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¿Quién hará de Toto Caputo en el cine del futuro?
En el retrato del megaestafador Bernie Madoff que propone la película “The Wizard of Lies”, la promiscuidad entre rentabilidad financiera, especulación improductiva y codicia desmedida terminan en la reconfortante moraleja de la cárcel. Sin embargo, ese no es el mundo en el que vivimos. Y ni siquiera es el mundo sobre el que habla Bernie Madoff.
21 de Mayo de 2018

Hay una pregunta en The Wizard of Lies, la biopic sobre Bernie Madoff producida por HBO, que me hace pensar en lo que Robert Palmer dijo alguna vez sobre el gran Billy Joel: “Es la clase de artista popular que hace ver al elitismo como algo no solo defendible sino necesario”. El asunto, por supuesto, es que al decir esto Robert Palmer sí tenía razón en algo —en estar enojado con Billy Joel, básicamente porque su gran música va a superarlo por siempre—, aunque al mismo tiempo se equivocaba en lo crucial: no es en la opción entre lo popular y lo elitista donde se resuelve el problema; esa, de hecho, no es más que la típica (y elemental) trampa del falso dilema. La historia de Bernie Madoff, el hombre de 80 años que logró por sí mismo la mayor estafa pecuniaria de la historia —y que desde 2009 cumple una pena de 150 años de cárcel en los Estados Unidos—, entra entonces dentro de las delicadas coordenadas conceptuales del falso dilema. Porque la pregunta es: ¿quién, con algunas nociones elementales de economía política, se atreve a afirmar que Bernard Madoff Investment Securities LLC, el fondo de inversión dirigido durante décadas por Bernard Lawrence “Bernie” Madoff, uno de los fundadores del NASDAQ, fue más fraudulento y engañoso que cualquier otro fondo de inversión ahora mismo al alcance de una búsqueda rápida en Google? Por ejemplo, cualquier ciudadano de bien podría buscar “BlackRock” y enterarse de que, a fin de cuentas, comparado con ellos Madoff era un bebé de pecho. Pero la interrogación va más allá de los capitales buitres. Al fin y al cabo, ¿quién, que no sea un lastimoso ingenuo, ignora a qué se dedican, por ejemplo, bancos tan prestigiosos como el HSBC?

Lo curioso no radica en que sea imposible saber lo que estos bancos, asesores financieros o fondos de inversión hacen cuando gestionan sus activos y nadie los vigila; lo llamativo es lo que nosotros ya sabemos acerca de sus gestiones aun cuando cualquiera que se proponga vigilarlos lo haga. ¿Estamos hablando de Karl Marx y los detalles descritos entre los capítulos 24 y 25 de El capital? Por supuesto. ¿Estamos hablando de “la acumulación originaria”? Es evidente. ¿Estamos hablando, incluso, de Honoré de Balzac y su famosa frase acerca de que “detrás de toda fortuna hay un crimen”? Claro que sí. Pero The Wizard of Lies también repite algo que nos susurran otras voces que son todavía más cercanas y están mejor documentadas. Y así como Madoff cayó después de que las denuncias de un tal Harry Markopolos fueran ignoradas durante casi una década por el mismo sistema de justicia que luego lo condenaría, ahí están, también, el testimonio todavía inocuo de Yanis Varoufakis y los “rescates” multimillonarios que el Congreso de los Estados Unidos trasladó de sus contribuyentes al aparato financiero en 2008, y también —si uno se siente nostálgico y nacionalista— la huella fresca del “corralito bancario” que el sistema financiero argentino diseñó en 2001 contra sus propios ahorristas, o —si uno prefiere el vértigo de las noticias— la corrida cambiaria que ejecutaron los tenedores extranjeros de Lebacs (ayudados, otra vez, por la corporación política de turno) a finales de abril de este año. Apenas un preludio colorido para llegar a nuestro autóctono (y casi artesanal) Enrique Blaksley, el “Madoff argentino”, como lo bautizó con saña alguno de sus clientes. Pero no nos alejemos del verdadero Madoff todavía.

el espíritu de la época y el espíritu del dinero

Al lograr una estafa de 50.000 millones de dólares, Madoff se apartó por un momento de la fe judía —por la que lo insultan un par de veces en The Wizard of Lies— para demostrar cuál es el inclemente núcleo del calvinismo que predomina en Wall Street y en el resto del cuerpo espiritual de la economía financiera: estar cerca de Dios al cierre de caja. Respecto a esto, la película se ocupa de acotar cualquier margen de acción para la credulidad y la inocencia: Bernie Madoff, encarnado con la severidad simpática de Robert De Niro, repite varias veces que todos sus clientes —una lista de 162 páginas con particulares, universidades, instituciones religiosas, aseguradoras, municipios y bancos como el BBVA, el HSBC y el Santander— eran esencialmente “codiciosos” que ahora tenían que “joderse”. El hecho de que Bernie Madoff, por otro lado, sea el único en decir la verdad, tampoco debería ser tan sorpresivo. Él trabajó durante décadas en Wall Street, él fue un miembro especialmente activo de la National Association of Securities Dealers, él hizo negocios con el JP Morgan Chase & Co. y con la Royal Dutch Shell (más conocida como Shell), él fue uno de los padres fundadores y presidente de la segunda bolsa de valores más grande de los Estados Unidos después de la Bolsa de Nueva York. Bernie Madoff conoce la verdad, y la película hace evidente que, al igual que la buena poesía, la verdad no es apta para cualquiera, al punto tal que ni siquiera sus dos hijos pudieron mantenerse vivos para soportarla. Esto es tan importante que es necesario insistir: Bernie Madoff decía tanto la verdad que hasta les advertía a sus propios clientes que no invirtieran los ahorros de toda su vida en sus fondos, con la mitad era suficiente. Y, sin embargo, la codicia era más fuerte, y lo invertían todo.

Este, entonces, es el problema de decir la verdad: nadie quiere escucharla, y mucho menos cuando se trata de una verdad vinculada al fetichismo del dinero. Así que ahora traslademos por un momento, al menos, la voz de Bernie Madoff al cuerpo de Nicole Neumann, que alguna vez dijo que el alma sentía las mentiras antes que la mente. ¿De verdad el alma se da cuenta de las mentiras antes que tu mente? Por supuesto que sí. Pero lo que falta añadir es todavía más perverso: cuando la mente se da cuenta, invierte todos sus esfuerzos en negar lo que el alma ya sabía desde el principio, y entonces se victimiza y llama a un abogado. En eso consiste el arte mismo de la decepción. ¿O acaso las superlativas tasas de interés en dólares que ofrecía desde su humilde Hope Funds S.A. Enrique Blaksley, “el Madoff argentino”, no gritaban por sí mismas que todo era una mentira? La trampa, sin embargo, vuelve en este punto al comienzo, es decir, al falso dilema de Robert Palmer ante Billy Joel. ¿Era tan evidente que las oportunidades financieras “populares” ofrecidas por Hope Funds S.A. eran fraudulentas? No tengan ninguna duda. ¿Pero acaso no había sido la “elite” bancaria en su totalidad la que se había quedado con los dólares de todos sus clientes en 2001? Es ahora, en tal caso, cuando los parámetros del hiato entre el mundo de lo que fue y el mundo de lo que podría ser debería presentarnos la pregunta definitiva, y tal vez la más didáctica de todas. ¿Dónde terminó el presidente de Hope Funds S.A. —con ese semblante picaresco tan parecido al de Luis “Toto” Caputo— y dónde terminaron los presidentes de los bancos más grandes de la Argentina? O, en una escala más pertinente al mundo económico que retrata The Wizard of Lies: ¿dónde terminó el presidente de Bernard Madoff Investment Securities LLC después de la crisis financiera de 2008 y dónde terminó el presidente de Lehman Brothers?

algunos preludios al instante de la verdad

Para terminar, un poco de Wikipedia. Fue Charles A. Ponzi (1882-1949), “un aventurero italiano que había llegado a los Estados Unidos”, como lo recuerda uno de sus biógrafos, quien en 1919 lanzó en la ciudad de Boston el primer juego de inversión que lo hizo multimillonario en apenas nueve meses (a través de la venta de cupones). Pero antes de terminar preso, pobre y muerto en Río de Janeiro, el “esquema Ponzi” de juego piramidal llegaría a popularizarse entre aquellos con la sensibilidad suficiente (y la astucia necesaria) para captar durante el lapso correcto de tiempo la codicia de otros. Sergei Mavrodi, por ejemplo, llegó a ser el sexto hombre más rico de Rusia con su juego piramidal MMM, y la mitad de la población de Albania (incluido el presidente Sali Berisha) estalló en 1997 cuando colapsó el juego piramidal Titan. Entonces, ¿tu alma se da cuenta de las mentiras antes que tu mente? Sí, desde ya. Lo sabe Nicole Neumann y lo sabe Nicolás Dujovne. Pero, en el caso particular del dinero, hay un elemento extra, y es este: la equiparabilidad del capitalismo regular con un “esquema Ponzi” debería verse en el hecho (indiscutible) de que en ambos modelos se trata de un sistema de crecimiento basado en el crédito, que venga de donde viniere, depende de una reproducción indefinida. De hecho, y esto sí es algo en lo que Bernie Madoff, Alan Greenspan, Enrique Blaksley y Luis Caputo podrían estar de acuerdo, a ambos —al capitalismo regular y al “esquema Ponzi”— les es inherente una tendencia al derrumbe en cuya manipulación consiste la dinámica misma del sistema. Por supuesto, es al llamar a esa dinámica “revolución permanente” —o, en cambio, “tasa de explotación”— que uno dirime, además, de qué modo habrá de soportar la carga ideológica de la moderna economía dineraria y de la propiedad (aunque al llamarla “autoayuda financiera”, como hizo el boletín oficial de la cultura del Pro en Buenos Aires hace un par de años, tal vez el inconsciente macrista nos estaba anticipando algo).

De haber alguna moraleja constructiva en The Wizard of Lies, habría que pensarla no tanto en términos de conciencia —“oh, al fin alguien nos muestra que el capitalismo se basa en robar, sí, pero con buena espalda política para no ir preso”— sino en términos de resistencia. ¿Pero qué tipo de resistencia? Para alejarse rápido de cualquier fantasía inservible, conviene leer un excelente ensayo de Érik Bordeleau, Foucault anonimato (editado en Argentina por Cactus), donde la resistencia se redefine con inteligencia. Ahí, escribe Bordeleau, la resistencia no se trata de prestarse a una “reacción”, que siempre va a estar condicionada por una causa y limitada al corto aliento. Se trata, más bien, de recordar la “microfísica del poder” (en este caso, financiero) y el libre juego de las fuerzas involucradas en su propio núcleo. En ese sentido, “resistencia” y “anonimato” pueden pensarse como las dos caras de una misma “problematización de los procesos de subjetivación que derivan de nuestras relaciones con los dispositivos”, como escribe con cierta pomposidad Bordeleau. En otras palabras, no se trata de borrar nuestra identidad; tampoco se trata de sustraerse de los nombres. De lo que sí se trata es de identificar con atención sobre qué se sostiene este capitalismo de casino gracias al cual prosperan muchos otros como Bernie Madoff.

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