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varones violentos, el otro lado de la línea
En los últimos años algunas áreas del Estado habilitaron líneas telefónicas para varones acusados por violencia de género. ¿Quiénes recurren a esos teléfonos? ¿Qué balance hacen les profesionales que escuchan? ¿Son una alternativa a la lógica punitivista?
Ilustraciones: María Morillo
14 de Junio de 2021

 

Daniela Viña recuerda a D. La primera vez que lo vieron fue en 2016. Su mujer había pedido asistencia por violencia. Cuando llegó al centro, dijo que ella se lo había pedido. Daniela recuerda las palabras exactas que utilizó: “Las cosas entre nosotros están mal y me doy cuenta que exploto”. D. asistió a un grupo de ayuda durante muchos meses. “Él registró eso, reparó que algo estaba mal, que había un por demás, ¿se entiende? Eso es fundamental”. Viña es coordinadora de la Dirección de políticas de género, fortalecimiento y autonomía para la salida de las violencias de Lomas de Zamora. Comenzó su trabajo asistiendo a mujeres que sufrían violencia. Muchos años colaboró en el Hogar Fátima Catán, en Villa Fiorito. A medida que escuchaba, comenzó a surgir en ella una inquietud cada vez más fuerte: “En el relato de mujeres que ya no estaban en pareja pero sabían que el ex sí, aparecía mucho la frase pobre esa mujer. Fue entonces que nos empezamos a preguntar qué pasaba con ellos: ¿no involucrarnos con los varones, no es también una forma de perpetuar su intocabilidad?”.    

¿Son los hombres los enemigos o el orden que los constituye? Y, en todo caso, ¿qué hacer con los varones? Rita Segato insistirá una y otra vez: más allá del femicidio, del acto criminal que debe ser juzgado y condenado, la violencia también aflora en la manera en que se nos enseña a mirar al mundo. Pero, ¿eso entonces qué supone? ¿Cómo revertirlo? Y si el cambio también debe pensarse en términos culturales, ¿cómo trabajar con su palabra? Son preguntas que lejos están de ser sencillas y hasta hoy siguen apareciendo cargadas de tensiones. Sin embargo, cada vez son más las experiencias que buscan trabajar con las masculinidades. 

 

alarma corporal

Una de esas experiencias nació a raíz de las inquietudes de Daniela en el marco de la Dirección de Género de Lomas. Primero los hombres que llegan allí realizan entrevistas de admisión con terapeutas y luego pasan a formar parte de un grupo. Según relata Daniela, llegaron a tener cuatro agrupamientos de unos 12 varones, aunque el número ahora se redujo dadas las condiciones impuestas por la pandemia. “Sabíamos que era un tema que genera muchas resistencias, por eso buscamos los argumentos técnicos y legales. Nuestro país adhirió a diversos tratados internacionales como la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW) y la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer –conocida también como la Convención Belém do Pará–, que establecen que los Estados deben generar y promover espacios que involucren a quienes ejercen la violencia. En la provincia de Buenos Aires dichos conceptos son abordados por la ley 12.569 de Violencia Familiar.

 

¿Y cómo es el trabajo con esos varones?

—El proceso tiene varias características. Se trata de brindar herramientas para la reducción y erradicación de conductas que generen daños, y con daños también me refiero a los niñes y adolescentes de esos entornos. Pero para eso hay además un enorme trabajo de escucha, porque por lo general quien la ejerce tiende a minimizar, a justificar, a des-responsabilizarse de esa violencia. Es algo muy complejo que incluye hasta un registro de la relación con el cuerpo, para que el cuerpo les funcione a esos varones como un sistema de alerta para evitar la explosión violenta. Creo que es fundamental pensar que estos dispositivos no tengan que ver solo con lo punitivo. 

¿En qué sentido?

—Ellos llegan y lo primero que dicen es “me mandaron a la psicóloga”. Porque la mayoría vienen por orden judicial, entonces lo ven como un castigo. Y lo cierto es que todo el tiempo tenemos muestras de que solo con la denuncia no basta. Además de la ley y la sanción es necesario generar espacios donde estas conductas puedan ser reflexionadas.

¿Pero funciona esa reflexión?

—Y... creo que amerita un análisis caso por caso, pero si me pedís una evaluación general, te diría que sí. En algunos relatos de estos varones se pueden escuchar cambios significativos. De hecho, de los que han pasado por el dispositivo, solo unos muy pocos fueron denunciados nuevamente. Incluso, como parte del proceso, si ellos están en pareja, se contacta a las mujeres y ellos lo saben, para tener un registro de su evolución. Y ahí surgen muchísimas cosas…

¿Cómo por ejemplo?

—Hay una frase que escuchamos muchísimo en ellas. Muchas dicen “Ahora no se va. Habla”.

 

soy tranquilo pero...

Mi ex me metió una perimetral por amenazas, yo no les hice nada a los chicos, la cosa fue con ella, manipula la situación. El nene más grande está influenciado por ella. Yo chocaba mucho, soy muy exigente. En realidad, ella me hizo pisar el palito y lo logró. Tuvimos una discusión, ella dentro de la casa y yo afuera, con los chicos en el medio. Vino la policía. Me tocaba a mí tener los chicos, ella me había dicho que no fuera, pero yo fui igual. Me molesta la mentira, la injusticia. Soy muy tranquilo, pero la manipulación con una mentira me detonó. Llegué a un momento que exploté”.

(DF, 39 años, denunciado por violencia de género)

 

El año pasado, a raíz de las dificultades que impuso la pandemia en el trabajo cuerpo a cuerpo, el Ministerio de Mujeres, Políticas de Género y Diversidad Sexual de la provincia de Buenos Aires, presentó la línea Hablemos, dirigida a hombres que ejercen violencia de género. La idea fue gestada por Ariel Sánchez, hoy director de Promoción de masculinidades para la igualdad de género de la provincia. Como antecedente más inmediato existía en Córdoba la línea del Centro Integral de Varones (CIV), que en plena cuarentena vio duplicado su actividad. 

María Soledad Cecere (MSC), psicóloga, es la coordinadora de la línea. Sofía Noseda (SN) es quien escucha, junto con otra compañera. El teléfono aún no suena seguido, como sí sucede en las líneas que reciben denuncias de mujeres. Pero suena. Mayormente llaman aquellos hombres que han recibido una notificación judicial. Aunque también se comunican algunos por motivación propia. La función del teléfono en todos los casos es de una primera escucha, acaso como una forma de prevenir. 

MSC: Nos encontramos con mucha diversidad. Creo que hay que fortalecer el circuito de notificación, por ejemplo lo que sucede después de la denuncia: cómo llegar al varón. Con los llamados encontramos mucho desconocimiento. Hay una denuncia pero no saben bien por qué. Obviamente esto tiene que ver con factores subjetivos vinculados al no reconocimiento del ejercicio de la violencia, pero también sabemos que hay ciertas dificultades en los circuitos institucionales.

¿Por ejemplo?

MSC: Por ejemplo, la policía deja la notificación de la denuncia en la casa de la pareja actual del varón sin que él esté. Eso tiene ya un efecto, una consecuencia en cómo se inscribe ese hecho en ese varón. La línea intenta intervenir ahí, intentando un trabajo más articulador con el juzgado.

SN: Nuestro trabajo también es poder situarlo. No hacemos un tratamiento o abordaje sostenido en el tiempo, sino intentamos definir qué alternativas hay en el territorio para hacer una derivación.

MSC: Además de acceder a un espacio donde hay otro que te escucha, que te aloja, que no juzga, tal vez habilita a una pregunta. Esa es una apuesta.

De acuerdo a un relevamiento interno de la propia línea durante las primeras semanas de su funcionamiento, el sesenta por ciento de las llamadas se generó desde una instancia del Poder Judicial y aquellas organizaciones municipales y ONGs que trabajan con violencia de género. En total, durante el primer mes recibieron 44 llamados. Un cuarenta por ciento fueron varones que se contactaron tras ser denunciados, en menor medida por una motivación personal y solo algunos correspondieron a un interés de terceros. 

MSC: Nos pasó algo interesante que fue encontrarnos con llamados de amigos, es decir varones que identificaban una situación de violencia de un amigo para con su mujer. Eso implica romper con un circuito de complicidad, que muchas veces supone mirar para otro lado. Y tal vez no llegamos a hablar con ese amigo que la ejercía, pero de pronto que se hable ya es un paso importante.

SN: Y el acto de cuando un varón llama por su propia voluntad habla de que hay un terreno para trabajar.

 

Y bue… estoy acá por una denuncia por violencia. Falleció mi vieja, la tristeza me llevó al alcohol. Me denunció mi cuñada y mi señora. Muchas veces con ella queremos tener los dos la razón y no buscamos un diálogo. Nos puteamos o nos pegamos. Ahora aprendí a irme a la calle. Quiero cortar la situación. Si discutía se iba a armar una bomba”.

(ER, 41 años, denunciado por violencia de género)

 

¿varón sororo?

“A los varones les cuesta hablar, les cuesta hacerlo sin recurrir a una complicidad viril que espera reconocimiento antes que modificación. Transitar un camino hacia otro tipo de relación con la palabra es un aspecto central en el tratamiento psicoanalítico de las masculinidades”. Luciano Lutereau es doctor en Psicología y en Filosofía, y autor de muchísimos libros, entre ellos El fin de la masculinidad (editorial Paidós), donde aborda las transformaciones con las que durante los últimos años se enfrentan los modos de ser hombre.

 

Desde el campo del psicoanálisis, ¿es posible desandar ciertas formas de violencias? ¿Qué premisas deben sostener ese trabajo? 

—El trabajo colectivo es propicio, sirve para establecer criterios de reconocimiento. Pero como estas conductas tienen raíces inconscientes, la forma más eficaz de trabajo es la terapia individual, para que cada quien exponga la fibra íntima en que la espina se clava en la carne. El trabajo en grupos es apropiado con criterios preventivos, para visibilizar, pero la conciencia sabe que hay cosas que no hay que hacer. La compulsión suele ser más fuerte. Lo más eficaz entonces es movilizar aspectos emocionales e inconscientes que luego se puedan trabajar en análisis.

El libro sostiene que el varón deconstruido es una trampa. ¿Por qué?

—Porque la deconstrucción no es prescriptiva, no es una nueva norma, ni plantea que hay un nuevo ideal de varón al que hay que aspirar. Deconstruirse es darle estatuto crítico a ciertas cuestiones que se consideraban obvias, para que luego cada quien considere qué posición quiere tomar. La trampa es la versión del varón deconstruido medio progre, que se identifica con las luchas de las mujeres, pero una identificación no es un trabajo interno, es una pose. Nadie se deconstruye porque es bueno. Nadie es bueno o malo cuando hablamos de estas cuestiones, sino de la raíz psíquica (y social) de ciertas vías de sufrimiento. No nos deconstruimos para ser mejores, sino para sufrir menos.

¿Y por qué el fin de la masculinidad?

—Porque esta es una época en que la respuesta a qué es un varón dejó de ser evidente y, por lo tanto, el modelo hegemónico de masculinidad (basado en la demostración de la potencia) entró en crisis. Las causas de este movimiento fueron el auge de los feminismos pero también cambios sociales, como por ejemplo la precarización laboral progresiva que hizo que el trabajo dejara de ser una fuente de identidad para los varones. Entonces el prototipo del macho deja de ser una norma y los varones comienzan a darse cuenta de que los mandatos de masculinidad son opresivos también para ellos, en la medida en que implican un estrechamiento de la personalidad reprimiendo la pasividad –entendida como lo contrario de la actividad–, apelando a cierta desafectivización –no solo en el lazo erótico, sino también en los vínculos de amistad–, e interpretando la vulnerabilidad como debilidad. 

 

escrito en el cuerpo

Babbel es una aplicación para el aprendizaje de idiomas en línea. El año pasado su departamento de Didáctica llevó a cabo un experimento. Procesó de su base de datos aquellas expresiones que son muy comunes en distintos países y reproducen formas de violencia en los diferentes idiomas. Algunas de las frases que incluyó el relevamiento convertido en una suerte de diccionario: 

Sei pazza, non è mai successo, ti inventi tutto. “Estás loca, nunca pasó, te inventas todo”.

Women say no when they mean yes. “Las mujeres dicen no, cuando en realidad quieren decir sí”. 

Passer sous le bureau.  "Ven debajo del escritorio" (asociado al acoso sexual en el trabajo).

“Si me dejás, me mato”.

“Mirá cómo me ponés”.

Estuve preso. Dijeron que fue por violín y no era así. Mi mamá me dominó, me crió. Y mi padrastro era policía. Ella se separó por violencia y se volvió a juntar con éste. Me obligaba a decirle papá. Mi hijo me tiene miedo, será porque le pegué. No me gustaría perderlo. Le pegué a mi hijo con una violencia fuerte. Lo pasado es pasado, pero no olvidado. Nunca terminamos de hablar ni con él ni con ella. Solo me mandó un mensaje que dice que no me volvería a meter en cana. Yo no le pregunto nada, no hablo del error que cometí. Pero con mi pareja me pasó algo, la llamé y no me atendió. Cuando llegué la desperté y cuando me di cuenta que me estaba enojando me tomé un vaso de agua fría y pude hablar. Tomarme el vaso de agua me ayudó. Pude hablar. Aprendí a bajar un cambio, eso es bueno”.

(NC, 45 años, denunciado por violencia de género)

 

La palabra del varón que ejerce alguna forma de violencia es una palabra compleja. ¿Cómo es trabajar con ella?

Daniela Viña hace un largo silencio. Piensa.

—Se me viene a la cabeza un ejemplo. Muchos de estos varones traen historias de abandono, de desarraigo, de formas de apego poco saludables, con situaciones incluso de abuso.  Y tuvimos casos de hombres que pudieron contar situaciones de abuso sexual en su infancia. Nunca se las habían podido contar a nadie. Ese momento es muy interesante porque aparece el orden del varón vulnerable.

¿Y cómo fue la reacción de los demás?

—Es muy fuerte lo que pasa entonces ahí, que venga un varón que cuente una situación de intimidad y los otros lo escuchen. Lo soportan con el cuerpo. Porque es eso. Empiezan a estar inquietos. Pero también pasó que uno terminó su relato y sucedió algo que no esperábamos. 

¿Qué pasó?

—Otros vinieron a abrazarlo. Y que pase eso, es muchísimo. Habla de que algún tipo de cambio a veces es posible.

Las historias de ese otro lado se repiten. A veces, son discursos cruzados por el análisis, a veces,  muchas, está en el afuera el justificativo de eso que detona. La mirada hacia adentro es un viaje en sombras. María Soledad Cacere, de la línea Hablemos, los ha escuchado a todos. Y dice:

- De alguna forma se trata de pensar la problemática de género desde una intersectorialidad, donde aparecen otras vulnerabilidades sociales. Eso de ninguna manera significa situarlos como víctimas, pero sí asumir otra dimensión que nos permita reflexionar cómo se dio la construcción social de esa masculinidad que hace que aparezca ese modo de ser varón, y como parte de la sociedad  nos tenemos que hacer cargo de eso.

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