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la capitana de la tercera posición
Con cuarenta años de rosca en las agitadas aguas del peronismo sin atributos, ella se distingue como un cuadro parlamentario de singular talento mientras intenta darle coherencia al zigzagueante derrotero de Sergio Massa. Entrenada para la supervivencia en el masculino mundo del sistema político, se ganó a los cachetazos una merecida fama de dama de hierro. ¿Quién es Graciela Camaño?
Ilustraciones: Sergio Langer
06 de Febrero de 2019

Dura. Impiadosa. Difícil. Intransigente. Contestataria. Desobediente. Temeraria. Mano larga. Esos son algunos de los rasgos con los que el periodismo elige definir a Graciela Camaño, jefa del bloque de diputados del Frente Renovador. Resabio sintomático de un machismo enraizado en la historia de la política argentina es un desafío desmalezar de calificativos los perfiles de las funcionarias para llegar a descubrir la identidad ideológica, el actuar real de su ejercicio público, dividido siempre en deméritos y virtudes. En épocas de definiciones zoológicas, de yeguas y leonas, la pregunta sobre quién es Graciela Camaño continúa postergada por cómo es Graciela Camaño.

 

ni duhaldista ni menemista

A Camaño le gusta definirse como peronista a secas. Único “ismo” del que no reniega, huye del resto tal como lo hace la gobernadora estrella de Cambiemos, María Eugenia Vidal. No fue “recontraalcahuete de Menem”, como supo declamarse sin pudores su marido, el excéntrico y non santo gastronómico Luis Barrionuevo. Pero Graciela Camaño formó parte activa de los años menemistas y prestó apoyo firme desde su banca de diputada a partir de 1989; fidelidad que hoy se la oye minimizar con conveniente ferocidad, como si no existiera el archivo. Desde ahí impulsó como autora –unificando su proyecto con el de la radical Margarita Stolbizer– la Ley de Cupo Femenino Sindical, que establecía un treinta por ciento mínimo de participación de mujeres en actividades gremiales y negociaciones paritarias.

El mayo posterior al apocalipsis de 2001, el entonces presidente Eduardo Duhalde y el sindicalista y senador por la Provincia de Catamarca Luis Barrionuevo cerraban el pacto para designarla al frente del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social; era la segunda mujer en ocupar ese cargo luego de la camaleónica –y siempre vigente– Patricia Bullrich. Con un urgido y táctico apretón de manos se le garantizaba al Ejecutivo la espalda política para sacar al país del pantano en que lo había dejado el fracaso de la Alianza. Desde el ministerio, la exdiputada de Carlos Menem haría uso de su expertise para negociar con los “gordos” del sindicalismo, tender puentes con las centrales de trabajadores y sostener el diálogo con los barones del peronismo bonaerense; vínculos cultivados desde San Martín, el terreno donde dio sus primeros pasos políticos y donde conoció a su marido, a comienzos de los años setenta.

Desafiada pero no amedrentada por un porcentaje de desocupación que llegó al 21% , hizo que el espacio ministerial se erigiera como punto estratégico para la peculiar sociedad conyugal (Camaño–Barrionuevo), que además comandaba las superintendencias de las AFJP, una porción del PAMI y la Administración Nacional de Seguridad Social, espacio donde un joven Sergio Massa chapoteaba por primera vez como funcionario en aguas peronistas. Desde el call center de la Administración, el titular de la Anses y la propia Graciela solían atender el teléfono a los jubilados. Como si fuera una cámara oculta o un juego de roles.

Delineado durante la escueta presidencia de Adolfo Rodríguez Saá pero decretado luego de la asunción de Duhalde, el plan Jefes y Jefas de Hogar representó para la titular de la cartera laboral un éxito que inyectó estabilidad en una Argentina que quería ponerse de pie. A pesar de las fallas previstas y previsibles, y en su doble función de política social y de herramienta apaciguadora, en pocos meses el plan benefició a unos dos millones de personas desempleadas, es decir, un 20%  de los hogares del país. Cuando Francisco De Narváez la acusó de dar dádivas y hacer clientelismo, Camaño lo mandó públicamente a denunciar a otra parte y se jactó de ser la capitana de un equipo que, con suma premura, puso en marcha “uno de los planes más importantes de que se tenga memoria”.

Si reprodujeran la viñeta photoshopeada que en aquellos años el humorista gráfico Cristian Dzwonik –conocido como Nik y odiado por todos y cada uno de sus colegas, que le endilgan una suntuosa propensión al plagio– le dedicó a Graciela Camaño, hoy se vería obligado al ostracismo. Impresa en el diario La Nación, el chiste comparaba a la ministra con un simio y remataba: “¡Así nos va como la mona!”. Pero no fue la única ni la principal ofensa recibida en ese entonces. El periodista Fernando Carnota, por ejemplo, le dijo que se decía que era “la más fea del gabinete”. Adelantada veinte años sobre una necesidad que en el presente apremia nuestra coyuntura y atrofia los intentos de medidas de fuerza feministas de las trabajadoras fue Graciela, ya en su sillón de ministra de Trabajo, quien pudo ver algunos de los frutos de su difícil intento de garantizar el cupo femenino sindical. El Día Internacional de la Mujer de 2003, Eduardo Duhalde promulgaba la Ley 25674. Luis Barrionuevo, su aliado, apoyaba, pero con su clásica picardía pedía a las mujeres que no avanzaran tanto “porque los hombres nos vamos a sentir discriminados”. Camaño celebraba y afirmaba que la ley iba a “airear los sindicatos”. Aire que, demasiados años después, continúa siendo una deuda asfixiante para las mujeres de casi todos los sectores productivos.

de tan taurina, opositora

Podría decirse que con su regreso a la Cámara Baja, en diciembre de 2003, Graciela Camaño comenzó a cincelar, de a poco, su vocación opositora. A veces con sol, a veces con sombra, la “vereda de enfrente” es la que ha signado sus movimientos políticos y estratégicos a lo largo de los últimos años: convoca a los rezagados de las bases del PJ y recibe con mantas y café caliente a los descontentos, los disidentes, los huérfanos, los estrolados. Crítica de la lógica binaria de amigos versus enemigos con la que juega la medium y rockstar de Cambiemos, Elisa Carrió, Camaño prefiere leer la amplitud del territorio y construir una oposición sólida que supere los puntos de rating que dan las declaraciones incendiarias y los augurios espiritistas. A veces con argumentos imbatibles, otras a boca de jarro, se desata contra sus rivales con la misma vehemencia que defiende a los suyos, a su peronismo.

Camaño negó, a su turno, haber tenido una relación cercana con Néstor Kirchner. “Jamás tuve una reunión con él”. Sin embargo, durante los años de gestión del santacruceño, la banca de Graciela fue (casi) amiga. La fórmula era sencilla: si Kirchner era generoso con los sindicatos, entonces Camaño era generosa con el pingüino. Pero ya con Cristina en la presidencia las cosas dieron un vuelco. Quizás haya sido en 2008, año de nacimiento de la grieta gracias al conflicto con el campo, con el voto por la negativa de Camaño al proyecto oficialista de retenciones móviles y la creación del fondo de redistribución social. De hecho, en 2009 anunció su salida del bloque kirchnerista del que formaba parte hacía dos años. Argumentó que, pese a las altas expectativas que tenía en CFK “como mujer”, era Kirchner el dueño verdadero del poder y quien “le embromaba” el Gobierno. Pasó de crítica a opositora en poco tiempo, sin demasiado floreo, casi como si no soportara la estampa de esa otra mujer poderosa y al mando. Antagonismo existencial o narcisismo de las pequeñas diferencias, poco importa para justificar el paso de Camaño al llamado grupo A, desde donde alguna vez aprovechó la ausencia de Julián Domínguez y de Norma Abdala de Matarazzo para darse el lujo de sentarse en el sillón presidencial de la Cámara y apoderarse de la sesión en la cara a un kirchnerismo diletante.

Ella conoce los reglamentos como nadie, sabe cómo y cuándo hacer uso de ese capital y cuando habla en el recinto, todos se callan. Pero en 2010 pasó algo inesperado: el oficialista Carlos Kunkel logró sacarla de quicio. Camaño respondió con un manotazo por el que, muy a su pesar, será siempre recordada. Persona de diálogo y negociación, dotada por Dios “de una buena lengua para discutir”, se ha declarado tan avergonzada como arrepentida en demasiadas oportunidades, y se irrita cuando el periodismo le pregunta o algún ciudadano la felicita en la calle por el evento boxístico que ella quisiera poder olvidar.

El último 17 de octubre,  aceptó la invitación del gobernador Juan Manzur y voló al calor de Tucumán en el avión privado del empresario menemista Carlos Spadone. Al frente de un escenario repleto de dirigentes peronistas de amplio espectro, mandó a la mierda a los “prolijitos” que están hipotecando y llevando a la ruina al país. A pesar de “una mente que se acuerda de todo”, Graciela mira hacia atrás y extrañamente no ve en sus funciones ni en sus votos la lealtad que el massismo que conduce le brindó a Cambiemos en sus primeros años de gobierno. Por simpatía, por táctica o en nombre de la Virgen de la Gobernabilidad, Camaño prestó su voto afirmativo al acuerdo por los pagos de los fondos buitres, a la más que simbólica reparación histórica a jubilados y a la reforma electoral, que prometía fraudes en clave hacking a través de la implementación del voto electrónico, un proyecto frenado en el Senado. Menuda tarea la de ser opositora del macrismo y el cristinismo, ambos a la vez. Gajes del oficio de presidir el Partido Tercera Posición.

A la espera de las elecciones de 2019, Camaño llama a un PJ sin K que sepa hacerle fuerza a todo lo demás y que instale un modelo “superador” al de la última década, aunque reconoce que “no es cuestión de todos unidos triunfaremos”. Es temprano para decirlo, pero en las fotos sólo se ven los malabares políticos de los varones; de ella se sabe que no le molesta acompañar. Sin embargo, Sergio Massa, su golden boy y una de las personas que más la conoce, asegura que “tiene espalda, conocimiento, talento y capacidad de trabajo como para ocupar cualquier sillón de la Argentina”.

 

la parla

Fascina transversalmente a todos su impronta retórica de hierro: lo que en otros podría sospecharse artificial o performático, en Graciela Camaño la voz fuerte y la gestualidad esculpen de pies a cabeza su autenticidad. Es una mujer de trayectoria: no son sus quince años ininterrumpidos ocupando un lugar en Diputados lo que convierte sus palabras en una voz autorizada. Son también los cuarenta años de militancia y trabajo territorial que cautivan a los más inexpertos y despiertan el respeto de los cuadros más hostiles. “Muchas veces, aunque no tenga razón, te parece que la tiene por la forma de decir las cosas y de actuar”, resalta Cecilia Moreau, una de sus colegas más cercanas en el Frente Renovador, iniciada en el radicalismo. “Además de tener carácter y buena piel con la gente, es muy estudiosa y te pasa por arriba con fundamentos”, dice Massa, quien además la considera fundamental para su vida cotidiana y subraya su fidelidad: “En momentos en donde estaba rodeado por los amigos del campeón, ella corría a un costado; en los momentos de mayor dificultad, donde los amigos del campeón desaparecen, ella se para al lado mío para sostener y empujar como pocos”.

Camaño brilló bajo el sol de diciembre de 2017, cuando los cartuchos usados por gendarmería para reprimir a los manifestantes en las afueras del Congreso no eran evidencia suficiente para que Emilio Monzó levantara la sesión que pretendía tratar la Reforma Previsional. “Presidente, no sigan dando vergüenza”, le pidió Camaño a su amigo y conductor de la Cámara para salvar lo poco que quedaba de honorable en el recinto. Cuatro días después, la jefa del bloque del Frente Renovador volvía a arremeter contra los engaños de campaña de Cambiemos, contra la propia reforma y contra el Jefe de Gabinete Marcos Peña, a quien acusó —certera, a su estilo— de ser el monje negro responsable de vulnerar y violentar el proceso democrático. “No nos asustemos, Señor Presidente. No bajemos el volumen de la voz y hablemos bajito para hacernos creer que somos los buenos. Los buenos no les roban a los jubilados, no les roban a los pensionados, no les roban a los combatientes de Malvinas que están afuera. No les roban a las mujeres que cobran la AUH. Para eso no se requiere tener huevos; para eso solamente se requiere ser tan hipócrita que hasta nos olvidamos de los discursos que hicimos en el pasado”.

 

¡que diga si es feminista!

“Graciela no se define como feminista, pero eso no la hace ser menos empática con la reivindicación de los derechos de las mujeres. Es que es muy generosa con aquellas que se interesan en la política: transmite experiencia, apoya, aconseja, motiva y abre puertas para que crezcan en lo individual y en liderazgo”, confiesa la diputada y compañera de bloque Carla Pitiot. Camaño elige la palabra “matriarcado” para hablar de su familia, se enorgullece de las mujeres fuertes y sacrificadas entre las que se crió, primero en Roque Sáenz Peña, en la Provincia de Chaco, y luego en Los Polvorines, Provincia de Buenos Aires.

Aunque es conocida su postura respecto del aborto, la marea verde que tiritaba afuera del recinto esperaba de ella el voto positivo que aliviara el poroteo en la intensa jornada en la que se debatió sobre la ley de IVE. Pero el voto no llegó. Pese a un discurso con el que llamó a la unidad y reconoció a los diputados de izquierda por haber sido impulsores del proyecto desde la campaña, Camaño esquivó la responsabilidad peronista de otorgar esa porción de justicia social a las mujeres de la Argentina. Se angustió cuando los números en el recinto no acompañaron su convicción y a raíz de eso compartió, con alguien muy íntimo, la duda de si valía la pena seguir haciendo política o no.

¿Necesita Graciela ser vocera de una retórica feminista o es acaso, como todas las funcionarias de primera línea de la Argentina actual, un emblema de poder y empoderamiento consumado? A Camaño la preocupan el hambre y la pobreza y cree que no hay mayor transversalidad que ese treinta por ciento de compatriotas estructuralmente vulnerados. Por eso, asume el riesgo de quedar fuera de las páginas de los manuales de historia sorora.

 

lo personal, ¿es político?

Dicen quienes más la conocen que el talón de Aquiles de Graciela Camaño son sus afectos, su familia. Esa es la razón por la que es tan celosa de su vida privada y, a pesar de la exposición constante de ambos, no le gusta hablar de su relación de cuatro décadas con Luis Barrionuevo. Ella sabe que para sus detractores, su vida matrimonial constituye el punto ciego en su cruzada contra la corrupción y su vocación por la ética y la transparencia. Pero sabe, también, que quienes la cruzan por las maniobras espurias de su cónyuge pisan el palito del machismo. “¿Somos lo que hacen nuestros maridos?”, podría preguntar. “Él no es lo que hago yo”, podría decir.

Camaño es la esposa del funcionario que aseguró que en este país la plata no se hace trabajando y del que sugirió que los políticos “deberíamos dejar de robar por lo menos por dos años”. Es la compañera de quien alguna vez fue monaguillo, peón de albañil, lavacopas y conserje en un albergue transitorio, y que luego sería investigado por sobornos y tejes turbios de dinero en el PAMI junto al radical Coti Nosiglia, tanto como para ser comparado al mítico Don Corleone. En 1975 Barrionuevo ocupó mano militari una sede de la Unión de Empleados Gastronómicos y en 2003 mandó a quemar urnas en Catamarca porque los votos no lo favorecían. Para defenderse, dijo “tener carpetas” sobre los dirigentes que pretendían desbancarlo.

Según el escritor Miguel Bonasso, “Luis Barrionuevo ha transitado por la vida sindical y política eludiendo con éxito esa molesta institución que es el Código Penal”. Dicen que Luis escanea primero a su interlocutor y que, una vez pasada la prueba, “es de esa gente que te habla de cerca y te agarra el brazo mientras te está hablando”, como buscando privacidad a algún dicho entre lo secreto y lo inconfesable.

Muchos son los matrimonios políticos de la historia, pero pocos parecen tan díscolos como este, capaz de llamar la atención aun sin cultivar votos propios. Graciela Camaño y Luis “El Canciller” Barrionuevo parecen ser esa extraña pareja de opuestos complementarios donde los pantalones los llevan ambos y donde las pasiones se potencian con el afrodisíaco de la política. O quizás sea todo un engaño pour la galerie y, puertas adentro, las escenas de la vida conyugal sean distintas. “Graciela, vamos, se nos va la combi”, la apuraba él en la reunión por el Día de la Lealtad en Tucumán para que dejara de hablar con todos los dirigentes con los que se cruzaba. Ella le contestó: “¡Pero andate vos, Luis!”.

 

la Negra

Con la casa propia y los estudios como objetivos generacionales de ascenso social, Graciela Camaño desbordó de manera amplia cualquier expectativa, quizás en la misma medida las propias y las ajenas. De sus años de operaria en una fábrica de calzado con apenas quince años a su transformación en uno de los cuadros políticos más observados del país, pasaron años de bonanza y buenas rachas, de escándalos y agarradas, de conflictos y mala sangre.

La diputada no está dispuesta a olvidar que para muchos fue solamente “la mujer de Barrionuevo”, pero ahora puede hacer gala del espacio de poder que supo construir por goteo durante los años de aguerrida oposición. Como toda persona que se hizo de abajo, no fanfarronea, pero sabe exactamente cuándo sacar a relucir las credenciales que le dan a una mujer de orígenes humildes la superación personal. Dicen de ella que es extremadamente sensible, pero que “se hace la dura para poder sobrevivir en el mundo del GBA, el del peronismo, el de los hombres, la política y la competencia”. Dicen que en ella “se combinan la fortaleza y la sensibilidad social”, que no hace la política sino que “la vive con pasión”. Camaño también es católica y, en el último encuentro organizado por la Comisión Episcopal de Pastoral Social, dijo que “la Iglesia siempre dice la verdad”. En esa oportunidad, mostró su preocupación por el desempleo y criticó los planes sociales, similares a aquellos que fueron vitales en su desempeño en el Ejecutivo, en otro rapto de desmemoria. La diputada argumentó que nacen del discurso perverso que le da entidad de vagos a quienes son, en realidad, trabajadores sin trabajo.

En el año 1989, Graciela y familia se mudaron de una casa sencilla a un chalet muy lujoso en Villa Ballester que Luis Barrionuevo le compró al empresario y padre de la actual Primera Dama, Abraham Awada. Ya por ese entonces, este upgrade en la situación patrimonial de la dupla política levantó, una vez más, sospechas de enriquecimiento ilícito. Sospechas que, pese al culto a la desprolijidad del expresidente del Club Atlético Chacarita Juniors, nunca pudieron ser probadas.

Pero Graciela nunca se alejó de San Martín, lugar donde todavía está a cargo de comedores populares. Hace añares que vacaciona en familia en una casona en Mar del Plata. Le gusta el golf. Es maestra. Es abogada recibida con un diez en la Universidad de Morón, institución donde luego se doctoró en Ciencias Jurídicas y donde fue docente de Derecho Constitucional hasta hace poco. Recibió el Diploma al Mérito de la Fundación Konex por su trayectoria legislativa. Tiene dos hijos y quién sabe cuántos nietos. Está junto al mismo hombre desde muy joven. Muchas cosas se podrán decir de Graciela Camaño y son interminables las contradicciones del sinuoso camino que lleva recorrido en los mapas y los territorios del peronismo, la pasión de su vida. Pero nadie puede afirmar que su perfil no es el de una mujer de trabajo.

 

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