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justicialista gran sport
Un mini ensayo sobre la memoria, los vehículos, los no museos y lo que todavía reluce.
Ilustraciones: Sukermercado
17 de Octubre de 2018

Un truco netamente comercial (el fascículo como coartada y un regalo que en verdad no es tal) han provocado una transformación muy notoria en el paisaje urbano actual: las calles han cobrado un cierto aspecto de juguetería. Y eso porque los kioscos de diarios y revistas han multiplicado, en una escala exponencial, su oferta de autos de juguete. Los hay de toda índole, en colecciones no menos diversas: la de las Ferrari, la de Turismo Carretera, la de Fórmula Uno, la de los batimóviles, la de los coches de James Bond, la de los de Juan Manuel Fangio, la de taxis del mundo, la de autos clásicos. En ese desborde abarrotado de ofertas inacabables, hay dos series que a mí, en lo personal, me interpelan con frecuencia: la de los “Autos inolvidables” y la de “Vehículos inolvidables de reparto y de servicio”.

Esas dos colecciones comparten diseño y criterio. Y aunque invocan, expresamente, la condición singular de lo que no puede olvidarse, funcionan más bien sobre la base de traer a la memoria algo que, no estando exactamente olvidado, tampoco figuraba demasiado en los recuerdos más usuales. ¿Cuánto hacía, por ejemplo, que no evocaba yo el Ford Fairlane? ¿Cuánto hacía que no pensaba yo en el Dodge Polara? ¿Cuánto hacía que el Mehari no cruzaba por mi mente? ¿Cuánto hacía que no me figuraba un taxi Siam Di Tella? Que son inolvidables, no lo niego; pero sin llegar por eso a ser exactamente memorables. Ocupan, según creo, algo así como un estadio intermedio, que por cierto me interesa: el de las cosas que no se olvidan, pero que tampoco acuden mayormente al recuerdo.

Estas dos colecciones de autos entablan, por eso, una relación muy definida con el pasado, que no es la de forjar memorias ni es tampoco la de reparar olvidos, que no funciona como un museo pero no encaja tampoco, así sin más, en el presente. En especial si se considera que, tanto los “autos” como los “vehículos” inolvidables, son siempre argentinos; y que lo que marcadamente prevalece, tanto en una como en otra colección, son modelos de los años ’60 y ’70. Algunos, más esporádicos, avanzan en el tiempo: hay por caso un Ford Escort, hay una Renault Fuego, hay un Fiat 147, etc. Pero no es ése en absoluto el tenor predominante, sino el del Chevrolet 400, el del Torino, el del Peugeot 404, el del Renault 12, el de la ambulancia Dodge, el del IKA del Automóvil Club, el del Renault Gordini, el del AutoUnión, el del Fiat 1500, el de la Estanciera, etc.

La relación que se establece así, desde el presente, con esos años, es menos de evocación que de invocación: menos de reminiscencia que de presentificación. Y es que no se trata, por esta vez, de alguna memoria política, de algún testimonio de época, del rescate de algún hecho o algún personaje de ese tiempo, del análisis politológico de lo que pudo pasar o de lo que pasó; sino de otra cosa, de otro orden: algo del orden de la colección y de las miniaturas. ¿Y qué decir, en fin, de las colecciones y de las miniaturas, que no haya dicho Walter Benjamin? ¿Y qué decir, en fin, acerca de la redención del pasado, que no haya dicho también él?

La necesidad indeclinable de agotar lo que es, por definición, inagotable; la ambición de totalidad que no podrá nunca alcanzarse pero a la que no se podrá tampoco jamás renunciar; el ajuste y el desajuste, en clave de pequeñez, entre la parte y el todo; el efecto de realidad que producen los detalles, el milagro comprobable de su admirable precisión visual. Y un pasado que, reducido con frecuencia a la disquisición elemental de si hay que tenerlo en cuenta (o mejor: tenerlo presente) o si hay que dejarlo atrás para poder mirar para adelante, puede abrirse, tanto mejor, a otras preguntas: ¿a cuáles de los tantos pasados definimos como pasado? ¿Qué de todo lo pasado entendemos por pasado? ¿Y en qué forma lo abordamos? ¿En qué forma lo pensamos?

El precio de los “Autos inolvidables” subió, al igual que el precio de todas las cosas, mucho más que el miserable 25% (con sumas en negro) concedido a los docentes, por lo que han quedado decididamente fuera de mi alcance. No obstante, esta semana, ocurrió algo de excepción y decidí corresponderlo con un esfuerzo económico de excepción también. Salió un auto de un tiempo más distante: un auto de 1953. ¿Cuál? El Justicialista Gran Sport, fabricado por IAME (Industrias Aeronáuticas y Mecánicas del Estado), “el primer modelo del país en ser construido con fibra de vidrio y equiparse con motor Porsche” (transcribo del fascículo)

Tomo este lanzamiento como lo que más profundamente es: una intervención política en la actualidad argentina. Porque este cochecito de la serie algo tiene de fuera de serie. Y viene a expresar, con su sola aparición, el sueño pasado de un proyecto de industrialización nacional y un modelo de Estado pujante. Ese sueño entra objetivamente en contraste con la pesadilla que en el presente perpetra quien fuera dudoso gestor de SEVEL.

Yo no soy justicialista, y presumo que ya nunca habré de serlo. Pero en la repisa donde he ido alineando mi colección de autos inolvidables, agrego ahora el único de entre ellos que no forma parte de ningún segmento de mi memoria vivencial: el Justicialista Gran Sport de 1953. Lo ubico en un lugar destacado, en un ángulo en el que por cierto reluce.

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