me puedo programar | Revista Crisis
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me puedo programar
Durante el alfonsinismo, mientras el país trataba de retomar la senda democrática más allá de las formalidades, se puso en marcha una vanguardista escuela de informática, integrada por una banda de nerds que, en medio de un bosque gigantesco, querían conquistar el futuro a través de las pantallas. Pero la segunda ola neoliberal decidió desmantelarla. ¿Qué fue de la Escuela Superior Latinoamericana de Informática?
Ilustraciones: Frank Vega
07 de Marzo de 2024
crisis #61

 

Un sonido mecánico retumba aquella madrugada en el Parque Pereyra Iraola, una estancia de unas 10.500 hectáreas expropiada por el peronismo a una tradicional familia terrateniente. La luz de la Luna baña a un extraño árbol que ese clan trajo hace 120 años desde Malasia al límite entre La Plata y Berazategui, y a esta hora parece hecho de cristal. Pero el ruido proviene desde el corazón del parque, de una casona señorial del siglo XIX. En su planta baja, tres jóvenes de unos veinte años duermen en colchones tirados en una de las salas. En la cartelera, alguien escribió “acá todos tienen síndrome de Tokomosho”, una supuesta afección ocular que, paniquean los medios, afecta a quienes pasan mucho tiempo frente a la computadora.

El ruido viene del primer piso. Un joven teclea frenéticamente en una flamante Olivetti 286 con monitor monocromático de fósforo blanco (entre las 57 computadoras disponibles para los estudiantes, hay tres con pantallas de 16 colores, pero están reservadas para jugar videojuegos). El alumno está terminando uno de los proyectos gigantes a los que lo tiene acostumbrado la escuela de élite que funciona en la casona. Si algo no quiere es quedar atrás en la lista implícita de las mejores notas. Todavía no amanece, sus compañeros todavía no llegan. El año es 1986.

El joven pertenece a la primera camada de la Escuela Superior Latinoamericana de Informática, la ESLAI, creada durante el gobierno de Raúl Alfonsín. La ESLAI fue un centro de excelencia: 35 estudiantes argentinos y de toda Latinoamérica con becas completas, un exigente examen de ingreso, profesores nacionales e internacionales líderes en la materia, casi una computadora por persona.

Aunque la experiencia duró cuatro años y se recibieron menos de un centenar de personas, fue una bisagra en la forma en que se entiende la computación en Argentina y parió profesionales y empresas que le dieron forma al ecosistema informático nacional actual.

 

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Mientras en los países desarrollados el microchip desencadenaba una revolución, la industria y la academia informáticas argentinas eran tierra arrasada. El mundo de una computadora por hogar que conocemos hoy estaba tomando forma y el país se estaba quedando afuera.

El último gran salto adelante en la materia lo había dado el matemático, físico, científico de la computación y —como lo llama su biógrafo Pedro Kanof— intelectual de izquierda Manuel Sadosky. En 1960 creó el Instituto del Cálculo en la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires y gestionó el desembarco de Clementina, la primera computadora del país para la educación científica. Entonces la informática aparecía en las izquierdas como un horizonte de democratización: fue en el Instituto del Cálculo que Oscar Varsavsky elaboró el primer modelo matemático económico global de Argentina y otras ecuaciones para constatar la viabilidad de las utopías. “Se podía analizar qué variables había que operar para obtener ciertos resultados. Por ejemplo, si quiero incluir a las mujeres en la industria y que crezcan educacionalmente —dice Kanof—. Todo esto está contenido en una ecuación matemática, que después se trata con computadoras”. Todo aquello fue desmantelado en la Noche de los Bastones Largos, y Sadosky terminó en la larga lista de académicos exiliados.

La breve primavera camporista diez años después tampoco ayudó mucho, aun cuando sus bases contaban con buenas intenciones. “Había una mirada pseudonacionalista: querían traducir todo al castellano y entonces se hacían discusiones absurdas y eternas sobre si en lugar de ‘bits’ había que decir ‘dígitos binarios’”, recuerda Gabriel Baum, investigador en informática y profesor de la ESLAI. En los inicios de la recuperada democracia, la situación seguía siendo patética, dice Baum, pero por otros motivos: las clases de las carreras informáticas consistían en la lectura de manuales de los aparatos de IBM, la empresa estadounidense que primaba en el mercado. “No había desarrollo académico —dice—. Estaba todo colonizado por IBM”.

El problema también era material. En toda la Facultad de Ciencias Exactas de La Plata, por ejemplo, había apenas ocho terminales que los alumnos podían usar en dos turnos de media hora. Los estudiantes llevaban su código escrito a mano, lo transcribían y, al día siguiente, recibían un listado con los errores de compilación.

Cuando fue electo, Raúl Alfonsín fue a Venezuela a ver a Sadosky, quien, tras consultarlo telefónicamente con sus amigos, aceptó la propuesta del radical de volver al país a encabezar la Secretaría de Ciencia y Técnica (SECyT). Desarrollar la informática en Argentina fue el tema que dominó las conversaciones. Ya en el puesto, Sadosky encargó a Rebeca Guber, discípula suya en el Instituto del Cálculo, la organización de la ESLAI.

La Escuela apuntaba a ser un “Instituto Balseiro” de informática. Mediante un convenio con la Universidad Nacional de Luján, los estudiantes rendían un severo examen de ingreso teniendo dos años aprobados de Matemática, Física o Ingeniería. Permanecían en la ESLAI tres años más (el último haciendo durante un cuatrimestre pasantías en la industria y en el otro cuatrimestre la tesina) y se recibían con el título de licenciado en Informática. Los 35 alumnos aceptados serían 25 de Argentina y 10 de otros países de Latinoamérica. Brasil no estaba entre ellos: el gigante sudamericano tenía su propio desarrollo tecnológico gracias a una ley llamada “Política Nacional de Informática” del 84. Esa década, los brasileros crearon SOX, sistema operativo basado en UNIX, además de clones de computadoras de Microsoft y consolas de Nintendo. La Argentina, con la ESLAI, buscaba llegar al nivel de Brasil, cuya legislación proteccionista fue castigada en 1987 por el entonces presidente de EE.UU., Ronald Reagan, con una serie de sanciones comerciales.

Varios argentinos residentes en el exterior colaboraron con la ESLAI, sobre todo gestionando la participación de profesores extranjeros que, en su mayoría, venían de Europa. Finalmente, se eligió a Jorge Vidart, doctor en Informática de la Universidad de Grenoble, como director, a Jorge "el Profe" Aguirre como director adjunto y a Sonia Cairoli como secretaria académica. El grueso del financiamiento no vendría del Gobierno, sino de la Oficina Intergubernamental de Informática (la IBI por sus siglas en inglés), un organismo de la UNESCO con sede en Roma que tenía el objetivo de asistir a sus países miembros a entender el impacto de la tecnología en la sociedad.

Para darle independencia política, la ESLAI no dependería de la Secretaría, sino de un nuevo organismo creado a medida, la Fundación Informática, conformado por cuadros técnicos y políticos que en su mayoría provenían del radicalismo.

 

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En su adolescencia, Daniel Yankelevich fue el dueño de una de las primeras computadoras personales que llegaron al país: una Sinclair recién salida al mercado, hazaña que le valió una entrevista en Clarín. Pablo “Fidel” Martínez López es fanático de la ciencia ficción y programó su primer videojuego en una de las computadoras de su escuela secundaria: un simulador de carrera de caballos que tuvo a apostando dinero a sus compañeros de colegio. Martina Marré siempre fue una apasionada de las matemáticas y su interés por la informática pasaba por el potencial que veía en las computadoras para resolver ecuaciones complejas. Todos ellos, autopercibidos nerds, recibieron la carta de aceptación de la ESLAI tras rendir el examen de ingreso.

El proyecto fue una insignia del gobierno de Alfonsín: los 35 alumnos de la primera camada fueron invitados a la Casa Rosada por el presidente. El entusiasmo se extendió por todo el país: los medios entrevistaban a los chicos, la revista Somos decretaba “Empezó el futuro”.

A los alumnos les garantizaban la comida, departamentos en La Plata y transporte al Parque Pereyra Iraola. Además, el gobierno italiano donó casi sesenta computadoras de la empresa informática Olivetti, a un costo de 600 mil dólares. La atención y el financiamiento que recibía la ESLAI no eran vistos con buenos ojos por toda la comunidad académica. Algunos profesores creían que, en lugar de crear una institución de élite, se podría haber mejorado el resto de las universidades nacionales. Javier Blanco, que estudiaba en la Universidad de La Plata y militaba en una agrupación de izquierda, aplicó a regañadientes: no acordaba con la idea de la educación elitista.

“[Nos dijeron] ‘vas a tener compu, departamento, almuerzo y profesores extranjeros’, que además vivían, dormían y jugaban al truco con nosotros —dice Esteban Feuerstein, de la primera camada—. Éramos los X-Men”. Para Fidel, la comparación es inexacta: “Para mí fue la gran Harry Potter: de ser un un pibe al que bullyneaban todos los días porque eras el anteojudo con la cicatriz, de golpe llegabas a una escuela de magia donde eras un tipo popular con todos magos como vos”.

Para pasar el estrés, los chicos solían jugar al vóley, al ping pong y, sobre todo, a videojuegos: de hecho, la música del Digger, uno de los fichines más populares de la ESLAI, se convirtió en la melodía para su himno: “Los que estamos en la ESLAI / los que estamos en la ESLAI / somos todos aparatos / somos lo peor que hay”. La discusión política también estaba a la orden del día (“éramos todos de izquierda”, recuerda Blanco) y, cuando los carapintadas se alzaron contra el gobierno, varios alumnos fueron a Plaza de Mayo a escuchar que la casa estaba en orden.

La vida intelectual en la ESLAI era intensa y el ambiente, muy competitivo. La primera clase de la escuela, impartida por el profesor francés de algoritmos Jean Pierre Peyrin, ya marcó el cariz que tendría la escuela. “Preguntó quiénes habíamos programado, y yo levanté la mano. Nos dijo: ‘Van a tener que olvidarse, va a ser más difícil para ustedes, van a tener que pensar de otra manera’”. Esa manera consistía en tener en cuenta los fundamentos lógicos y abstractos de la informática: dejar de lado la artesanal lectura de manuales y comenzar a entenderla como ciencia. Gregorio Klimovsky, uno de los mayores especialistas en epistemología de Sudamérica, daba un curso de lógica.

“En Programación, no había lenguaje hasta avanzada la materia. Era todo papel y lápiz, había que aprender a pensar y no tanto escribir código”, dice Feurestein. Fidel agrega: “En las materias donde tenías que implementar software, teníamos una filosofía: tenías [la posibilidad] de elegir el lenguaje de programación". Una idea que siempre defendió Sadosky, dice su biógrafo Kanof, para no convertirse en “un autómata de las empresas”.

Otros profesores fueron el investigador italiano de inteligencia artificial Ugo Montanari, el científico de la computación argentino-canadiense Alberto Oscar Mendelzon, el investigador italiano de lenguajes de programación Carlo Ghezzi, entre muchos otros, incluyendo exiliados de la Noche de los Bastones Largos.

Cada estudiante se especializó en lo que le interesaba: Yankelevich hizo su tesis sobre los fundamentos para redes de computadoras, Fidel conoció la programación funcional, Marré — que en 1997 se convirtió en la primera doctora en Ciencias de Computación de la UBA — trabajó en testing de programas utilizando grafos.

Para Blanco “había una continua reflexión epistemológica sobre la informática”. “La informática no era muy claro qué era: una tecnología, una filosofía, una ciencia empírica, una ciencia formal, o una rama de la matemática”, agrega. Hacía apenas cinco años que IBM había lanzado al mercado la primera computadora de escritorio de la historia, con 64 KB de RAM. La democracia, en Argentina, también era una novedad: había sido recobrada hacía tres años y los militares del proceso habían sido juzgados el año anterior. Las dos eran una promesa, una esperanza y, sobre todo, un debate abierto.

 

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Cuando asumió Menem y el neurocirujano Raúl Matera reemplazó a Sadosky en la Secretaría de Ciencia y Técnica, la ESLAI ya tenía firmada su sentencia de muerte. Primero, la hiperinflación devoró los montos de las becas y los sueldos de los profesores. Luego desapareció la barra libre de café. Después toda la cocina cerró. Estudiantes e instructores comenzaron a hacer ollas populares en el Parque Pereyra Iraola. El servicio de limpieza de los departamentos se dejó de pagar y, poco después, los alquileres corrieron la misma suerte. “Nos querían echar —recuerda Javier Blanco—. Alguna gente que se quedó sin casa se fue a vivir a la ESLAI”.

“Tratábamos de resistir como podíamos”, recuerda Baum, que fue a pedirle financiamiento al gobernador de la provincia de Buenos Aires de entonces, Antonio Cafiero. Al principio, el peronista apoyó a la escuela. “Me dice: ‘Bueno, ustedes pueden programar una agenda electrónica y yo les doy unos mangos’. Los pibes de la ESLAI la hicieron y Cafiero puso algo”. Pero, según el entonces rector de la Universidad de Luján, Enrique Fliess, cuando cambió el gobierno en 1991 y Cafiero pasó a ser senador, se desentendió del tema. Baum también salió a hablar con otros diputados y senadores, pero no encontró apoyo alguno.

Mientras, tenía lugar una intensa rosca —reconstruida por la doctora en Ciencias Políticas María Fernanda Arias— con las autoridades del gobierno entrante. La IBI había cerrado, pero la dirección de la ESLAI propuso utilizar la cuota que pagaba Argentina al organismo directamente para financiar la escuela. También se había obtenido un préstamo del Banco Provincia. El 3 de junio de 1990, Matera asignó una partida para afrontar los gastos más urgentes. Las cosas, que no habían empezado con el mejor pie, parecían mejorar: el nuevo Gobierno propuso incorporar a un representante de la SECyT a la Fundación Informática a cambio de financiar la ESLAI, y las autoridades de la Fundación estaban dispuestas a aceptarlo. Pero las reuniones previstas se cancelaron unilateralmente, y la SECyT anunció que no iba a contar con los fondos.

En septiembre de 1990 la escuela cerró formalmente. Los alumnos extranjeros comenzaron a volverse a sus países de origen. “Un colombiano amigo mío se volvió a dedo porque no tenía plata para volverse a Colombia —dice Blanco—. Estuvo un mes viajando: claro, parte del acuerdo era pagarle el pasaje de vuelta”.

Baum lideró los esfuerzos por reubicar a los alumnos en otras casas de estudios y terminar de dar las materias que faltaban. Todos los sábados abría la casona con la llave que le había quedado; detrás de él entraban los estudiantes de la última camada, los que habían quedado a la deriva. Entre todos quitaban las sábanas que cubrían las mesas, las sillas y los equipos; prendían las luces, entraban al aula. Baum daba la clase de Estructura de Datos y, cuando terminaban, dejaban todo como lo habían encontrado.

Tras el cierre, quienes se habían ido a Europa organizaron a través de una primitiva cadena de mails una serie de escraches a Raúl Matera durante su gira por el viejo continente. Cuando el funcionario fue, por ejemplo, a exponer a una universidad de Dordrecht en Países Bajos sobre las bondades del neoliberalismo, Blanco fue a gritarle: “¿Qué pasó con la ESLAI?”. Matera solo atinaba a balbucear como respuesta.

Qué pasó no está del todo claro y cada quien tiene su teoría. Entrevistado por Arias, Enrique Draier, asesor entonces en la SECyT, responsabilizó del cierre a Luis Ángel Cersósimo, un subsecretario que le había sido impuesto a Matera y que había formado parte de la agrupación peronista de derecha Guardia de Hierro.

La versión oficial es que el Estado no contaba con el financiamiento suficiente para continuar con tal empresa en medio de una crisis. “La retórica radical está llena de palabras esdrújulas: informática, robótica, telemática, cibernética. Pero hambre, miseria, angustia, exilio, dólar, estafa, mendigo son palabras graves”, decía Menem en uno de los spots más conocidos. Pero ninguno de los entrevistados considera que la razón del cierre fuera presupuestaria.

“La verdad, eran dos mangos con cincuenta”, dice Yankelevich, que además recuerda que varias empresas y bancos habían ofrecido financiar la ESLAI cuando la IBI se desmanteló. Para el hoy director de la ONG Fundar, primó una animadversión personal de la nueva administración hacia Sadosky, Guber y los cuadros de la Fundación Informática, de claro corte radical.

Para Gabriel Baum la principal razón fue geopolítica. La ESLAI fue creada con un sesgo marcadamente europeo y Menem dio inicio a la era de las “relaciones carnales” con el gigante del norte. “EE. UU. no quería la ESLAI ni quería la cooperación con Brasil",dice Baum.

Muchos de los egresados de la ESLAI fueron a doctorarse al exterior. Algunos volvieron a trabajar al país, otros se quedaron. Yankelevich dice: “Si hubiera seguido la ESLAI, habrían pasado dos cosas: primero, se habría ido menos gente al exterior. Y dos, se habría generado más masa crítica para hacer un cambio mucho más rápido. La existencia de empresas como Globant o Mercado Libre se habría adelantado. Argentina habría tenido más unicornios”.

 

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A pesar de su corta vida, la ESLAI dejó un impacto indeleble en la informática de Argentina y otros países de Latinoamérica. En 1995, Miguel Felder, Daniel Yankelevich y Nelson Sprejer (dos de ellos egresados de la ESLAI) fundaron la empresa Pragma (hoy Practia) en Buenos Aires, que brinda servicios de consultoría en informática y transformación digital. Hoy tiene alrededor de 800 empleados y presencia en ocho países. Al año siguiente, otros dos egresados, Adrián Setton y Jorge Ouvina, fundaron Lightech, una empresa de ciberseguridad que opera en seis países del continente. Gabriel Baum desarrolló en el Laboratorio de Investigación y Formación en Informática Avanzada (LIFIA) de la Universidad Nacional de La Plata proyectos como el despliegue de la Televisión Digital Abierta en nuestro país.

Personas vinculadas a la ESLAI contribuyeron también a la fundación o refundación de las carreras de informática del país. La impronta de la Escuela está hoy en los planes de estudios de las universidades de Quilmes, Buenos Aires, Rosario, Río Cuarto y Córdoba. “El plan de estudios [de la Facultad de Matemática, Astronomía, Física y Computación de la Universidad de Córdoba] lo armé yo junto a gente que estaba ahí. Se inspiró bastante y replica muchas cosas de la ESLAI”, dice Blanco. De esa facultad, por ejemplo, en 2009 surgió Machinalis, una empresa dedicada al machine learning que en 2018 fue adquirida por MercadoLibre y que para Baum “es una nieta de la ESLAI”. En 2009, el Ministerio de Ciencia y Tecnología creó la Fundación Sadosky, una iniciativa público-privada para el desarrollo de la tecnología. Muchos ex ESLAI participaron o participan de ella: Feurstein fue su director ejecutivo y se encargó del programa de ciencia de datos y Fidel fue parte de la creación de los cursos de programación.

Existieron varios intentos de reflotar la ESLAI, pero ninguno prosperó. Quizás el más conocido es un proyecto de ley de 2019 presentado por la diputada kirchnerista Luana Volnovich, que pretendía crear un Instituto Universitario Latinoamericano de Informática sobre la base de la ESLAI. El proyecto quedó cajoneado, aunque todos los entrevistados coinciden en que refundar una institución como la escuela hoy no sería conveniente. “Ahora ya hay carreras de grado bien establecidas. Quizás sea más interesante pensar en un instituto de posgrado, para hacer cosas con valor agregado tecnológico”, dice Baum. “Pero si alguien hace [algo similar a la ESLAI], creo que estaría bueno… crear una nueva élite de profesionales capaz que tenga sentido, si esos tipos vuelven a cambiar las cosas.”

En el Parque Pereyra Iraola ya no se oyen estudiantes discutiéndolo todo ni dándoles duro a las teclas de unas Olivetti monocromáticas. Pero el legado de la ESLAI es ostensible en todo el país; un país donde vuelven a sonar slogans justificando un recorte en ciencia y educación, pero en su forma más elemental: como si se hubiera revelado la esencia de esa idea, como si estuviéramos ante su código fuente.

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