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el tsunami mental
Sobrepasados los cien días de cuarentena, el paisaje psíquico comenzó a llenarse de palabras como “angustia”, “miedo” e “incertidumbre”. Esta es la trinchera desde la que los profesionales de la salud mental enfrentan los cambios en el consumo de alcohol y otras sustancias, que crece a la misma velocidad que se reconfiguran las relaciones con el trabajo, con los demás y con nosotros mismos. ¿Cómo saldrá de la pandemia nuestro inconsciente colectivo?
Ilustraciones: Ezequiel García
03 de Julio de 2020

 

La incertidumbre es la única constante desde la irrupción del COVID-19 en la vida cotidiana. Y el modo en que transitamos este escenario está provocando el incremento del consumo de sustancias psicoactivas y el aumento en la demanda de los tratamientos por salud mental. Hasta el momento contamos con los datos aportados por algunas encuestas que, si bien metodológicamente son limitadas, contribuyen a delinear una radiografía del asunto y suministran una base para elaborar algunas conjeturas sobre el alterado paisaje mental de la época.

A nivel internacional hay un informe reproducido por The Guardian que muestra cómo el patrón de consumo de alcohol en Inglaterra se transformó desde el inicio mismo de la pandemia. El 21% de los consumidores respondió que en estos últimos meses aumentó su ingesta, mientras que un 30% refirió haberla disminuido o incluso interrumpido. En Argentina, una encuesta de la Universidad Nacional de Córdoba hecha entre 1007 adultos expuso que el 41% aumentó la frecuencia con la que consume sustancias psicoactivas (esto es, drogas capaces de producir alteraciones en nuestras funciones mentales y cambios en el modo en el que nos percibimos a nosotros mismos, a nuestros semejantes y al entorno) y que 1 de cada 3 incrementó también la cantidad. Las sustancias más utilizadas son el alcohol, seguido por la nicotina, el cannabis y los psicofármacos (con o sin prescripción médica).

Otra encuesta del Instituto de Investigaciones Gino Germani reveló que en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) hubo también un aumento en el volumen de alcohol consumido, pero con una distribución similar a la inglesa. En el caso argentino, las personas más jóvenes (de 18 a 24 años) redujeron su consumo (38.12% declaró haber tomado menos), mientras que el 55% de las personas entre los 35 y los 44 años lo incrementó.

En mayo, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) presentó parte de su informe anual sobre drogas. En base a los reportes de 35 países, este documento concluye que durante los próximos meses sería esperable un incremento en el consumo de sustancias psicoactivas, con algunas modificaciones predecibles en los patrones de uso relacionadas con la coyuntura económica y la escasez en el suministro de algunas sustancias, como consecuencia del cierre de fronteras.

En cualquier caso, para esbozar un análisis de estos procesos, además de los números conviene considerar los diferentes planos sobre los cuales impacta el escenario de la pandemia. En primer lugar, el nivel material y el modo en que nuestra cotidianeidad se vio transformada. Los efectos del desempleo ya eran parte de la subjetividad de la época, pero quienes trabajan están experimentando las transformaciones producidas como resultado de la implementación masiva del teletrabajo y el home office. La invasión progresiva del trabajo virtual en la vida privada, familiar y doméstica se aceleró y estas nuevas prácticas laborales se hipernormalizaron. En consecuencia, los hogares pasaron a funcionar, también, como consultorios, oficinas y call centers.

una encuesta de la Universidad Nacional de Córdoba hecha entre 1007 adultos expuso que el 41% aumentó la frecuencia con la que consume sustancias psicoactivas desde que se inició la cuarentena

 

el factor angustia

Al no haber una delimitación física de nuestros espacios, los horarios y los días laborales se vuelven menos estrictos. Resulta difícil argumentar que ya no estamos en horario de trabajo si nuestro living es, a la vez, nuestra oficina. Pero este borroneo de los límites no es puramente espacial o, mejor dicho, su topografía no puede pensarse únicamente en términos arquitectónicos. Y es que el vínculo incestuoso entre los espacios del ocio y del trabajo se extiende, también, a los dispositivos tecnológicos. En consecuencia, nuestros smartphones reciben notificaciones a través de las mismas aplicaciones que usamos para hablar con nuestros amigos o familiares, y ahora con nuestros jefes.

El otro nivel en el que operan la ansiedad y la angustia se desprende del clima de catástrofe e inminencia que impregna nuestros días desde los primeros momentos de la pandemia, un clima alimentado a base de fake news, el aumento sostenido del número de infectados y los miedos consecuentes relacionados con el contagio, la enfermedad y la muerte. Que este clima social impacte sobre la salud mental de la población de ningún modo quiere decir que estemos ante una enfermedad psíquica generalizada. De hecho, los trabajos de investigación realizados sobre la salud mental en los contextos de catástrofes muestran que una vez transcurrido el evento disruptivo (guerras, terremotos, u otros), la gran mayoría de las personas vuelve a su “normalidad” previa. Dicho en otros términos, para la mayor parte de la población las secuelas psíquicas del episodio no se inscribirán dentro de lo que, desde la psiquiatría, se consideran “trastornos” o “enfermedades”. Pero más allá de las secuelas, la cuestión es de qué manera los terapeutas son capaces de acompañar a las personas que consultan durante estos meses.

Alejandro Brain es médico psiquiatra. Desde hace más de veinte años trabaja en el ámbito de la salud pública y en un consultorio particular, donde ejerce como terapeuta de grupo. “No hay una gran verdad unívoca sobre lo que nos pasa subjetivamente en esta pandemia”, explica Alejandro, para quien es importante distinguir entre los diferentes ámbitos y los dispositivos de atención. Durante las primeras semanas de la cuarentena, según Brain, hubo una suerte de alivio en muchas personas, como si se tratara de una especie de paréntesis o de vacaciones. Al mismo tiempo los pacientes sufren el impacto de la pandemia en relación a una mayor restricción en sus libertades, desde que los permisos de salida, las visitas a familiares y las actividades terapéuticas en la comunidad se vieron restringidas.

“De todas maneras, los más afectados en todo sentido son las personas que entran en la categoría de caso sospechoso y de caso positivo para COVID. A esos pacientes se los aísla por el abordaje que requiere la infección y acá se pone en marcha algo que podríamos señalar como un proceso de desubjetivación”, explica Alejandro en relación al impacto psíquico que tienen ciertas medidas médicas como el aislamiento de contactos, las internaciones prolongadas, la batería continua de tests clínicos y la incertidumbre que supone la ausencia, hasta el momento, de un tratamiento efectivo.

los trabajos de investigación realizados sobre la salud mental en los contextos de catástrofes muestran que una vez transcurrido el evento disruptivo (guerras, terremotos u otros), la gran mayoría de las personas vuelve a su “normalidad” previa

 

el trabajo y los días

Una de las paradojas psíquicas de la cuarentena es que para algunas personas, en cambio, este escenario produce cierto alivio. La cuarentena y el encierro pueden provocar que ciertas exigencias de productividad –ya sea en términos laborales, sociales o de “éxito personal”– se “relajen”, y esto para aquellos que tienen satisfechas sus necesidades materiales puede traducirse en una disminución real del sufrimiento psíquico. Brain explica que “ya no atendemos en nuestros consultorios sino por teléfono, y esto lleva a que el encuadre terapeútico se modifique y a que, en algunos casos, la única manera de sostener los espacios de atención sea mediante una flexibilización en el tratamiento”.

En ese mismo sentido, a pocos días del inicio de la cuarentena se implementó el sistema de recetas digitales que habilitó la prescripción de medicamentos de manera remota. Si bien aún no hay datos oficiales que confirmen si hubo un incremento o no en la prescripción de drogas psiquiátricas durante la pandemia, vale la pena recordar la encuesta realizada por el Observatorio Argentino de Drogas en 2017, donde se relevó que el 15% de las personas de entre 12 y 65 años ha usado medicación ansiolítica, con o sin prescripción médica, alguna vez en su vida. A su vez, según una encuesta del Observatorio de Psicología Social Aplicada de la UBA, el 80% de las personas sufrió un empeoramiento en su estado de ánimo desde el inicio de la pandemia y el 75% presentó un incremento en su ansiedad.

Pero lo cierto es que hacer afirmaciones categóricas respecto a la ansiedad, el padecimiento psíquico o el consumo de sustancias psicoactivas sería apresurado. Más allá de los datos, las conjeturas y la prolífica producción de artículos “psi” –sobre todo en Argentina, el país que más psicólogos tiene por habitante del mundo–, queda claro que el régimen de “aislamiento social preventivo y obligatorio” y el clima social propiciado por el COVID-19 tienen un impacto psíquico innegable. Dependemos de estrategias colectivas y de nuevas respuestas comunitarias para que el aislamiento físico no devenga en una masiva alienación psíquica.

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