lo mismo".

La muerte:

"En el Eclesiastés está todo. 'La misma suerte del perro tendrás tú'. En El proceso, Kafka dice lo mismo. El proceso es uno de los libros que salvaría de un incendio o un naufragio. Es un perfecto símbolo de la vida humana. ¿Por qué estamos acusados a muerte? ¿Qué falta cometimos? ¿Por qué hagamos lo que hagamos el final es el mismo?".

Sus personajes:

"Mis personajes no tienen ningún significado simbólico. Debé saber que yo detesto los personajes simbólicos".

La comunicación:

"Maeterlinck, en El ángel del silencio, describe la comunicación entre dos seres. Ambos están callados. Si hubieran hablado habrían dicho menos de lo que piensan o lo habrían disfrazado. Yo creo lo mismo".

Él y sus personajes:

"Es muy especial la relación que un escritor tiene con sus personajes. Mis personajes, todos, conviven conmigo. Todos, hasta los más abyectos, los más hijos de puta. Pero es que en todos hay una veta, aunque sea una veta muy pequeña que puede despertar cariño. Si no fuera así, ese personaje habría que abandonarlo, dejarlo caer. Porque no serviría".

Santa María y Macondo:

"Macondo barrió a Santa María. Porque Macondo tiene una fuerza superior a la inventada por mí. Tiene una vitalidad arrasadora. En mi pobrecita Santa María nunca ocurren milagros".

Su obra:

"Sí, sí, ya sé. Algunos dicen que mi obra tiene reminiscencias bíblicas. Los que pueden entender ya lo saben. Los otros, tal vez, no lo comprenderán nunca".

 

En 1974, jurado en un concurso de cuentos del semanario Marcha, premió un cuento de Nelson Marra, cuyo protagonista era un personaje de la dictadura. Como consecuencia fueron presos Carlos Quijano, director de Marcha, Hugo Alfaro, administrador, Mercedes Rein, directora de la página literaria y Juan Carlos Onetti. La acusación mostró la refinada imaginación del gobierno. Todos fueron acusados de pornógrafos.

Cuando salió, decidió abandonar el país, irse a vivir a España. En España fue acogido como un maestro de la lengua. Recibió premios y honores y, más que nada, un expresado cariño del que habla con agradecida ternura.

Antonio Larreta, que presenció en Madrid una conferencia suya lo describe hablando casi sin mirar al público, con esa dicción entreverada y confusa que hace imposible entenderlo. “Todo él -dice- daba una sensación tal de desamparo que sintió que debía animarlo a levantarse y dejar de hablar, ir a tomar un café y dejar ese lugar de tortura. ¡Pero cómo hacer eso! Había allí trescientos o cuatrocientos españoles apeñuscados, sentados en el suelo y en las escaleras, mirándolo con una expresión tal de arrobamiento, que pensándolo mejor esa decisión resultaba idiota."

En Madrid vive en un piso alto, rodeado de terrazas tapadas de flores que son obra de

Dolly. Ya no quiere volver. "Montevideo no existe –dice- no existe. Es curioso, todo el mundo habla de Chile, de la Argentina; del Uruguay nadie habla".

 

1980

Cuando estaba por salir Dejemos hablar al viento fui a verlo a Madrid. Conociendo su pereza y su escepticismo respecto de los reportajes me anuncié desde lejos para ir preparándolo. Al mismo tiempo traté de plantear las cosas de tal manera que dejaran poco espacio para una negativa. "De tú sí depende que yo vaya a España". Claro que dijo sí.

Un sábado de julio remonté la Avenida de las Américas en un Madrid de cielo casi blanco, que se quemaba bajo un sol furioso.

Lo primero que dijo fue: "¿Vos realmente creés que es necesario entrevistarme? ¿No te parece que ya lo dije todo?" 

Por un rato. Dio vueltas por el cuarto, buscando no se sabe qué. De vez en cuando hacía una pelota de papel y la tiraba a la papelera. Mientras movía libros y papeles hacía preguntas donde se mezclaban Buenos Aires y Montevideo. "¿Qué sabés de Maneco?", “¿Cómo está Idea? ¿Está linda?", "Por casualidad no anduviste por Olivos y viste a mi hija?”  “¿Te parece que todavía queda mucho tiempo de milicos?", "Decime, ¿de qué murió Paco?", "Me dijeron una cosa que me puso triste, que tiraron abajo el pasaje Siver. ¿es verdad?", "Qué maravilla Borges, qué maravilla. ¿Lo ves a veces? Digo, pasar por la calle aunque sea. Sigue escribiendo, es admirable. Creo que si yo me quedara ciego encontraría la forma de eliminarme", dijo. Y tal vez cansado de dar vueltas aceptó lo irremediable y se sentó.

¿Te decidiste?

-Sí, como quien acepta un castigo o una maldición. No sé por qué estás tan convencida de que soy noticia.

Encendí el grabador y la absurda ceremonia que se había interrumpido por once años continuó.

 

Usted dice que no es noticia. Escuché estas frases de la prensa española frente a su último libro: "Es una tierna geografía de la desdicha..." "Una épica de la desilusión". "Describe la anatomía de la nada". "Onetti es un lírico de la desolación". "Su prosa es de una densidad expresiva desacostumbrada" y "Es más grande que Balzac". ¿Qué responder a esa afirmación? No me mire como si quisiera matarme. Yo sólo repito lo que dijo un crítico.

-Yo le diría a ese crítico que se vaya al demonio. Le aconsejaría cambiar de oficio.

¿Por qué?

-¿Cómo por qué? porque conozco el genio de Balzac y el pequeño talento de Onetti, ¿puede escribir La Comedia Humana Onetti?

No sé.

-Usted no sabe, pero yo sé que no. Cambiemos de tema.

Cuénteme un poco de su vida. Infancia, adolescencia.

-Jugaba con los chicos del barrio, iba a la escuela. Como niño no tuve problemas.

Sus problemas empezaron en la adolescencia.

-¿Qué problemas?

Bueno, nadie que lo lea puede pensar: "He aquí un hombre sin problemas, lleno de alegría de vivir".

 -Ah, no.

Entonces en algún momento tiene que haberse producido el cambio. Pienso en Eladio Linacero, el protagonista de El Pozo diciendo: "Yo, entonces, no tenía nada que ver con ninguno". El Pozo es casi autobiográfico. Es Juan Carlos Onetti el que dice eso.

-Sí, sí. No había contacto ni comunidad de intereses entre los chicos del Liceo y yo. A mí me importaba la literatura, el arte, las interpretaciones de la historia. Aquellos chicos lo único que querían era salvar su año, se aprendían todo de carrerilla.

De memoria. ¿Y qué leía?

-Depende de la edad. En una época me estropeé los ojos con Julio Verne. Porque iba a leerlo al Museo Pedagógico. Y habla muy poca luz. Me hacía la rabona y me iba al Pedagógico.

¿Cómo se hacía la rabona? ¿Solo?

-Sí, solo, ya le dije que yo estaba muy aislado. Recuerdo una vez -en esa época yo era nuthansumniano- me hice la rabona y me fui al puerto. Estaba tirado sobre unas bolsas y miraba los barcos. Los que partían: los que esperaban en la rada, los que llegaban. Y de pronto pasó mi viejo que era inspector de Aduanas y por ahí me vio. No me dijo una palabra de reproche. Muy cariñoso me invitó a tomar un vermouth. que para mí era como tomar ajenjo.

Qué gran viejo el suyo. Sin embargo me imagino que tampoco con él hablaría de sus problemas. Amor, literatura, mujeres.

-Yo de esas cosas no hablaba con nadie. Escribía un diario de mi vida.

Allí contaba lo que le pasaba.

-No, era todo inventado. Todo. "Hoy vi a Margarita, me miró, hablamos. Yo le dije, ella me dijo. Nos besamos, etc."

¿A qué edad comenzó su vida afectiva real?

-Muy joven. Me casé a los 21 años y casi enseguida nació Jorge.

Y casi enseguida se divorció.

-Sí, yo anduve rápido. Más tarde tuve un período de muchas mujeres. Cuando me pasaron de la Reuters de Montevideo a la de Buenos Aires como secretario de redacción. Había un café que se llamaba Politeama, en Corrientes y Montevideo. Allí iban muchas actrices, sobre todo de los teatros amateurs, y yo me enamoraba todos los días. Había un amigo que vivía conmigo y me tomaba el pelo. "¿Hoy qué toca decía, rubia o morocha? Luego escribí un cuento dedicado a ese amigo, Homero Alsina Teveneth, “Querido Bob”.

Pero ese fue un período. Luego volvió a enamorarse.

-Sí, volví a enamorarme y a casarme. Dos o tres veces.

¿Cómo dos o tres veces? Tres veces.

-Si usted lo dice serán tres. En el segundo nació Beth. Dentro de unos días cumple años. El 26 de julio.

¿De qué se ríe?

-Me acuerdo cuando Beth cumplía creo que tres años. Unos días antes había muerto Evita y decretaron el 26 Duelo Nacional. Entonces le dije a Beth que para festejar su cumpleaños todos los negocios cerrarían. Salimos a caminar de mañana y ella estaba encantada con aquel homenaje.

¿Por qué piensa que este último libro suyo ha provocado en España tal avalancha de elogios? ¿Será tal vez su mejor libro?

-Yo eso no lo sé. Tal vez están pensando que es el último libro que escribo.

Es fácil pensar eso. Allí incendia Santa María. ¿Es éste su último libro?

-Yo pienso que ya cumplí. Aunque eso no significa que necesariamente sea el último

¿Esa idea de que ya cumplió, tiene que ver con este libro o con su edad?

-Ambas cosas coinciden. Tengo 70 años.

Manera drástica de acabar con algo, echarlo al fuego. ¿No sintió tristeza al quemar Santa María?

-Aunque todavía puedo hacerla resurgir.

¡Cómo!

-Sí, si tengo ganas de resucitarla, no voy a detenerme.

Veo que ya la está añorando.

-No, no. Simplemente no me cierro a nada. Acabo de publicar un cuento que llamé “Presencia en Cuadernos Hispanoamericanos”, donde hablo de la reconstrucción de Santa María.

Pero quiero saber si no sintió tristeza cuando la quemó.

-Yo no la quemé.

Bueno, cuando se quemó, ¿sintió tristeza?

-No tristeza, desprendimiento. Sentí el desgarrón de algo que se desprende.

¿No lo sintió como una muerte?

-No sé... es algo que tuvo que ver con el exilio.

¿Por qué con el exilio?

-Ah, es una historia larga. Cuando yo llegué a Madrid me pasé un año totalmente imposibilitado de escribir.

¿Y cómo se sentía?

-Liquidado. Pensé que ya no escribiría nunca más. Y bueno, ocurrió que tuve una larga entrevista con alguien que vino de Montevideo. Hablamos mucho.

¿Quién era?

-Una persona con la que me unía una larga e importante amistad. Nos dimos cuenta de lo imposible del diálogo a la distancia. Había que acabarlo. Sufrí mucho, pero a partir de allí pude volver a escribir.

Es decir que al cortar con el Río de la Plata pudo empezar a vivir en Madrid.

-Cortar... cortar… pero no es tan fácil cortar.

Yo no digo que sea fácil cortar. Digo que sólo rompiendo con el pasado pudo empezar a vivir el presente.

-Para mí, Montevideo es una ciudad fantasma.

¿Santa María es Montevideo?

-Santa María es Santa María.

Una ciudad inexistente que usted construye con datos de Montevideo y de Buenos Aires.

-Sí. Una ciudad más real que Montevideo. Los recuerdos que tengo de Montevideo me vienen como cosas soñadas. Y a veces, son realmente cosas soñadas.

¿La visita en sueños? ¿Cómo la ve?

-No hay nada en esos sueños que pueda tener una significación particular. Nada psicoanalítico.

Está bien, sus sueños son ininterpretables. Pero, ¿qué ve? ¿Casas? ¿Calles? ¿Personas? ¿Amigos?

-Veo personas sin importancia para mí. Personas que pasaron cerca mío y con las que no tuve intimidad. Me gustan más mis sueños con Buenos Aires. Sueño que estoy en Corrientes, en una noche lluviosa. Y veo los cafés llenos de gente, las librerías abiertas.

¿Y usted qué hace?

-Sólo caminar y ver todo eso.

Veo por su cara que ese sueño es placentero.

-Casi nunca recuerdo mis sueños pero hace poco soñé con Dolly. Yo la veía y sabía que tenía 16 años.

Pero su mujer ya no tenía 16 años cuando usted la conoció. Cuénteme cómo la conoció.

-Yo caminaba por Reconquista hacia Lavalle con la holandesa. De pronto vi una chica con un violín bajo el brazo, preguntando algo a un policía. Le vi tanta gracia, tanta gracia. Le dije a la holandesa: "Mirá qué maravilla de criatura". Ella me dijo: “¿Querés que te la presente?, fuimos compañeras de colegio." Después volvimos a vernos varias veces. Nos veíamos en verano, en Olivos.

¿Y entonces?

-Entonces se acabó. El resto no le interesa a nadie.

A mí me interesa.

-Sí, pero en esto como en el amor, hay que ser dos, así que cambie la pregunta.

Usted fue el que empezó a contar. ¿Cómo es Dolly? Aparte de tener aspecto de muchachita y ser poco convencional.

-A mí me gustan las mujeres locas. Las mujeres convencionales y burguesas no me gustan. Tiene una enorme vitalidad, parece creada para compensar mi abulia, mi descreimiento, mi escepticismo.

Me pregunto por qué es usted tan irremediablemente pesimista. Usted que fue tan querido por sus padres, por sus mujeres, por sus amigos; llega a España y lo tratan como "al" maestro de la lengua.

-Pero es que cuando uno escribe no está escribiendo con su biografía.

Pero está escribiendo con la que marcó en uno la biografía.

-Será un problema de glándulas de cromosomas.

¿Nunca se sintió feliz? Cuénteme de alguna vez que haya sido feliz. Pero feliz porque sí; por el solo hecho de vivir, feliz por 24 horas. ¿Y por qué ese milagro?

-Vaya a saber. Por el olor del río. No por nada especial. Por el aire que venía desde un río de verdad.

Usted fue feliz por eso, ¿y Brausen?

-Yo no lo sé; no sé nada.

¡Pero cómo no va a saberlo! Usted es más que su padre.

-Yo no me meto con él, no me meto con sus personajes. Los respeto tanto que no les hago reportajes.

Hay otro momento en que usted se siente feliz. O eso creo. Cuando consigue "convertir en victoria una de las derrotas cotidianas". Por lo menos eso dice Díaz Grey al final de Una tumba sin nombre.

-Terminar un libro es una victoria.

¿Un libro que tiene éxito?

-No, no. el éxito está simplemente en haberlo escrito. Uno se pone a escribir y no sabe si va a llegar al final y tampoco sabe si lo va a hacer bien.

Esa es la victoria, ¿y la derrota cotidiana? ¿Cuál es la derrota cotidiana?

-Es estar cada vez más viejo y tener menos ilusiones.

¿Pero cómo puede sentirse derrotado alguien que tiene capacidad de crear un mundo?

-El que siente todo eso es un personaje llamado Díaz Grey, no yo.

Con ningún personaje se identifica usted tanto como con Díaz Grey. En una entrevista que le hice hace 12 años le pregunté si se identificaba con él y de qué manera. Me dijo: "Me identifico y me da pereza explicarle".

-Sigo con pereza.

Haga un esfuerzo y recompense mi constancia.

-Díaz Grey es un testigo, a veces promueve situaciones tensas por el gusto de verlas. Una periodista me acusó de hacer eso hace 12 años. Pero se confundía, no era yo quien lo hacía, era Díaz Grey.

Está bien, está bien. Usted dijo, no recuerdo dónde, "Escribir es mi vicio, mi pasión y mi desgracia". Entiendo vicio y pasión, pero ¿por qué desgracia?

-¿Por qué? porque es como una condena de la que no puedo escapar. Quiera o no quiera tengo que hacerlo. Me guste o no me guste. Estoy leyendo un libro que me absorbe totalmente y quiero seguir leyendo. Pero algo, vaya a saber qué, me obliga a dejar el libro y ponerme a escribir.

Hablemos justamente de eso. De cuando escribe. Usted ha tenido temporadas de escribir bebiendo y de escribir sin beber. ¿Cuál es el resultado en un caso y otro?

-La cosa no.es tan simple. Hay veces que sólo bebiendo un poco puedo empezar a escribir y hay veces que escribo sin ningún estímulo. En cuanto al resultado... no sé, es igual. No creo que haya diferencia. Cuando yo dejo un papel es porque estoy contento con él, si no lo rompo y se acabó. Tal vez hay sí una diferencia. Cuando bebo un poco me siento más desinhibido. No más de un poco. Si bebiera mucho no podría escribir. Yo creo que todo eso más que buscar un efecto tiene que ver con la oralidad. No puedo estar sin tener algo en la boca.

Eso es evidente. No ha parado de fumar ni un minuto y no hay ni una instantánea suya en que no esté con un cigarrillo en la mano.

-Mire, en definitiva, lo único que tiene importancia es que cuando me pongo a escribir es la hora de la verdad y todo lo demás me importa un comino. Vivo con los personajes, me manejan. Los quiero, los quiero. Y me quieren.

Pero ¿a todos?

-A todos. No desprecio a ninguno. Usted sabe que he dedicado mi vida a defender a Larsen.

Quién puede dudarlo. Es una de sus invenciones preferidas. ¿Usted comparte la palabra "revelar" que Borges usa para referirse a sus invenciones?

-Sí, la comparto. Pienso que todo escritor puede compartirla. Se revela un tema, se revela una situación. Y una vez que se reveló no hay más remedio que escribirlo. Aunque sea como una pequeña liberación.

¿Las historias concretas que le suceden a usted mismo se le revelan a menudo como temas posibles?

-Me resulta muy difícil transformar las cosas que me ocurren, en literatura; salvo que haya pasado mucho tiempo. Me resulta fácil, en cambio, cuando otro me las cuenta.

Como si los hechos vividos por usted mismo tuvieran una potencia que inhibiera la invención.

-Tal vez. Aunque hay una excepción. Mamy y Julio Stern de La Vida Breve. Logré hacer de ellos, a pesar de muy reales y cercanos, personajes literarios. Por lo menos eso creo.

He ahí una victoria sobre las derrotas cotidianas. ¿Qué pasaría si sus libros no fueran reconocidos por nadie, si quedaran olvidados en un cajón cualquiera y cien años después fueran reconocidos como obras maestras? ¿También hablaría de fracaso?

-No -dijo después de pensar largamente.

Eso quiere decir que su descreimiento es relativo. Usted cree en el espíritu.

-Si usted lo dice.

¿Qué es eso que le dijo a un periodista español, que no sabe para qué volvió Medina a Santa María?

-Lo que yo dije es que no sé si volvió, o todo fue un sueño. Recuerde que Larsen en un momento le dice: "Tírese en la cama e invéntese una Santa María a su gusto".

Está bien, pero usted sabe si es una cosa u otra.

-No… Yo no lo sé. Además, no me importa.

Pero usted a Medina lo conoce bien. ¿Cuánto hace que lo conoce?

-Uyyyyy. Hace muchísimo. Lo conocí siendo un niño. Ni recuerdo en qué libro. La tía lo llevaba la iglesia y el cura le regala un retrato del Papa. El retrato era horrible, pero él lo cuelga con todo amor. Usted sabe que él quería ser pintor.

Sí.

-Pero no pudo. La vida no lo dejó. Tuvo que ser comisario de policía. Bueno, acabemos. Ya justificó su viaje. Ahora cuénteme de ese barco que llegó a Necochea sin pasajeros y sin tripulación.

No, no llegó sin tripulación. Llegó con los restos de una tripulación.

-Usted no dijo eso. Dijo que llegó sin un alma viviente, eso declara en su carta.

No, lo que yo leí, es que al final sólo había un oficial noruego que actuaba como capitán y que el resto había ido bajando de a poco.

-Eso es imposible, esa gente no pudo ir bajando. ¿Bajando dónde? El barco no tocó puertos, fue directo de Recife a Necochea.

El diario no decía que no tocó puertos.

-Es evidente que no tocó puertos; que esa gente fue tirándose al agua. Fue suicidándose, hasta que sólo quedó el noruego, que no quiso abandonar el barco. Por fidelidad.

Fotos al ejemplar de la revista original: Jazmín Tesone.

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