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esto recién comienza
Fotografía: Emergentes
12 de Septiembre de 2018

Un puñado de jóvenes cabecillas políticas provenientes de seis países distintos se reunieron en San Telmo con la consigna de maquinar qué hacer para relanzar los procesos de emancipación que hoy parecen atascados. Durante cuatro horas se trenzaron en un intercambio a puertas cerradas sobre la naturaleza de la crisis actual, las líneas estratégicas de la izquierda que viene y la necesidad de recrear la idea misma de organización política para tejer redes internacionalistas de articulación. Para concluir la jornada de trabajo protagonizaron una conversa pública en el Centro Cultural Torquato Tasso. Lo que sigue es la transcripción de aquellas intervenciones.

Gerardo Pisarello, vicealcalde de Barcelona, España, desplegó la hipótesis del municipalismo rebelde.

Constanza Schönhaut, secretaria general del Movimiento Autonomista, uno de los grupos más potentes del Frente Amplio de Chile, contó cuáles son las innovaciones que le permitieron a esta nueva fuerza electoral conquistar el tercer lugar en los últimos comicios presidenciales.

Manuel Canelas, viceministro de Planificación y Coordinación de Bolivia, explicó por qué el más exitoso de los gobiernos progresistas de la región está sumido en una aguda crisis política que deben resolver con audacia.

María José Pizarro, flamante diputada nacional por Colombia Humana, hija del comandante guerrillero que dejó las armas para ser candidato a presidente por el M19 y fue asesinado en plena campaña allá por el año 1990, disertó sobre la paz como núcleo central de cualquier estrategia política en el presente.

Álvaro Campana, secretario general del partido Nuevo Perú, fundado recientemente por la candidata a presidente del progresismo peruano Veronika Mendoza, hizo hincapié en la necesidad de ampliar los sistemas de referencia simbólico de la izquierda latinoamericana.

Felipe Altenfelder, uno de los referentes de la organización Fora do Eixo y de la maquinaria comunicacional MídiaNINJA, contó cómo piensan derrotar al golpe en Brasil y qué tipo de narrativas se proponen desplegar una vez conquistada la normalización democrática.

Dos participantes representaron a la Argentina en el encuentro de elaboración política: Marta Dillon, integrante del colectivo Ni una menos, para quien la nueva izquierda será feminista o no seré; y Axel Kicillof, ex ministro de Economía y uno de los dirigentes del kirchnerismo más vigentes hoy en día.

Marta Dillon: Buenas noches a todes. La idea es compartir algunos de los desafíos y las estrategias que las diferentes expresiones políticas que están aquí presentes vienen desplegando, con la idea de imaginar un nuevo internacionalismo. La primera pregunta es para Gerardo Pisarello. Le voy a pedir que nos cuente cuáles serían las líneas estratégicas fundamentales para enfrentar este clima de neoliberalismo que parece monolítico, cómo ponerlo en jaque para abrir otras posibilidades, otros discursos posibles.

Gerardo Pisarello: Buenas tardes. Yo vengo de Barcelona, soy un tucumano que está en la vicealcaldía de la ciudad. Vengo a traerles un abrazo muy fuerte de las ciudades rebeldes del sur de Europa, no solamente de Barcelona, sino de Madrid, de Cádiz, de Valencia, de Coruña, de Pamplona, de Santiago. Me atrevería a decir también de Nápoles, de Grenoble; de todas las ciudades que protagonizaron estos últimos años una especie de primavera municipalista contra las políticas neoliberales y contra la crisis de la democracia tradicional. Y que están produciendo cambios impresionantes en algunas de estas ciudades, a pesar de que surgimos después del estallido del 2008, en un momento, muy duro, en el marco de una de las crisis más graves del capitalismo, solamente comparable a la de los años treinta del siglo pasado.

Nos está tocando gestionar en las ciudades, sin tener vínculos con los grandes poderes financieros, sin tener vínculos con los grandes poderes mediáticos, pero intentando mostrarle a la gente que no tenemos que resignarnos porque, como dice el título de esta reunión, “esto recién comienza”, lo bueno todavía está por venir. No es fácil porque también allá, en el sur de Europa, tenemos medios concentrados que intentan distorsionar las cosas que hacemos, tenemos el sector más conservador del poder judicial que intenta frenar las conquistas que se ganan en la calle o que a veces se consiguen en sede política. Pero, a pesar de eso, tres años y medio después aquí estamos, resistiendo.

No tenemos canas todavía, la tucumanidad aguanta firme en ese aspecto, no nos hemos envilecido, no nos hemos convertido en ellos, no hemos perdido la alegría, no hemos perdido la defensa de las cosas importantes. En nuestra batalla por tener ciudades mejores la alegría tiene que estar de nuestro lado, porque nos enfrentamos a un neoliberalismo zombie, triste, que es el pasado, y lo que estamos peleando es efectivamente el futuro. Nosotros somos una experiencia hija de las movilizaciones de las plataformas de afectadas por la hipoteca, que fue un movimiento que nació precisamente para acompañar a todas las familias que estaban siendo desahuciadas como producto del sobre-endeudamiento hipotecario. Somos hijas e hijos del 15M, de las movilizaciones que surgieron en las plazas contra el ajuste neoliberal. Somos hijas e hijos de todas las experiencias municipalistas de América Latina; no sólo lo que pasó aquí en las instituciones sino también en la calle, el movimiento de reforma urbana de Brasil, el cooperativismo uruguayo, las experiencias en Montevideo, en Puerto Alegre, los presupuestos participativos. Nos sentimos hijos también de Marielle Franco, la concejal asesinada en las favelas de Río de Janeiro, feminista, negra, por defender a la gente más humilde. Somos hijos también de la gente de Ciudad Futura, que está aquí, que son más chicos que nosotros, pero somos hijos e hijas también de ellos que están batallando en Rosario y en otras ciudades para construir municipalismo transformador.

Entonces, lo que hemos mostrado es que, a pesar de este contexto neoliberal, de la desregulación financiera internacional, de una normativa que impone estrechos corsés sobre las posibilidades de cambio, se puede hacer más democracia social. Que cuando uno tiene un presupuesto puede dedicarlo a proteger a los barrios menos privilegiados, o a blindar el agua, la energía y los servicios básicos como bienes comunes. Estamos intentando mostrar que se puede construir democracia económica, porque no es suficiente con construir democracia social. Que se puede plantar cara desde las ciudades a los grandes oligopolios, a las grandes plataformas financieras, por eso estamos dando una batalla contra Uber, contra Airbnb, contra estas plataformas empresariales que no son malas porque sean digitales, son malas porque quieren evadir impuestos, porque no quieren reconocer los derechos de trabajadores y trabajadoras. Y estamos intentando mostrar desde Barcelona que hay alternativas, que hay una forma más cooperativa de organizar la economía, y que es falso que los modelos neoliberales que están imperando hoy puedan solucionar las necesidades básicas de las personas.

Estamos intentando también construir democracia feminista. Yo formo parte del primer gobierno feminista que tuvo la ciudad de Barcelona, la primera alcandesa mujer, de origen modesto, que no pertenece a las familias de toda la vida. Formo parte de un gobierno que está integrado mayoritariamente por mujeres, por concejalas valientes que hoy están denunciadas por los fondos buitres especulativos que flotan como una nube tóxica sobre nuestras ciudades procurando comprar edificios enteros para echar a los vecinos y vecinas de toda la vida. Y ahí están nuestras concejalas en primera línea, denunciadas penalmente por enfrentarse a eso. Ellas con su coraje lo que logran visibilizar es que aquellos grandotes prepotentes no tienen tanto poder como nos quieren hacer creer.

Nosotros somos conscientes que llegar al gobierno no es conquistar el poder, que el poder reside en muchos otros sitios también, pero hemos aprendido que tenemos mucho más poder que el que nos quieren hacer creer. Y que una clave cuando uno llega a las instituciones es colgar un cartelito en la puerta que diga “no nos olvidemos quiénes somos y de dónde venimos”, porque los grandes cambios que hacen falta impulsar para radicalizar la democracia dependen, en buena medida, de que pasen cosas “afuera”.

Durante mucho tiempo pensamos en la irreversibilidad de las conquistas: las cosas que se habían conseguido en el ciclo anterior iban a ser preservadas por las fuerzas opositoras, pues podíamos confiar en una alternancia leal que respetaría algunas conquistas básicas. Pero estamos viendo que eso es mentira, que cuando llega la derecha lo que hace es arrasar con todo, instrumentalizar todos los poderes del Estado para perseguir a la disidencia política, a la disidencia cultural, y se producen retrocesos enormes. Entonces, la enseñanza es que los derechos no caen del cielo, no nacen de los escritorios de los juristas, sino que, como ha ocurrido siempre en la historia, se mantienen en la medida en que la gente se organiza, los conquista y los defiende.

En ese sentido, creo que si hay alguna cosa que nos salva no es estar en las instituciones, porque en las instituciones uno siente mucha soledad, las instituciones nos enferman cuando estamos ahí adentro encerrados, pero cuando se mueven cosas en la calle la institución puede ser palanca de cambio y de transformaciones. Por ejemplo, una ciudad no puede luchar contra la especulación si no hay un movimiento de inquilinos e inquilinas que presione fuerte desde la calle. Y cuando eso se produce es mucho más fácil accionar desde la institución.

Yo soy municipalista por convicción y creo que la democracia del siglo XXI será municipalista o no será. Porque es en el municipalismo, en el ámbito territorial, en la escala local, donde podemos generar otras formas de hacer política, podemos radicalizar la democracia y construir comunidad. No comunidades opresivas, sino espacios de cuidados. Porque el neoliberalismo está generando aislamiento e infelicidad en muchísima gente, y cuando la gente se siente sola y con miedo aparece una necesidad de comunidad. Si nosotros no intentamos construir una comunidad de cuidados, quien va a construir comunidad es la extrema derecha, el neofacismo. Son los que dicen: “Formamos parte de una comunidad de los que tienen pasaporte europeo, que las personas que llegan en una balsa desde el mediterráneo no poseen”. Y no podemos permitir eso, tenemos que organizarnos para ser más fuertes, como decían las antiguas cooperativistas catalanas: “Organizarnos para ser más fuertes, pensar críticamente para ser más libres, y querernos para ser más felices”. Hoy discutíamos si la felicidad tiene que ser un objeto o no de la política, porque en realidad cada uno es feliz a su manera, pero yo creo que la política tiene mucho que decir a la hora de erradicar formas de infelicidad que no deberían existir, no deberían existir nuestros abuelos y abuelas muriéndose solos o solas en las ciudades porque no tienen una comunidad que los acompañe, no puede ser que haya gente infeliz por situaciones de exclusión y precariedad.

En Europa del sur nosotros hemos podido ganar algo de oxígeno, pero somos conscientes de que estamos en la institución no para ganar oxígeno sino para florecer. Y en cada pequeño jardín municipalista que se abre late un rumor de bosque que nos permite ver el horizonte por el que todas y todos peleamos. Está pasando en el sur de Europa, pero es importante que pase en América Latina, que pase en Rosario, que continúe en Montevideo, y sería fantástico que pase en la ciudad de Buenos Aires. Gracias.

Marta Dillon: Buena parte de las discusiones que desarollamos en los últimos años desde los movimientos sociales tienen que ver con el lenguaje y las narrativas emancipadoras. Y en Colombia el proceso de paz es una experiencia muy fuerte. Quería preguntarle a María José Pizarro cuál es la naturaleza y la densidad de la noción de paz que ustedes están construyendo.

María José Pizarro: Muy buenas noches a todos y a todas. Digamos que contestarte la pregunta por la paz sin hablarte de las dimensiones de la guerra en Colombia casi sería un imposible. Nosotros crecimos en años muy difíciles, y florecimos contra todas las adversidades. Tenemos unos saldos que realmente aterrarían a cualquier democracia del mundo: solamente entre 1985 y 2011 las cifras nos hablan de más diez millones de víctimas, miles de masacres, ochenta mil desaparecidos y un mapa trágico que nos ha tocado a todos en la fibra más profunda. Ha golpeado incluso a la gente que ha estado en condiciones de poder, a las familias oligarcas, a todos los sectores sociales, a los sectores populares, a los muchachos en los barrios, a las madres, y todo esto ha obligado a que la sociedad colombiana a pensarse de una manera diferente.

La paz se ha vuelto un elemento fundamental que va más allá de la firma de dos fuerzas que se enfrentaron históricamente. La paz nos convoca a construir una nueva sociedad que parta del encuentro entre las colombianas y los colombianos. Además, cargamos con el título de ser el segundo país más desigual del mundo. En medio de todo eso han ido aflorando expresiones de resiliencia y resistencia profundamente conmovedoras, y son lenguajes que han encontrado el corazón y la vida para expresarse en un país donde la posibilidad de ser diferente y de pensar distinto es aniquilada.

Justo hoy fue asesinado el líder 127 de este año en Tumaco, Nariño. Quiere decir que cada dos días cae un dirigente social en Colombia. Esto nos ha llevado a una profunda reflexión sobre cómo estamos defendiendo la vida en su sentido más amplio y profundo. En Colombia se está asesinando cualquier germen de trasformación, de reivindicación, de resistencia y de supervivencia. Yo estoy convencida de que casi todos los líderes asesinados, a pesar de que no hay información exhaustiva, están entre los 18 y los 40 años, lo que habla de una nueva generación de liderazgos y de la imposibilidad que en Colombia se manifiesten expresiones diferentes. Hubo un recrudecimiento cuando con Petro pasamos a la segunda vuelta y las personas que nos acompañaron en campaña también fueron amenazadas y asesinadas.

En este contexto, nosotros hemos convocado al ser humano, no le estamos hablando a los líderes de los partidos, no estamos hablándole a las maquinarias tradicionales y, aunque sí le hablábamos a los movimientos sociales, convocamos sobre todo a las ciudadanías libres, a los espíritus autónomos, es decir, a aquellas personas que por encima de los partidos se están cuestionando su lugar y su papel en el mundo. Nosotros hemos querido generar un proceso de empatía con nuestro pueblo, y el diálogo directo pasa por generar espacios de irreverencia. Hemos querido ser irreverentes, hemos querido convocar a la alegría, hemos querido convocar a la esperanza, y hablar del amor en medio de la política. Y si le sumas el ambientalismo, que es uno de nuestros pilares programáticos, pues parece un espíritu medio hippie. Ustedes dirán: “¿éstos de qué están hablando?”.

Nosotros hablamos de pensar la vida en el sentido más amplio y plantearnos posibilidades de diálogo distintas en el futuro. Queremos generaciones que puedan crecer desde el amor, que nuestros niños puedan formarse en espacios menos agresivos, donde la vida y su futuro puedan ser defendidos. Y eso implica hablar desde la ternura también. Lo cual, en un país en guerra, es una posición herética. Eso nos obliga a estarnos reinventando constantemente. Y nos habla de la necesidad de renovación generacional, que los proceso no se acaben con nosotros. Si algo nos ha enseñado la tragedia colombiana es a pensar cómo mantenemos preparada a la gente, tener la mirada puesta en quién va a ser el siguiente. Lo nuestro es un levantarse constantemente y levantarse desde los lugares que no han podido asesinar.

Para terminar quiero recordar a las comunidades del Pacífico colombiano, cuando decían: “vamos pueblo, carajo, porque el pueblo no se rinde”. Nosotros no nos rendimos, seguimos estando comprometidos con una Colombia que le hable a América Latina y le hable al mundo desde los lugares que ya no son comunes, que parecerían, pero que hoy no son comunes. Hablamos del amor, hablamos de la esperanza, hablamos de la posibilidad de pensar en una política que no sea miope para que podamos proyectar nuestra visión, nuestra forma de vida, nuestros modelos políticos y económicos, no a cuatro o cinco años, sino a veinte o treinta años. Y abriremos camino para quienes vienen detrás, porque sino abrimos camino para los más jóvenes creo que no hicimos absolutamente nada.

Marta Dillon: Para continuar quería preguntarle a Álvaro Campana, ¿cómo emerge esta fuerza política que viene a proponer una nueva izquierda en un contexto como el peruano, donde aún persisten las rémoras del fujimorismo y la crisis ha provocado una pérdida considerable de la legitimidad de las instituciones?

Álvaro Campana: Muy buenas noches. Es un gusto para mi compartir este espacio de reflexión y de intercambio pensando las nuevas estrategias de la emancipación. Varios de nosotros hemos pasado a lo largo de las últimas décadas por diversos momentos y puntos de inflexión, siempre preguntándonos justamente por este problema que es la esencia de lo político.

La situación peruana es bien particular, aunque seguramente todos tendemos a creer que nuestro país tiene una excepcionalidad. Tuvimos una dictadura militar de corte izquierdista, un conflicto armado cuando ya casi todos los procesos de lucha armada se habían extinguido en el continente. Y mientras en muchos de los países vecinos se instalaban regímenes progresistas o transformadores, nosotros a pesar de haber derrotado al fujimorismo y tener una ciudadanía que reclamaba cambios de fondo, hemos tenido una democracia neoliberal bastante estable a lo largo de los últimos años. Otra de las características del Perú es que es un país muy heterogéneo, y esa diversidad se ha expresado en estos anhelos de cambio. Hoy nos encontramos en una situación bastante crítica pero con grandes oportunidades, creo yo, para refundar el Perú.

Salvando las distancias, nosotros hemos vivido también una guerra interna como Colombia que implicó asesinatos, crímenes, satanización de la izquierda. Hoy nuevamente se abre la disputa por la memoria y tenemos enfrente dos negacionismos: el negacionismo del Estado, que se rehúsa a aceptar que se cometieron crímenes y a reconocer el terrorismo estatal; y por parte de las fuerzas insurgentes, que simplemente apelan a la impunidad, quieren voltear la página y reclaman para todos amnistía. Hay una permanente vocación al miedo, a que el cambio puede representar nuevamente terror, puede volver a poner al país en una situación límite. Y es en medio de todo esto, sin embargo, que a lo largo de estos años de liberalismo el pueblo peruano, además de resistir, a comenzado a plantearse la necesidad del cambio.

Pero tenemos otro problema: como ustedes saben en 2011 triunfa lo que se presentó como un gobierno popular en el Perú, y sufrimos una gran traición. Gana un presidente, Ollanta Humala, que ofrece el cambio y termina gobernando para los de siempre. Y, sin embargo, en las elecciones del 2016, logramos construir una alternativa que apeló a la participación de la gente, de la ciudadanía, a través de las primarias. Decidimos involucrar a las personas de a pie en las decisiones que tomábamos. Decidimos plantearnos la necesidad de la renovación de la política, que pasaba por acercarnos a los problemas concretos y cotidianos de las personas, a sus necesidades más inmediatas, y ver desde ahí cómo podíamos reencantar el hacer de la política. Y en medio de un escenario electoral bastante accidentado, logramos posicionar una alternativa electoral de cambio, y convertirnos en la tercera fuerza política –no logramos por muy poco pasar a la segunda vuelta. A partir de ello se abre una oportunidad para que las izquierdas se reenganchen con los sectores populares, de los cuales se había alejado bastante tiempo.

Pero el punto es que hoy se vuelve a desnudar cómo funciona el poder en el Perú. La persistencia de un tipo de Estado y su articulación con el modelo económico impuesto con la dictadura fujimorista: se desnudan sus mecanismos corruptos; la manera en que ha sido capturado el Estado por esos poderes; en que ha sido capturada la economía por esos poderes; en que han sido capturadas la justicia. Así como hay Lava Jato, en el Perú estamos viviendo el Lava Juez. ¿Qué significa esto? Se ha demostrado a través de unos audios cómo el sistema de justicia estaba siendo cooptado por las mafias vinculadas al narcotráfico y otras economías ilegales, y por sectores políticos que tienen hoy una representación mayoritaria en el parlamento, me refiero al fujimorismo.

Todo esto ha ido generando un coctel de crisis que para nosotros representa una oportunidad. Porque se hace evidente que ese tipo de Estado no da para más. Y ese modelo económico ha generado que los peruanos vivamos en un país muy desigual, con alta concentración de la riqueza, con gran precariedad en la vida. Entonces, hoy estamos desafiados a recuperar nuestra democracia. Y eso tenemos que hacerlo con la gente. Hay varias cosas que tenemos que discutir sobre estrategias y tácticas: si sigue funcionando la invocación a una izquierda militante, si funcionan los frentes de siglas, o si más bien de lo que se trata es de tomar nota de la gran heterogeneidad social y las múltiples demandas para convocar a espacios más amplios, donde la ciudadanía sea convocada a construir, a partir de ellos y en medio de esta crisis, un sujeto político múltiple que pueda abrir un cauce constituyente en el Perú.

En esa discusión estamos ahora. Dada la profundidad de la crisis que estamos viviendo, la salida tiene que ser integral. Creemos que en el Perú hay condiciones para ello. Pero el gran desafío es construir ese sujeto plural, después de tantos años de traiciones, fracasos, de continuismo neoliberal, y con el fantasma del terrorismo todavía sobrevolando entre nosotros, ¿cómo hacemos que la política sea una fuerza de transformación social? Gracias.

Marta Dillon: La próxima pregunta es para Manuel Canelas. ¿Cómo se manifiesta la crisis en un país como Bolivia que es prácticamente el único, con la excepción de Uruguay, que sostiene un gobierno progresista y que ostenta índices macroeconómicos todavía positivos?

Manuel Canelas: Bueno, un saludo a todos. Como decía Marta, el proceso boliviano es una excepción si se tiene en cuenta la aguda crisis económica que domina el contexto. Nosotros somos un buen alumno en temas económicos. Para poner algunos datos: en 2005, cuando el neoliberalismo llegaba a su caso y Evo Morales ganaba las elecciones por primera vez, la inversión pública en el país era de 600 millones de dólares, y ahora, doce años después, es de 7.000 millones de dólares; en 2005, el producto bruto del país no llegaba a los 9.000 millones y ahora alcanza los 37.000, es decir se cuatriplicó en 12 años. El modelo económico se ha mostrado muy exitoso. Pasamos de las advertencias de que Evo iba a quebrar el país, a las felicitaciones cada año del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial, del BID, de la CEPAL. Hay un consenso en que la gestión económica ha sido exitosa. Si tú ves los indicadores del Coeficiente Gini, erradicación de la pobreza, estamos a la cabeza junto con Ecuador y Uruguay desde hace varios años.

Pero estamos experimentando una crisis política fuerte, y eso significa que no podemos radicar la explicación solo en lo económico. Esa es una de las primeras advertencias: si queremos seguir pidiéndole a la gente que apoye nuestro proceso tenemos que olvidarnos de la centralidad del voto económico. Aquí, en un sentido contrario, la economía está muy mal gestionada por el macrismo, pero a veces no basta el tema económico para echar a alguien como tampoco basta para validarte eternamente. Si la clave es la cuestión económica, nuestro gobierno debería durar mucho tiempo más. Entonces eso vuelve la pregunta un poco más complicada: no alcanza con tener cubierta la cartera... de manera razonable, porque tampoco quiero ser exitista (justo la CEPAL actualizó hace dos días los datos de crecimiento en la región y Bolivia es el segundo país en crecimiento: 4,3 sólo por detrás de Paraguay).

Pero yo creo que esta última década nosotros como proceso hemos quedado muy encantados con nuestros números económicos, y ahí radica parte de la explicación de por qué tenemos una crisis en la dimensión política. Hemos revalorizado la función del Estado en la economía (y eso puede ser que se haya vuelto irreversible relativamente, aunque a mí no me gusta el término), pero no hemos conseguido esa revalorización de lo público en otras dimensiones de la vida, por ejemplo, en la salud. Para un ciudadano boliviano, a pesar de todo el dinero que se ha puesto en estos diez años, la salud sigue siendo básicamente la misma que la del neoliberalismo del 97. Si tú agarras a un ciudadano de a pie en Bolivia y le preguntas, “si estás enfermo, ¿irías a un hospital público?”, la respuesta inmediata va a ser que si tiene dinero va a ir un hospital privado. Pasa más o menos lo mismo con la educación: el marcador de calidad sigue siendo la educación privada. Entonces, si no trabajas la revalorización de lo público en otras dimensiones de la vida, el marcador de calidad y por tanto la idea aspiracional de ciudadanía la sigue definiendo el privado. Y ahí es cuando nuestra apelación a que la gente siga apoyando el proceso por lo hecho empieza a fracasar.

Porque a mí lo que me parece relevante para entender por qué experimentamos una crisis política en Bolivia es justamente esto: el Estado ha crecido más que nunca, se ha revalorizado, pero también ha crecido la presencia del mercado durante esta última década. Y el Estado promueve ciertas ideas, pero el mercado también promueve otras: la noción de libertad individual; la del emprendedurismo; la idea de que después de diez años no es tanto por un proyecto económico exitoso que tú vives mejor sino por tu esfuerzo individual, por el éxito de tu trabajo. Esas ideas nosotros las hemos dejado sin disputar y ahí es donde está el germen de un proyecto alternativo conservador que te puede ganar unas elecciones, porque has dejado un amplio campo sin pelear.

Claro, nosotros no tenemos ya la alegría que tiene Barcelona porque después de doce años de gestionar el Estado tienes otro tipo de problemas, la inercia te come la gestión pública, no te oxigenas, no calibras bien lo que quiere tu sociedad, no sabes mapear estas nuevas ideas. Por eso creo que nuestra crisis política en buena medida se debe a que estamos lentamente dejando de ser contemporáneos. Generalmente hemos tenido un pie en la estabilidad y un pie en el futuro, pero no te puedes quedar con los dos pies en lo existente porque así solo te queda la defensa de la década ganada: “como lo hicimos tan bien, nos tienen que seguir apoyando”.

A mí me gusta en las conversaciones que tenemos en el gobierno recordar un verso de José Ángel Valente, el poeta español: “lo peor es creer que se tiene razón por haberla tenido”. Uno tiene que estar siempre un paso por delante. Al día de hoy en Bolivia no hay ninguna alternativa política que le ofrezca a los bolivianos una mejor opción para gestionar el país. Se está configurando una especie de refrito alrededor de un candidato que fue presidente de 2003 a 2005, Carlos Mesa, que es una buena persona, un buen tipo, pero fue muy mal presidente. Pero nosotros tenemos el riesgo de no saber calibrar esa nueva demanda. Ahí radica, en mi opinión, nuestro impase político.

¿Qué tenemos que hacer? Es un poco complejo, pero estos encuentros sirven porque a mí me parece que experiencias como la peruana o la chilena son más contemporáneas que nosotros, están un paso por delante, saben entender mejor la demanda del feminismo, la demanda del ambientalismo. Nosotros nos hemos quedado con los problemas de infraestructura y los desafíos de ampliar la cobertura estatal, porque en realidad Bolivia no había enfrentado el proceso de modernización que el resto de los vecinos llevó adelante en los sesenta y setenta. Evo ha cumplimentado un proceso de modernización clásico del país, que te hacía falta porque antes de Morales éramos básicamente una hacienda y la presencia estatal estaba reducida a cuatro o cinco núcleos urbanos. Pero la transformación ha sido tan radical que ahora no basta con que tú llegues con transferencias y bonos, o que llegues con las carreteras, la gente ya te demanda otra cosa, te demanda la calidad del servicio, que la flexibilidad del mercado laboral no joda las aspiraciones de un chico joven que por primera vez puede entrar a la universidad pública. Esas son las cosas que tenemos que saber entender.

Para terminar, yo diría que una cosa que a nosotros nos falta para poder calibrar bien esos desafíos es tener una organización política más adecuada a este tiempo. El declive del neoliberalismo arrastró con los partidos políticos en Bolivia. Igual que en Venezuela sucedió con la democracia de Puntofijo, o en Chile con el consenso de la posdictadura, en Bolivia le llamábamos la “democracia pactada”, una suerte de turnismo entre tres actores que no se diferenciaban en lo sustancial. Eso se vino abajo en el 2005, o más bien en el 2003, y la idea mismo de partido político se vino abajo. En ese contexto emerge la candidatura de Evo alrededor de un abanico de movimientos sociales muy heterogéneos que rechazan la idea de una estructura partidaria, incluso contemporánea, incluso flexible, y prefieren esta argamasa más bien heterogénea.

Yo creo que eso funcionó durante un tiempo, pero ahora ya no. Precisamente por cómo ha cambiado la sociedad, los actores corporativos más relevantes cada vez representan a menos gente. Los hijos de los dirigentes sindicales ya no quieren ser parte de un gremio, ya forman su identidad de manera más individual, más urbana, son trabajadores en el sector servicio, en una hamburguesería en La Paz, entonces su lealtad no se ordena en torno a las viejas ideas y a los viejos sindicatos. El agrupamiento tradicional cada vez le habla a menos gente y por lo tanto cada vez recoge menos insumos de lo que existe. Hace falta un partido, hace falta una organización política que sea capaz de preservar la riqueza de estos movimientos sindicales de corte más clásico, pero que se oxigene y tenga un vínculo con lo urbano. Bolivia no se ha vuelto Francia, no es que todos se sienten sujetos individuales, sigue habiendo una fuerte idea del vínculo sindical o movimentista, pero ya no es exclusivo y empieza a ser minoritario. Muchas gracias.

Marta Dillon: Manuel deja planteada una pregunta que da paso a lo que tiene para compartir Contanza, en relación a un interrogante bastante obvio y a la vez muy difícil de responder: ¿qué sería lo nuevo?, ¿cómo construir una nueva estrategia de articulación que sea disruptiva y al mismo tiempo capaz de disputar el poder?

Constanza Schönhaut: Por no querer ser la primera me tocó la pregunta difícil. Yo vengo de Chile, “un país pequeño” como diría Salvador Allende, que es una sociedad profundamente mercantilizada en todos los ámbitos de la vida. La educación se paga, la salud se paga, cada vez hay una mayor segregación urbana, muchos sectores sociales están excluidos, tenemos un trato muy poco amigable con nuestro medio ambiente y eso termina afectando a las comunidades que viven en zonas de sacrificio. Ese es el escenario actual.

Y en ese escenario lo que fuimos identificando es que la sociedad chilena vive profunda y constantemente con un miedo a perder cualquier cosa. Enfermarse en Chile es una tragedia, porque los millones de pesos que hay que gastar no te los cubre el Estado. Cualquier modificación en la situación normal que uno tenga significa pasar derechamente a la pobreza. Además, venimos de treinta años de una transición democrática que nunca terminó de consolidarse; donde teníamos a la derecha y a la Concertación muy de acuerdo en consolidar el modelo neoliberal en Chile; donde en nombre del socialismo se defendieron políticas como la focalización del gasto, la desigualdad, el enriquecimiento de unos pocos. La pregunta es: ¿cómo le hablamos a esta sociedad completamente desafectada de la política? ¿Y cómo le hablamos a esta sociedad que sabemos quiere cambios pero tiene mucho miedo a lo que eso pueda significar? En ese universo de problemas empieza articularse el Frente Amplio para proponer qué vendría a ser lo nuevo.

Yo creo que lo nuevo es construir un proyecto transformador situado históricamente, pero que no replique los mantras, las fórmulas o las ortodoxias del siglo XX. Se trata de no replicar lo que pasa en procesos paralelos a los nuestros, sino aprender de ellos pero generando nuestra propia síntesis. El programa político que vamos a plantear yo creo que es un error intentar resolverlo mañana. Creo que hoy día los proyectos transformadores que plantean la superación del modelo neoliberal no son del todo radicales o revolucionarios, pero sí son una apertura a cierto cambio material y también subjetivo de la sociedad que queremos construir. Y en ese sentido creo que, si queremos hablar de socialismo hoy, sí o sí tiene que venir en un pack con la democracia y el feminismo. El movimiento feminista nos ha dicho que es imposible pensar la democracia entendiendo la opresión solo como una relación entre élites y pueblos, por lo que hay que poner en primer plano al patriarcado. Y creo que el pack del socialismo viene también con un nuevo internacionalismo, porque efectivamente no es posible cambiar nuestras formas de producción, nuestras formas políticas, sin construir mayorías en nuestras propias naciones, pero también de manera internacional.

La izquierda tiene que apropiarse de la disputa por los Derechos Humanos, ya no sólo en términos de tortura, memoria y todo lo terrible que pasó en las dictaduras de nuestros países, sino también los Derechos Humanos como una visión de futuro. Hoy en día tenemos que entender los Derechos Humanos como la posibilidad de no morir en los abortos clandestinos, de tener acceso al agua potable, a nuestros recursos, a los bienes comunes. Para Chile es muy importante, en materia de Derechos Sociales y también de Derechos Sexuales y Reproductivos, instalar la idea de que la gratuidad en algunas prestaciones no es una cosa tirada de las mechas. Hemos dado una disputa social y política sobre estas problemáticas en los últimos años, y eso nos permite hoy cuestionar los pilares tradicionales del modelo neoliberal chileno.

Nos proponemos la democratización económica, con el eje central de la disputa contra la desigualdad para crecer y vivir mejor. Y tenemos una disputa importante en términos del carácter de la política propiamente tal. La política hoy día es vista, al menos en Chile, como una herramienta de enriquecimiento de unos pocos, y como la burocracia de la actividad estatal, en todo caso como una actividad que hacen ciertos profesionales de la política. Necesitamos recurar la política como una herramienta útil.

Y aquí estoy de acuerdo con la estrategia municipalista, que nos permite experimentar cómo un proyecto de izquierda puede cambiar las condiciones de vida de la gente, no sólo en lo abstracto, no sólo en el discurso, sino concretamente. Disputar al mismo tiempo la política en clave feminista significa revindicar el derecho a dudar, reivindicar el derecho a cuestionarse las certezas que creemos tener como izquierda, rechazar la soberbia y es también abrirnos paso a la democratización de los liderazgos, ya sean femeninos o masculinos. Creo que es también muy importante la autenticidad, el carácter humano y cotidiano de la política, explicitar que la política no es lo que se hace entre cuatro paredes en el Congreso, sino que se hace en la sobremesa de tu casa, conversando con tu vecino, disputando un parque en tu barrio.

Hay una frase que me gusta mucho para entender lo masculinizada que ha estado la política, y por eso poca gente quiere participar de ella. No sé si aquí se usa también la idea de que “para hacer política hay que tener cuero de chancho”. Muy por el contraio, yo creo que hay que reivindicar la idea de la política “con piel de gallina”, una política que nos emociona, que se hace desde la pasión y desde la convicción. El simbolismo de que hay que tener  “bien puestos los pantalones”, o “poner las pistolas arriba de la mesa” cuando hay que negociar algo, son todos elementos patriarcales de la política que tenemos que erradicar y ser capaces de, si queremos efectivamente democratizarla, cuestionar las formas tradicionales que hemos ejercido.

Finalmente, para mi es muy importante situar el proyecto político en el momento histórico en el que se está. El neoliberalismo hoy día no opera solo en términos de la contradicción capital – trabajo, opera a través del patriarcado, opera despojando a las comunidades de sus bienes comunes, opera infantilizando. Por eso tenemos que ser capaces de construir desde todas esas formas de explotación y opresión, buscando los elementos comunes. Y entendiendo que cada una de esas contradicciones constituyen identidades, subjetividades y sujetos sociales distintos. Y en lugar de intentar homogenizarlos a todos, tenemos que ser capaces de construir en esa diversidad. Para la izquierda la diversidad, al menos hasta ahora, siempre fue factor de atomización, de quiebres, de divisiones, y pienso que uno de los desafíos fundamentales de esta nueva izquierda es la capacidad de entender la diversidad como una fortaleza. Muchas gracias.

Marta Dillon: Constanza se preguntaba cómo le hablamos a la sociedad para inaugurar un horizonte nuevo y Fora do Eixo, tanto como Ni Una Menos, no son fuerzas políticas sino movimientos sociales con una inserción muy importante en la comunicación. Entonces, qué tipo de narrativas se pueden poner en juego y cómo estás evaluando el proceso electoral en Brasil.

Felipe Altenfelder: Buenas noches a todes. Yo me sentí muy representado por la apertura de Gerardo, porque también nos sentimos hijos e hijas, hermanos y hermanas, de las organizaciones y los liderazgos que él mencionó. Sólo sería importante para mí sumar un nombre a esa lista: Lula. Porque nosotros nos reconocemos un fruto de su gobierno. Y partimos del reconocimiento de que el avance de las fuerzas conservadoras no significa de ninguna manera que ellos están ganando: ellos están, en verdad, reaccionando a nuestra victoria. Porque si miramos América del Sur, en el último período, desde que empezó la experiencia de Chávez en el 98 en Venezuela hasta el golpe que sufrió Dilma dos años atrás, pasamos por un conjunto de experiencias populares muy increíbles. Este grito conservador y fascista que vivimos ahora es una tentativa de resistir nuestra victoria. Pero no van a poder, vamos a ganar nosotros, porque los frutos de esa década ganada con certeza nos van a proyectar hacia un futuro de mucha fuerza.

Para responder a la pregunta de cómo hablar para más gente, nosotros estamos en un mapeo permanente de cuáles son los desafíos comunes para las redes y movimientos de hoy. Identificamos un primer punto muy importante, que tiene que ver con la movilización y cómo hacer que esa movilización sea digital en el siglo XXI. Creemos que es urgente crear nuestras propias plataformas. Facebook, Twitter, Instagram, son herramientas importantes para nuestro proceso pero llegó la hora de crear de una plataforma autónoma y común, que permita un login ciudadano. Una plataforma donde no vamos a estar vigilados por los mismos que tienen intereses y están haciendo esos movimientos golpistas contra Latinoamérica.

El segundo punto tiene que ver con la capacidad de contar nuestras propias historias. Creo que hemos hecho avances en eso. La lucha que ustedes vivieron acá hace algunas semanas atrás con el tema del aborto legal es un ejemplo muy práctico. Fue una narrativa poderosa, el mundo visualizó lo que pasaba, y no porque la vieja prensa argentina estuviese dando esas noticias, sino porque las redes y las calles estaban en la misma sintonía con el símbolo del pañuelo verde. Entonces, a partir de las redes es posible contar nuestras propias historias.

El tercer punto es lo que llamamos flujos de metodología. Esta sala aquí hoy está llena de gente interesante, luchadora, activista, con historias para contar. Precisamos conseguir que cada vez sea más fácil el aprendizaje de uno con los otros, y para eso tenemos que inventar maneras. Es como una gran universidad libre, donde precisamos contar con un repositorio de nuestras metodologías, de nuestras experiencias, para que uno logre ser más fuerte al aprender de la experiencia del otro.

Y el cuarto punto es la sustentabilidad. Estamos hablando todo el tiempo de la crisis económica, del avance del mercado, pero fuimos reconociendo en estos tiempos que el amor, el tesón y las ganas de hacer, tienen mucho más valor que el dinero. Entonces, si sistematizamos nuestras ganas y creamos un banco de tiempo, de servicios, de proyectos y de acciones, somos capaces de generar un recurso mejor que el que cualquier fondo puede invertir en nosotros. Ese recurso ya está en nuestras manos y la cuestión es sistematizarlo y de compartirlo.

Para cerrar, dos palabras sobre las elecciones en Brasil. Es un momento muy duro el que estamos viviendo. Lula, con el 40 por ciento de intención de votos, está inmerecidamente en la cárcel. El segundo es Bolsonaro, lunático protofascista que es un efecto colateral del ataque que sufrió la democracia brasileña. Pero en tercero y cuarto tenemos a Ciro y Marina. O sea, en las cuatro primeras posiciones tenemos tres que son de centro izquierda. De lo que se trata ahora en 2018 es derrotar el golpe y elegir un presidente de izquierda. Es eso lo que tenemos en el foco los movimientos sociales en Brasil.

Nosotros como organización, Fora y Midia Ninja, estamos construyendo la candidatura de una fórmula que está compuesta por Guilherme Boulos, líder del movimiento sin techo, y Sonia Guajajara, la primera mujer indígena que está disputando elecciones en la historia de Brasil. Sabemos que esa fórmula, desde punto de vista del cálculo electoral, tiene poca viabilidad ahora. Pero estamos plantando una semilla que mira al futuro, que mira a 2026, que es el momento en el que vamos a elegir al primer presidente de nuestra generación. Un presidente digital, comprometido con este segundo ciclo de la izquierda en América Latina, que si algo sabemos es que tendrá tener el sentimiento de la Patria Grande a flor de piel. Gracias.

Marta Dillon: Para finalizar yo quisiera decir que la revolución por venir tendrá que ser feminista y que no hay nueva izquierda sin feminismo. Al feminismo lo entendemos, al menos por aquí, como un lenguaje capaz de generar transversalidad incluso en las organizaciones más tradicionales como pueden ser los sindicatos y los partidos políticos. Es decir, entramos y dialogamos para desarticular las formas de organización anquilosadas. Y justamente porque reconocemos la opresión de género como una primera noción de extranjería, de ajenidad, de alteridad, el feminismo reconoce y se alía con todas las opresiones y con todos los sectores oprimidos, no con quienes oprimen. Es por eso que decimos que cualquier estrategia de izquierda nueva tiene que ser necesariamente feminista. Muchas gracias a todes.

 

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