los animales en la era de su reproductibilidad genética | Revista Crisis
los caballos no se manchan / sortijas genéticas / fotocopias millonarias
los animales en la era de su reproductibilidad genética
La clonación de animales y la edición genética avanzan entre oportunidades de negocio, investigación científica, soberanía del conocimiento y startups que navegan sin culpa por esas aguas. El polo es el ejemplo más perfecto de cómo la ciencia es para quien puede pagarla y no deja de estar, sin embargo, atravesada por pasiones, discusiones éticas y definiciones de animalidad.
Ilustraciones: Daniela Kantor
01 de Diciembre de 2022
crisis #55

 

Adolfo Cambiaso habla para la CNN. Repite lo que tantas otras veces contó y contará: que se le ocurrió en 2006, en una final de polo en Palermo, cuando se le quiebra el Aiken Cura. “Es difícil sacar un caballo bueno”; les dice a Ernesto Tenembaum y a María O’Donnell, que lo entrevistan. Y por bueno, Cambiaso, para muchos el mejor polista de la historia, se refiere a uno que sepa jugar, que banque el partido, que sea dócil, ágil, que rinda. Un Messi. Pero el Aiken estaba quebrado y caballo quebrado no sirve para otra batalla. “Yo sentía que era importante y sabía que iba a ser difícil salvarlo. Antes de que se muera decidí sacarle células por si algún día existía el clonaje. Lo guardé (al material) en la facultad de Río Cuarto y en la facultad de Buenos Aires. Me asesoré con veterinarios. No estaba avanzada la técnica, pero chequeé bien para que el día de mañana si avanzaba el clonaje, lo pudiera hacer. Un delirio mío”, sigue.  

Los periodistas lo miran. Desde aquella idea pasó un tiempo y el delirio se transformó en un negocio redondo. Tres años después de ese verano de 2006, el polista dueño de La Dolfina conoció a un empresario texano, Alan Meeker, que había logrado lo que él quería y todo empezó a volverse realidad. Juntos crearon la empresa Crestview y la fábrica echó a andar. Tenía las células de su Aiken Cura guardadas en nitrógeno líquido y había encontrado a alguien que sabía cómo avanzar con eso. A partir de ahí brotó una mina de oro: hizo lo mismo con la Cuartetera, la mejor yegua de la historia del polo. Su objetivo fue completar un palenque de clones. Consiguió más. A la tradicional y fructífera actividad de cría tradicional de caballos le sumó la fábrica de elite. Y en 2010 lograba vender una de las réplicas a 800.000 dólares a Ernesto Gutiérrez, uno de los dueños de Aeropuertos Argentina 2000 que al poco tiempo se sumó al negocio y advirtió que la viveza estaba en no vender clones sino crías de ellos con potencia. Algo así como no entregar la fórmula de la Coca Cola. 

—¿No te deja en ventaja? -le pregunta la dupla de periodistas sobre ese controlado modo de tener caballos de buena genética.  

—Todo el mundo tiene derecho a clonar. Ahí está el morbo lindo de las diferencias que hay. Si lo clonás mañana a Messi van a salir buenos jugadores seguro.  

—¿Hay sufrimiento en una yegua que compite? 

—Al contrario. Están más cuidados que mi señora. 

 

dólar polo

 

Hace 530 años los caballos no galopaban por estas pampas. Llegaron con los españoles. Cuando acá los habitantes de eso que empezaban a llamar Nuevo Mundo los vieron por primera vez, montados por jinetes con lanzas, armas, ropajes de batalla, según los escritores de la Conquista, les parecieron una unidad, algo así como un centauro, una bestia. Pero el escocés Robert Bontine Cunninghame Graham en su libro Los caballos de la Conquista cuenta que ese efecto sorpresa duró poco: “Cincuenta años después de abandonar don Pedro de Mendoza sus últimos siete caballos, fracasada la que fue la primera fundación de Buenos Aires, los pampas y los querandíes habíanse convertido en tan eximios y eternos jinetes, que apenas si daban un paso a pie”. Esta zona del mundo fue en especial permeable a tomar y readaptar eso que llegaba del otro lado del océano. El polo y sus caballos no fueron la excepción. 

En 1890 los ingleses trajeron el polo al país. Y vinieron con sus caballos que, en un también relativo poco tiempo, fueron reemplazados por los criollos, quienes ya en la década del veinte demostraban su potencialidad. Pero los locales, aunque eran resistentes, también eran rebeldes, no tan dóciles como los “pura sangre” importados. El ideal para practicar ese deporte se halló con la cruza de ambos. Así nació la raza polo argentino: un animal rápido, ágil, inteligente, obediente. Y enseguida nomás se creó la Asociación Argentina de Criadores, para oficializar el hallazgo. Hoy Argentina es el exportador de caballos de polo por excelencia, negocio que mueve unos 300 millones de dólares por año. 

En esa línea arbitraria de cruzas, juego y conquistas, desde 2013 se consolidó un elemento más: la clonación, que dobló la apuesta para hacer algo así como caballos seriados. En 2016, en el Abierto del Tortugas Country Club, Adolfo Cambiaso, la mente pionera detrás de este negocio, jugó con 23 animales de los cuales cinco eran clones de la Cuartetera. Los nombres comenzaron a complejizarse, a tomar números: Dolfina Cuartetera Clon B04, Dolfina Cucumelo (Aiken Cura E01 / Dolfina Cuartetera B06).  

En noviembre de 2022 se juega el Campeonato Argentino Abierto de Polo, considerado el máximo torneo interclubes del mundo. En el programa hay detalles sobre los caballos de cada equipo: se especifica nombre, fecha de nacimiento, pelo, padre, madre, abuela materna, propietario, criador. Un repaso por cada uno deja ver apellidos patricios, nombres graciosos y la cantidad de clones que participan. En total, son entre quince y doce. En la grilla se observa la presencia de abuelas clonadas, nombres de empresas de biotecnología o de cría tradicional. No entra en la grilla pero hay varias discusiones que subyacen en esta historia sobre leyes, naturaleza, bioética y animalidad. 

 

“Si tenés los mejores animales y no los podés utilizar, la clonación viene a ayudar. El original juega y las réplicas las dejo para generar crías en la primavera”, dice Vichera. Y aclara: “Si yo soy el dueño del caballo que vale mucha plata, no te doy mi genética. Yo te vendo los hijos. Es muy raro que alguien te venda una copia”

 

la receta del caballo perfecto

 

Pilar es uno de los centros neurálgicos del mundo del polo, la capital nacional de ese deporte, la llaman. Estratégicamente ahí se ubican las oficinas de Kheiron Biotech, otra empresa dedicada a la biotecnología animal. A pocos kilómetros, entre la ruta 7 y la 8, más allá de José C. Paz, se acumulan los campos y los clubes: uno de La Dolfina, otro de la Asociación Argentina de Polo, otro de la Espadaña. En total, hay más de cien canchas en todo el partido.  

En el módulo 4 del Parque Austral, un puñado de edificios se desparrama en un espacio lleno de árboles. Grandes bloques con amplísimos ventanales. En la entrada de la oficina, en el primer piso de uno de ellos, se ve el logo: un centauro parado sobre sus patas traseras. A través de la puerta vidriada asoma un enorme cuadro con ocho caballos clonados, unos potrillos rubiones que valen miles de dólares.  

En el camino a la sala de reuniones se verán otras fotos. Entre ellas la de Silvina Luna, la primera yegua de polo clonada del país, la que salió en los diarios. Las crónicas veterinarias de la época la describen como de “porte distinguido, impecable salud, llamativa cola y buenas patas”. La foto de Silvina Luna no desmiente lo que las palabras intentan graficar. A simple vista nada podría hacer imaginar cómo fue su origen. Nació en 2013 por encargo del polista Sebastián Merlos, justo un mes después de que Show Me —un caballo clonado de Cambiaso— jugara su primer partido y mostrara que eso que él había imaginado alguna vez tenía sentido.  

Silvina Luna nació donde nacen todos los clones de esta empresa, en el hospital de alta complejidad equina en la localidad de Solís, provincia de Buenos Aires. Es hija de una yegua de polo con alta performance en los abiertos de la Triple Corona, pero se gestó en este laboratorio como resultado de la reproducción de una célula y su inserción en un óvulo previamente vaciado. Fue la primera, aunque enseguida vinieron otros. Dos años después de su nacimiento, en 2015, ya se clonaban quince caballos por año en Argentina. Crecía el negocio.  

Gabriel Vichera conduce el recorrido por el laboratorio de Kheiron. La luz blanca de los tubos amalgama los equipos eléctricos, los frascos y recipientes. En un rincón se conservan en nitrógeno líquido las muestras, ahí se multiplican las células, ahí se vacía el óvulo, más allá se “vuelve a llenar” con el nuevo material. Aquí se diseña la vida de los caballos de élite, entre agujas, máquinas electrónicas, gradaciones de fríos y profesionales en guardapolvo que van y vienen con elementos tan frágiles como carísimos. Junto a la puerta hay una especie de conservadora azul. Ahí guardarán los embriones que serán colocados a las yeguas que en un campo cercano son preparadas hormonalmente para recibirlos. 

Vichera se formó como investigador en biotecnología en el sector público, hasta que en 2011 salió a buscar socios para lanzar una compañía. Licenciado en la materia por la Universidad de San Martín, con un doctorado en el mismo campo por la Universidad de Buenos Aires, ocupó dos años en armar y lograr el primer clon de caballo de polo que probaría que eso podía ser una inversión rentable. Cuenta que había escuchado que La Dolfina remató un caballo a 800.000 dólares (la que compró Gutiérrez) y entonces pensó que si compraba y clonaba, se producía algo así como la multiplicación de los panes. Valía la pena intentarlo.  

Circuló por algunas oficinas hasta que encontró al socio: Daniel Sammartino. Si bien el sistema cambió y enseguida los clones dejaron de venderse, la idea estaba instalada y empezaba a demostrar que funcionaba. Los dueños de buenos caballos querrían preservar la calidad. La ventaja temporal de Cambiaso indirectamente era un beneficio para ellos. “Cambiaso y sus clones ganando absolutamente todo en una época en la cual nosotros estábamos avanzando en el mercado de la clonación, fueron de gran ayuda. Teníamos una persona que estaba demostrando que los clones servían, que era lo que al principio no les cerraba a los inversores. Ahora eso quedaba demostrado y después se estabilizó”. 

En los laboratorios de Kheiron se clona y edita. La tecnología de clonación hace una réplica. La edición genética modifica. “Si uno genera clones lo que va hacer es preservar esa genética; siempre conservará un clon joven para reproducir. Algunos quieren réplicas para que jueguen, otros para multiplicar la fábrica de hijos”, explica Vichera.  

La decisión de utilizar yeguas que hagan de receptoras de los óvulos es práctica: los animales que juegan tienen gran valor pero no pueden darse el lujo de estar parados los once meses de gestación. A los machos se los castra pronto, para que sean más manejables. Las hembras, que son mayoría, están para ir a la cancha y entrenar.  “Si tenés los mejores animales y no los podés utilizar, la clonación viene a ayudar. El original juega y las réplicas las dejo para generar crías en la primavera”, dice Vichera. Y aclara: “Si yo soy el dueño del caballo que vale mucha plata, no te doy mi genética. Yo te vendo los hijos. Es muy raro que alguien te venda una copia”.  

 

el arte de criar en la era de la reproductividad digital  

 

Una de las grandes preguntas en aquellos primeros años tuvo que ver con la irrupción tecnológica en un sistema tradicionalista, que hace de la cría una de las bellas artes. ¿Cómo se iba a dirimir esa diferencia entre caballos criados del modo tradicional, en el que la cruza existe, pero de modo natural, y aloja en el recorrido algo del dominio de la espera, y ese revolucionario sistema reproductivo sin demasiados cabos sueltos donde la buena genética viene con garantías? 

En 2016, el diferendo tuvo su punto máximo de tensión. La Dolfina competía con sus clones frente a Ellerstina, uno de los clásicos más competitivos del polo local. Gonzalo Pieres, del rival, decía sobre el equipo de clones: “Mi gente siempre fue criadora. Y debo decir que el clon no es cría, se trata de una copia y las copias no siempre son buenas. Además, no se observa que haya un límite para estas prácticas y las cosas sin límite son malas”. Pero un mes después, con los resultados y el éxito de los clones ya sobre la mesa, la revista de la Asociación Argentina de Criadores de Caballos de Polo publicaba un editorial que puede considerarse una especie de vuelta de página en la discusión: “La cría natural, la cría por embriones y ahora los clones convivirán en adelante para dar resultados seguramente mejores que los posibles sin los adelantos tecnológicos ahora disponibles. Cada criador podrá rejuvenecer su sangre más valiosa, pero será de las combinaciones de sangres de las que surgirán siempre las novedades y los progresos en la raza”. 

Como todo lo vinculado a la biotecnología, otros vericuetos surgieron a partir de ese punto de inflexión. Cambiaso entró en disputa legal con uno de sus socios, el texano Alan Meeker, por haber vendido tres clones de la Cuartetera sin autorización, según la acusación del argentino. Vender lo que no se vende, entregar la llave genética: lo que Cambiaso y La Dolfina pretenden demostrar es que los clones son de ellos y que el texano no tenía autorización para venderlos y entregar así lo que llaman llave genética. Los nuevos escenarios que interpelan a la justicia tienen caminos misteriosos.  

 

embriones en frasquitos

 

Pero nada empieza ni termina con la historia de Cambiaso, ni mucho menos con los caballos de polo. La clonación y la edición genética abren posibilidades infinitas que desafían las imaginadas por H. G. Wells en La isla del Doctor Moreau. Daniel Salamone trabaja en investigación con embriones desde mediados de la década del ochenta. Veterinario con masters y doctorados en varias partes del mundo, estaba en Niza, Francia, cuando en los pasillos de un curso al que asistía escuchó lo que poco después anunciarían los diarios: unos investigadores habían logrado clonar una oveja. Se llamaba Dolly, el primer mamífero clonado a partir de una célula adulta. Era lo que buscaba. Se interesó por el tema. Viajó a Massachusetts, comenzó a investigar en clonación con las técnicas de entonces, más complejas y costosas que las actuales. Era mediados de los noventa. La noticia de Dolly fue anunciada al mundo siete meses después de su nacimiento por sus creadores del Instituto Roslin, en Escocia.  

Salamone terminó el doctorado en Estados Unidos y volvió a Argentina, convocado por Lino Barañao para trabajar en su empresa Biosidus. La idea era que desarrollara en el país eso que hacía años investigaba. Cinco meses después, él y su equipo lograban el primer clon bovino en Argentina y luego consiguieron otro éxito con Pampa, la vaca modificada genéticamente para producir hormona de crecimiento en la leche, a comienzos del nuevo siglo.  

A partir de 2005, Salamone instaló una sede de su laboratorio en la Facultad de Agronomía de la UBA, formó un equipo de jóvenes investigadores recién recibidos y empezaron la búsqueda. Ahí comienzan a cruzarse las líneas temporales de esta historia. Ese año en Argentina se logró clonar al primer caballo criollo. “A Dolly la habían creado por una célula, era un proceso deficiente, así que hacíamos ejercicios para generar super embriones que no se originaban de una célula sino de muchas, pensábamos que podían ser más saludables”, recuerda. Así nació en 2010 el potrillo BS Ñandubay Bicentenario que también fue noticia y se señaló como el primer clon equino de Latinoamérica. Ese no solo tuvo logística genética (al óvulo de una yegua le retiraron el núcleo donde están los genes y le introdujeron células extraídas de la piel de Ñandubay original), sino también organizativa: en su historia se coordinan el Departamento de I+D de Biosidus, una cabaña privada y el Laboratorio de Biotecnología Animal de la UBA.  

Salamone destaca como un antes y un después la aparición de la tecnología CRISPR, que con precisión puede eliminar y agregar genes específicos: “Con esto produjimos la primera modificación en una vaca, eliminamos el gen de la vaca loca. Fue el primer trabajo publicado”. La tecnología CRISPR permite editar modificaciones en el genoma mediante algo así como un cut and paste.  

Con el tiempo avanzaron en la investigación con otras especies. “La clonación de perros y gatos es muy vigorosa. Hemos colaborado con empresas asiáticas. Lo importante es que la gente que hace investigación lleva a las universidades recursos que después se pueden volcar en la docencia o desarrollo”, dice. E introduce así un tema que sobrevuela este universo: el de los límites o los puentes entre el sector privado y el público.  

En principio Salamone no ve contradicción: “Las universidades están en la sociedad y desde ahí debería surgir parte del conocimiento. Son creativas, generan técnicos y gente que sabe. Las startups vuelven más rico a un país, al menos en el sistema capitalista. En nuestro caso salieron alumnos que montaron empresas. Uno de los roles de la universidad debe ser generar emprendedores que produzcan riqueza, básicamente todo el sector del conocimiento es dinámico. Uno no tiene la bola de cristal de cuál es la mejor forma, pero hemos sido muy eficientes para entrenar a quienes comienzan a experimentar con tecnologías nuevas y poco eficientes reteniéndolos”, reflexiona.  

Como si fuera una carrera, mes a mes surgen noticias que se superan en cadena. A comienzos de 2022 la novedad fue el viaje a Estados Unidos de un argentino, Ramiro Perrotta, para participar de la investigación que intentará cruzar a un elefante con el ADN recuperado de los restos de un mamut lanudo que apareció asombrosamente conservado en los hielos eternos del Ártico —en estos años, con el cambio climático, ha comenzado a derretirse. Corea del Sur crea perros de raza beagle refulgentes para curar enfermedades humanas. Salamone mismo cuenta que en la actualidad investigan la posibilidad de modificar genéticamente a cerdos para poder luego trasplantar sus órganos a humanos.  

Y el camino se complejiza más. Así también, las discusiones. Desde el destino que tienen los animales que alojan lo que se necesita: órganos, embriones, alimento. Hasta la relevancia que toman las empresas en estos procesos. Y también, por supuesto, el factor legal.

 

Corea del Sur crea perros de raza beagle refulgentes para curar enfermedades humanas. Salamone mismo cuenta que en la actualidad investigan la posibilidad de modificar genéticamente a cerdos para poder luego trasplantar sus órganos a humanos. Y el camino se complejiza más. Así también, las discusiones.

quién mira

 

En cajitas bien refrigeradas, los embriones son guardados con los nombres de su “molde”. Parece la grilla de una carrera en el hipódromo, una cuadrícula con papelitos escritos a mano con nombres como Gaucho o Pollera Amarilla. Pero son embriones que crecen y esperan su turno para ser depositados en las yeguas que los alojarán por casi un año. 

En Kheiron, para el 2023 apuntan a producir una centena de caballos. En cada caso el proceso habrá sido similar: guardar el material genético, reproducir, preñar a las yeguas, aguardar el nacimiento de eso que alguna vez estuvo en aquellas cajitas tan pequeñas que parecen cubeteras con hielo.  

Salvo cuando se trata de edición genética, en los que el Ministerio de Agricultura vía la Secretaría de Alimentos y Bioeconomía regula y evalúa, lo que atañe a clonación queda por fuera:  “Para generar réplicas, no hay regulación, está permitido totalmente porque vos estás agarrando en un animal que tiene un genoma natural que ya se probó que es totalmente sano, y podés generar la cantidad de clones que quieras”, explica Vichera. Por eso es cada vez más frecuente la llegada de pedidos. En el lugar cobran por hacer el banco genético o por hacer el clon (este último hoy puede salir unos 50.000 dólares).  Un precio mucho más económico que los 150.000 dólares que podían cobrarse hace unos años, cuando esta actividad era nueva en el país. 

Cuando el potrillo o la potranca nacen, el dueño llega al campo con su veterinario de confianza para constatar que todo está en orden, que el producto cumple con lo prometido. Completado el trámite se irán con su réplica, un animal de cuatro patas temblorosas que guarda en su ADN la fibra de campeón.

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