jorge luz, como madre y argentina | Revista Crisis
crisis eran las de antes / septiembre de 1988 / mirar y mirar
jorge luz, como madre y argentina
Fue uno de los grandes cómicos argentinos y creador del popular personaje La Porota de los años ochenta. Durante su época de oro y a pura improvisación, logró así dar vida a una criatura construida sobre la base de prejuicios a desarmar. En la Crisis #64, Carlos María Dominguez charlaba con el actor y hablaban del humor, sus secretos y los destellos de la época que espeja.
07 de Diciembre de 2023

 

Disfrazado, con peluca o sin ella, empolvado como matrona de barrio, Jorge Luz es uno de los comediantes argentinos que más han puesto de manifiesto la riqueza de la gestualidad popular.

Integrante de Los Cinco Grandes del Buen Humor, su trayectoria abarca desde los orígenes de la radiofonía hasta las últimas producciones del cine, el teatro y la televisión. En esta entrevista, reconstruye el humor de los años '40 y describe a la mujer argentina con el desparpajo y la soltura con que muy pocos actores logran aventurarse en los pliegues de la sexualidad femenina.

Jorge Luz debutó en el teatro a los tres años de edad, en la sociedad de fomento "Progreso y Esperanza" de su pueblo natal, Alejandro Korn. Su padre era tesorero de la institución e insistió para que, junto a la familia, Jorge también tuviera un papel en la obra. Privilegiado por su estatura hizo de enano, pero tan quieto debía quedarse en escena que se durmió en medio de la función y sólo despertó con el sobresalto de los aplausos.

Hasta poco antes de integrarse a La Cruzada del Buen Humor -programa emitido por Radio Belgrano en 1941, donde conoció a Guillermo Rico, Zelmar Gueñol, Juan Carlos Cambón y Rafael Carret, con quienes formaría Los Cinco Grandes del Buen Humor- fue mandadero en la imprenta La Vanguardia, ubicada junto al Teatro del Pueblo. Tenía entonces 14 años y había llegado a Buenos Aires acompañando a su hermana Aída Luz, que en aquel tiempo iniciaba su trayectoria en la radio.

 

presentación
 

- Un día fui al radioteatro donde trabajaba mi hermana Aída. El productor estaba desesperado porque se le había enfermado un actor y no encontraba quién lo reemplazara. Aída dijo que yo podría imitar su voz. El tipo me miró con desconfianza y como no tenía otra alternativa decidió probar. El programa salió muy bien y desde entonces empecé a hacer imitaciones y algunos sketchs de humor. En aquella época la imitación era un género muy de moda. Poco después me integré a La Cruzada... pero hubo problemas con la producción y Gueñol me invitó a separarnos para hacer un nuevo conjunto. Sin contrato ni nada, formamos Los Cinco Grandes del Buen Humor y debutamos en el teatro Casín. Trabajamos en una temporada de verano y no vino nadie. Después, poco a poco se empezó a llenar y a llenar. A raíz de ese éxito nos contrató Casa Muñoz como artistas exclusivos para Radio Splendid.
 

¿Cómo era el humor en esos años?
 

- "Qué barbaridad lo que me ha pasado... ¡la gorda que se me cayó encima en el colectivo!" decía Felipe, el personaje de Luis Sandrini, y todo el mundo se moría de risa. Eso lo dice uno ahora y no se ríe nadie. El humor cambió. No es que ahora sea más chancho o más subido de tono. Ahora es más inteligente, con doble sentido hasta en la política.
Entonces la gente tenía más pudor, gozaba con cosas muy ingenuas. La primera palabra fuerte que se dijo en el teatro fue en Quién le teme a Virginia Woolf. Ella entra en escena, tropieza y dice: "Carajo, servime un whisky hijo de puta". Todo el mundo se quedó pasmado. "Uy... lo que dijo". Finalmente la obra tuvo un éxito increíble y la gente comenzó a reconocer que usaba ese lenguaje en la vida cotidiana.
 

El teatro era otra cosa.
 

- Se pueden decir malas palabras en el teatro serio, todas las que quiera, y la gente dice: "Sí, pero la obra tiene tesis". Si usted las dice en el teatro cómico la gente comenta: "Qué grosero, mirá si hay necesidad de decir puteadas en un escenario...". Entonces, cuando yo hacía La dama de las camelias siempre decía: ojo, eh, que esta es una obra muy seria. Acá puedo putear todo lo que quiera. Miren qué seria será que me muero tuberculosa.
 

Los Cinco Grandes del Buen Humor trabajaron juntos hasta 1964, ¿siempre con libretos de Máximo Aguirre?
 

- Sí, y había que respetarlos. Aguirre nos escribía los papeles de acuerdo con las posibilidades de cada uno. No hacíamos tantos chistes, era más bien un humor de situaciones. En las 13 películas que hicimos Los Cinco Grandes había muchos gags. Nos metían como jugadores de fútbol, o de básquet, y entonces hacíamos la parodia de los Globe Trotters. En otra película éramos corredores de automovilismo o aparecíamos en un caserón fantasmal. También hacíamos La Patrulla Chiflada y nos íbamos al desierto como los americanos, que tiraban tiros y tiros y tiros y nunca se les descargaba la pistola. Eramos un poco los hermanos Marx del subdesarrollo.
 

¿Era más libre el trabajo humorístico en esos años?
 

- No, había mucha censura. Durante los gobiernos militares y no militares. En la radio había que presentar los libretos como con tres semanas de anticipación, y el pobre Aguirre que escribía sobre lo que pasaba en la semana siempre pedía que le aprobaran el último libreto que acababa de entregar. El burócrata decía: "No, primero el primero". Siempre hubo censura y además nosotros mismos nos autocensurábamos, que es lo peor.
 

Alguna vez Los Cinco Grandes tuvieron problemas con la censura política.
 

- Nosotros teníamos que debutar en Radio Splendid y todo Buenos Aires estaba empapelado con propaganda, porque la Casa Muñoz era un avisador fabuloso y a ellos les gustaba mucho nuestro número. "Aquí está la Caravana, no sé qué, ta ta tá...". En los tranvías, en los ómnibus, en los carteles de la municipalidad, en todos lados estábamos anunciados. Y vamos a la radio y no podemos debutar. "Y por qué no podemos debutar? Ah... orden de arriba". Siempre hay un cretino que larga veneno y no da la cara. Entonces nos decían: "Orden de arriba, orden de arriba, orden de arriba", y siempre hay uno más arriba. Entonces uno dice: no hay que ir a los de abajo, hay que ir a ver al de arriba de todo. Y ese dice: "No, aquí no hay nada". Nos habían echado porque decían que éramos comunistas, y no era cierto. Había sólo un integrante del grupo que era socialista definido, Zelmar Gueñol, pero los demás no teníamos idea política de ninguna clase. Acaso a mí me gustaba que el obrero ganara bien, pero por eso no iba a salir con una bandera a decir abajo el patrón. Y averiguábamos y averiguábamos y no pasaba nada, hasta que un día el Pato Carret se encuentra por la calle con Pierina Dealessi. "¿Qué te pasa que andás con esa cara?" dice ella. Y el Pato le cuenta. "¿Cómo que no van a trabajar? Vos no te preocupés". Habló con Evita y ella averiguó si había algo en contra nuestro, y no había nada. Sólo un tipo que había dicho que a lo mejor nosotros éramos comunistas. Así que por las dudas...
 

Esto fue durante el primer gobierno peronista.
 

Sí, finalmente pudimos debutar a los tres meses. A raíz de que no salimos al aire en el espacio debutó Pinocho. Después, Dios es justo, volvimos nosotros con mucho éxito.
 

Ustedes hacían también humor político.
 

- No, nada. Lo que pasa es que en esa época había una película que estaba muy de moda que se llamaba Las zapatillas rojas, una película de ballet. Entonces yo hacía el personaje de una bailarina que decía: "Ay, me estoy volviendo loca. Veo todo rojo. Las zapatillas rojas, las piernas rojas, las manos rojas...". Al decir que veía todo rojo, el cagón se había creído que éramos comunistas. Siempre hubo y habrá en todos los lugares, en radio, en televisión, un imbécil que dice: "Yo, por las dudas esto no lo dejo pasar". Siempre hay un cagón que por cuidar su puesto puede arruinarle la vida a una persona. El timorato, el miedoso, el mediocre. Siempre hay un mediocre metido. Y todavía sigue el miedo. Hace poco yo tenía que hacer el personaje de una bruja inglesa llamada Margaret y me vinieron a decir: "No, mejor no, porque no estamos en buenas relaciones con Inglaterra". Y yo me quise morir. "No... por las dudas no lo digas". Entonces llega un momento en que uno dice: basta, terminenlá, qué por las dudas.
 

¿Cómo surge su identificación con los papeles femeninos?
 

- Cuando fui a hacer La Cruzada del Buen Humor nunca había interpretado papeles femeninos. Y un día había que hacer la imitación de Margarita Xirgu. Yo había trabajado con ella, claro que no quería meterme en camisa de once varas y me callaba la boca. Pero algunos me habían visto haciendo imitaciones y pavadas por los pasillos de Radio Belgrano y dijeron que lo hiciera yo. Gustó, y ahí encontré un filón.
Es raro que una mujer imite a un hombre. Porque yo siempre digo: en aquel tiempo para imitar a una mujer el tipo hacía como que se rascaba las patas y eso ya causaba gracia. Pero una mujer no puede rascarse los quinotos arriba de un escenario, como hace un hombre, porque queda ordinaria. El piropo de un hombre a una mujer puede ser galante, pero una mujer en este país no puede decirle un piropo a un hombre porque parece una loca. Bueno, acá el piropo es muy guarango, no es como en otros países. El tipo pasa y le dice: "Mamita, qué pavito para comer...". Y mirá si ella le contesta, a lo Tita Merello: "Vení, comémelo, hacéte el piola...". Seguro que sale rajando.
 

¿Cómo nacieron los personajes de Las vecinas, Tota y Porota?
 

- En los pasillos de Canal 11. Hacíamos un programa que se llamaba Domingo de mi Ciudad. Y entonces, mientras estábamos con Porcel haciendo tiempo en los pasillos, para grabar una cosa o la otra, venía por ejemplo, Portales, y nos decía: "¿Cómo les va, señoras?". Y yo le respondía: "Aquí estamos con mi amiga, venimo al canal a ver los artistas de cerca. Pero son distintos, porque claro, con toda esa pintura que se encajan encima, cuando se sacan toda esa mundicia de la cara cambean." Ella no dice: inmundicia; dice "mundicia", ", que viene a ser lo contrario. Para la Porota todo lo feo y lo sucio es "mundicia". Entonces Porcel decía: "Ay... a mí me gustaría conocer a fulanito de tal", ya hacía como la gorda. Y entonces un productor de televisión que se llama Jurado, nos dijo un día que sería lindo que hiciéramos esos dos personajes. "Yo, por mí lo hago -dije- pero que no nos escriban letra. Yo no estoy contra los autores pero esto lo tenemos que decir nosotros. Las mismas porquerías que decimos acá las suavizamos frente a las cámaras". Entonces la gorda era la que se enamoraba, la calentona, y la Porota la que rechaza. Para ella la cama es para tener hijos y nada más. Desde entonces trabajamos sin libro.
 

¿Y el verdadero libro dónde está?
 

- Yo soy muy observador. Si voy en el colectivo, en un tren, escucho lo que habla la gente, qué dice, cómo lo dice, qué piensan. Escucho a las mujeres, que son muy sabias.
 

¿Y qué averigua?
 

- Que la mujer argentina es muy pudorosa. Rechaza al hombre, lo coquetea. Es muy limpia, muy arregladita. Siempre tiene que tener todo muy limpio, hasta la ropa interior, por si le ocurre un accidente. "Te agarra una descompostura en la calle, te llevan a la asistencia pública y te encuentran con la bombacha sucia... ¡no, qué horror! Cruzás la calle, te mata un auto y tenés el corpiño manchado... ¡qué vergüenza! ¿Tenés pañuelo nena? ¿Llevás pañuelo?"
 

No.

- Llevá pañuelo. Hacéme caso, nunca te vas a arrepentir.

 

couplet
 

¿Hace mucho que vive en la Boca?
 

- Bueno, nací en la Boca. Porque yo le digo, mire, habrá otros lugares en el mundo, en el extranjero, no sé. Dicen que Chascomús es hermoso, pero a mí me sacan de la Boca y me muero. Porque yo acá enterré a toda mi familia. Y mire, con la inundación... ahí se ve la gente cómo es, en la inundación. Porque a los ricos no sé si se les inunda la casa, si se ayudan, pero nosotros, los pobres, mire... Ahí está la boticaria, que es medio repugnantona y todo, pero el día de la inundación nos subió a la azotea de ella y nos dio la pieza de arriba, y eso nunca me lo voy a olvidar.
 

¿Sus padres eran de acá, Porota?
 

- No, mis padres eran italianos. Bah, descendientes de italianos, pero en la Boca, acá... ahora vino mucho paraguayo, mucho correntino, de otros países. Pero acá, antes de todo, el que no era genovés era hijo de genovés. Por eso, venga un domingo a comer los fideos, va a ver lo que es acá.
 

¿Su marido de qué trabaja?
 

- En un taller mecánico, acá a la vuelta. ¿Vio? Pasando el puente, que hay como un cartel... ahí es. El cartel está medio borrado, pero ya lo conocen. Se llama Roque. Después tengo mi hijo el Cholo, que es el mayor. Después tengo a la Gladys, mi hija. Esa debería haber sido artista. Después está la Amandita Shirley. Yo le puse. Amandita Shirley por Amanda Ledesma y por Shirley Temple, en honor a ellas. Y después viene el Eduardito Atilio, el más chico. Le puse Eduardito por Eduardo Rudy y Atilio por Atilio Marinelli, que Dios lo tenga en el cielo.
 

Una familia numerosa.
 

- Y, sí... salíamos poco antes.
 

El mayor le salió rockero.
 

- No, ese es el más chico. Y... yo tengo mis años ya. No le cebé mate a Colón, pero mis años los tengo.
 

¿Usted lo alienta en su vocación por la música?
 

- Mire, si es su vocación que haga lo que sea, porque yo quería ser bandoneonista y no me dejaron en mi casa. Una vez quise aprender el bando- león y me agarró un catarro de matriz terrible, porque al abrir las piernas, entra aire. Me afecta mucho a las partes bajas de la mujer, el bandoleón. No queda lindo. Pero yo era la Paquita.
 

La Paquita Bernardo.
 

- Oh... yo tocaba el vals "Desde el Alma" con una emoción que parecía un órgano. Yo quería ser la segunda Paquita. Después también me gustó mucho el zapateo español, pero tampoco me dejaron porque decían que había mucha puta, mucha puta en el ambiente artístico. Y... esas cosas que tenían los de antes. Y puta hay en cualquier parte porque yo trabajé en la fábrica de Alpargatas y había cada atorranta que por conseguir cualquier cosa se acostaban con el jefe. Yo, por eso, siempre en el último puesto, porque a mí un día el jefe me quiso tocar la mano...
 

¿Y qué hizo?
 

- Lo tiré a una máquina. Lo lloraron toda la vida.
 

¿Qué hacía en la fábrica de Alpargatas?
 

- Yo estaba en el esparto. Esparto es lo que va pa'bajo, pa'la suela. Ahora ya no, ya no trabajo más desde que me casé. Pero ahí trabajé mucho yo. Había que llevar la guita para la casa, éramos muchos. Vivíamos todos en una pieza en la calle Garibaldi.
 

¿Eran épocas más difíciles que éstas?
 

- Más difíciles. Usted imagínese, por lo menos ahora yo tengo el baño. Antes teníamos que ir todos a la misma letrina. Teníamos que llevar la escupidera Usted sabe..., a la mañana temprano, corriendo con la escupidera para que no nos vieran. De noche..., tropezando con las escupideras por el patio.
 

Pero éstas son épocas difíciles también.
 

- Y sí, pero nosotros los argentinos salimos adelante, porque este país es lo más lindo del mundo.
 

¿Y va a la cancha, Porota?
 

- Sí, de Boca, fanática, loca. Me gusta mucho el fútbol. Acá hay muchos de Ríver también en la Boca. Sí, pero esos son los revirados, pillados, los de nariz pa'arriba. Yo, bien humilde, y argentina.
 

¿Es humilde la mujer argentina?
 

- Es lo mejor que hay en el mundo. Porque son madres, y esclavas. Porque la mujer argentina no es vaga. Hay alguna en el barrio que es vaga, que tiene las uñas largas. No sé cómo pueden tener las uñas tan largas. A mí, yo, con lo que yo lavo, con la soda cáustica que tiene el jabón... se me estropean todas las manos. Porque yo, la lavarropa... no. Una vez me quiso regalar una el Cholo, y yo agarré y la doné. La doné para el Ejército de Salvación. Porque me parece de vaga la lavarropa.
Además, rompe los botones la máquina de lavar la ropa. Yo a mano, todo a mano, los fideos a mano, ¿no ve los músculos que tengo?
 

La gente le tiene cariño.
 

- Sí, yo también. Yo no me burlo de ella. Le tengo una gran ternura.

 

retirada
 

Un día, yo hacía este personaje en Canal 11, voy caminando por la calle Pavón, hacia Entre Ríos, y sale una mujer a la vereda, con zoquetes de hombre, con ruleros, un batón, una escoba. Pega un grito y dice: "¡Nene...! vení para acá. Te voy a reventar, porquería... ¡Oh... quién está acá...! mire que me hace reír ¿de dónde saca esas cosas?" me dice. Tenía puestas las medias del marido, porque era invierno. Dice: "oh, pero quién está acá... -y se pone la mano así, sosteniéndose la cara-. Mire, perdone que lo salude... ¡Vení viejo, vení, vas a ver quién está...! ¿De dónde saca esas cosas?" me pregunta. Y... mirando, señora, le digo. Yo no hago más que mirar.

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