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mi primer cv: entre la escuela media y el mundo del trabajo
Hace unas semanas, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires anunció la implementación de prácticas laborales obligatorias entre estudiantes de quinto año de las escuelas medias porteñas. La directiva, con polémica incluida, puso el dedo en la llaga de la situación laboral de las juventudes y en la concepción de escuela secundaria para las nuevas generaciones. ¿Cuál es la letra chica de la propuesta? Un artículo para entender los desafíos y evitar los lugares comunes.
Ilustraciones: Panchopepe
05 de Enero de 2022

 

Las funciones de la escuela secundaria no están solo vinculadas a la transmisión de conocimientos, sino también a la formación de ciudadanía, a la preparación para proseguir con los estudios universitarios y al ingreso al mundo laboral, entre otras cuestiones. En este último objetivo, aparentemente, se inscribe la propuesta del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires por la cual, a partir del año próximo, todos los estudiantes de quinto año secundario deberán realizar una práctica formativa laboral de 120 horas en empresas, en una ONG o en un organismo público.

Así enunciado, podría decirse que la iniciativa está acorde con los objetivos educativos de la escuela media. Pero surgen algunos interrogantes cuando se comienza a hurgar en cómo será la implementación del programa Actividades de Aproximación de la Subsecretaría de Coordinación Pedagógica y Equidad Educativa Ministerio de Educación de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

En un material de promoción que esa Subsecretaría preparó para las empresas, ONGs y organismos estatales que recibirán a los estudiantes de quinto año secundario anuncia que “el aporte que una organización puede hacer a la comunidad al formar parte de esta propuesta se traduce en una fuerte impronta que dejará en los y las estudiantes sobre el valor del compromiso laboral, la importancia de la capacitación y aprendizajes permanentes, la dedicación y concentración, la aplicación de conocimientos para resolver problemas concretos y una forma colaborativa de desarrollo personal y social”. Su objetivo, dice el documento, es lograr que cada estudiante de quinto año de la escuela secundaria de la Ciudad pueda enriquecer su trayectoria a través de experiencias de aprendizaje significativas en situaciones reales de las organizaciones en las que se desarrollan las actividades.

“La propuesta parte de una tergiversación perversa de algo que debería tomarse muy en serio, que es introducir el trabajo como un valor, introducir el trabajo como algo que forme parte permanente de la concepción educativa a lo largo de toda la escolaridad, y no como una medida cualquiera tomada en cualquier momento. Esto de que los chicos trabajen de manera gratuita para las empresas es realmente una cosa increíble”, cuestionó la pedagoga Adriana Puiggrós, ex viceministra de Educación de la Nación.

El programa –se anuncia- propone experiencias pedagógicas de carácter obligatorio destinadas a acercar a los estudiantes de escuelas de gestión estatal y privada al mundo laboral y a la formación superior. Antes de realizar estas prácticas, el Ministerio de Educación porteño les brindará –según el documento que distribuyó- un taller introductorio de 30 horas cátedra, que representan 20 horas reloj, con contenidos relacionados a la orientación vocacional; a herramientas para el mundo del trabajo y de habilidades blandas, financieras y digitales, y en el armado de un proyecto personal a futuro. Un dato curioso que podría abonar la mirada de Puiggrós: nada se explicita sobre la formación en cuanto a los derechos laborales, ni sobre la legislación del área.

 

egresar en desigualdad

Un estudio del Observatorio Educativo y Social de la Universidad Pedagógica Nacional (UNIPE) concluye que “la obtención del título secundario puede garantizar la continuidad de los estudios superiores pero no asegura trabajos registrados y estables”. El trabajo, llevado adelante por la investigadora Agustina Corica, muestra que, un año después del egreso del secundario, casi el 60% de los entrevistados no trabaja. Pero un tercio de ellos busca empleo, por lo que puede ser calificado como desocupado. El problema no es parejo en las distintas clases sociales. Mientras que afecta al 26% de los egresados que pertenecen a sectores socioeconómicos bajos, impacta solo en un 13 % de los sectores medios y en un 10% de los sectores altos.

El 40% ocupado, además, no lo está en condiciones homogéneas. Mientras que el 57% de ellos cuenta con plena ocupación, un 27% está subocupado y busca otros empleos para completar sus ingresos. Además, el 21% es cuentapropista. Los empleos que consiguen estos jóvenes son, en su mayoría (70%), precarios. “Por lo tanto, puede inferirse que el título secundario no es suficiente para insertarse laboralmente en empleos de calidad”, agrega la investigación.

Determinar si las causas de esta situación hay que buscarlas en el sistema educativo o en el modelo económico o en ambas, no parece sencillo. Pero hay cuestiones que se pueden mencionar: “Antes el secundario era para pocos, ahora es para muchos. Ya no hablamos de un título secundario como antes que, por ejemplo, te habilitaba para determinados trabajos, como el de perito mercantil –señala la investigadora-. Exceptúo de este diagnóstico a las escuelas técnicas, donde todavía esto sucede. Pero desde hace un tiempo, el objetivo se concentró en la socialización, en la formación de ciudadanía. Hay una decisión política de inclusión educativa, vinculada a convertir a la secundaria en un derecho. Me parece que eso postergó el objetivo de la formación para el mundo del trabajo. Aunque la Ley de Educación Nacional del 2006 fijó que esa era una de sus funciones, quizá faltó acción en esa dirección. Las prioridades de las políticas para el nivel fueron la inclusión y el aumento de las tasas de egreso y terminalidad”.

Un estudio de Unipe concluyó que un año después del egreso del secundario, casi el 60% de los entrevistados no trabaja. Y para quienes sí lo hacen, los empleos que consiguen estos jóvenes son, en su mayoría (70%), precarios.

 

Quién marca la cancha

Para Corica, la iniciativa del Gobierno de la Ciudad suena interesante. Pero advierte que falta información sobre cómo se va a implementar. “El riesgo –dice- es que sea una operación de marketing educativo, un como si. Tiene que haber garantías de que se trata de una instancia formativa y de que el sistema educativo no facilitará mano de obra barata al mercado. Para eso hacen falta muchos recursos, no solo económicos sino también humanos”.

Efectivamente, el desafío es grande. De acuerdo al último Anuario estadístico del Ministerio de Educación de la Nación, en la Ciudad de Buenos Aires cursan casi 35.500 estudiantes en quinto año. Pensar que cada uno de ellos tendrá un lugar para realizar una práctica formativa en un ámbito laboral con un índice de desocupación nacional que supera el 8% parece una apuesta ambiciosa. Según el documento de promoción del Ministerio de Educación porteño, cada empresa u organización deberá tener un referente del programa con quien articulará la cartera educativa. ¿Cuántas empresas podrán destinar una persona a coordinar el programa pedagógico? ¿Quién definirá qué estudiantes de qué escuela irá a cada institución?

“Otro riesgo -dice Corica- es que el programa profundice la segmentación que ya existe en el sistema educativo, que las grandes empresas elijan vincularse a escuelas que garanticen un estudiantado con determinado capital social y les sirva para captar personal en el futuro, pero que esa posibilidad no esté dada para los sectores más postergados, los que más lo necesitan”. En este sentido, la exdirectora nacional de Información y Evaluación de la Calidad Educativa y actual investigadora del instituto Marina Vilte-Ctera, Liliana Pascual, advierte en un trabajo aún inédito: “En nuestro país, las tendencias privatizadoras en el campo educativo se inscriben en un proceso más amplio de mercantilización educativa que consiste en la integración de los intereses del mercado en las políticas públicas. Esta es la forma a través de la cual las empresas y las fundaciones empresariales participan en el diseño y la gestión de las políticas educativas, lo que transforma a la educación en un espacio propicio para los negocios privados”.

Lo que se trasluce del planteo de Pascual no parece poca cosa. Se trata ni más ni menos de quién fija la política educativa. ¿El Estado o el mercado? A veces, las respuestas se cruzan pero en muchos casos, los intereses son contrapuestos.

Pero más allá de los intereses del Estado y del mercado, aparecen las demandas y deseos de los adolescentes. “Hoy los jóvenes piden otra cosa –subraya Corica-, se entusiasman con el hacer. Y en ese hacer aparece el mundo del trabajo, por lo que esta propuesta puede ser muy interesante para ellos si se lleva bien a cabo. El desafío consiste en pensar una escuela secundaria más sensible e innovadora. Los jóvenes se avivaron. En nuestras investigaciones aparece esto que se conoce como la devaluación de las credenciales educativas, ¿cuánto vale un certificado? Esto está presente en la vida de los chicos, aparecen carreras paralelas, son cursos, talleres, informática, música y esa combinatoria de experiencias y distintas formaciones terminan construyendo su salida laboral, totalmente distinta a la que pensó el sistema educativo. Como decía Daniel Filmus, hoy la secundaria es necesaria pero no suficiente”.

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