Argentina con pies de barro | Revista Crisis
manifiesto / hay un nuevo fondo
Argentina con pies de barro
14 de Diciembre de 2021
crisis #50

 

El gobierno de les Fernández llegó a la mitad de su mandato y está a punto de definir un rumbo económico, que implica acordar con el Fondo Monetario Internacional y con los sectores más concentrados del poder empresario local. La decisión deberá tomarse en el Congreso durante las próximas semanas y saldará un debate al interior del Frente de Todos, entre quienes ponen el énfasis en acelerar el crecimiento con fuerte impronta redistributiva y aquellos que priorizan estabilizar la macroeconomía para evitar los desequilibrios. Al cumplirse veinte años de la insurrección callejera de 2001, la imagen del peronismo pactando con el FMI simboliza el cierre de un ciclo político y nos retrotrae a las últimas décadas del siglo veinte, cuando la democracia asumía su impotencia frente a las fuerzas del mercado y las finanzas.

Según la tesis del historiador Alejandro Horowicz, el movimiento político más importante de la Argentina moderna atravesó cuatro períodos diferentes, el último de los cuales se prefigura a partir de la muerte del líder y encuentra en el menemismo su máximo esplendor. En esa periodización, los doce años de gobierno kirchnerista no significaron un nuevo capítulo en la sinfonía del sentimiento nacional, sino el despliegue de una escena con música del tercer peronismo y letra del cuarto. Vale decir: reformas progresistas con aliento redistribuidor, pero persistencia neoliberal en lo relativo a la estructura económica. Para Horowicz la actual etapa, que se configura a partir de una unidad defensiva comandada desde el centro, ni siquiera conserva la maravillosa música del retorno al poder.

Hay otra tipología posible, que surge de la conversación publicada en este número cincuenta de crisis con el ministro del Interior de la Nación. Wado de Pedro señala que hay un peronismo de la resistencia y otro de la construcción. El primero se manifiesta fundamentalmente en aquellos lapsos en que el movimiento justicialista ha sido desalojado del gobierno y pugna por reorganizarse para volver. El segundo se verifica cuando la hegemonía nacional y popular despliega una gobernabilidad democrática e inclusiva, cumpliendo la promesa histórica que lo vio nacer. Pero hay una tercera modalidad que se distingue de las anteriores y podríamos llamarle de sobrevivencia o transfiguración, donde aparece un peronismo sometido a las relaciones de fuerzas y desprovisto de rebeldía, que prefiere conservar el poder aunque sea para implementar el programa de su adversario.

Siempre habrá razones para justificar esta tercera vía, justificativos con aires realistas, el viejo y peludo argumento de que no tenemos alternativa en la dura coyuntura que nos tocó en suerte. Incluso luego, en el territorio de la memoria, será posible remendar las agachadas, reciclar trayectorias, porque sí hay olvidos y perdones. Pero en la historicidad más profunda se inscriben verdades políticas, que no son tan fácilmente manipulables. Por otra parte, la gente no es boluda. Y de vez en cuando estalla.

crisis #50 edición especial: el 2001 ha muerto, que viva 2001

 

espejo chileno

Un histórico personaje justicialista, que padeció la estampida del peronismo en los años setenta desde sus entrañas, dice que el momento actual le recuerda mucho al interregno camporista. Especialmente por el hiato entre quien conduce y quien dirige. Como es sabido, por aquel entonces el diferendo se saldó con la renuncia del delegado y el pase a primer plano del gran elector, algo que hoy no forma parte del repertorio de posibilidades.

Justo mientras se concretaba ese enroque en 1973, Chile resolvía de un saque su crisis política. Bombardeo a la Casa de Gobierno mediante, el general Augusto Pinochet ponía en marcha una transformación radical de la sociedad, cuyas bases estructurales permanecen vigentes. Tres años más tarde, los militares argentinos tomaban la posta de sus pares trasandinos y emprendían la demolición de ciertos pilares fundamentales que sostenían la (siempre relativa) soberanía nacional.

Vale la pena volver a mirarnos hoy en el espejo chileno, a ver qué nos dice sobre nuestro posible desenlace. Allí, un sistema político conformado en torno a dos coaliciones que se alternaban en el ejercicio del poder institucional, pero que habían consensuado los trazos principales del modelo de desarrollo, se desfondó para dar paso a una contradicción sin síntesis dialéctica. De un lado, la ultraderecha con reminiscencias nazis y un elitismo propietario decidido a perpetuarse a sangre y fuego; del otro, el anhelo de una refundación constituyente que no encuentra todavía el formato institucional para materializarse en tiempo y espacio.

Mas allá de los resultados electorales, lo que vuelve a asomar es la pregunta por el significado de la democracia, cuando parece evidente que con ella no comemos, ni nos curamos, ni nos educamos todes. Y cuando parecen ser las fuerzas más conservadoras y reaccionarias de la sociedad las que advierten con lucidez táctica que, para expresar el hartazgo y la falta de horizontes integradores, el lenguaje de la violencia resulta eficaz. Entre la represión estatal en Guernica, octubre de 2020, y la incursión paramilitar en Cuesta del Ternero, noviembre de 2021, hay una conexión de sentido explícita: son los más débiles quienes cargarán en sus espaldas la condición de chivos expiatorios.

El 19 de diciembre la Moneda volvió a estar en el aire y Chile definió su futuro en un balotaje salvaje. Ese mismo día se cumplieron veinte años del acontecimiento callejero que dejó una marca indeleble en la sociedad argentina, aunque la dirigencia política quiera olvidarlo a toda costa.

Este texto abre crisis #50, una edición especial de 84 páginas dedicada a 2001. Suscribite o comprala suelta en este link.

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