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el horroroso bisnieto de Shakespeare
En la extensa obra de Stephen King pueden leerse las ambiciones y las miserias de la clase media norteamericana que se hizo adulta tras los desencantos del hippismo, Watergate y Vietnam. Luego, a través del cine, configuró los miedos y las fantasías de la generación posterior, que creció al calor de sus ficciones en los ahora endiosados años ochenta. De escritor de best-sellers a ícono mainstream, de vivir recluido a tuitear contra Trump, King parece haber vislumbrado mejor que nadie el lado oscuro del siglo XX y su rebote en el siglo XXI.
Ilustraciones: Brenda Greco
26 de Marzo de 2020
crisis #41

 

E nlos últimos meses se estrenaron, con diversa suerte, la segunda parte de It, Doctor Sleep y la serie The Outsider, adaptaciones de novelas de Stephen King. Además, Netflix incorporó a su plataforma In Tall Grass, película de terror basada en una historia original de King y Joe Hill, uno de sus hijos. A esto se suma que el canal de streaming CBS All Access anunció el lanzamiento, en 2020, de la serie The Stand, segunda adaptación de la meganovela que King publicó por primera vez (en una versión abreviada, debido a su extensión desmesurada) en 1978, donde se narra una epidemia de gripe de efectos devastadores, que conduce al fin de la humanidad. Hace unos meses salieron en castellano El Instituto, su última novela, y Elevación, otra novela breve publicada en inglés en 2018.

King ya es un fenómeno de masas que excede a la literatura y al cine, como él mismo no se cansa de repetir con cierta perplejidad desde el meteórico ascenso de Donald Trump a la Casa Blanca. “Da más miedo que cualquiera de mis libros”, declaró el año pasado en una entrevista. La referencia no se limita a la sensación que puede provocar en el votante demócrata el actual presidente norteamericano, sino que va mucho más allá. No son pocos los personajes y tramas de King que parecen haber anticipado algunas características de la singular personalidad de Trump y su modo de ejercer la presidencia. En particular, la novela La zona muerta, publicada en 1979, cuya versión cinematográfica fue dirigida en 1983 por David Cronenberg. Libro y película narran, entre otras cosas, el ascenso al poder de Greg Stillson (encarnado en el cine por Martin Sheen), un exempresario devenido en político, un outsider del sistema de partidos, que carece de escrúpulos y desata una Tercera Guerra Mundial. “Estaba convencido de que era posible que surgiera un político fuera de la corriente principal, que estuviera dispuesto a decir cualquier cosa para captar la atención del pueblo estadounidense”, sostuvo King en la misma entrevista.

Pero más allá de Trump, King parece haber contribuido a darle entidad en su obra a uno de los demonios que anidaban en la sociedad globalizada desde, por lo menos, los tempranos años setenta. ¿Lo convierte eso en un clásico? En una ocasión el propio King se comparó a sí mismo con Somerset Maugham, un escritor muy popular en su época que cayó en el olvido después de su muerte. A esta altura, la comparación parece un exceso de modestia. A veces parecería que la imaginación de este modesto escritor de Maine configuró gran parte de los horrores contemporáneos.

 

surrealismo sucio

Tanto en los prólogos y epílogos de sus libros, como en la autobiografía Mientras escribo, King siempre se mostró propenso a narrarse como un héroe de la clase obrera estadounidense. Hijo menor de una madre soltera, de clase media baja, sus inicios en la escritura tuvieron lugar en las páginas de revistas como Harper´s, Cavalier y Playboy, a las que vendía cuentos de terror con una fuerte impronta del cine clase B de los años cincuenta y sesenta, muchos de los cuales fueron llevados al cine décadas más tarde. Son relatos con una clara influencia lovecraftiana, así como también de Ray Bradbury, Richard Matheson y la serie de televisión The Twilight Zone. Están escritos sin muchos rodeos, con una prosa que no teme a la cursilería ni al ridículo: máquinas de lavadero poseídas por el demonio, exastronautas que vuelven a la Tierra y se transforman en portales a otras dimensiones, una rebelión de camiones que adquieren conciencia propia, una oscura historia de pareja que termina en un pueblo abandonado, en medio de un campo de maíz, habitado por unos chicos que practican sangrientos cultos satánicos.

Los relatos están protagonizados por hombres y mujeres trabajadoras, estudiantes, madres solteras, parejas al borde de la separación, empleados bancarios con problemas de alcoholismo, chicos en edad escolar, hijos de familias disfuncionales, en síntesis: la clase obrera norteamericana. El autor elude el moralismo propio del género de terror. Las parejas que tienen relaciones sexuales no siempre son asesinadas, los personajes femeninos no son débiles, la muerte violenta no es el castigo por un pecado cometido por alguno de los personajes. Interesante, pero todavía no lo suficiente como para dar inicio a una carrera literaria sólida. La escritura era un pasatiempo que a veces le ayudaba a ganar algunos dólares, igual que a otros miles de aficionados en Estados Unidos, y nada parecía anticipar lo que vendría después.

En los primeros años de la década de 1970 Estados Unidos estaba hundido en la guerra fría y la política todavía acusaba recibo del escándalo de Watergate. La utopía del hippismo se desangraba en un largo proceso judicial, al cabo del cual el clan Manson era condenado por el asesinato de Sharon Tate. Stephen King era un joven empleado nocturno de lavandería, que durante el día daba clases de inglés en Hampden, un pequeño pueblo de Maine. Vivía en un remolque con su hija recién nacida y con su esposa, Tabitha Spruce. Una noche escribió algunas páginas con una escena que se le había cruzado casi por casualidad. Transcurría en el vestuario de mujeres de una escuela secundaria.

Una adolescente fóbica y antisocial, criada por una madre sobreprotectora y demente, recibía su primera menstruación en una de las duchas, en frente de sus sádicas compañeras de curso, que le tiraban tampones con desprecio. La chica, cuyo nombre era Carrie, tenía poderes telequinéticos. King comprendió rápido que el desarrollo de la historia —que era el relato de la venganza de su protagonista— le llevaría por lo menos un centenar de páginas, y la abandonó después de aquel primer rapto febril de escritura, ganado por la falta de confianza en su propia prosa y en su capacidad para retratar el mundo femenino en la adolescencia.

Si la anécdota terminara ahí, es posible que el nombre de King nunca hubiera llegado a nuestros oídos. En este punto interviene su esposa Tabitha, personaje clave en la biografía del escritor, que rescató el manuscrito del cesto de la basura, lo leyó y se limitó a comentar:

—Deberías seguir. Tiene posibilidades. Carrie resultó su primera novela publicada, un suceso editorial millonario y, pocos años más tarde, también un éxito cinematográfico gracias a la adaptación dirigida por Brian De Palma.

“Los monstruos de mi ficción son los monstruos de la realidad”, parece decirnos el autor que alguna vez fue promocionado como heredero de Lovecraft y Poe, en un giro inesperadamente digno de Balzac. ¿Podemos ver el próximo umbral del terror o lo tenemos tan cerca que se nos hace invisible?

 

un oscuro cuento de hadas

Si Carrie marcó el inicio de la carrera profesional de King, lo que siguió fue una serie de novelas que renovaron de manera bastante consciente los tópicos del género de terror: los vampiros en Salem´s Lot, la casa embrujada en El resplandor, el fin del mundo en Apocalipsis, la videncia en La zona muerta, otra vez la telequinesis en Ojos de fuego, entre otras.

No son pocos los relatos que King situados en los años cincuenta, la década del sueño americano, que fue también la de su infancia. El más importante es la novela It, publicada en 1985, en la que se encuentran representadas más o menos todas las facetas de su obra. La historia transcurre en paralelo en los años cincuenta y los ochenta, dos épocas en la vida de los personajes: la primera adolescencia y la adultez, en la que deben enfrentar por última vez los terrores que los hicieron crecer. Los siete protagonistas son casos de ascenso social exitoso. Bajo la apariencia de un pueblo pacífico, en las catacumbas de Derry existe un terror que aflora cada veintisiete años y toma la forma de los miedos más profundos de la infancia. Toda la maldad del pueblo se explica, de alguna manera, por la presencia de esta entidad fantasmal.

It es un oscuro cuento de hadas, una tradición que a King le resulta familiar, pero también un Bildungsroman de adolescentes, uno de los subgéneros más frecuentados por el escritor norteamericano. Basta recordar El cuerpo, la nouvelle que sirvió de base a la película Cuenta conmigo, pero también Ojos de fuego, la reciente El instituto y su premiado cuento “El hombre del traje negro”. El terror en la infancia y en la adolescencia está atravesado por el despertar del deseo y la sexualidad. El salto de la madurez se produce, en los personajes de King, a raíz del encuentro con lo siniestro. Este crecimiento espiritual es la condición de posibilidad del enriquecimiento material.

A pesar de que King se haya declarado más de una vez como agnóstico, su madre era una ferviente asistente a la iglesia metodista, que educó a su hijo en valores protestantes. En sus novelas de los años 70 y 80, tanto en las de terror como en su incursión en el género fantasy a través de la saga La torre oscura, el mal adquiere una encarnación explícita en un personaje que desaparece y reaparece bajo diferentes formas, llamado Randall Flagg. A la manera del payaso Pennywise, Flagg representa valores que aparecen como disolventes: la crueldad, el egoísmo, el afán ilimitado de lucro. Flagg es, por supuesto, republicano, esa corriente oscura que actúa en los subsuelos de la sociedad norteamericana y que de vez en cuando sale a la superficie. El bien, por su parte, adquiere formas más circunstanciales y anodinas, pero a veces igual triunfa.

En King sobresale, además, la fortaleza de los personajes femeninos, así como también un (auto)examen minucioso de la violencia como factor propio de la masculinidad, uno de los temas principales de El resplandor. A esta presencia benévola de lo femenino se le suma la reflexión sobre el oficio de la escritura y las fuentes de la creatividad, que es el tema de Misery y también de novelas más recientes, como Duma Key o La historia de Lisey.

 

después de trump y las pandemias

En los últimos veinte años, luego del accidente que casi le causa la muerte —fue atropellado por un conductor ebrio en medio de la montaña mientras caminaba a un lado de la ruta; se salvó de milagro— y después de la consagración literaria que supuso el National Book Award que recibió en 2003, así como también la extensa entrevista que le realizó la mítica revista Paris Review, la escritura de Stephen King cambió. Su vejez literaria es reflexiva, respetable. Las novelas se publican a un ritmo anual. Nunca bajan de las seiscientas páginas, a menos que se trate de la segunda novela publicada en el mismo año. Los derechos para las adaptaciones cinematográficas o televisivas ya están vendidos desde antes de los ejemplares salgan de imprenta.

La prosa de King se volvió más barroca, la ansiedad de la juventud quedó atrás. El escritor que antes no dudaba en describir cadáveres descompuestos y escenas de mal gusto, ahora opta por elipsis piadosas y narrativamente más eficaces, pero menos viscerales. Quien escribe es un narrador con plena conciencia de su oficio, al que algunos candidatean para el premio Nobel de Literatura. Después de Bob Dylan, la posibilidad suena razonable.

Su carrera ya fue lo suficientemente larga como para permitirle dialogar con sus propios hijos cinematográficos y literarios. Suele señalarse a Ojos de fuego, It y El cuerpo como antecedentes de la exitosa Stranger Things. La última novela publicada de King, El instituto, es un ajuste de cuentas con aquella serie ambientada en los años ochenta, cuando Ronald Reagan y la cortina de hierro parecían eternos. Más allá de la nostalgia que embellece el pasado, el Estado puede ser cruel, antes y ahora. El mal, a veces, gana, pero siempre hay esperanzas.

Pasaron veinte años desde que King se autodefiniera como el equivalente literario al Big Mac. El reconocimiento del establishment literario norteamericano —saturado de escritores circunspectos, realistas, cuyo interés por la literatura popular suele estar mediado por la academia— parece haberle dado una nueva conciencia de los alcances de su propia obra y su relación con los lectores. Su biografía es, después de todo, una historia de autosuperación personal, el triunfo del mainstream.

Lejos de las vanguardias, King siempre aspiró a cierto clasicismo. Si su búsqueda original era la de una forma nueva para expresar lo siniestro, en la actualidad parece más interesado en detectar en el presente los terrores de su imaginación. En 22/11/63, publicada en 2011 (el título alude a la fecha en que fue asesinado Kennedy), ensaya una lectura sobre su propia obra. El protagonista encuentra la manera de viajar al año 1958 y elige permanecer en el pasado hasta 1963, con el propósito de evitar el asesinato del presidente Kennedy, porque considera que a partir de ese hecho histórico la política norteamericana se transformó en una conspiración. En un momento de su trayecto visita Derry, el pueblo donde transcurre It, y se encuentra con algunos de sus protagonistas, todavía adolescentes.

Es entonces cuando King escribe: “Derry se transforma en Dallas”. Se refiere, por supuesto, a la ciudad del sur norteamericano en la que fue asesinado Kennedy, habitada por una sociedad a la que describe como violenta, machista, racista, desigual. “Los monstruos de mi ficción son los monstruos de la realidad”, parece decirnos el autor que alguna vez fue promocionado como heredero de Lovecraft y Poe, en un giro inesperadamente digno de Balzac.

King es capaz de transformar a una lectora fanática en una carcelera despiadada, a un payaso asesino en ícono cultural y a un cementerio de mascotas en una canción emblemática del punk. Hoy, y más allá de que siga publicando libros, su obra se completa con la llegada de Trump a la presidencia, con las pandemias y con sus opiniones en las redes sociales. ¿Cuál será el terror que glose al horror en los tiempos actuales de hiperconexión, con megacorporaciones que avanzan sobre la conciencia de los usuarios? ¿Podemos ver el próximo umbral del terror o lo tenemos tan cerca que se nos hace invisible?

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