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el segundo naufragio de los pichis
Para el mercado editorial, Malvinas es un territorio pingüe. Pero más allá del afán de lucro, la guerra sigue incomodando a un progresismo que no puede resolver su relación con la democracia ni con la violencia. Y también a un liberalismo cipayo que está dispuesto a entregarlo todo para que el país se integre subordinada y tristemente en la economía mundial. Juan Terranova escribió un libro áspero que gira en torno al hundimiento del Belgrano. Por eso conversamos con él.
Ilustraciones: Catriel Tallarico
02 de Abril de 2018
crisis #30

P eronismo, ejército y nación. Una tríada incómoda para las promesas de modernidad que trae el segundo ciclo soñado de neoliberalismo. Argentina es hoy un pequeño enclave sojero donde la ubicación del norte geopolítico vuelve a discutirse sin nuevas preguntas y con las mismas respuestas de siempre, mientras las inversiones siguen sin llegar y reclaman un severo disciplinamiento laboral. Es en este contexto que las discusiones sobre Malvinas resultan todavía ásperas, porque ponen en la picota los relatos identitarios de un país y trazan un inquietante perfil para una nación que no termina de narrarse a sí misma de un modo apacible. 

Juan Terranova publicó hace unos meses Puerto Belgrano, novela sobre un médico militar que forma parte de la tripulación que padece el hundimiento del Crucero y luego es rescatada. Superados los 35 años de su inicio, la guerra de Malvinas parecía haber obtenido alguna especie de cierre simbólico en el imaginario social. El Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur, inaugurado por la ex presidenta Cristina Kirchner en 2014, pretendía coronar el proceso de cicatrización de la costra simbólica llamada Malvinas. Un gobierno que apelaba a la simbología peronista, un relato progre y federal en el corazón de una exESMA nacanpop, híbrido entre un enorme centro cultural hippie y un gélido homenaje teutón a las víctimas del nazismo, con el gaucho Rivero proyectado en pantallas led y la visita de cientos de miles de estudiantes de escuelas públicas, más el reclamo diplomático de la soberanía. En torno a este hermoso cambalache la casa parecía estar en orden. Nacionalismo light, antimilitarismo, dignidad en el dolor y en la derrota como combustible de un discurso victimizante y al mismo tiempo combativo. Pero los tiempos cambiaron. 

las representaciones

Por detrás de estas políticas de Estado teníamos nuestras crónicas conmovedoras -por dar un ejemplo, Nuestro Vietnam de Daniel Riera-, nuestras películas taquilleras -Gastón Pauls se había puesto bajo la piel de un conscripto más parecido a sus pares de Leicester que a los changos jujeños que pelearon la guerra en Iluminados por el Fuego, basada en las investigaciones de Edgardo Esteban-, teníamos una obra de teatro con performance de Lola Arias, y teníamos también nuestros más ricos y complejos modos de abordaje desde la literatura. Fogwill, que se daba cuenta rápido de las cosas, había escrito Los Pichiciegos al son de la baterías de metralla, amparado por sus míticos gramos de cocaína.

Con aquella novela Fogwill inaugura una veta interpretativa y un universo simbólico para escribir sobre la guerra. Según ese cosmos, que luego se convirtió en credo del progresismo, la guerra había sido el manotazo de ahogados de una cúpula castrense ebria y desesperada, corolario de una dictadura que en realidad era un pacto cívico-militar, con una sociedad civil en el fondo cómplice del terrorismo de estado. Ese era el mainstream. En el nicho, lo que había en Los Pichiciegos era un trabajo sobre el filón reventado del habla popular rebelde, anticorporativa y antisocial, acompañada por una lectura sobre la lumpenización freeraiderista de ciertos sectores medios que vendrían a acompañar el disciplinamiento financiero que la dictadura había iniciado y del cual el alfonsinismo sería, a fin de cuentas, una continuidad. En su novela, además de hablar de la ineptitud militar, Fogwill habría hecho una resonancia magnética al ethos de amplias capas de la sociedad que en lugar de pelear la guerra capitalista del todos contra todos preferirían también quedarse en la trinchera, ya fuese estatal, asistencial, militante o contratista, haciéndose los boludos mientras esperaban para hacer sus negocios en democracia. Después de todo, eso fue lo que llevó a cabo la familia Macri. 

El sedimento de Fogwill produjo sus frutos. De ella surgieron novelas que profundizaron en el clima moral y las contradicciones de la alianza cívico-militar, como Dos Veces Junio (2002) de Martín Kohan, o la original Trasfondo (2012) de Patricia Ratto, que con un gran trabajo de investigación hace que la guerra suceda en un submarino. Carlos Gamerro dio un paso más con Las Islas (1998), una novela ambiciosa y voraz, que se anima a satirizar la guerra, a mostrar las ambivalencias y los trágicos destinos de muchos de los soldados, y la vincula no solo a los ochenta sino también a la década menemista y su turbia primera modernización neoliberal. Los ganadores internos, la patria contratista y financiera, eran los mismos amos que en los noventa habían construido Puerto Madero, los grandes dependientes parasitarios de un capitalismo imposible. En Una puta mierda, publicada en 2007 y republicada luego como Nosotros caminábamos en sueños, Patricio Pron se centró en cifrar la decodificación de los discursos que circulaban en una guerra de la cual nunca había habido suficientes imágenes por parte de receptores infantiles, siguiendo con el tono farsesco de Gamerro, pero añadiéndole una perspectiva de hijos que luego se pondría tan en boga durante el kirchnerismo. 

Lo cierto es que todas estas representaciones, con estéticas disímiles y planteos originales, poseían algunas coincidencias que tenían que ver con el desprecio hacia el actor militar, el antinacionalismo, cierta certeza socialdemócrata que campeaba de fondo, cierta fe en las instituciones. Claro que hubo anomalías e irreverencias, como por ejemplo en "La soberanía nacional", aquel cuento de Rodrigo Fresán publicado en Historia Argentina (1991), o el intento conciliador de Brilla tu, borracho loco (2012), con los notables poemas de Hugo Emilio Sánchez. Por su parte, la novela La Construcción (2014), de Carlos Godoy, inaugura un abordaje novedoso para concebir las islas ya no como un territorio que se convierte en escenario de una disputa histórica, sino como un enigma natural donde acontece justamente lo que las narraciones históricas impiden pensar: el derrumbe de las categorías que solíamos esgrimir para narrar el conflicto. 

 

¿adiós a los pichis?

En 2017 otra novela abordó la cuestión de la guerra desde una perspectiva algo corrida de los consensos vigentes. 1982, de Sergio Olguín, es un drama explícitamente inspirado en Fedra, la tragedia griega. En uno de los vértices del triángulo amoroso que se narra aparece Augusto Vidal, un militar que participó en el intento de recuperación de las islas y volvió un poco místico, un poco más violento, un poco chiflado. Sus contrapartes son Pedro, su hijo, y Fátima, su pareja, con quien tiene otro hijo. Fátima y Pedro se enamorarán, intentarán huir juntos. Olguín cuenta una historia donde la textura está en lo íntimo, donde el militar sigue ocupando un rol de malvado en línea con su complicidad con la dictadura, y donde la sutileza está puesta en la resonancia de la guerra en las relaciones humanas. Pero lo saliente es que 1982 es una novela que se escribe en contra de la pedagogía, no tanto en contra del actor militar -a quien ya se considera justamente derrotado y con quien, como corresponde, no se tiene piedad- como en contra de las moralidades que circularon en torno a la guerra.

El caso de Puerto Belgrano es diferente. Terranova pertenece a otra generación, está más cerca de Pron que del resto de los que escribieron sobre Malvinas, y está también cerca de Godoy. A contrapelo de muchos de sus contemporáneos que escriben una literatura sentimental hecha para esquivar deliberadamente los nodos del conflicto político, Terranova parece haber madurado su pulso de escritor y con una prosa seca que por momentos evoca a Cormac McCarthy pero se permite arrebatos, disgresiones, y un desatado rap ensayístico belicista al final del libro, se despacha con una novela que sin resignar una nutrida investigación histórica mete el dedo en la llaga y viene a desafiar los consensos desde los cuales se venía narrando el combate. La pregunta de fondo parece ser: una vez que el neoliberalismo triunfa en las urnas y con su verdadero nombre, ¿sigue vigente la idea de los pichis?

Apenas empezamos a leer Puerto Belgrano entendemos que el Crucero ARA General Belgrano era en realidad una suerte de hermosa y aún efectiva ruina que Perón les había comprado a los Estados Unidos. El hundimiento del Belgrano fue el triste y solitario final del Phoenix, un acorazado que había combatido en la Segunda Guerra Mundial. La cuestión se complejiza cuando Terranova juega con la hipótesis de que Malvinas fue un conflicto que debe ser leído dentro del escenario de la Guerra Fría: una conflagración burocrática y helada, colonial y fuera de tiempo, irreal pero al mismo tiempo bien concreta, en la cual una alianza con la ex Unión Soviética podría haber sido una posibilidad efectiva, incluso luego de la pésima planificación de los militares argentinos. De hecho, toda la historia de Puerto Belgrano está atravesada por la fantasmática presencia de Reina, un enigmático marinero que Eduardo Dumrauf, el médico castrense que narra, se encuentra en diversos momentos de su vida, tanto a bordo del Belgrano como, años más tarde, en una reunión de ex combatientes. Resulta que, al parecer, Reina era una suerte de espía britántico, o quizás un brujo, y un grupo de altos cuadros del ejército militar soviético desembarcan en el Belgrano en su búsqueda. 

Pero la falta de agallas y de comprensión geopolítica de los militares argentinos no es leída desde la sociedad civil ni desde la dictadura. Por el contrario, Terranova elige contarla desde un militar argentino de rango intermedio que luchó con honor junto a sus soldados, con quienes compartía un gran amor por la patria. Apartado de la victimizada figura del colimba, Dumrauf es un cirujano que realiza curaciones a bordo del Belgrano, que participa activamente de las operaciones de rescate, que es náufrago del hundimiento, y que se queda con la sangre en el ojo por no haber podido pelear la guerra. Le pregunté a Terranova por los motivos de haber construido a ese personaje, un médico argentino y al mismo tiempo filonazi, para narrar Malvinas:  

“No sé si es filonazi. ¿Lo es? El padre, queda claro si uno lee con atención, atendió a un aviador nazi que les enseñó a volar a muchos pilotos argentinos. Pero no sé. ¿Que escuche Wagner lo hace nazi? ¿Dónde estaría ese nazismo? No digo que no. Solo que creo que las cosas con Dumrauf y con los bordes de la Segunda Guerra son más ambiguos. Yo me siento muy cerca de la gran novela oral que trabajan todos los días los veteranos de Malvinas, sus voces, sus charlas, sus breves textos en Facebook. Todos los que luego escribimos sobre esa experiencia somos los vampiros de las letras que tomamos esa energía”.

nacionalismo y democracia

Una de las secuencias más largas, puntillosamente descritas y bellamente documentadas de la novela de Terranova es el rescate a los náufragos del Belgrano. El autor se nutrió de testimonios de los sobrevivientes pero con ellos hizo algo más que un homenaje o una condolencia: generó una pintura del hundimiento en la cual el lector se identifica con los militares. Esto excede a la revindicación de la destreza técnica y de las agallas de muchos combatientes argentinos que participaron de la guerra. Y también, de la natural identificación con los vencidos: lo que se caldea, y atraviesa a la novela, es una permanente insatisfacción con la democracia. Hasta hoy la narración de Malvinas había sido utilizada para celebrar la democracia. Incluso Fogwill se conformaba con desconfiar de ella, pero en su trabajo sobre los pichis había también cierto homenaje. En este caso, lo que puede leerse es una radical disconformidad que se trabaja a través de la exposición de los mecanismos burocráticos con los cuales la democracia aplasta el heroísmo, a la épica e incluso al sentido de la existencia, triturando además a sus víctimas –principalmente a los ex combatientes– de un modo silencioso y naturalizado. 

Por otra parte está el nacionalismo. ¿Tiene sentido ser nacionalista hoy, en la era de las megalópolis, o se trata más bien de la evocación retrospectiva de un sentimiento antimoderno que actúa como resistencia en el plano simbólico, pero con efectos conservadores en los procesos reales? Lo cierto es que en Puerto Belgrano es muy difícil no emocionarse ante cada “viva la patria” de los soldados argentinos. De hecho, la novela establece una diferencia bastante notable entre los soldados, su nobleza y su predisposición y la desidia, la cobardía y la torpeza de los altos mandos. Le pregunté a Terranova por ese sentimiento nacional y por su relación con el peronismo. ¿No es el peronismo el padre no declarado de los Pichis, figura que su novela viene en gran medida a cuestionar? 
“Creo que el problema viene por otro lado. Una de las principales instituciones que la dictadura cívico-militar dañó y destruyó hasta la ruina fueron las tres armas mismas. Esto no es contradictorio. Los militares siempre tuvieron internas y divisiones. Perón mismo era un militar. Pero con Onganía, bajo la presión de los Estados Unidos, y con la instrucción francesa, el ejército comienza a abandonar la defensa de la soberanía y a funcionar como un operador policial contra el comunismo, aunque en ese momento el comunismo acá no parecía estar en el negocio de la revolución. Pero esa era la agenda de Estados Unidos y lo que proveía era armamentos ligeros, no cañones ni acorazados. Y luego los franceses también impusieron su agenda con las tácticas de lucha contra la subversión que ya han sido historizadas hasta el hartazgo. Eso unido a que Onganía realmente fue un político horrible que nunca habría llegado al poder sin las purgas de la Revolución Libertadora... Si no se entiende eso, no entendés lo que vino después. Ahí, en la Libertadora, hay un cambio que luego nos va a llevar al Proceso de Reorganización Nacional y a un movimiento histórico que recién se viene a reparar con el kirchnerismo. Es un tema largo pero lo simplifico: cuando hoy unos pibes de veinte años en una marcha en Plaza de Mayo cantan ‘el que no salta es militar’ las que se benefician son las potencias imperialistas. Y bueno, los escritores argentinos son todos unos cobardes y unos ignorantes en este sentido. Ese fue un gran daño que hizo la dictadura: cuestionar el orgullo de ser argentinos”. Mientras escribía esta nota alguien me recordó que, tras haber repudiado al actor militar, en su fase postrera y decadente, el kirchnerismo intentó tener un aparato de inteligencia propio a través del general Milani. Los resultados fueron una sinécdoque del tipo de desarrollismo que se propuso. 

los buenos servicios del peronismo

Pero esto lleva a otra escena notable de la novela. Una noche Dumrauf es abordado en un consultorio y llevado al luctuoso Cuartel General de la Policía ubicado en Avenida Belgrano. Es la policía democrática, los servicios secretos de la democracia, tan servicios y tan secretos como los de la dictadura, aunque sin tortura ni plan sistemático de exterminio. La novela hace hincapié en los grises. Y esa parte, contada por el propio Dumrauf, retrata su propia posición ante la represión ilegal. El tipo había asistido a gente que estaba siendo torturada, y consideraba que la tortura era reprochable pero lógica en un escenario que los superiores habían caracterizado como de guerra. Al parecer, desconocía un plan sistemático y se amparaba en la obediencia debida. Pero, de todos modos, reconoce un límite cuando lo interrogan por los nacimientos en los centros clandestinos de detención. Vuelvo a preguntarle a Terranova: ¿Qué imaginás que hubiera hecho un tipo como Dumrauf si lo llamaban para asistir a un parto en la ESMA?

“Insisto: la dictadura fue la que destruyó el honor militar en la Argentina. Y lo hizo con toda precisión. Mientras sigamos asociando lo militar a la crueldad y a la torpeza, vamos a seguir siendo una Nación con fronteras inexploradas y una soberanía débil. Ese es, sobre todo, un desafío para los militares. Y si me permitís, los que salvaron ese honor fueron los veteranos y ex combatientes –soldados, suboficiales, oficiales– que después de la guerra siguieron militando Malvinas, señalando los errores, siendo consecuentes con sus reivindicaciones, pidiendo lo que les correspondía. El futuro siempre es bastante oscuro. Pero algunas cosas tengo claras. Si un día de mi vejez me llaman por teléfono y me dicen que el avión de mi hijo fue derribado mientras atacaba un convoy de barcos chinos en el Pacífico sur voy a sentir dolor, el dolor más fuerte que un padre pueda sentir, pero también voy a sentir orgullo, el orgullo más grande que un padre pueda sentir”.

Una hipótesis para pensar el cambio implícito en Puerto Belgrano: con la descomposición del peronismo, los argentinos pasan de ser los pichis a convertirse en los kelpers. Los kelpers del orden económico mundial, los kelpers que sueñan con ser británicos pero no lo son, los kelpers que vuelven a tener que pelear por el reconocimiento de sus derechos laborales ante una corona que jamás se los dará. Terranova estuvo en las Islas y le pregunto cómo los vio. Cómo vio a nuestros hermanos siameses. “Me sorprendió lo cola de paja que son los isleños importantes. Nosotros perdimos la guerra pero son ellos los que viven con miedo”. ¿Con miedo de qué? “El miedo es una sensación interesante. Está en el centro de nuestra constitución como sujetos modernos. El miedo y la paranoia. Los isleños viven paranoicos de que la Argentina recupere las islas y ellos tengan que abandonar su penosa vida de trabajar y engordar para morir. Los que traté me cayeron muy bien. La clase trabajadora es clase trabajadora en todas partes. Como dijo Gramsci, siempre hay gobernantes y gobernados. Pero creo que los isleños, kelpers, británicos y demás personas que hoy viven en Malvinas nunca lo leyeron”.

Pese a su belicismo y a su visión modernista del actor militar, Terranova conserva las esperanzas. En uno de los raps de la novela donde tematiza al ser nacional, habla del sino argentino como una cadencia entre el aburrimiento y la destrucción. ¿Qué lugar ocupa el peronismo en ese baile? ¿Y qué lugar te gustaría que ocupase?

“El peronismo siempre sale a la pista con un pasodoble. Suena un tango, pasodoble. Le ponés Technotronic, pasodoble. Le ponés Pet Shop Boys, pasodoble. Le das pastillas locas, pasodoble. Toca Black Sabatth, pasodoble. Y hay momentos en que suena un pasodoble y entonces se alinean los planetas y la rompe. Creo que hay una ortodoxia en esa perseverancia que es a la vez ridícula y esperanzadora. El pasodoble al final te termina salvando la noche”.

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