¿qué historia se enseña hoy en argentina? | revista crisis
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¿qué historia se enseña hoy en argentina?
Ilustraciones: Frank Vega
06 de Noviembre de 2018
crisis #32

"Deserto Mall" formó parte de la exposición Museos Mutantes, inaugurada en el Museo Histórico Nacional durante el año 2006. Es una versión libre del cuadro de Juan Manuel Blanes "La ocupación militar del Río Negro", que data de 1879.

 

Diciembre de 1973. Tercer mes del tercer gobierno de Perón. El número 8 de la mítica revista crisis presenta un dossier con una pregunta precisa: ¿se enseña en la Argentina la historia real del país? Respondieron 15 historiadores de diferentes tradiciones ideológicas. Una grieta dominaba el debate en aquella ardiente coyuntura política: revisionismo versus historia liberal. Se discutía el contenido de la memoria colectiva. Los fundamentos de la nación. El material se ha convertido en bibliografía obligatoria en varios Institutos Superiores de Historia. Casi medio siglo más tarde, un grupo de estudiantes y graduados del Profesorado Joaquín V González decidieron retomar la aventura.

Marzo de 2018. Tercer año del gobierno de Macri. En el número 32 de la nueva revista crisis publicamos otro informe con una sutil variación en la pregunta: ¿qué historia se enseña hoy en la Argentina? Contestan 15 especialistas de distintas tendencias políticas. En la actualidad el panorama cultural es bastante diferente. Desde el Estado se insiste en la irrelevancia del pasado para comprender los desafíos del porvenir. A tono con la época, el expresidente Eduardo Duhalde propuso, a fines de 2017 en un seminario de prospectiva, consensuar "una agenda que sea 10% pasado, 40% presente y 50% futuro, porque no podemos seguir discutiendo hasta a Cristóbal Colón". Para el pensamiento hegemónico, el estatuto mismo de lo histórico se desvanece en el aire. Lo que sigue es nuestro modesto aporte al debate, con la intención de reabrir la polémica.

 

María Elena Barral (1964). Investigadora. Elaboró los materiales “Memorias de un país” en ocasión del Bicentenario 2010, pero el Ministerio de Educación de la Ciudad de Buenos Aires los censuró. Publicó en 2017 el libro Curas con los pies en la tierra.

Hay poca reflexión sobre la especificidad de la historia en su enseñanza y aprendizaje. El sentido común dice que la historia es como un cuentito, los chicos la aprenden y la pueden leer como si no hubiera un trabajo de investigación histórica, y una construcción historiográfica. La historia que se enseña en las escuelas se plantea como verdadera y listo. Ya está escrita y es esta que te cuento. Para algunos temas puede funcionar la multiplicidad de perspectivas: la conquista, el peronismo, unitarios y federales… pero lo que me parece que no hay es la idea de un conocimiento científicamente elaborado. Yo siempre les decía a los chicos: si ustedes van al archivo van a ver que hay un montón de gente mirando papeles viejos. No es que a los pibes haya que enseñarles cómo se investiga pero sí la idea de que sobre este tema se saben unas cosas, otras no se saben, y hay determinadas cuestiones en discusión.

Por otra parte, aunque se plantea un enfoque más renovado se cae en una historia de las élites. Cuando se incorporan a los sectores populares aparecen los problemas. En general se incorporan como víctimas, sin capacidad de intervención sobre la construcción política que se está llevando a cabo. En los materiales que propusimos planteamos la pregunta: ¿qué participación tuvieron los grupos subalternos en la construcción del Estado? Era un material que llenaba algunos vacíos en los programas de estudios. Muchos docentes dijeron: ¡pero eso ya se enseña! Se enseña Tupac Amaru, las mujeres, los indios, los negros están. ¿Pero cómo aparecen? En mi experiencia, incluso contra las buenas intenciones de los docentes docentes, la conquista por ejemplo es una historia de derrota. No existe la capacidad de respuesta de las sociedades indígenas en términos de negociación, resistencia, ese es un contenido muy resbaladizo y difícil.

Otra de las tareas que nos ponemos en la enseñanza es desmitificar la historia argentina. Pero se sale a dar esa batalla con muy poca reflexión atrás. No hay una reflexión sobre cómo reemplazar esa mitología, no sé si con una nueva mitología pero sí por tareas colectivas que como comunidad nos hemos dado a lo largo de la historia.

Hay luchas colectivas que merecen ser contadas. Yo creo que la lucha de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y toda la resistencia a la dictadura deben ser contadas, porque es algo muy particular en nuestro país. Hay pequeñas grandes historias que unen a estos pequeños grupos con situaciones políticas y contextos históricos.

Ganó mucho espacio la historia académica en los manuales, en los ministerios. Pero muchas veces ese espacio viene junto a la batalla desmitificadora. Eso tiene problemas. Tenemos que tratar de reintroducir nuestras luchas colectivas. Algunas experiencias históricas que tenemos como país que son únicas y que merecen ser contadas.

 

Dora Barrancos (1940). Investigadora y directora del CONICET. Publicó Mujeres en la sociedad argentina: una historia de cinco siglos (2007)

Yo creo que hay una cierta renovación de tópicos, por ejemplo respecto de incorporar el punto de vista de la historia de las mujeres —sin que me haga muchas ilusiones igualmente. También en lo que tiene que ver con la historia más reciente de Argentina, que ha ganado mayor presencia. Nadie da el siglo XIX por dar el siglo XIX. Aunque trabaje ese período o la época medieval, sigo creyendo en la magnífica idea de que el tiempo de la historia es el presente. Entonces, eso provoca migraciones, cambios en la perspectiva: hay una cierta convocatoria a repensar el siglo XIX a la luz de la Argentina contemporánea.

Después, me parece que en algunos lugares del interior prevalece una especie de teluria historiográfica que tiene que ver con la realidad regional. Ahí no me animo a diagnosticar cuál es la novedad, porque hay renovación de las historias regionales —y qué bien que se haga— pero se me escapa cuál es el cambio de los puntos de vista.

1973 era un contexto de enorme significación semiológica, porque estaba ardiendo la sociedad argentina en función de un propósito de transformación radical que nos acometía a quienes éramos jóvenes. Y esto evidentemente había atrapado la convicción revisionista de la historia y de otras disciplinas teóricas, era necesario atravesar los saberes académicos con ese enorme constructo de urgencia social del momento. Hoy no existen estas fracturas políticas formidables en la Argentina, ideológicas y políticas, no por lo menos a la manera del pasado: más bien hay actores que vuelven a revisar el pasado pero apenas como una evocación retórica. La urgencia del 73 consistía en revisar todo el siglo XIX a la luz del presente, y darle una especie de sentido anacrónico.

Prácticamente no se retienen tópicos de los setenta. A menudo se dice “esto nos pasa desde hace dos siglos”, pero eso es una composición retórica que aporta poco a los sentidos de las discusiones actuales, en cambio antes sí tenían alta significación estas fraguas: revisionismo versus liberalismo. Una misma, que procura pensar con sentidos radicalmente democráticos, poniendo en primer plano a las mayorías, recusa cualquier anacronismo, cualquier fijación esencial de sentidos, porque es absurda. La sociedad del siglo XIX no tiene nada que ver con la nuestra, los sintagmas del siglo XIX no tienen nada que ver con los nuestros. Yo siempre he alertado acerca de la caducidad de los conceptos, contra los fórceps históricos. Por ejemplo, la palabra imperialismo tomada hoy no tiene el mismo significado que durante el siglo XX: la abstracción del movimiento alucinante de capitales que andan por el mundo, la inaudita separación del capital financiero respecto de su base material, es un fenómeno que no se puede comprender con las mismas categorías del pasado.

Siento que hoy tiene más importancia en los debates y presentaciones una cuestión como las sexualidades disidentes. Hay allí una extraordinaria cantera de sentidos, de derechos personalísimos, que enriquecen la noción de derechos sociales.

 

Ema Cibotti (1956). Historiadora y divulgadora. Publicó varios libros, entre ellos Introducción a la enseñanza de la historia latinoamericana (2004) e Historias mínimas de nuestra historia (2011).

Los temas se han renovado mucho en los libros de texto de historia. La historia que se enseña hoy es mucho más elaborada, más renovada. En términos del oficio, es cierto que la historia de los sesenta y de los setenta estaba muy ideologizada, muy lejos de lo que era el métier del historiador, en cuanto al uso de los archivos, de los papeles. Creo que en ese sentido la narrativa es mucho más interesante. Se enseñan cosas muy concretas. El problema es establecer los grandes lineamientos, ahí está el problema.

Es muy buena la pregunta de qué historia se enseña hoy porque hay una enorme mezquindad para definir conceptos y períodos. Es una ensalada total. Una cosa es lo que dicen los textos y otra es lo que el docente prepara para enseñar. La discusión entre historia oficial e historia revisionista a esta altura no tiene ningún sentido, está totalmente perimida. Si vos querés, además, no ganó nadie. Lo que faltan son temas. Por dar un ejemplo: la ejercitación de la ciudadanía fiscal. La gente no solo no sabe qué es un impuesto —y los docentes no están en condiciones de explicarle a los pibes— sino tampoco cómo se recauda, cómo se aplica el gasto y quién lo controla. Estas y otras distorsiones del federalismo que hemos construido están completamente ausentes del debate público. Por lo tanto, también están ausentes en el debate histórico. Lo que no está en el debate público no existe en la enseñanza de la historia. Unos pocos tipos estudian el tema de la coparticipación y el resto lo ignora, sean militantes o partidos políticos, no me refiero solo al profesor de historia. A mi me parece un problema mayúsculo.

En el 75, creo que en la revista de Terragno, se hace una consulta a un montón de historiadores y opinólogos sobre cómo va a ser el mundo y la Argentina en el 2000. Ya había sucedido la crisis del 73, que fue muy dislocadora porque terminó con los años del capitalismo de pleno empleo, los 25 años dorados que estudiaron los historiadores y economistas. “Vamos al socialismo”, decían. Se pensaba que era ineluctable. Por eso te digo que, en general, las interpretaciones históricas están vinculadas a la práctica política. Y estos tipos no entendían lo que estaba pasando. No solamente no fuimos al socialismo sino que estábamos al borde de una dictadura atroz.

Gabriel Di Meglio (1973). Investigador, divulgador y director del Museo del Cabildo. Publicó ¡Viva el bajo pueblo! en 2006, entre otros libros. Trabajó en producciones audiovisuales televisadas por Canal Encuentro, entre ellas Zamba.

A nivel universitario, en la primera parte del siglo XXI se elevó mucho el nivel de investigación, con mucha inversión del Estado. Surgieron más centros de investigación de los que hubo nunca en Argentina y se generó una federalización del conocimiento —si bien es asimétrico entre Buenos Aires y otras ciudades. Ahora cuando querés saber qué se dice sobre determinado tema historiográfico, tenés que leer muchas cosas, buenas y malas, y con aportes significativos de muchas regiones del país. Por lo tanto, me parece que es una historia mucho más diversa de la que hubo nunca.

Por un lado, hay una historiografía muy delimitada por las marcas del mundo académico posterior a la dictadura, pautas bastante rígidas que hacen que una ponencia, paper o artículo sea muy interesante para colegas y estudiantes pero muy difícil de ser consumida por fuera de ese circuito. No digo nada nuevo, este problema existía mucho antes, pero de los ochenta para acá hay una división muy clara. Esta historiografía académica ha renovado los temas y las preguntas sobre el pasado, a veces en consonancia con problemas políticos del presente, otras veces según debates que no siempre se desprenden de lo que está pasando en la Argentina. Por otro lado, en el mundo de la divulgación, la historia pensada para públicos masivos tiene una agenda propia, más parecida a la que tenía en épocas previas. Por ejemplo algunos problemas políticos clásicos, o la discusión sobre las grandes figuras, temas muy desarrollados que no siempre son los que se trabajan en el mundo académico.

Simplificando de manera brutal, la historia liberal, la revisionista y la marxista fueron como tres grandes ramas hasta la última dictadura. Y en un costadito había surgido lo que sería la madre de la historiografía actual, que en su momento lo llamaban “la renovación”, en base a métodos traídos del marxismo británico, y de la escuela francesa de “los annales”, o de la sociología histórica estadounidense, que incorporan otro tipo de miradas y de preguntas. Aquella división historiográfica que marcó al siglo XX, entonces, pierde sentido después de los ochenta.

Ahora pasa algo que me llama la atención: yo trabajo la primera mitad del siglo XIX en Argentina, y en ese rubro vos tenés gente que políticamente opina muy distinto sobre el presente pero puede tener acuerdos en su mirada sobre el pasado. ¿Por qué se logra eso? A priori, porque hay un campo profesional conformado y un modo de trabajar que permite llegar a ciertos consensos o ciertas discusiones que no alinean directamente a la gente de acuerdo a lo que piensa en el presente. Podés ver gente de extrema izquierda y otras de derecha que usan los mismos métodos, que escriben parecido, porque entre otras cosas está legislado tanto por el Conicet como por las universidades. Después, cuando uno rasca un poco encuentra que hay diferencias que sí tienen que ver con la ideología.

Hay periodos en torno a los cuales sí existen debates fuertes, que reflejan discusiones ideológicas de fondo. Por ejemplo en torno al Centenario y el auge agroexportador. Unos tenemos la idea de que es un periodo que ha sido demasiado ensalzado por la tradición liberal y que empíricamente eso no es demostrable, porque el hecho de haber llegado a ser la octava economía del mundo no quita que enormes regiones de Argentina quedaron por fuera del desarrollo.

El mundo de la divulgación es mucho más libre, tiene reglas menos claras, ahí se trata de llamar la atención, convocar al público a leer, escuchar o mirar, dependiendo del producto que uno haga.

 

Federico Lorenz (1971). Investigador y director del Museo Malvinas. Es autor de: Algo parecido a la felicidad. Una historia de la lucha de la clase trabajadora argentina (1973-1978) (2013) y de Unas islas demasiado famosas. Malvinas, historia y política (2013), entre otras obras.

Lo primero es abandonar la pretensión de generalidad: uno puede hablar de qué historia pretende enseñar uno, qué historia se enseña en algunos lugares, qué historia se enseña a través de los insumos con los que los profesores trabajamos. Porque los historiadores hemos perdido el monopolio de la enseñanza de la historia (en realidad quizás nunca se lo tuvo, pero hay un sentido común muy fuerte de que el trabajo de los historiadores profesionales fija lo que la gente sabe sobre lo que ocurrió en el pasado).

La historia que se enseña hoy es una en la que conviven miradas muy anacrónicas, las que yo pude haber aprendido de chico, con preguntas nuevas que no existían cuando me formé. La cuestión del género cuando yo estudiaba en el profesorado se le ocurrió a un par de profes de manera tangencial, de lo contrario no nos hubiera preocupado. Pienso que la respuesta se restringe a qué historia quiere enseñar uno, y a mi me gusta la historia que ideológicamente se ubica del lado de los perdedores, con todo lo genérico que tiene eso. También me interesa introducir la desconfianza crítica permanente. Es una historia que no es muy autocomplaciente ni autosatisfactoria, una historia —estoy pensando en la historia nacional— que tiene que hacerse varias preguntas porque lo que vivimos muchas veces se parece a un fallido: hoy estamos viviendo en un país que es la ruina de varios proyectos derrotados, con los que uno puede estar de acuerdo o no. En definitiva, es una historia que más que nada busca interpelar sobre la propia responsabilidad.

En el 73 era bastante lógico que los debates se dieran en esos términos: historia vs política, antiimperialismo vs imperialismo, historia liberal vs revisionista, rosismo vs antirosismo; pero si me remito a lo que te decía antes, el problema es que ha habido una gran renovación de temas pero no de preguntas. Entonces, si pienso a la historia como instrumento de intervención política —que es como yo la concibo— tenemos un retraso fenomenal y por eso se han reflotado categorías que son anacrónicas para dar la discusión. Hoy nos preguntamos mucho menos cómo quiero que la historia sirva a cierto proyecto sin que en ese camino deje de ser ciencia, o sea, sin dejar de ser rigurosa. Lo que a mí me parece que no hemos revisado tanto son las categorías desde las que pensamos la conflictividad social. Eso es una gran deuda.

Hay que entender la historia como parte de la lucha política, y la apelación retórica que el kirchnerismo hizo al pasado forzó ese vínculo. Pero me pregunto cuántas posibilidades dejamos en el camino, porque las discusiones que vuelven ahora sobre el 2 x 1, o la cantidad de gente a la que no le importa lo de Maldonado, tiene que ver con que subidos a un discurso muy autocomplaciente muchos se ocuparon poco de construir masa crítica.

Los sentidos sociales del pasado son acumulaciones que llevan muchísimo tiempo. Nosotros todavía estamos pensando pensando la historia, en un punto, en la matriz de la oligarquía del fines del XIX, estamos discutiendo todavía modelo agroexportador sí o no, cambiándole el nombre. Si no recuperamos esa capacidad de pensar estratégicamente, si no nos damos el trabajo de instalar temas de más largo alcance, basta un cambio de contexto como en el presente para que parezca que lo peor de nosotros estaba ahí escondido.

Vos fijate que cuando hablamos de historia reciente es sinónimo de dictadura, aunque el 2001 fue hace más de 15 años. ¿Por qué parece más reciente en nuestras discusiones el asesinato de Rucci que el de Darío y Maxi en 2002? La verdad que no lo sé. En gran medida tiene que ver con que las preguntas sobre el pasado y la politicidad de la historiografía volvieron de la mano con los estudios sobre la memoria. Y eso abrió una cantidad de posibilidades y cerró otras.

 

Marcos Novaro (1965). Investigador y miembro del Centro de Investigaciones Políticas. Dirige el programa de Historia Política del Instituto Gino Germani. Publicó Historia de la Argentina 1955-2010 (2010).

Creo que hay bastantes cambios en la historia que se enseña. Uno que me llama mucho la atención es que se ha vuelto bastante más contemporánea. En mi época de estudiante secundario se llegaba, con suerte, a la década del treinta, obviamente por razones políticas pero también por esa separación entre la historia y el presente que era muy fuerte. Lo mismo sucede en la vida académica, porque la mezcla entre politólogos e historiadores, o entre sociólogos e historiadores es más frecuente, antes estaban más separados.

Pero eso tiene también su lado negativo: yo creo que la mezcolanza ha redundado en un deterioro de la calidad y del rigor en el análisis histórico. El gremio de historia era muy exigente en criterios de calidad y validación. La mezcla con el resto de las ciencias sociales yo creo que la ha deteriorado. En el mismo sentido, la politización y el relativismo se han incrementado de mala manera. Tal vez sea injusto, pero me parece que al relativizar los criterios de autoridad y validación se entró en una especie de tómbola de todo vale, yo tengo mi perspectiva, vos tenés la tuya, hago lo que se me canta. Por lo tanto, cada uno lee lo que quiere escuchar. Así como uno ve muchas investigaciones y docencia sobre historia reciente —y uno en principio diría: "es bueno"—, a veces se ven cosas muy berretas, muy cerradas, muy parciales y que no dialogan con otras perspectivas. Yo tengo la mía, vos tenés la tuya. Ni siquiera tenemos conflicto, lo que tenemos es indiferencia. Como los medios de comunicación: cada uno elige el medio que valida lo que ya piensa. Esto ha contribuido a un debilitamiento que se observa también en otras ciencias sociales, solo que el resto tenía menos que perder.

Me parece que en los setenta creció esa ola del compromiso político, y de una historia que no podía ser indiferente a la pregunta de a quién le sirve. Pero ese impulso yo creo que no llegó a ignorar el hecho de que la historia profesional tenía ciertos estándares que respetar. Entonces, Alberto Plá es un tipo muy militante, por ejemplo, pero extremadamente riguroso. El más militante tenía que ser el más estudioso, porque tenías que leer todo para poder pelear en igualdad de condiciones en el terreno de la disciplina científica. Me parece que en la situación actual no se trata tanto de compromiso político, sino más bien de faccionalismo. El gran problema no es que haya historiadores militantes enfrentados a historiadores cientificistas, sino que avanza un relativismo que en términos epistemológicos implica un camino a la degradación de la calidad. Si vos validás lo que escribís solamente por los referentes ideológicos que comparten tu postura, ya estás adoptando una posición en la que no te interesa enfrentar una historia liberal para derrocarla. Han desaparecido las grandes figuras, ya no tenés grandes historiadores: ni liberales ni antiliberales, ni marxistas ni antimarxistas, ni de izquierda ni de derecha. Lo que tenés es un achatamiento.

Los dos años que llevamos de gobierno de Macri me parece que validan las perspectivas que ya existían antes, no veo que haya mucha novedad más que un cambio en la correlación de fuerzas relativo. Me parece que mucho entusiasmo restaurador no hay, no se sabe muy bien qué quiere hacer el gobierno con los programas de educación, en principio parece que no quiere hacer nada, o al menos no hay interés o no es una prioridad. Pero sí hay un discurso antipopulista, pro República, que recuerda esa primera Argentina que prometía tanto y que hay que recuperar.

 

Pacho O´Donnell (1941). Historiador y divulgador. Publicó infinidad de ensayos y libros de historia, entre otros: 1815, la primera declaración de Independencia argentina (2015).

Hay dos vertientes fundamentales en la historiografía argentina. Una es la historia liberal. A la otra se le ha dado el nombre de revisionismo, un nombre que está algo desactualizado porque tiene que ver con el deseo de los iniciadores de esta corriente historiográfica de revisar la historia dominante, que es la liberal. Yo preferiría llamarla nacional, popular, federal, iberoamericana. Pero si bien revisionismo no designa lo que es actualmente esta corriente, yo lo mantengo porque la gente entiende lo que se quiere decir.

La historia que se enseña en la escuela es la que se impuso después del triunfo de Pavón que consolidó la victoria en la guerra civil del proyecto porteñista, extranjerizante, por cierto antiprovincial, antipopular. Y desde entonces se erige en un pensamiento único que ha logrado ser considerado como La Historia, la versión única incontrastable de la historia argentina. En los márgenes de esta historia oficial se ha desempeñado con mayor o menor éxito y vigor, según las épocas, esta otra corriente nacional, popular, federal, iberoamericana.

El revisionismo en los últimos tiempos se ha impuesto en la gente, ha ganado el espacio de la calle, de los programas de televisión, de radio, de los libros, ha desplazado en forma rotunda a la historia liberal. Pero no lo ha hecho en el campo educativo, a pesar del fuerte impulso que tuvo durante el gobierno de los presidentes Kirchner, no se modificó la currícula educativa. Los cambios en educación hacia esta otra historia más verdadera, más sincera, no se da desde las autoridades mejorando los planes de estudio sino que se da en las aulas mismas, desde abajo hacia arriba. Cuando los alumnos y profesores desacuerdan con los textos de la enseñanza oficial, eso genera interesantes debates. Los docentes enseñan muy bien, lo que está mal es lo que se enseña. Todavía falta bastante tiempo para modificar sustancialmente los planes de estudio en Historia.

La historia es un aparato ideológico muy importante, por eso los liberales, los unitarios, cuando vencen, tienen clarísimo —porque son muy inteligentes— que además de formar un ejército nacional para enviarlo como ejército de ocupación a las provincias y destruir todo lo que hubiera de federalismo, al mismo tiempo tienen que escribir la historia, para darle basamento ideológico-doctrinario al proyecto político que en ese momento estaban imponiendo brutalmente. Esta característica de aparato ideológico, al decir de Althusser, hace que la derecha esté tan alerta a las modificaciones o a las palpitaciones del revisionismo. Eso fue evidente cuando fundamos el Instituto Dorrego, lo que provocó un gran escándalo de los sectores liberales de la historia, que concluyó cuando Macri en una de las primerísimas medidas de su gobierno decide clausurarlo. Lo cual, para mi como presidente del Instituto Dorrego, significó una tristeza pero también sentí un gran orgullo, porque eso refrendaba que habíamos logrado ser peligrosos como lo fueron en su momento Jauretche, Pepe Rosa, Scalabrini Ortiz, Hernández Arregui, Fermín Chávez… quienes padecieron el ninguneo y la marginación.

 

Felipe Pigna (1959). Historiador y divulgador. Publicó, entre otros libros, los cinco tomos de Los mitos de la historia argentina. Dirige la revista Caras y Caretas. Conduce variados ciclos televisivos y radiales sobre historia.

Yo creo que se enseña una historia mejor de la que me enseñaron a mí en los sesenta. Todavía con ciertos vicios, claro, siempre teniendo en cuenta que depende mucho de quién es el emisor. Al no haber una línea clara por parte del Ministerio de Educación de qué historia hay que enseñar, depende mucho de cada docente cómo se enseña esa historia. De todas maneras, hay una ventaja en la diversidad de opciones que tienen los alumnos hoy, contando a su alcance con otros medios de información. Ya la escuela no es el lugar monopólico de acceso al conocimiento, por lo tanto los alumnos traen alguna información, saben que las cosas no fueron tan así como lo relata la historia oficial y eso ayuda a que la clase se desarrolle de otra manera.

Creo que hay todavía una cierta dependencia de la ideología y de la capacidad didáctica que tenga el docente. Sobre todo porque, a diferencia de lo que pasa en matemáticas que a los alumnos se le enseña cómo hacer matemática, al alumno en historia no se le enseña cómo hacer historia. Es decir, la forma práctica de acceder a la historia: cómo investigar, cómo trabajar, cómo leer críticamente un texto. Parece ser que la materia historia no tiene su parte práctica sino que es un reservorio de archivos y datos, cuando en realidad debería ser una materia con la misma practicidad de las matemáticas, que ayude a resolver problemas, que ayude a entender el presente, una herramienta de trabajo y no solamente un elemento memorístico.

El desafío es muy grande porque tenemos la rémora de seguir remando contra mitologías de una historia arcaica, que necesitamos combatir claramente porque es una historia que apunta siempre a la justificación del presente.

Si tuviera algún poder académico me encargaría de que el egresado de la facultad tenga un conocimiento cabal de la historia argentina, cosa que no está pasando. Uno se encuentra con licenciados que no saben quién fue San Martín, porque se considera que la biografía no es un género para tener en cuenta y se va a la historia procesual, a los grandes procesos, a una mirada que para mí atrasa porque tengo la suerte de recorrer muchas universidades del mundo. Yo creo que ningún egresado de la Sorbona ignora quién fue Napoleón. Y acá te encontrás con egresados que no saben quién es Belgrano, quién es San Martín, y convencidos de que no es importante. Yo no estoy diciendo que sea lo más importante ni mucho menos, pero hace a la formación del historiador. Va despegándolo de la nacionalidad, creando una imagen de historiador internacional con poco arraigo local.

Creo que el sector conservador de la historia argentina está perdiendo la batalla, y por eso la molestia que sienten cuando empiezan a ver que hay otra historia que se está contando. Para mí la memoria colectiva como tal no existe: la memoria popular es una ficción, debe construirse cada día.

 

Luis Alberto Romero (1944). Historiador. En 2017 publicó la edición definitiva de su Breve historia contemporánea de la Argentina.

Mirando las contestaciones de 1973 se nota que era un momento de casi guerra, donde la historia servía como herramienta para la lucha. Detrás de eso creo que hay una idea bastante primitiva, que hoy no existe. A la vez, hoy la historia está mucho menos inserta en el debate nacional. Al relato macrista no lo construyeron historiadores de oficio, no lo construyeron especialistas. Lo más parecido a ese estilo fue el Instituto Dorrego, aunque si bien el relato histórico está presente hay muy poca historia ahí, porque más bien encontramos ejemplos que pretenden demostrar cómo los conflictos del presente ya se dieron en el pasado: a Dorrego lo fusilaron, igual que ahora los medios fusilan a Cristina. Eso no es historia, es usar instrumentalmente el pasado. O a Mariano Moreno lo tiraron al mar, igual que a los desaparecidos. No existe el trabajo de armar una narración.

Si miramos qué pasa en el aula, mi impresión es que difícilmente un profesor hoy emocione a los chicos. Me parece que estamos en una época de baja en la conciencia histórica y de muy buena calidad en la producción histórica. Es una paradoja.

Para arrancar por el lado optimista empiezo por la universidad y el cambio notable en la calidad y cantidad de buenos historiadores que se formaron en la Argentina a partir del 83. Cuando yo estudiaba había uno o dos muy buenos y el resto tratando de formarse. Es cierto que se produjeron muy pocos libros de síntesis, más bien lo que predomina es la idea de abrir el campo y no preocuparse mucho por cómo se integra lo de uno con lo de otros. La profesión de historiador consiste en producir un conocimiento que creemos que es científico. Yo creo que hay que distinguir lo que un grupo —yo diría 20.000 personas— produce como profesionales de la historia, y lo que cuarenta millones de habitantes hace con respecto a su pasado. Eso que los cuarenta millones de habitantes hacen con su pasado lo llamamos a veces memoria, a mí me gusta más llamarlo conciencia histórica y no tiene que ver con la ciencia. Tiene que ver más bien con preguntas existenciales: quién soy, de dónde vengo, a dónde quiero ir. Pasado, presente y futuro. Y es absurdo pretender que se contesten en los términos que contestaría un historiador profesional.

Durante el kirchnerismo eso que llaman “el relato” cumplió una función muy importante. Hay que reconocer que existe un relato básico que yo creo que está muy fuertemente instalado en el sentido común argentino, que es el relato nacional y popular de la historia en sus múltiples variables, desde José María Rosa hasta Gabriel Di Meglio, con una variancia muy grande. Luego tenemos otro relato sobre los setenta, que ahora ha reaparecido en una versión revival, nostálgica y muy fuerte. Y el tercero, que viene completamente de otro lado, es el de los derechos humanos, que es una de las cuestiones más importantes que pasó en términos culturales y políticos en la Argentina, cuyo momento de convergencia tuvo lugar a la caída de la dictadura y luego se abrió en distintas ramas. Entre ellas la de Carlotto-Bonafini, que llevó esta interpretación lejos de la idea liberal de origen y más cerca de la idea militante según la cual hay un enemigo que debe ser destruido. Ahí me parece que el kirchnerismo hizo un ensamble muy bien hecho y utilizó a fondo todos los recursos que tenía a mano, del Estado, de la militancia, para instalarlo en lugares muy variados. Muchísimos ámbitos educativos, materiales, libros, Zamba. Y muchísimo trabajo militante.

Una cosa que a mí me admira es Wikipedia. Hace poco descubrí cómo habían sido sutilmente modificadas todas las entradas que tienen que ver con historia argentina para introducir ese relato que le gustaba a Cristina. En ese sentido me gustaría que hubiera un movimiento de revisión de ese relato, que implica cosas como empezar a participar de las entradas de Wikipedia para ver dónde hay deslices que no son precisamente groseros pero operan, también involucrarse en los guiones de los museos, es decir todo lo que se llama la historia pública que es un campo fundamental. No tiene nada que ver con hacer monografías para el Conicet sino con intervenir en la memoria. Y me parece que a la Argentina le vendría bien una acción colectiva para devolverle la libertad a la mirada de la gente sobre el pasado, y no encasillarla en una versión muy bien estructurada. Volver a conectarnos de una manera viva y libre con el pasado. Yo creo que “el relato” es una especie de piedra que nos ata a un momento e impide seguir adelante.

 

Alberto Sileoni (1952). Ministro de Educación durante la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner y profesor de historia.

En las ciencias sociales hay un interés de transmitir una interpretación de la historia y los gobiernos pugnan por eso. Nuestro gobierno intentó discutir la interpretación clásica mitrista, que siempre ha sido concebida como natural, y para muchos sectores absolutamente indiscutible. Hoy en día las editoriales del diario La Nación siguen calificando por ejemplo a la toma de un colegio secundario como un acto de barbarie.

En ese marco, yo no sé si la pugna entre historia liberal clásica mitrista versus historia revisionista sigue siendo central, pero la tensión todavía existe y como novedad aparece la fuerte discusión sobre el pasado reciente, es decir sobre la dictadura. Creo que los movimientos nacionales y populares buscan en el pasado referencias que nos pertenecen, para entender el desafío histórico. Y me parece que esta alianza que hoy está en el gobierno, por el contrario tiene la intención de deshistorizar. El neoliberalismo deshistoriza. Al principio de la gestión se autoimpusieron cierto parentesco con el desarrollismo. Pero se reveló falso, y nunca más. Iván Petrella dice que el pasado nos paraliza. Hay un video de Alejandro Rozitchner con un niño atrás saltando en un elástico en el fondo de una casa, mientras el intelectual oficialista dice que hay que terminar con el pasado porque en el pasado hay muchos muertos. El presidente va a las Barrancas el 20 de junio, habla seis minutos y dice que Belgrano es una muestra de que sí se puede. Otro funcionario dijo de San Martín, el 17 de agosto último, “ese gran emprendedor que tuvimos en la Argentina”. Alguien en las redes sociales hizo un chiste: “emprendedor es poner un parripollo, San Martín liberó América”. Hay una colisión de densidades. Hay en estos tipos una levedad que en algún sentido sorprende.

Nosotros intentamos construir nuevas miradas a través de Canal Encuentro, que por supuesto dijeron que era sesgado y lo era, claro, porque tenía una línea. Y lo reivindico como un derecho, porque nosotros pensamos así la historia. También tuvimos Paka Paka, con Zamba metiéndose decididamente en la historia, con interpretaciones que no eran muy jugadas pero es que para algunos todo lo que sea salir del canon tradicional es jugado. Me mató la sociedad sarmientina, por ejemplo, porque Zamba le dice a Sarmiento que es un cascarrabia, aunque también le dice que es un gran educador.

El 17 de febrero del 2010 la expresidenta anunció reformas para la escuela secundaria. Había una idea de volver a los títulos clásicos, y una fuerte transmisión de contenidos en lengua, matemática y en historia también. Como había cierta libertad en las jurisdicciones, acá en la ciudad mocharon una parte de historia. Esto tiene relación con Brasil: Temer eliminó historia y otras ciencias sociales en ciertas currículas. Hay una intención de deshistorizar, eso me parece que es indisimulable.

 

Javier Trímboli (1966). Profesor en formación docente e investigador. Publicó novelas y ensayos, el último: Sublunar, entre el kirchnerismo y la revolución (2017).

Es una pregunta casi inabordable. Rápidamente, para hacer una diferencia entre cómo se podía responder en 1973 y ahora, te diría que de un tiempo a esta parte el lugar que ocupa la historia en las sociedades pasó a ser otro. En 1973, previamente a la crisis del fordismo, del estado de bienestar, había una lengua que hablaba la política y esa lengua era casi indisociable de la historia. No había forma de sostenerse en la política, y el Estado no tenía manera de pensarse a sí mismo, si no era a través de la historia. Incluso hasta los propios gobiernos dictatoriales se fundaban en apreciaciones ligadas al pasado, anclándose, filiándose con determinadas líneas históricas, con tradiciones. Me parece que de un tiempo a esta parte, sobre todo a partir del agotamiento que produjo la dictadura militar, incluso también cierto hastío después de la Guerra de Malvinas, hubo como una suerte de “basta de Historia”. “Basta de Historia” que en buena medida antecedió el “Fin de la Historia”.

Para el sujeto que se ha transformado en dominante en este momento del capitalismo tardío, la historia no sirve, no hace mundo, se puede pasar por alto. Porque lo que produce mundo es el consumo. Y una estética del consumo que se adosa a él. Lo notable es que en el proceso político que concluyó en 2015 se promovió desde el Estado un tipo de interpelación que hacía pie en la historia y que buscaba producir el recuerdo de otras formas de vida, que de alguna manera desacomodaran la uniformización de la forma de vida consumidora.

Me parece que el anhelo más fuerte del macrismo —y entiendo que es un anhelo muy acorde con la época, no una expresión caprichosa de un grupo político— sería suprimir la historia, que no exista más, zambullirnos en un puro presente y en una promesa de futuro que finalmente será de enorme felicidad para todos, atado a las mieles de la globalización. Lo que pasa es que en este momento, a diferencia de los noventa, está claro que esas mieles no están en ningún lado.

Pero, ¿por qué la historia es un problema para el macrismo? Porque la historia es inevitablemente el recuerdo del desacuerdo, la historia te recuerda las disensiones, los equívocos, los problemas, las guerras, las revoluciones, las masacres. La historia está hecha de ese material, que es insoportable para un gobierno que se entiende a sí mismo ligado a la técnica de gobierno y que no percibe a la historia como una matriz que provea legitimidad a la forma de gobierno. El macrismo prefiere la asepsia, lo limpio, lo puro, lo que no tiene porosidad, el tiempo técnico. El tiempo histórico es un problema.

Quisiera agregar una cosa más: José Luis Romero dice en 1973 que no se enseña bien la historia porque entre otras cosas la historia es muy difícil de enseñar. Y uno de los principales elementos que la hace difícil es que la historia no es una ciencia. Está de moda decir que lo es, como si fuera una buena etiqueta, pero la historia no es una ciencia. Por la sencilla razón —creo que Carlo Ginzburg lo decía así— de que la ciencia implica repetir un fenómeno una y otra vez en un laboratorio. En historia no hay manera, los fenómenos no se repiten, son acontecimientos. No hay laboratorio posible. Por lo tanto, nunca volvés a tener la escena del crimen ante vos.

Claudia Varela (1957). Profesora de prácticas y residencia. Vicerrectora del Instituto Superior del Profesorado Joaquín V González. Profesora en secundarias públicas de la Ciudad de Buenos Aires.

Con diferencias predominantemente hoy se enseña una historia mucho más interpretativa que hace cincuenta años atrás. Creo que se enseña una historia mucho más conceptual y mucho menos fáctica. Igual, no deja de haber gente que está enrolada en el positivismo. Pero una cosa es lo que se enseña y otra lo que el estudiante aprende. Aprende por lo que se enseña en el aula, por lo que dicen las editoriales, por lo que dicen los medios de comunicación, por tradición familiar… Hay moderadores del pensamiento del estudiante, asociar lo que el estudiante aprende como efecto directo de lo que el profesor enseña me parece que no es correcto.

Creo que se debería enseñar una historia interpretativa, conceptual, que dé cuenta del producto del conocimiento histórico desde vertientes historiográficas distintas, no tan monolíticamente discursiva. Una historia que también exponga las certezas transitorias del conocimiento histórico, los supuestos. Hoy se enseña una historia conceptual, pero como si estuviera acabada. Hay que enseñar los procedimientos de análisis histórico para que el estudiante aprenda cómo los historiadores llegan a sus conclusiones.

El contexto de los últimos diez años me resulta altamente preocupante. Me preocupa el mercado editorial porque las editoriales tienen que competir con productos que sean vendibles y la producción editorial no es barata. Los libros hoy me recuerdan, no en la forma pero sí en el contenido, a los viejos resúmenes Leru que existieron cuando yo hacía el secundario para cuando te llevabas la materia: terminabas estudiando de memoria porque todo se cuenta, todo se describe. Los manuales de la secundaria se han ido primarizando, se han transformado en descriptivos, tienen que tener dos títulos por página porque hay que “airearlos”, tienen que ser simétricos, entonces invento títulos para tener dos títulos por páginas (inventar un título es parcelar un proceso que tiene vínculos dinámicos y con explicaciones multicausales a párrafos fragmentarios), actividades muchas veces sin sentido o desarticuladas del eje central. Los textos presentados de esta manera no facilitan la producción integrada del conocimiento.

Por otro lado, al estar en una democracia —más allá de la postura política de si uno considera que la democracia formal es una democracia o no, finalmente no es una dictadura y no estamos en un gobierno de facto— hay mayor libertad en la producción de los medios masivos de comunicación. Con esto no estoy diciendo que todo lo que dicen es una reproducción total de la realidad, no hay dudas que ofrecen una mirada sesgada, pero de alguna manera hay más información circulante que debería redundar en un trabajo más rico en las aulas respecto de la historia reciente. Y nos encontramos con una sociedad muy fragmentada, donde los estudiantes visitan las redes sociales, andan colgados de los celulares, pero no ven los noticieros ni leen la versión digital de los periódicos. Entonces, la idea que se hacen respecto de la realidad es más que fragmentaria, te diría preocupante.

 

Enrique Vásquez (1956). Profesor y vicerrector del Normal Avellaneda de Ciudad de Buenos Aires. Publica en la editorial Aique diversos materiales sobre la enseñanza de la historia.

En principio diría que hay que poner la pregunta en plural: ¿qué historias se enseñan hoy? Porque nunca se enseñó una historia, siempre hubo discursos históricos en combate o en disputa para hacerlo un poco más liviano.

En la década del noventa hubo un cambio importante en la enseñanza de la historia en cuanto a los contenidos. Creo que ayudamos quienes trabajamos en algún proyecto editorial novedoso, proponiendo un cambio de paradigma en cuanto al enfoque, en cuanto al discurso histórico, en cuanto a atrevernos a tomar la historia cercana. Esas son las dos cosas que apuntamos a cambiar y que después muchas editoriales fueron aggiornando. Ese discurso de los libros, sumado al tema de la reforma educativa, fue permeando entre los docentes y se fue instalando una visión bastante novedosa respecto de lo que era la enseñanza tradicional. Cuando te digo la enseñanza tradicional me refiero al discurso de la historia liberal tradicional y del manual de Ibáñez. Esa historia basada en la sucesión de acontecimientos, sin visión de proceso. Estilo positivista digamos.

Nosotros nos propusimos, en las editoriales y también en las aulas, en pleno menemismo —es decir, en condiciones adversas, cuando se estaba instalando un sentido común neoliberal— modificar ese liberalismo que venía de arrastre en la enseñanza, y ahí creo que se produjo un cambio. Empezamos a utilizar la noción de proceso histórico, se comenzaron a usar palabras que antes no estaban en los libros, cosas que veinte años después nos parecen increíbles, como por ejemplo que no había libros que hablaran del capitalismo en la escuela secundaria. Nos decidimos a incorporar los elementos que veníamos estudiando en el ámbito terciario y universitario. Y la otra propuesta que fue bastante de ruptura consistió en incorporar la historia contemporánea, del mundo y de la Argentina. Todavía estaba instalado que había que dejar pasar cincuenta años para tener perspectiva y que si hacías historia cercana estabas haciendo política y no historia, que eso no era científico, había un montón de objeciones que venían desde la academia. Luis Alberto Romero era la voz académica que se oponía a tratar la historia reciente. Fue un poquito antes que decidiera que era un buen negocio publicar un libro sobre historia reciente.

Ahora estamos en una etapa de transición. Con una visión pesimista, podríamos decir que estamos en camino hacia la consolidación de un nuevo paradigma que emana desde el centro del poder político. Vamos por el regreso de Colón al lugar donde está Juana Azurduy, y tantas cosas más. Lo que nos toca como profesores de acá en adelante es discutir con ese sentido común que probablemente se instale con fuerza en las aulas. ¿Qué va a pasar en el aula con el discurso que traigan los estudiantes? Porque la historia que enseñás en el aula la hacés con el discurso que traen los pibes, no con lo que vos pensás que tenés que decir. A veces nos olvidamos, lo pienso ahora, y cuando contestamos qué historia se enseña pensamos, bueno, ¿qué historia escribo yo? Pero lo importante es qué dicen los chicos, porque son el rebote de todo lo que viene instalado socialmente.

 

Pablo Volkind (1977). Investigador y profesor de Historia de la UBA y del ISP Joaquín V González. Trabaja en secundarias de la Ciudad de Buenos Aires.

Yo creo que la historia que se enseña es fundamentalmente la historia que les interesa que se difunda a las clases dominantes. Es la historia que legitima las condiciones de explotación, las condiciones de opresión, y se plantea como una historia objetiva, que está por fuera de las pujas ideológicas y políticas de cada coyuntura. Y lo que hace es reconstruir “los hechos”, en teoría tal cual fueron, manteniendo una distancia que el investigador necesita tener con el proceso y el objeto histórico. Y esto se evidencia en que, por ejemplo, las editoriales más grandes, que son las que elaboran los manuales que mayoritariamente se utilizan en el secundario, contratan equipos de redacción que provienen de los núcleos dominantes de los Institutos de Formación Docente y sobre todo de las Universidades Nacionales. Sin ir más lejos, Luis Alberto Romero que fue hasta su jubilación titular de la cátedra más grande de la UBA, fue quien definió los contenidos de las Ciencias Sociales en el gobierno de Alfonsín, en el gobierno de Menem y su reforma, se mantuvo durante el gobierno de la Alianza y hasta tuvo una injerencia en los contenidos del portal educ.ar, que se elaboró durante el kirchnerismo. Y cuando perdió el contacto directo porque se desinteresó en la elaboración concreta de esos contenidos, fueron sus seguidores los que se encargaron de redactar esos manuales. En esos manuales lo que uno puede ver es una perspectiva histórica y un uso de categorías donde la lucha y los conflictos parecen inexistentes, y una aceptación pasiva de la inevitabilidad de los procesos históricos. Por ejemplo, no es lo mismo hablar de dictadura que hablar de Proceso de Reorganización Nacional. No es lo mismo hablar de conquista y colonización de América que hablar de “encuentro de culturas”. Y lamentablemente, producto de las condiciones laborales que tenemos los docentes —sobre todo los de media—, muchas veces no hay posibilidad ni tiempo para pensar qué es lo que uno quiere dar en la secundaria, cómo seleccionar los contenidos y con qué objetivos. Y entonces son los manuales —que se ajustan a los contenidos mínimos que fija el Ministerio de Educación de la Nación y de cada una de las jurisdicciones— los que te terminan proveyendo la planificación, la organización de los contenidos, los conceptos y la ponderación de cada uno de los docentes.

La historia liberal es la corriente historiográfica que sigue predominando: tanto en sus aspectos negativos como en algunos otros elementos frente a los que quizás uno es menos crítico. Al mismo tiempo, la historia militante cobra peso y relevancia dependiendo de las coyunturas históricas. Justamente del 73 al 76, o más precisamente desde el 69 al 76, el peso de la discusión, el nivel de los debates, y sobre todo las preocupaciones de los intelectuales en general y de los historiadores en particular, estaba muy en línea con ese auge de luchas. Por lo tanto, la historiografía militante era una historia mucho más viva. Y eso es reivindicado incluso por Romero en un artículo en la revista Entrepasados, donde dice que “la dictadura limpió esas preocupaciones” y lo que vino se conoció como la profesionalización de la historia.

El 2001 fue un catalizador de una magnitud impresionante. Porque esa crisis tan profunda generó en una gran masa de la población la necesidad de entender cómo fue que llegamos a semejante situación, y por lo tanto el interés por la historia argentina cobró un peso que yo que nací en el 77 no había conocido antes. Tan es así que de repente Pigna se convirtió en bestseller, Lanata sacó su libro de historia, la carrera de historia estalló de inscriptos, aparecieron programas de historia que la gente consumía en canales abiertos (como “Algo habrán Hecho” de Pigna y Pergolini). Hubo una revalorización de la historia como instrumento para comprender el presente que creo yo fue maravilloso.

Lo que vemos emerger con el macrismo es la reaparición de estas corrientes que mantuvieron hegemonía en los ámbitos universitarios del 83 para adelante. Fijate qué libros vuelven a salir: los del centenario, los que añoran una Argentina entre las potencias del mundo, la pregunta de por qué la Argentina no fue Australia ni Canadá.

 

Sergio Wischñevsky (1965). Profesor y divulgador. Fue rector de la Escuela del Caminante hasta 2008 y publica columnas radiales sobre historia en el programa “Siempre es hoy” de Radio del Plata.

Me parece que ya no puede haber es una respuesta unívoca. Primero y principal porque se terminó esto de una historia oficial: ya no la hay. No solamente por la famosa grieta en la que muchos historiadores y profesores de historia se ubican, sino porque los programas de estudio marcan algunas pautas generales y de ahí en más organiza mucho el profesor. Lo que sí hay es una tendencia muy fuerte a incorporar un discurso más vinculado a la historia social, debe ser una rareza que alguien enseñe historia hoy solamente apegado a lo político y vinculado a los próceres, los grandes personajes, el discurso mitrista, todo eso yo creo que prácticamente no existe.

Ahora, eso no quiere decir que no haya historia liberal sino que la historia liberal misma ha adoptado el discurso de la historia social. ¿Y con esto a qué me refiero? A trabajar en torno a cuatro ejes: uno cultural, uno político, uno económico, y las mentalidades. Estructurar la historia como algo más integrado, que trabaja con documentos, complejiza cada uno de los temas.

Hasta 2001 las editoriales como Santillana o Puerto de Palos contrataban a historiadores que venían de las facultades, del mundo académico. Por ese entonces estaba bastante fuerte el discurso de Fukuyama del fin de la historia. Por supuesto que los historiadores no adherían a esa idea, pero sí decían — Luis Alberto Romero a la cabeza— que la historia tiene que ser profesional, y ser una ciencia, como si eso fuera posible. Una historia alejada de definiciones “politizadas”, que tenía que exponer los hechos tal cual ocurrieron. Eso era una falacia enorme. Y entró en crisis a partir de 2001.

Yo creo que hoy se enseña la historia es un mundo muy variado, nutrido de muchas fuentes. Por ejemplo, me cuentan muchos profes que usan las columnas de la radio para dar clase, libros que leen por motus propio y lo incorporan a las clases.

 

el enigma Inés Prat

“En este momento en el cual la polémica se acentúa (...) crisis ha realizado una encuesta, a cargo de Inés Prat, con el objetivo de participar también de este proceso”. Así terminaba la introducción al dossier
publicado en diciembre de 1973, que inspira nuestro revival. Apenas en ese pasaje se menciona a la artífice de aquella compilación. No aparece en el índice, ni en el staff de la revista, ni entre los colaboradores de aquel número 8. Solo una mención, y ningún otro rastro. Como buenos fisgones del pasado, nos obsesionamos con esa tenue presencia. Estuvimos meses averiguando: "¿quién es Inés Prat?".

El primer oráculo a quien acudimos fue el compañero Google: ni una pista. Luego escarbamos en el padrón electoral y saltaron siete mujeres homónimas. Solamente una de ellas portaba Inés como único nombre de pila. Tiene 92 años, vive en Ramos Mejía, la llamamos por teléfono y jamás había escuchado hablar de la revista crisis. Otra, Blanca Inés, vive en Tucumán, pero es demasiado joven: no le da la edad. Graciela Inés, de Mar del Plata, tiene 67 (podría andar), hablamos con ella: tampoco. Mónica Inés, de La Plata: nos atendió el marido, dijo que su esposa fue ama de casa por siempre. Silvia Inés, 70 años, vive en Río Negro, imposible comunicarse. Elsa Inés tendría hoy 111 pirulos: obviamente no la pudimos hallar.

Para conjurar la frustración, recalculamos la búsqueda hacia procedimientos más ortodoxos, pero casi no hay sobrevivientes de aquella aventura editorial. Federico Vogelius, ideológo y mecenas de la mítica revista, murió. Eduardo Galeano, el famoso director, fallecido. Juia Constenla y Juan Gelman, secretarios de redacción, ídem. Eduardo Ruccio Sarlanga, diagramador, lo mismo. Nelson Blanco, a cargo de las serigrafías publicadas en el número, tampoco vive.

Fuimos entonces al encuentro de los potenciales informantes que están vivitos y coleando. Luis Sabini, que cumplía funciones de coordinador gráfico y productor, dijo: “lo de Inés Prat, estimo, debe haber sido una colaboración fugaz e increíblemente poco tenida en cuenta, puesto que pese a que aportó el artículo principal del número no figura entre los autores”. Nora Marziotti contestó que “no trabajaba en crisis, escribí alguna nota, pero no conocí a Inés Prat". Jorge Lafforgue respondió: "No tengo idea. Si recuerdo algún dato que pueda ser útil te escribo". Maria Sondereguer simplemente dijo: “no estoy segura”. Anibal Ford y Vicente Zito Lema se sumaron posteriormente a la revista. El dibujante Hermengildo Sábat, otro de los grandes protagonistas de la publicación, escribió: “Lamento asociarme a la negativa. Ignoro quién es o ha sido esa persona”. Santiago Kovadloff recordaba con intensidad la polémica suscitada por la encuesta del 73, pero no a Inés Prat. Por último, el gran Osvaldo Bayer, único de los historiadores entrevistados que sigue dando batalla, tampoco pudo acordarse de quién era la compiladora.

Un fracaso significativo. Una laguna histórica que habla de las jerarquías en el trabajo intelectual. Y una pregunta que queda pendiente...¿Quién es Inés Prat?

 

Entrevistas: Nicolás Perrupato | Edición: Heber Ostroviesky y Mario Santucho | Corrección: Marina Slaimen | Diseño: Martín “Rata” Vega.  Agradecemos el apoyo de la Universidad Nacional de General Sarmiento.

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