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elecciones claves en uruguay
El domingo también se vota presidente en la República Oriental y el oficialista Frente Amplio puede perder la mayoría parlamentaria por primera vez desde que llegó al gobierno. También es posible que deba afrontar un incómodo balotaje, mientras surge un espacio de ultraderecha encabezado por quien hasta hace muy poco comandó el Ejército yorugua. Desde la otra orilla del Río de la Plata, un análisis preciso y realista.
Ilustraciones: Panchopepe
25 de Octubre de 2019

Después de tres períodos de gobierno, el Frente Amplio (FA) acusa un desgaste que parece dañarle por los dos costados: por izquierda y por derecha. Las encuestadoras le asignan una intención de voto que oscila entre el 38 y el 43%. Con estos números su candidato a presidente, el socialista moderado Daniel Martínez, sería el más votado pero no obtendría la mayoría en ninguna las dos cámaras legislativas y estaría obligado a batirse en una riesgosa segunda vuelta electoral, ya que toda la oposición sumada lo supera en votos.

El principal rival, y quien aspira a ser el líder de la oposición de derechas, es el abogado del Partido Nacional (PN), Luis Lacalle Pou, exponente moderno de una tradicional dinastía política, el herrerismo. El candidato es además hijo del expresidente Luis Alberto Lacalle Herrera, en cuyo gobierno de marcado signo neoliberal se produjeron sonados casos de corrupción. En las elecciones primarias, Lacalle Pou jugó con un discurso de centroderecha, tecnocrático, que promete no demoler “lo que está bien”. Su estrategia es liderar un gobierno de coalición que amalgame a todas las fuerzas que se sitúan a la derecha del Frente Amplio, varias de las cuales tendrían por primera vez representación parlamentaria.

En este contexto, el oficialismo trabaja a varias puntas. Por un lado, no descuida su talante moderado que varios analistas del establishment mediático consideran vital para el triunfo; por el otro, tiene que emitir señales seductoras para un electorado crítico de izquierda, que le reclama la profundización de los cambios sociales, para que el costo de la desaceleración de la economía no lo paguen los segmentos de menor poder adquisitivo, lo que significa un cuestionamiento al modelo sustentado en la inversión extranjera directa, esencialmente productora de bienes primarios exportables. A esta porción bastante indefinida y opaca de votantes frenteamplistas suele denominársela “los desencantados”, un sector que le pasa factura al FA por resignar algunos postulados fundacionales. Otro aporte al desencanto ha sido la renuncia del vicepresidente Raúl Sendic (hijo de uno de los míticos fundadores de la guerrilla tupamara), luego de ser procesado por abuso de funciones durante su administración al frente de la petrolera estatal Ancap.

Las proyecciones registran cuatro puntos de fuga “por izquierda” que serían canalizados por partidos de pequeño porte. Es el caso de Unidad Popular, formación que recluta a exfrenteamplistas distanciados con el modelo extractivo y enfrentados a la instalación de la tercera planta procesadora de celulosa en el centro del país (Upm 2). Hay otros dos nuevos partidos de nicho, anclados en una agenda ambientalista: Partido Ecologista Radical Intransigente, cuyo líder es muy crítico de las multinacionales y el agronegocio, pero es partidario de la cadena perpetua; y el Partido Verde Animalista, encabezado por un abogado penalista, mediático e histriónico, encargado de elevar expedientes de presuntos casos de corrupción del oficialismo ante la justicia, aunque sin demasiado éxito. Estas expresiones de la autodenominada “verdadera izquierda” no comparecen juntas a la elección pero podrían llegar a ocupar entre tres y cuatro bancas en la Cámara de Diputados. Y es posible que llamen a la abstención en el  balotaje, como hicieron en anteriores ocasiones.

En el caso del impreciso y a menudo sobrevalorado espectro centrista, hay quienes vaticinan que en esta elección algunos votantes podrían abandonar al oficialismo para volver al histórico Partido Colorado. Luego de haber estado al borde de la desaparición, la tradicional escudería logró revitalizarse con la candidatura del economista liberal Ernesto Talvi, ortodoxo en lo económico, pero abierto a aceptar los avances en la agenda de derechos como el matrimonio igualitario, la regulación del consumo del cannabis y la despenalización del aborto (aunque su asesora en políticas sociales no se mostró tan entusiasta).

Sin embargo, de lo que todos hablan es del surgimiento de un líder militar que está capitalizando los votos de los sectores más conservadores de Uruguay. El ex comandante en jefe del Ejército Guido Manini Ríos, quien cuestionó provocadoramente  –y mientras era subordinado del gobierno– la actuación de la justicia uruguaya en la persecución de los delitos de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura, canaliza, de acuerdo a los cinco sondeos de mayor fiabilidad, entre un 9 y un 12% de intención de votos, lo que podría llegar a traducirse en dos senadores, o incluso hasta cuatro.

el oficialismo trabaja a varias puntas: no descuida su talante moderado que varios analistas del establishment mediático consideran vital para el triunfo a la vez qe tiene que emitir señales seductoras para un electorado crítico de izquierda, que le reclama la profundización de los cambios sociales.

 

el candidato militar

Guido Manini Ríos empezó a cimentar su liderazgo carismático –particularmente en el norte del país y en las franjas de electores de mayor edad y de menores ingresos– después de realizar declaraciones contra el tibio intento de Tabaré Vázquez de reformar el régimen de jubilaciones militares y la ley orgánica de las Fuerzas Armadas. Fue ascendido y promovido en 2015 por el ministro de Defensa del ex presidente José Mujica, el controvertido ex guerrillero Eleuterio Fernández Huidobro, con quien las jerarquías castrenses mantuvieron muy buena relación. Manini, un apellido vinculado a la historia más reaccionaria de Uruguay, se convirtió en un caballo de Troya para el oficialismo. Se mantuvo como comandante en jefe durante cuatro años, hasta que fue relevado tardíamente por Tabaré Vázquez. El historiador Gerardo Caetano, quien llamó a dimensionar la “gravedad de lo sucedido”, advirtió tempranamente que se estaba fraguando un “caudillo militar” en pleno siglo XXI como consecuencia de una política de defensa “equivocada y omisa”.

Pero todavía faltaba lo peor. El diario El Observador publicó poco después del relevo del militar las actas del tribunal de honor que en 2017 había  juzgado a tres genocidas de la dictadura y en ellas se revelaba la confesión de José Nino Gavazzo, uno de los más emblemáticos, de haber arrojado al río el cadáver del militante tupamaro Roberto Gomensoro (luego de que falleciera por tortura). La documentación también ponía en evidencia que el mando superior del ejército, encabezado por Manini, no había realizado las suspensiones que el reglamento exige. Tampoco notificó o denunció en tiempo y forma ante las autoridades civiles, ni se concluyó que tales delitos hubiesen comprometido el honor de la institución militar. La cáscara de banana terminó colocando en un brete a Tabaré Vázquez, quien había destituido al general por los fuertes cuestionamientos dirigidos a la justicia ordinaria, pero que, en un confuso episodio, se había salteado el documento revelado. Todo apuntó a una maniobra deliberada de Manini, que a Vázquez le significó rotundos costos políticos.

A pesar de las provocaciones y el relevo, la figura de Manini Ríos, lejos de debilitarse se ha fortalecido, a expensas de votantes que reclaman mano dura en la seguridad con un discurso mesiánico de restauración de los valores. Dicen que el general retirado cultiva buenas relaciones con la Logia ultranacionalista de los Tenientes de Artigas, y su sostén electoral es un nuevo partido político –Cabildo Abierto– que, a juzgar por las encuestas, amenaza con usurparle el tercer lugar a los colorados en el podio electoral. Una investigación del semanario Brecha reveló que, ya antes de dejar la comandancia, Manini mantenía reuniones con conocidos represores para impulsar su carrera política. Varios jóvenes con distintivos neonazis se hicieron presentes en sus actos aunque el general luego dijo que los expulsaría. Y si bien niega similitudes con Jair Bolsonaro, acudió varias veces al país fronterizo para reunirse con acólitos del presidente brasileño.

“Durante 200 años nos faltó un conductor con verdadero espíritu nacional, pero Dios nos ha mandado a Manini Ríos y tenemos un nuevo general para encabezar a los artiguistas”, dijo recientemente su candidato a vice, Guillermo Domenech, aludiendo a esa divina providencia tan invocada por los falangistas españoles. El militar se opone a la “ideología de género”, pero también despliega una veta nacionalista que rechaza la instalación de la segunda planta de la empresa finlandesa UPM. Afirma que en Uruguay hay una “crisis de autoridad” y que él viene a poner  orden “en medio del relajo”. La socióloga Beatriz Stolowicz advierte sobre el éxito de esos “discursos antisistémicos” en América Latina, a expensas de un “antiliberalismo conservador” que caló hondo en sectores sociales ajenos a los mojones progresistas. El crecimiento del militar sobreviene además cuando se plesbicita una reforma constitucional que discute el endurecimiento de penas y habilita la participación de las Fuerzas Armadas en la seguridad.

Si el fenómeno de Manini se confirma el domingo los demás partidos de derechas deberán sentarse a la mesa con el general para construir ese “frente anti Frente Amplio” destinado a triunfar en segunda vuelta y, eventualmente, conformar un gobierno de coalición.

Manini Ríos, ex comandante del Ejército, se opone a la “ideología de género”, pero también despliega una veta nacionalista que rechaza la instalación de la segunda planta de la empresa finlandesa UPM. Afirma que en Uruguay hay una “crisis de autoridad” y que él viene a poner  orden “en medio del relajo”.

 

mosaico inédito

Todo indica que el próximo Parlamento será el de mayor relevancia de los últimos 35 años de democracia, ya que no habrá un único partido que detente la mayoría parlamentaria, y sobre todo por la inédita atomización del electorado entre varias listas electorales.

Desde 1985 hubo gobiernos de coalición entre colorados y blancos, pero hasta ahora nunca se conformó una coalición que incluya cuatro o cinco partidos. Lacalle Pou ya blanqueó a qué invitados quiere en su mesa: colorados, Cabildo Abierto, el Partido de la Gente (otra fuerza de derecha con un discurso de trabajadores uruguayos versus migrantes) y, eventualmente, el centrista Partido Independiente.

Esta nueva realidad, que acompaña una tendencia global hacia la balcanización de la política a la que se agrega el éxito de partidos antiestablishment, implica desafíos también para el Frente Amplio; porque si no logra la mayoría propia –como todo parece indicar– deberá salir a negociar apoyos, que en algunos casos pueden significar concesiones y correspondientes desengaños para las bases tradicionales izquierdistas.

La mira está enfocada hacia el Partido Colorado –tercera o cuarta fuerza– que ha dicho que no negará gobernabilidad en las políticas públicas “razonables”. El candidato oficialista Daniel Martínez ha tendido la mano en cuatro temas: seguridad, empleo, educación y medio ambiente. Habrá que ver si un eventual guiño centrista no lo aleja de una bancada propia diversa y multicolor, en la que los votos del Partido Comunista, Socialista y del MPP sumarán una buena parte de los escaños. Estos sectores estarán alertas a eventuales diluciones en la aplicación del programa del Frente Amplio, aunque a la vez son conscientes de que no se podría aprobar ni siquiera un presupuesto sin votos extrapartidarios, a menos que este domingo ocurra un milagro inesperado, aún más portentoso que el de 2014.

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