teoría política de la cacerola | Revista Crisis
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teoría política de la cacerola
Así como la multitudinaria rebelión plebeya logró quebrar el consenso neoliberal de los noventa gracias al agite callejero, también hubo un 2001 protagonizado por una ciudadanía que estalló puertas adentro y luchó por el respeto de sus ahorros y la propiedad privada. ¿Qué fue de sus vidas una vez que se apagaron los fuegos del 19 y 20? Cinco historias de pensamiento intensamente liberal.
15 de Diciembre de 2021
crisis #50

 

Las cosas se vinieron encima. Primero como corralito, después como corralón. Yo era ama de casa, criando hijos en Córdoba. Algunos ya estaban grandes: uno se estaba por casar y el corralito le frustró el plan. Yo pensé que uno tenía que participar, que no podía ser que siempre los argentinos seamos un pueblo manso. Así que ahí fue que saqué la cacerola. En un lugar chico como Córdoba, todo el mundo se conoce y salían el doctor y la señora del doctor, que era mi caso, a golpear a la cacerola, a sentarse en un cordón de la vereda y nos enterábamos de lo que le pasaba al otro. Nos fuimos juntando y protestamos durante siete años para recuperar los ahorros, pero pusimos muchos valores más allá de eso, mucho más allá de nuestro bolsillo. Nosotros después íbamos a los barrios donde habían hecho esos centros comunitarios donde se cocinaba, donde trataban de que eso que el gobierno daba como subsidios rindiera un poco más. Ahí llevábamos lo que juntábamos en nuestras reuniones. También fuimos a Buenos Aires: poníamos una radio abierta al frente de la Casa Rosada para que el presidente, que era Kirchner, nos escuchara. Pero no era el hábito del presidente dialogar. Años después, en 2014, cuando recién empezaba Facebook, alguien preguntó en un grupo si alguien tenía cacerolas de aquellos tiempos, porque el Museo Victoria y Alberto de Londres iba a hacer una muestra. Parecía una joda para Tinelli. No lo podía creer, pero era una muestra llamada “Objetos Desobedientes” de todo el mundo, que presentaba los objetos que los ciudadanos habían usado para reclamar por sus derechos. Entonces partió para allá la tapa de mi cacerola totalmente abollada. Yo a veces la veo así de destrozada y digo: “¿cómo dejé esto yo de esta manera?”. Me invitaron a la inauguración previa y fue extraordinario, porque pude hablar con algunos diarios de Londres. Estaba en Inglaterra, imaginate que yo no iba a hablar mal de la Argentina, así que decía, en mi inglés medio atarzanado: “I am from a very beautiful country with many kind people, but sometimes we have some problems”. [Ríe]. Y lo sacaron tal cual. Que nosotros, este grupo de acá, pasamos de la protesta a la propuesta. Desde lo nefasto y lo negro sacamos valores importantes. A esos valores, obviamente, yo los veo más en la opción de Cambiemos que en la del kirchnerismo. Sobre todo en cuanto al derecho de propiedad, porque eso es lo que defendíamos nosotros. El artículo 17 de la Constitución era nuestro estandarte. Incluso he hecho, durante la cuarentena, cursos por Zoom de historia de la política y descubrí que el liberalismo era lo que mejor me representaba. Te digo más: cuando presenté mi libro [El corralito interior] lo hice junto con el autor de uno sobre las explosiones en Santa Fe y otro sobre un centro clandestino de la época negra de nuestra historia. Yo siempre con la tapa de la cacerola arriba de la mesa de presentación, que para mí es un emblema. Entonces imaginate... yo tenía que estar a la par de los otros compañeros que esgrimían la defensa de derechos humanos y parecía que esto otro era de una menor cuantía. Pero no. Yo tenía que insistir: el derecho humano de la propiedad también es importante.

María Teresa Nannini, 65 años, escritora y ama de casa, Córdoba.

 

el cambista

Yo estaba sin trabajo. Después de los treinta y pico, sos viejo para conseguir trabajo y en ese momento, con casi cuarenta, trabajaba dos meses y nunca llegaban a efectivizarme. Hasta el 99, había estado casi veinte años trabajando de cajero en el Plaza Hotel, hasta que me echaron. Tampoco tenía ahorros: si tengo dos pesos, gasto tres. Siempre digo que vivo como si me fuera a morir en un mes. [Ríe]. Unos meses antes había estado en Estados Unidos, fui a buscar trabajo pero no se pudo por el tema del visado. Volví y terminé comiéndome un departamento y con la última plata que me quedaba compré un 2 ambientes de 90 metros para vivir con mi mamá, mi señora de ese momento y mi hija. El estallido me agarró refaccionando ese PH en Barracas. Escuchar las cacerolas provocaba cierta emoción de que algo iba a cambiar, pero con el correr de los años fue algo efímero y no soy muy optimista respecto al futuro. Al final fue una ilusión óptica. Nunca pensé en participar, porque siempre priorizo a mi familia, y a veces pienso que no alcanza con una marcha. Si fuera por mí tal vez iría mucho más allá. Me refiero a pasar a hechos que me podrían costar caros a mí y a la gente que me rodea. Creo que esto ya no se arregla yendo todos a una plaza. Lamentablemente, si no hay una guerra civil, o sea, algo durísimo, esto no mejora. Hay que ir con una bazuka, porque siguen los mismos políticos de esa época y están cada vez peor. Después del 2001, cuando se acabó el 1 a 1, terminé medio de rebote trabajando para un cambista que conocí cuando laburaba en el hotel, porque ahí cambiábamos dólares. No había nada para elegir y tenía que ayudar a mi familia desde el lugar que pudiera, por eso laburé quince años en su financiera, o cueva, o como se llame. Poco a poco empecé a hacer mi clientela y hoy me dedico a eso. No soy estricto con los horarios: si me escriben a la noche o un domingo pidiéndome dólares, yo voy, no tengo problemas. Me muevo mucho en auto, que es como mi oficina, y por eso pienso en el tema de los impuestos, que le sacan a la gente que trabaja, para mantener en principio a vagos… bah… perdón, gente, que imagino que muchos deben tener problemas, pero en mi caso no te dejan vivir. Te cortan calles y la policía no sé si los protege, pero terminan haciendo lo que quieren. El otro día vi en televisión un informe que decía que de un año que trabajás, medio año es para el Estado y el otro es para vos. Es ridículo. Yo no creo en los políticos y casi siempre voto en blanco, pero hoy en día, con todas estas aberraciones a la vista, es imposible mantenerse al margen. Lo único que me suena a los oídos que puede andar son las ideas de Milei.

Juan, 59 años, vendedor de dólares en el mercado ilegal, Ciudad de Buenos Aires.

 

kabul

En el 2001, mi empresa de control de plagas y saneamiento ya tenía doce años. Como nota de color, empecé justo antes de la hiperinflación de Alfonsín, en mayo del 89. O sea, la prueba de fuego más fuerte ya la había pasado y estaba bastante consolidado. Pero el 2001 no dejó de ser un mazazo. Un shock. Por decir, lo de la hiperinflación se veía venir y se sintió como un tobogán. Pero el 2001 fue de un día para el otro. Yo creo que operado por algunos sectores del peronismo que, cada vez que ven una grieta, quieren meterse. Sí, ya había una crisis económica bastante evidente: estaba el límite de extracción de los 500 pesos por semana, ¿o era 250 pesos? Pero tampoco era que se esperaba un estallido como el que se vivió, ni había una expectativa de devaluación. A mí me agarró trabajando normalmente. El 19 a la madrugada me llamó un empleado, que vive en Lomas de Zamora, diciendo que venían hordas de gente. Yo estaba dormido. Me desperté y no sabía para dónde disparar. Empecé a llamar uno por uno a los vehículos que teníamos, me agarró como un ataque de pánico. Me quería tomar el buque, me quería ir del país. Me paró mi mujer. Entre el 19 y el 20 ya vi que era una situación muy compleja y dramática [Tartamudea]. Pero además fue espectacular, tenés unos componentes en el 2001 que son de corte cinematográfico: De la Rúa saliendo del helicóptero de Casa Rosada, la Avenida de Mayo convertida en un reguero de piedras. Parecía Kabul. Son cosas que a los ciudadanos de a pie nos marcaron. Yo no vivo del Estado ni nada. Me banco con mi trabajo, tengo una empresa y empleados y este tipo de golpes te hace descreer de la política en general. Yo tenía poca plata en el banco: algo de 1500 dólares y los pesifiqué a 1.40 y ya está. Nunca pensé en hacer ningún reclamo. ¿Por qué no? No tenía tiempo. No me podía dar el lujo de ir a pararme a golpear una cacerola en Plaza de Mayo. ¡No! Tenía que ver cómo hacía para llegar a acuerdos con los clientes para seguir operando. Estaba muy ensimismado en defender la empresa. El tema de los Patacones, los cheques, las Lecop… vivíamos con figuritas. Yo tenía que atender un negocio contra viento y marea. De doce empleados, solamente tuvimos que prescindir de uno. A eso lo vivimos como una victoria. Elegí ese camino como lo eligieron muchas pymes y no es por fanfarronear, pero yo creo que gracias a nosotros el país sale adelante. Yo no vivo del Estado y concibo la idea de un Estado chico que intervenga poco, que proteja las libertades individuales y que el mercado sea el subsidiario de la gente. Yo soy liberal.

Fernando Mancini, 54 años, propietario de una pyme de control de plagas, Ciudad de Buenos Aires.

 

poder ciudadano

Yo todavía quisiera saber qué pasó en el 2001. ¿Qué se habrá hecho mal? No sé. Pero creo que antes vivíamos una época maravillosa: económicamente, la convertibilidad de Menem fue lo mejor para nosotros los empleados. Pasa que la estabilidad que te da la falta de inflación, te organiza todo. Yo sé que hay muchas críticas a esas épocas de estabilidad, porque cerraron empresas, quedó gente sin trabajo. Pero lamentablemente se acabó la estabilidad y yo no he visto que hayamos mejorado económicamente nunca. No sé cuál fue la debacle de ese sistema donde estábamos tan bien. Sí, hay gente que cuenta que se fundió, que dejó de tener trabajo, que le dieron el dinero de la indemnización y que no pudo reinventarse con eso. [Levanta los hombros]. Ese día [el 19] yo estaba en carpa, en el Cerro Colorado, nos habíamos ido unos días de campamento. Yo vivía en Sol de Julio. La noticia nos sacudió a todos, porque empezamos a pensar en el tema económico. A mí me agarró con deudas y, gracias a Dios y a un excelente abogado que tuve, los bancos no me pudieron sacar nada. Pero parece que desde el 2001 hasta ahora los gobiernos no han aprendido. Desde que recuerdo, desde el 83, es muy poco lo que la democracia le ha dado al pueblo, lamentablemente. Y eso que yo nací en un hogar peronista. Yo empecé a militar a los quince años. Trabajé en la JP, pegábamos carteles, escribíamos paredes, justo antes de la vuelta de Perón. Fue una hermosa época. Pero después del 2001, me desencanté y dejé de militar. Yo le echo la culpa a los políticos y a los gobiernos que han pasado. Desde el estallido del 2001, han creado monstruos que son difíciles de desarticular, como la corrupción y las organizaciones sociales, que me parece que lucran a costilla de toda esa gente necesitada. Yo he sido muy peronista, pero veo que esto no tiene nada que ver con el peronismo; el peronismo siempre luchó para que la gente trabaje, para que haya una ascendencia social. Antes, teníamos a los sindicalistas que eran la fuerza del trabajador, pero ahora han quedado estas organizaciones que, por lo general, son gente que busca planes y planes. Es otra cultura. Y los jubilados… siempre nos prometen que nos van a mejorar, que nos van a mejorar, pero ningún gobierno nos ha recompuesto realmente. Nos hicieron elegir si queríamos las AFJP o si queríamos permanecer en el sistema público. ¡Y resulta que, al año, las estatizan! ¡Ni siquiera eso se respetó! Muchos jubilados queríamos seguir en el sistema privado. Por suerte, pude hacer autocrítica. No me arrepiento de haber militado porque la militancia es hermosa. Pero ahora me di cuenta que el poder ciudadano está en ser independiente, porque somos los que definimos una elección y ninguna fuerza nos tiene cautivos. Entonces si me gusta uno, lo voto y, a la próxima, si esa dirección no me gusta, voto a otro. En realidad, siempre voto al menos peor. En las últimas elecciones, como acá el gobernador arrasa, voté a Juntos por el Cambio para nivelar. Y para Diputados, voté a una amiga del PJ, que es una excelente persona.

Susana González, 65 años, empleada pública de salud jubilada, Santiago del Estero.

 

quedate en casa

Un par de años antes había fallecido mi suegra y nos dejó un departamento de herencia, que se repartió entre mi mujer y mi cuñado. Por suerte, en aquel momento no necesitábamos el dinero y fue a parar al Banco de Boston, en un plazo fijo. A mediados del 2001 se corrió la bola que se iba del país. Entonces dije: “bueno, pongámoslo en otro banco con respaldo internacional” y buscamos el HSBC, que creíamos que era inglés, pero al final era de Oriente. Toda una historia de la que me enteré después. Todavía tengo los folletos, hoy los estaba viendo. Al poco tiempo se empezó a correr la bola de que iban a comerse los depósitos, pero después votaron en el Congreso la ley de intangibilidad, entonces uno estaba más tranquilo. Pero evidentemente, como pasa en este país, se cagan siempre en las leyes y salió el ministro de Economía a decir que solo se podía sacar una cantidad de dinero por semana. El 19 estaba trabajando en un departamento. Yo soy plomero y gasista. Vi que había una movida policial por el balcón y no entendía. No tenía radio a mano, entonces bajé y consulté. Había un puesto de diarios y el kiosquero me comentó que había una especie de revuelta en el centro de la ciudad, con la gente saliendo a protestar y la policía reprimiendo. Realmente me dolió mucho. Desgraciadamente, las cosas no cambiaron. La gente sigue protestando, pero al menos no hay represión. [El tono es contemplativo]. Después vino enero. Era pleno verano. Ya había que ir al banco dos veces por semana a comerse la cola en la calle, hacía un calor de diablo, transpirabas en la puerta hasta que podías entrar. Un día vuelvo a casa. Estaba fundido y le digo a mi mujer: “esto no puede ser, lo único que nos falta es que nos vayamos de vacaciones al banco”. Y decimos: “Ah, esta es la que la que hay que hacer”. Mi hija, que manejaba un poquitito más la computadora, mandó mails a un par de medios, avisando que al día siguiente íbamos a ir al banco a pasar las vacaciones. Fuimos todos a la una. Por supuesto, no había nadie. Nos metimos, desplegamos lo que habíamos llevado para hacer las vacaciones: una sillita de playa, una lona, un baldecito, una palita, una pelota, el mate. A la gente le resultó cómica y agradable la forma de protesta. A los dos minutos, el frente del banco estaba lleno de cámaras de todo tipo. Era 24 de enero del 2002. A partir de ahí, nos acercamos a las protestas que se hacían en el Parque Centenario. Fuimos al Parque Rivadavia, donde había reuniones políticas. Yo más que nada trataba de escuchar, pero lo que veía eran partidos que intentaban llevar a la gente hacia su rincón. A mí no me convenció ninguno y por consiguiente dejé de asistir y me aboqué más a mi reclamo genuino, que era que me devuelvan la plata que me habían robado. Empezamos a organizar el reclamo de los ahorristas, que se hizo durante muchísimo tiempo. Aproximadamente cuatro años, tres veces por semana, nos encontrábamos en la esquina de Diagonal Norte y Florida y a partir de ahí resolvíamos por dónde nos movíamos. La protesta era golpear la puerta de los bancos reclamando que nos devuelvan el dinero. Había gente que iba con un martillo y se plantaba en la puerta del banco y le rompía el cajero automático. O gente que rompía el vidrio del frente de un banco. O gente que se metía adentro del banco y revoleaba las computadoras o las máquinas de escribir, que en aquel momento todavía se usaban en algunas partes. Yo trataba de calmar a todos y explicarles que no podíamos ponernos en la misma situación que los banqueros o el gobierno, teníamos que estar dentro de la ley. Pero ¿cómo hacer con una persona de 70 años que se encontraba que, de un día para el otro, no tenía un peso para poder vivir? Es decir, la situación de violencia la generaron los bancos hacia la gente. Y eso no cambió. En algún momento, cuando vayamos a poner el voto, nos acordaremos de quiénes son los que no tienen que estar. La gente está muy mal y los políticos no generan políticas de Estado, ni les preocupa la educación o la Justicia, ni se ponen de acuerdo en un plan, por ejemplo, a nueve años. No sé por qué en otros países sí han podido sentarse a la mesa. Acá, cada partido es muy egoísta y son todos lo mismo. Macri no es de mis simpatías y el gobierno actual tampoco, pero me resultó un poquitito más recto el gobierno de Macri. A él yo lo noté más respetuoso con la libertad de prensa. Te explico: si hoy en día o en la época que gobernaba Néstor, o durante las presidencias de Cristina, yo hubiera tenido que haber ido al banco, no lo habría hecho. Llamalo cagazo, pero nunca quise aparecer en un zanjón. Yo llegué a ser una cara muy visible de las protestas y el 95% de nosotros éramos gente que había puesto dólares. Imaginanos, en esa época, reclamando por dólares, como si fuéramos los tipos del campo. Me generaba un ruidito, mejor “quedate en casa, no reclames”. Macri, quizá, tampoco nos hubiera dado pelota. Pero sin dudas hubiera respetado la protesta y eso es una diferencia.

Marcelo Wakstein, 66 años, plomero y gasista, Ciudad de Buenos Aires.

 

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