La final de nuestras vidas | revista crisis
La final de nuestras vidas
Autor: Andrés Burgo
Editorial: Planeta

capitulo 11. madrid

Al fin en Madrid, a las 13.30, siete horas antes del partido. Había arreglado dejar la mochila en la casa de Nacho y Laura, amigos argentinos que viven en Lavapiés, una especie de San Telmo de Madrid, pero me perdí en una bifurcación. De nuevo hinchas desconocidos de Boca, formoseños, salieron a mi rescate y en la calle me prestaron su teléfono con chip local para pedirle a Nacho que me buscara. Si el infierno es con hinchas de Boca, que sea con los que me crucé en este viaje. En su casa, además, estaba Vanessa, madrileña, compañera suya de trabajo y ese día también de estadio, que se reía de todo, tal vez inquieta por la experiencia a la que estaba a punto de zambullirse: «Desde que mis amigos saben que voy al estadio, lo único que me dicen es que tenga cuidado».

Cervezas, tortillas, papas fritas de paquete con gusto a huevo frito y caminata de diez minutos hasta la Plaza Mayor, donde iba a encontrarme con el Chino para pagarle los 125 euros de la entrada. Lo abracé, le agradecí y junto a él estaba Poko, colega y gallina, otro de los muchos hinchas que habían viajado en un impulso de último momento, como si olfateáramos que algo muy grande estaba a punto de ocurrir, y no queríamos perdérnoslo. Me alegró verlo y cuando le pregunté qué «fondo» tenía, como les dicen en España a las cabeceras, me sentí un ridículo, pero en verdad todo era una gran anomalía.

Quienes teníamos los tickets que se habían vendido en Europa sentíamos que, después del partido, nos faltaría un fetiche, el recuerdo de la entrada física, de las pocas cosas que me gusta conservar: en casa guardo, entre papelitos viejos y tarjetas actuales, unas 100 entradas, entre ellas la de mi primer Boca-River en la Bombonera, de 1991. Para ingresar al Bernabéu teníamos que bajar una aplicación y descargar un archivo que, ya en los molinetes del estadio, debíamos colocar sobre un lector de pantalla. El mío, que guardaré hasta que cambie de teléfono, decía «Segundo anfiteatro, fondo norte, puerta 17, vomitorio 305-n, sector 413, fila 5, asiento 7».

Por supuesto, también parte del público era diferente al que estábamos acostumbrados. «Es el Lollapalooza del fútbol, hasta hay un DJ», me había advertido el Chino más temprano, cuando se había juntado con amigos en el Fan Fest de River, y yo estaba a punto de subir al avión en Barcelona. En la Plaza Mayor había gente deRiver que cantaba «Olé olé olé olé olé olá, cada día te quiero más» en lugar de nuestro estribillo habitual desde hace treinta años, «jugando bien o jugando mal». También vi a una señora que, en el entusiasmo, cometió la herejía de comenzar a gritar «Dale, campeón, dale, campeón» para un video que le filmaban sus familiares. Por supuesto, no la conocía, y tal vez estuve algo brusco, pero la encaré y le dije: «Señora, cómo va a cantar eso antes del partido, no sea mufa». Creo que seis horas después terminamos ganando 3 a 1 gracias también a mi oportuna intervención.

 

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Tomamos el subte en Sol, hicimos combinación en Plaza de España y bajamos en Cuzco, el lugar de concentración de los hinchas de River, 500 metros al norte del estadio, mientras los de Boca se agrupaban en Nuevos Ministerios, medio kilómetro al sur del Bernabéu. Una de las avenidas más señoriales de la capital española, el Paseo de la Castellana, estaba cortada al tránsito. Viví en Madrid un par de años, hace más de una década, y en mi súbito regreso a la ciudad me parecía alucinante que miles de hinchas de River estuviésemos ahí, como dueños (o inquilinos) de los seis carriles centrales y los cuatro laterales del Paseo, ondeando banderas como si procesáramos hacia el Monumental por Figueroa Alcorta. Un medidor de energía positiva habría registrado máximos históricos. De aquel enojo intrínseco que había atravesado el Monumental en el último partido no quedaban secuelas. Quienes vamos seguido a la cancha y quienes volvían a ver a River después de mucho tiempo, quienes veníamos de Argentina y quienes habían viajado desde Miami, Londres o el lugar que fuera, quienes queremos a River como una parte de nuestras vidas y quienes no sabían las canciones, todos conformábamos la hermandad roja y blanca que asistiría al partido que alumbraría una nueva historia.

Y todos, a la vez, sabíamos que era injusto que quienes estábamos ahí fuésemos una minoría de mayor poder adquisitivo, aunque también es cierto que el fútbol en general en los últimos años se recicló en un espectáculo para privilegiados, independientemente de la mudanza de la final a Madrid. River y Boca son uno de los pocos refugios emotivos de los sectores más castigados de la sociedad, especialmente en tiempos de crisis, pero asistir a los estadios ya no implican 90 minutos de igualdad social: las entradas se venden en cuentagotas y una parte importante de argentinos no pueden pagar la cuota social todos los meses.

El cuadro en el Paseo de la Castellana se completaba sin los barras, ni siquiera los de segunda o tercera línea. La exposición de Rafael Di Zeo a mediados de la semana anterior, escoltando el micro de Boca rumbo al aeropuerto, más la temprana deportación de quien pretende quitarle el poder de la hinchada de Boca, Maximiliano Mazzaro, al menos sirvió para eso: miraríamos el partido quienes realmente queríamos mirarlo (y podíamos pagarlo). Para los barras, subirse al paraavalancha es apenas una actividad más de un combo laboral que se alimenta en la semana con sus actividades políticas y que no pensaban poner en riesgo por lo que menos les interesa de su trabajo, los 90 minutos del partido. Lo curioso, al menos para quienes lo vimos jugar, era que el Loco Carlos Enrique estaba al frente de la coordinación entre las policías argentinas y españolas. «Esa bandera que dice River con b no entra a la cancha», les había dicho a las autoridades locales en el punto de reunión de los hinchas de Boca. «¿Lo podés creer?, encima fue un español el que la escribió. Qué boludo», ceceó el Loco.

Me quedé con Nacho y Nicolás, un amigo suyo, de River —muy de River, a tal punto que iba gritando «Somos River, carajo»—, otro de los que habían viajado desde Buenos Aires. Aparecían amigos de amigos. Aparecían padres de compañeritos de jardín de Félix, tipos a los que alguna vez saludé sin saber de qué hablar: River une. Y aparecían cervezas. Los bares de la zona, con sus televisores sintonizando el transpirado triunfo del Real Madrid en su visita al Huesca, estaban colapsados, pero a 150 metros del Paseo de la Castellana encontramos mejores ofertas que en Argentina. En un minimercado de una esquina a la que debería volver algún día de mi vejez y recordar «aquí fui feliz» —y estaba por serlo todavía más—, entre Panamá y Flemming, vendían dos cervezas por un euro. De alguna manera, había que combatir la insoportable pesadez de lo que estaba por ocurrir. Si las charlas entre amigos en medio de la serie habían derivado más de una vez en cómo conseguir ansiolíticos —y en algún momento yo tuve que recurrir a media pastilla—, un par de Mahou nos valdrían de una mínima inconsciencia para aguantar 90 minutos de plomo. El fútbol es un problema ficticio al que nos encanta entregarnos.

Pero queríamos entrar rápido al Bernabéu —especialmente yo, que venía de quedar afuera en el Monumental— y enfilamos otra vez hacia el Paseo de la Castellana. Nacho —imparcial, de Racing, pero tan futbolero que también había comprado su entrada— se fue para una de las tribunas laterales. Los diques de contención para la gente de River tuvieron alguna zozobra (los caballos intimidan en cualquier lugar del mundo), pero todo es más fácil cuando policías e hinchas queremos portarnos bien. Coloqué mi teléfono sobre el lector de pantalla, crucé el molinete y apenas ingresé al Bernabéu detecté que decenas de banderas grandes, las habituales que cuelgan en todas las canchas, se apilaban a un costado. También las sombrillas rojas y blancas (y las azules y amarillas del otro lado) habían sido retenidas. Las autoridades de seguridad les decían a sus dueños que no se preocuparan, que al final del partido se las devolverían —y así ocurriría—.

Quienes ocupaban los sectores superiores, los hinchas que habían comprado las entradas en Argentina, debían subir por escaleras mecánicas hasta la quinta y sexta bandeja. A quienes estábamos en el sector intermedio (el tercer y cuarto nivel) nos bastaba con trepar diez escalones para llegar a nuestra tribuna y descubrir, allá abajo, varios metros por debajo de la altura de la calle, un campo de juego pintado como si fuese un cuadro de los museos del Prado o el Reina Sofía. A la salida del baño, donde los policías nos volvían a cachear, me encontré otra vez con el Chino, su novia Nieves y Poko. Ya no nos separaríamos hasta después del partido. Y juntos veríamos la final de nuestras vidas.

 

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Ante un estadio al 75% de su capacidad (62 282 espectadores sobre 81 044 posibles, visualmente parejas las hinchadas de River y Boca, la neutralidad total), la voz del estadio del Real Madrid, llamado speaker en España, intentó hacer las cosas a su manera en la final de la Copa Libertadores de América. Las formaciones fueron difíciles de interpretar para el público argentino: se anunciaron en número ascendente. Número 1… Franco Armani, 2 Jonatan Maidana, 10 Gonzalo Martínez, 15 Exequiel Palacios, 20 Milton Casco, 22 Javier Pinola, 23 Leonardo Ponzio, 24 Enzo Pérez, 26 Ignacio Fernández, 27 Lucas Pratto y 29 Gonzalo Montiel. Fue descorazonador enterarnos de que Scocco no estaría en el banco de suplentes, pero no nos impidió cumplir nuestra cuota de homofobia futbolística cuando la multitud se aprovechó de otro de los modismos del speaker, que hacía un silencio después del nombre de cada jugador para que el público, de acuerdo a la tradición española, se sumara a viva voz para pronunciar el apellido. Cuando llegó el turno del 5 de Boca y la voz del estadio anunció «Fernando», la gente de River se anticipó y gritó «puuuto » justo antes de que agregara «Gago». En eso llegaron a nuestro lado, detrás del arco del fondo norte, un grupo del Rayo Vallecano, nuestro club hermanado de Madrid, mientras los chicos y chicas de las filiales Madrid, Barcelona, Málaga y Valencia se hacían los dueños de la tribuna y comenzaban a hacer sonar los cinco bombos que habían ingresado. No pararían durante los 120 minutos de un partido que, si volviera a arrancar 0 a 0, no me animaría a volver a verlo.

 

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El comienzo fue como la final de Roland Garros 2004 entre Guillermo Coria y Gastón Gaudio: un drama argentino. Tensionados porque no importaba quién ganaba sino quién perdía, los futbolistas erraban por metros pases de centímetros. También influía el césped, corto y húmedo, sobre el que los equipos debían jugar a una velocidad a la que no estaban acostumbrados.

«River y Boca jugaron a ver quién era más hombre —escribió Ezequiel Fernández Moores en La Nación—. No fue la final del mundo, sino nuestra final del mundo. Argentinidad al palo. Una primitiva lucha cuerpo a cuerpo que ni el glamour del Santiago Bernabéu pudo disimular. Como en el boxeo, el fútbol argentino prohíbe desde hace tiempo el verbo “jugar”. Adoptó el dolor como paso necesario para reconocer que “las experiencias más profundas de nuestra vida —como escribió alguna vez Joyce Carol Oates sobre el boxeo— son acontecimientos físicos”».

José Sámano, de El País, coincidió con ese show antropológico del inicio: «Es tal el depósito sentimental de unos y otros, hay tanto en juego en la grada, en los despachos y en las barras que para el césped apenas dejan nada. Sobre el pasto inmaculado de la Monumental Bombonera del Bernabéu, River y Boca se propusieron jugar a no jugar. Mucho pico y pala, los chicos suda que suda como una regadera y un catálogo de cargas, nudos yudocas, cates, atropellos, atascos. Un pique (rivalidad) colosal tajantemente prohibido para monaguillos. Y una sufridora: la pelota. Eso sí, emotividad no faltó en un pulso bravo y bravo, solo sedado con buenos goles».

El primero de esos buenos goles, a los 43 minutos, fue de Boca. Pase principesco de un vasallo, Nahitan Nández, y definición a la carrera de un Darío Benedetto en hiperproductividad goleadora, con cinco festejos consecutivos entre cuatro partidos de semifinales y finales. En la cancha, desde la tribuna del otro lado, no vimos su celebración sacándole la lengua a Montiel, y aunque tal vez se trataba de una morisqueta premeditada —para su tribuna o para los fotógrafos— que imprevistamente terminó recibiendo el pibe de River tras el choque, fue el enésimo gesto discordante de un futbolista que alternó una serie fabulosa en lo deportivo y desencajada en el resto. Todo el respeto futbolístico que Benedetto sumaba en un lado lo perdía en el otro. «Andá a laburar, dale. Mañana tenés que laburar», le había dicho a un hincha de River, en el Monumental, durante la final estropeada. «Bienvenido sea, porque es un líder histórico de la barra», respondió en España cuando le preguntaron por el posible viaje de Di Zeo. Sus familiares también lo exponían a cada rato: su esposa vistió de fantasmita a su hijo Felipe, de 3 años, para el partido en la Bombonera, y su hermano retuiteó la cargada de una página partidaria que les pedía a los hinchas de River, cuando el piloto les dijera que se prepararan para el descenso en Madrid, que «no le peguen a las azafatas y no tiren piedras, que es un procedimiento habitual y no está vinculado con el 2011».

Es imposible imaginar a un declarante como Benedetto —y está lejos de ser una valoración futbolística— en un plantel dirigido por Gallardo, lo que no habla tanto del delantero de Boca como del técnico de River: el Muñeco y sus guardianes en el campo de juego, Maidana y Ponzio, son los líderes de un equipo al que no se le recuerdan declaraciones irrespetuosas hacia el rival —y esa diferencia, aun con sus momentos de cabreo, también sería aplicable a las dirigencias de los dos clubes durante la interminable serie—. A esa unidad de grupo también debería aferrarse River para dar vuelta una serie que, por tercera vez, le quedaba cuesta arriba.

 

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El entretiempo, el único momento de la noche en que nos sentamos, fue desolador: si lo hubiese podido pasar en posición fetal, acurrucado, lo habría hecho. «¿Cómo vamos a hacer un gol si no pateamos al arco?», le dije a Poko, en la única reflexión que alcancé a balbucear durante 15 minutos. Nico, otro colega y amigo que miraba el partido desde la bandeja superior, me diría más tarde que en ese momento recordó una estadística devastadora que yo le había comentado en los días previos: que desde 1987, hace 31 años, no le remontábamos un partido a Boca, desde un 0-2 que transformamos en 3-2 en el Monumental. Él todavía no había nacido.

Había otro motivo para resignarse a lo peor y era una estadística que el biógrafo de Gallardo, Diego Borinsky, había tuiteado en medio de las finales, y que suponía una especie de garantía de triunfo para quien convirtiera el primer gol. En los 15 superclásicos que se habían jugado desde la asunción de Gallardo, y sin contar los 4 que terminaron 0-0, el equipo que anotó primero se había quedado con el triunfo 9 de 11 veces —y las otras 2 habían terminado en empate, el 1-1 de 2014 y el 2-2 de la ida en la Bombonera—.

¿Qué motivo había para creer, si además Boca había jugado mejor que River en el primer tiempo? ¿Y si al final no se trataba de justicia poética sino de puro excremento futbolístico? ¿Y si todo, hasta los triunfos de 2014, 2015 y la Supercopa en marzo pasado, se había tratado de una broma macabra? ¿Y si nuestro destino estaba definitivamente marcado y quedábamos condenados a cumplir el mito de Sísifo, el hombre que sube una roca por una cuesta empinada hasta que, a punto de alcanzar la cima, el propio peso de la roca lo hace caer, y así empieza a subir de nuevo, una y otra vez?

Sin embargo, aunque costara, aunque la final del mundo parecía haberse convertido en nuestro fin del mundo, había que aferrarse a los mismos argumentos por los cuales habíamos llegado hasta el Bernabéu, incluso con 2 goles de desventaja faltando 10 minutos en Brasil: al espíritu competitivo de este equipo y a un último milagro de Gallardo. Porque así como un periodista de El Gráfico escribió en la década del 30 «Creo en Dios y en Bernabé Ferreyra», en referencia a nuestro primer gran ídolo popular, yo no creeré en Dios pero sí creo en Marcelo Gallardo.

 

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A los 12 minutos del segundo tiempo, con River obligado a escalar el Everest en sandalias, salió Leo Ponzio. Algunos cambios definen a los técnicos y sus equipos. El capitán, el hombre que llegó al club en la B, a quien le sangró el culo del estrés contra Boca Unidos, el que puso buena cara cuando ni siquiera era suplente —de tan marginado dio la vuelta olímpica de 2014 en jeans—, el líder de las series contra Boca y el que literalmente había puesto la cara en el gas pimienta, salió sin aspavientos, listo para dejarle su lugar a Juanfer Quintero. El colombiano es una especie de sexto hombre del básquet, como Manu Ginóbili en San Antonio Spurs, o de titular en el banco de suplentes. Lo que ocurrió entonces fue que, como diría Jorge Valdano en una entrevista al día siguiente en Olé, «ingresó a la cancha un jugador capaz de eliminar a otro, un gambeteador, y le abrió al partido un panorama totalmente nuevo. Cada vez que tocaba la pelota, el partido se clarificaba».

River comenzó a hacerse dueño. La épica entró a formar parte del espectáculo. En espacios muy reducidos, Nacho Fernández, el Pity Martínez y Palacios nunca dejaron de pedir la pelota. Enzo Pérez, el hombre con mayor precisión de pases en la Copa (88,5% de efectividad), se convirtió en el comandante del mediocampo. River recuperó el dominio psicológico que había llevado a ganarle a Boca en los últimos años, en la Bombonera, en el Monumental, en Mendoza y, en cuestión de minutos, en Madrid. El gol que faltaba llegó cuando Nacho, tan diferente al resto que es el único jugador con brackets del fútbol argentino, mandó un centro atrás que abrió las aguas del mar Rojo: Pratto, la compra más barata de la historia de River, agigantó su leyenda y marcó el 1-1.

La mística no es de los clubes, es de los equipos. Del Estudiantes del 60, del Independiente del 70, del Boca de Bianchi y, por si alguien lo dudaba hasta el 9 de diciembre de 2018, de este River de Gallardo.

 

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Como en un flashback, guardo algunas imágenes dispersas del alargue, ya todos al borde del agotamiento, los jugadores, nosotros, los 40 días que llevaban las finales y hasta el 2018. Leonardo Jara ingresó por Sebastián Villa, después de la expulsión de Barrios, y le hizo un gesto disimulado al delantero colombiano para que saliera caminando, y entendí que Boca apostaba a los penales.

De repente nos dio calor y no entendíamos si ya estábamos alucinando, pero habían encendido la calefacción desde el techo de las tribunas. El ingreso de un pibe de 18 años que hasta hacía un mes no conocíamos, Julián Álvarez, lo convirtió en el segundo delantero del plantel tras las ausencias forzadas de Rafael Santos Borré, Ignacio Scocco y Rodrigo Mora, en contraste con los consagrados Mauro Zárate y Edwin Cardona, que no sumaron ni un minuto de juego.

En el entretiempo del suplementario, cuando los equipos cambiaban de lado, pensé en ir a caminar por los anillos internos del estadio, pero algo —posiblemente estar al borde del desfallecimiento, más que la valentía— me hizo quedar. Y de repente vi que allá al fondo, en línea recta pero a más de 100 metros, Juanfer recibía la pelota de Camilo Mayada, el mejor suplente del mundo.

Por supuesto, no lo recordé en ese momento, sino después, pero una noche de febrero de 2018, en un partido contra Olimpo en el Monumental, al que recién pude llegar en el segundo tiempo, pero no dejé de ir, el colombiano debutó y ensayó un par de fantasías en mitad de cancha que nos hicieron reír y preguntarnos, con Eduardo y Coco en la Centenario: «¿Y este de dónde salió?». Edu dijo entonces que Quintero terminaría como Cristian Fabbiani o como ídolo, no porque el colombiano aparentara vender lo que no era, sino porque intuía que su paso por River no tendría grises. Y sería cierto, absolutamente: primero el amigo de Maluma (porque entonces esa era la referencia, más allá de que nos enterábamos en cuentagotas que había jugado en el Porto y había sido convocado por José Pekerman para el Mundial 2014), y más tarde el Nalgón, estaba camino a ser leyenda en serio: los hijos de nuestros hijos les hablarán a sus hijos de él.

El caos que había comenzado en Lidoro Quinteros comenzó a cerrarse cuando Juanfer Quintero sacó un latigazo que, visto desde el otro arco, tardamos un par de segundos en certificar que había sido gol. A la distancia, primero no quedó claro si la pelota había pegado en el travesaño o en la parte superior de la red, pero sí vimos enseguida que rebotaba contra el fondo del arco y que volvía para el medio, y que Andrada no había llegado, y que el árbitro señalaba la mitad de cancha, y que algunos de los nuestros comenzaban a perseguir al goleador y que los defensores de River, a los que teníamos en primer plano, se desplomaban en el piso, y entonces sí se liberó en el fondo norte una catarsis que, de solo recordarla cuando termino de escribir esta crónica urgente, 12 días después del partido, me vuelve a doblar los tobillos.

Como señalé al principio, no soy de llorar por River. Solo me había pasado una vez, cuando estábamos a punto de salir campeones del torneo Final 2014, en los últimos minutos del 5-0 a Quilmes, y comenzábamos a purgar nuestros pecados recientes. Multiplicado por mil, por un millón, por mil millones, los últimos minutos en Madrid también fueron eso, una purificación. Era volver al lugar que, qué carajo, no tendríamos que haber perdido nunca, pero al que las arbitrariedades del fútbol —lo más justo y lo más injusto al mismo tiempo— nos habían enviado. Era también la reivindicación para una generación de pibes, los que tienen 20 y 30, que crecieron pensando que perder con Boca era lo habitual. Y no, qué va a ser lo habitual, si los que tenemos 40 les cantábamos hijos nuestros y el cumpleaños feliz cada vez que sumaban un año sin salir campeón, y fueron 11 entre 1981 y 1992. Era también terminar de confirmar el cambio de paradigma, que ahora River le gana de guapo o con fútbol, según haga falta, en la Bombonera, en Mendoza, en la Copa y también en Europa. Y que ganar «a lo Boca» en verdad es «ganar a lo River»: remontamos tres veces un resultado adverso, y sin haber jugado como local en ninguno de los partidos. Como había pasado en la serie con Grêmio, recién nos pusimos en ventaja sobre el final. De los 210 minutos contra Boca, habíamos estado empatando 157 y perdiendo 41. Recién pasamos a ganar en los últimos 12.

Entró Tevez, también Zuculini, Andrada se fue de centrodelantero, Barros Schelotto golpeó el piso, Matías Biscay no perdió la calma y Angelici habrá pensado en el TAS, pero era como si yo ya no estuviese ahí, en la cancha, sino en algún otro lado. Después me enteraría de que también mis amigos en Buenos Aires, entre ellos Esteban, presentes en el Museo del club, dejaron de ver los últimos minutos para empezar a dar vueltas.

Gago salió lesionado, el remate de Jara pegó en el palo (algún hincha de River debería entrar en algún partido de Champions, como un espontáneo, para besar ese lugar del arco), nadie marcó a Andrada en el córner, Armani mostró su puño de acero, Juanfer erró el taco, Lucas Olaza quedó pagando y el Loco Martínez comenzó una carrera en la que, como él mismo reconoció, perdería la conciencia, pero no solo él, sino también todos nosotros. De algún modo, todos empezamos a correr en el Bernabéu y nunca dejaremos de hacerlo.

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