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la deuda es la continuación de la guerra por otros medios
Muy pronto las editoriales Tinta Limón, La Cebra y Traficantes de Sueños, publicarán en español un libro clave para entender los conflictos del presente: “Guerras y Capital. Una contrahistoria”. Cuando el capitalismo conquistó el viejo sueño de la globalización, apareció su auténtico rostro: la guerra dentro de la población, como fundamento de la promesa democrática. Y el arma estratégica de esta nueva dinámica bélica es la escaramuza financiera. Si la deuda es el principal campo de batalla en la actualidad, la Argentina está en el centro de la coyuntura planetaria. Aquí podés leer un fragmento de esta obra muy recomendable.
Ilustraciones: Ezequiel García
10 de Noviembre de 2021

 

El verdadero poder ejecutivo ya no está en el aparato del Estado, sino en un conjunto de instituciones transnacionales dominadas por el capital financiero, que comprenden a los estados como una articulación entre otras. Este gobierno “sombra” decide y fija el nivel del empleo, los salarios, el gasto público, la edad y el monto de las jubilaciones, las tasas impositivas de las distintas categorías de la población. El Estado-nación, destituido de su forma clásica de “soberanía”, se aplica a gestionar la economía-mundo de la deuda. Obviamente, el gobierno norteamericano es una excepción: un estado imperial que redefinió sus “intereses nacionales” con el objetivo de desplegar la globalización, gracias al comando que ejerce desde las instancias transnacionales que en gran medida fundó.

Encontramos una primera aproximación a las nuevas relaciones entre guerra y poder ejecutivo en un libro publicado por dos coroneles de la fuerza aérea china en 1999, Qiao Liang y Wang Xiangsui, cuyo título es Unrestricted Warfare. En el contexto de la pos guerra fría, cuando se recalienta la rivalidad entre China y Estados Unidos, estos oficiales llegan a concebir la actividad financiera como una “guerra no sangrienta” pero cuyos efectos son comparables a los de una “guerra sangrienta”. Si se quiere hacer frente a la supremacía estadounidense, las finanzas deben ser integradas en una estrategia de guerra no convencional, lo cuál implica renunciar tanto a la “guerra popular” como a la mera “guerra tecnológica”. En una entrevista concedida un año después, Qiao Liang ubica la intención del libro en una argumentación diplomática, poniendo de relieve la importancia de las “operaciones no militares” entre las cuales habría que incluir las “guerras comerciales, financieras, etcétera”.

Qiao Liang y Wang Xiangsui constatan que la seguridad nacional está hoy menos amenazada por las fuerzas militares de un Estado enemigo, que por los “factores económicos como la apropiación de los recursos, la captura de los mercados, el control de los capitales, las sanciones comerciales”. Semejante cambio de paradigma obliga a reconocer que los daños causados por las nuevas “armas no militares” pueden ser tan temibles como aquellos producidos por las “armas militares”. Los autores insisten particularmente en las finanzas, que son el medio más eficaz para producir inseguridad en un país y en el planeta todo.

“Si comparamos la caída del índice de seguridad nacional de países como Tailandia e Indonesia –que en pocos meses padecieron una fuerte devaluación y estaban casi en bancarrota– con la de Irak, que ha experimentado simultáneamente ataques militares y embargo económico, es preocupante que casi no haya diferencia entre ambas”. Del mismo modo, cuando el conflicto entre Grecia y las instituciones financieras fue redefinido en términos de “guerra colonial”, “ocupación”, “mandato colonial”, no se trataba simplemente de utilizar buenas metáforas.

A medida que los medios de coerción se fueron diversificando, los Estados perdieron el monopolio de la violencia y los mecanismos de dominio se tornaron económicos, diplomáticos, sociales, culturales. Los efectos de la guerra entonces pueden ser provocados por una multiplicidad de dispositivos, entre los cuales la violencia financiera es el más eficaz, porque sus efectos desestabilizan a la sociedad en su conjunto al tiempo que la segmenta. “Evidentemente, la guerra trasciende el ámbito de las armas y de las cuestiones militares y se transforma en un asunto para los políticos, los científicos, e incluso los banqueros. Las guerras ya no son solo sangrientas y los medios para llevarlas a cabo no son únicamente militares. La economía y el sistema financiero, en particular, pueden reemplazar a los medios militares y dar lugar a una guerra no sangrienta”.

Nuestros dos oficiales chinos, cuando se interesan específicamente en el funcionamiento de la estrategia financiera, se ven obligados a construir un modelo de máquina de guerra del capital particularmente útil para captar la naturaleza del poder ejecutivo transnacional contemporáneo y la nueva realidad bélica. Ellos explican que el gobierno de la economía mundial se ha convertido en una “ingeniosa red sin la menor discontinuidad entre diferentes niveles y distintas instituciones. El modelo de gobierno conjuga Estado + [nivel] supranacional + multinacional + no estatal”.

El ejemplo de la crisis asiática de 1997, con sus ataques especulativos que buscaban introducir “reformas estructurales”, primero contra Tailandia y luego contra el conjunto de los países del sudeste asiático, permite desplegar la lista de actores: Estados Unidos, único estado nación que puede ser “representado” por su omnipresente institución financiera (la Reserva Federal); el FMI y el Banco Mundial (organismos internacionales); los fondos de inversión (multinacionales privadas); Standard & Poor’s y Moody’s (agencias de evaluación no estatales).

El poder ejecutivo real representa la identidad realizada entre economía, política y ámbito militar, una síntesis que está trasformando radicalmente “el aspecto bélico e incluso la naturaleza militar de la guerra, que no había cambiado desde la Antigüedad”, para dar paso al arma “hiperestratégica” de las finanzas. La máquina de guerra resultante no es una instancia de regulación, sino que detenta el poder de programar y ejecutar la nueva guerra civil que algunos militares (Sir Rupert Smith, por ejemplo) definen como una “guerra dentro de la población” [war amongst the people].

Este nuevo tipo de poder ejecutivo es el que hemos visto actuando, en su versión “no militar”, durante la crisis de la deuda griega. Los organismos multinacionales como el FMI o el Banco Central Europeo no deben responder ante los pueblos –ni siquiera ante los Estados– por la violencia y arbitrariedad de sus decisiones, sino ante las instituciones financieras transnacionales que son hoy el vector principal de multiplicación de las guerras civiles contra las poblaciones.

Siguiendo a Qiao Liang y Wang Xiangsui, el resultado de la globalización capitalista “es que mientras se reduce el campo de batalla en sentido estricto, el mundo entero [ha sido transformado] en un campo de batalla en sentido amplio [...]. Las armas son más modernas, los medios más sofisticados, solo hay un poco menos de sangre, pero es la misma brutalidad”. La extensión del dominio bélico que establece un continuum entre guerra, economía y política, acopla estrategias horizontales (se multiplican y difunden los centros de poder y decisión) y de verticalidad (subordinación de estos dispositivos de comando distribuidos a la lógica de la maximización del valor para los accionistas).

En consecuencia, los dos flujos a través de los cuales se verifica la fuerza de desterritorialización del capital desde la acumulación originaria, la moneda y la guerra, se superponen perfectamente en la mundialización capitalista contemporánea. Las finanzas se han convertido en un arma no militar, a través de la cual se llevan a cabo “guerras no sangrientas”, que producen efectos tan devastadores como el de las “guerras sangrientas”. Por su parte, la guerra ya no es la política continuada por medios sangrientos, sino que la política del capital es la guerra continuada por todos los medios puestos a disposición.

La “reina” de las “crisis”, la crisis financiera, a partir de la cual se desatan y encadenan dentro del ciclo económico clásico las crisis productivas y comerciales, realiza su identidad con la guerra. En el contexto marxiano, la contradicción entre la “producción para la producción” –que empuja al desarrollo absoluto de las fuerzas productivas– y la “producción para el capital” –que engorda la ganancia y la propiedad privada– provoca crisis violentas que pueden desembocar en guerras. En la situación presente la crisis no se distingue del desarrollo, y no se distingue de la guerra. En resumen: la crisis no se distingue del desarrollo de la guerra. Por eso, la fenomenología del concepto de guerra ya no remite a las conflagraciones interestatales, sino a una nueva forma de guerra transnacional que está unida al desarrollo del capital y ya no se diferencia de sus políticas económicas, humanitarias, ecológicas.

Esta definición de las finanzas como “guerra no sangrienta que emplea medios no militares” nos resulta, por lejos, más realista y políticamente más eficaz que la teoría heterodoxa según la cuál las finanzas son una nueva convención. La máquina de guerra contemporánea del capital financiero prosigue la colonización del Estado, que adapta a su funcionamiento dándole forma no solo a la empresa, sino también a la administración. Simultáneamente, los gobiernos nacionales se convierten rápidamente en verdaderos agentes de esta captura de la administración, en cuanto lugar de aplicación de una gran parte de las técnicas de “gubernamentalidad”.

El management de la administración contemporánea encuentra su modelo en la economía, pero a diferencia del periodo de entre-guerras ya no es la organización científica del trabajo del capitalismo industrial la que brinda su forma, sino las finanzas. La Ley Orgánica relativa a las Leyes Financieras (LOLF), poderosa palanca para la reforma del estado francés, puso en marcha un proceso de transformación radical de las reglas presupuestarias y contables en función de la financierización. De esta forma se termina de borrar todo rastro de democracia en las instituciones estatales.

Lo que hipócritamente se denomina la “crisis del modelo democrático representativo” responde a la misma genealogía y sigue el mismo itinerario que el proceso de concentración de los poderes ejecutivos que tiene su origen en la Primera Guerra Mundial. Porque son los imperativos de la guerra total los que progresivamente irán relegando a la soberanía popular y el debate entre los representantes del pueblo, hasta llegar a la puesta en escena televisiva que caracteriza a la actual época del poder ejecutivo financiero. En este punto, la generalización del sufragio universal coincide con su neutralización, en un proceso que tiende a reducir los parlamentos electos a simples foros de legitimación de un ejecutivo “motorizado”.

El resultado es que la “democracia ejecutiva” deja de ser la expresión de las políticas de modernización nacionales y se ve completamente sobrepasada por las nuevas instituciones bélicas de la mundialización, a las cuales se somete en cuerpo y alma.

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