la cultura del papel en peligro | Revista Crisis
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la cultura del papel en peligro
La industria del papel entró en pánico: eso se decía por primera vez en 1974, entre las réplicas del terremoto por el precio de los hidrocarburos. Su costo perforaba todos los techos y la crisis #19 publicó una radiografía global del sector, a cargo del periodista Carlos Villar Araujo, que un año después, por otra investigación sobre el petróleo, fue secuestrado por la Triple A y luego viajó al exilio. Hoy la aventura de editar publicaciones impresas se parece a una epopeya y vale la pena recobrar la fuerza de aquellas indagaciones.
01 de Octubre de 2021

 

Todo andaba muy bien, en realidad, hasta un momento antes de la catástrofe. Las predicciones del profesor Marshall McLuhan —que la televisión y las historietas iban a acabar con la palabra escrita— no pasaban de ser una extravagancia para snobs. Tanto en los países centrales como en los periféricos, la industria editorial estaba atravesando una etapa de esplendor: diarios, revistas y libros de encuadernaciones económicas alcanzaron tiradas masivas. Incluso, claro, las obras del profeta de la civilización de Ia imagen, el propio McLuhan.

Entonces se acabó el papel. Si no se acabó, subió de precio en una espiral alucinante. Mantenido alrededor de los 190 dólares la tonelada en 1972, terminó 1973 cerca de los 290. Este año prosiguió la carrera: en febrero ya andaba por los 310, en agosto por los 370 y se calcula que hacia Navidad habrá superado Ia marca de 460 dólares. Lo que la hipnosis de Ia pantalla chica no pudo lograr, está provocándolo Ia economía. Los editores de todo el mundo están desesperados. Dos prestigiosos diarios europeos --Combat de París y el holandés De Tijd- se vieron forzados a cerrar sus puertas: en cualquier momento los seguirá el italiano La Gazzeta del Popolo, ya agonizante. Sin llegar todavía a Ia quiebra, las demás publicaciones han debido restringir su circulación, mientras los libros ingresan de pronto a la categoría de artículos de lujo. La crisis del papel hiere toda una política destinada a proveer publicaciones baratas para consumo del gran público.

Alguien dijo que la libertad era como el sol: se Ia empezaba a valorar sólo en los eclipses. Con el papel, este humilde material que estábamos acostumbrados a usar sin limitaciones, tanto en las actividades del espíritu como en los menesteres menos nobles, ha empezado a suceder lo mismo. Ante su falta, el llanto y el crujir de dientes es universal. Recién ahora recordamos su irremplazable (a pesar de McLuhan) función difusora de cultura.

 

el clan de los hilos

Como se sabe, el papel es un invento chino. Lo que era un cuento chino, fue el nombre tradicional de su autor presunto, Ts'ai Lun, quien habría hecho su descubrimiento —aseguraban los códices— en el año 105 de nuestra era. La verdad es que se han hallado muestras de ese material que datan de un siglo y medio antes de Cristo, por lo menos. Recién alrededor del 650, cuando la ola expansiva de la Dinastía T´ang se encuentra con el avance arrollador de los musulmanes, estas empiezan a importar las primeras resmas. Un siglo después, mientras el papá de Carlomagno recibía su corona, los árabes derrotan a los chinos en Ia batalla de Tashkent y se produce un robo de cerebros al estilo clásico: tecnólogos de ojos oblicuos son llevados a La Meca para iniciar, a la fuerza, un proceso de sustitución de importaciones. Las fábricas arábigas se multiplican sin cesar; entre guerra y guerra, Ia de Damasco y posteriormente las de Ia España mahometana proveerán a Occidente. Hubo que aguardar hasta fines del siglo XIV para que brotara la industria papelera en la Cristiandad. Sin ella, ni Ia imprenta europea ni el Renacimiento hubieran sido posibles. Se pone así la piedra fundamental de lo que McLuhan Ilamará "la Galaxia Gutenberg", el imperio cultural de las letras de molde.

¿Qué es, en definitiva, el papel? Chinos y árabes lo engendraban a partir de trapos desechos. Por eso su nombre en Ia escritura de los mandarines (chih) se escribe con caracteres que quieren decir algo así como "hilos en familia" o "el clan de las telas". Pero cualquier tejido vegetal fibroso puede servir como materia prima. La diferencia básica con el papyro egipcio (de donde viene su denominación europea) es que los súbditos de los Faraones tomaban los tallos de una planta que crecía a orillas del Nilo, cortaban películas muy delgadas y las pegaban entre sí. En el papel, en cambio, el tejido vegetal no se deja como lo crea la naturaleza: más bien se lo desarma y se lo vuelve a armar. La madera, por ejemplo, está compuesta por tres elementos: fibras de celulosa, que actúan como el hierro en una estructura de hormigón, o sea, le otorgan resistencia; las hemicelulosas, que vienen a ser el relleno, y la lignina, cemento que mantiene unidas las fibras.

La cuestión consiste en hallar la manera de separar los tres elementos y con ellos construir otra cosa, donde cada parte seguirá cumpliendo la misma función que desempeñaba en la planta original. El procedimiento antiguo -mecánico- que todavía se usa para fabricar ciertas clases de papel es introducir la madera, el trapo o lo que sea en un molino. Desfibradores de piedra lo convierten en una pulpa, que luego se prensa y se seca en moldes especiales. Pero la molienda rompe las fibras y el producto no tiene demasiada resistencia. Entonces surgió una técnica más reciente: la materia prima se somete a determinados compuestos químicos que disuelven la lignina. Las fibras de celulosa quedan intactas, lástima que se pierde la mayoría del relleno y de su aglutinante, con lo cual el desperdicio llega al 80 por ciento del material. Con el método mecánico se aprovechaba más del 50 por ciento. El método químico se impuso, sin embargo, para hacer papeles de alta resistencia a la tracción, imprescindibles en las rotativas periodísticas y en usos similares, como también para bolsas de azúcar, cemento, cal o harina (papel kraft). Las fibras son mejores cuanto más largas: la madera de pino y demás coníferas contienen fibras de 3 y 4 milímetros: las de los restantes tejidos vegetales apenas alcanzan la mitad de esa longitud, o menos aún. Con la inocencia -o inconsciencia- que la caracterizó, la Revolución Industrial se largó a voltear pinos. Los más derechitos se usaban en construcción de edificios: los torcidos se mandaban a las plantas papeleras. Se creía que los recursos naturales eran inagotables, o se actuó como si se lo creyera. ¿Se terminaban los bosques en Europa Central? Pues había muchísimos pinos en Escandinavia. Así nació la vocación papelera de suecos, finlandeses y noruegos. La incorporación de las riquezas forestales canadienses y norteamericanas acallaron cualquier vaticinio sombrío.

 

de los pinos a los pininos

El problema radica en que las coníferas se talan rápido pero tardan décadas en crecer. El consumo exigiría decenas de millones de hectáreas disponibles. Un consumo que está mal distribuido, como todo en este mundo. En 1968 los soviéticos emplearon el doble de papel por habitante que los brasileños; la Argentina registró una vez y media los niveles de la URSS; Italia, dos tercios más que la Argentina; Gran Bretaña, más del doble que Italia; Estados Unidos, el doble que Gran Bretaña. Es decir, que el norteamericano promedio devoró diez veces más papel que el ruso promedio, veinte veces más que el brasileño. Estados Unidos era el mayor productor mundial, con 45 millones de toneladas: el segundo, Canadá, con diez millones. No contentos con su producción interna, los yanquis absorben el 60 por ciento de las importaciones, comprándole casi todos los excedentes a Canadá (realmente las fábricas canadienses son propiedad de los norteamericanos, por lo cual todo queda en casa menos los árboles, que sí son del ex Dominion y que no se reponen).

Hay menos bosques que los necesarios para soportar semejante derroche. De tal modo, Europa ya carece de reservas y empezó a importar madera. Dentro de siete años se agotarán las reservas estadounidenses. La URSS posee coníferas: desgraciadamente, ubicadas en zonas inaccesibles, sin infraestructura de caminos y lejos de los puertos. Canadá está mejor: al ritmo actual, le queden maderas por veinticinco años más. ¿Y después? McLuhan bendito, ora pro nobis (lo divertido es que, justamente, el profeta antitipográfico nació en Canadá).

Las fibras de las abundantes maderas tropicales, así como las de otros vegetales ricos en celulosa -cáñamo, lino, bagazo de caña de azúcar- son cortas, se saca de ollas papel, aunque muy frágil. Por lo tanto, el destino incierto se ensaña, fundamentalmente, con el papel de diario (que no se usa sólo en diarios sino también en revistas, libros, etc.), para el cual las fibras largas no admiten reemplazo. El ingenio de los técnicos se aguzó. Ahora empezaron a mezclar la materia prima de fibras largas con la de fibras cortas. México está haciendo papel de rotativas con bagazo de caña: los norteamericanos lo hacen con maíz, los australianos con eucaliptos, e Italia con álamos. Acá se empleará un 80 por ciento de sauces y álamos. De cualquier manera, siempre se requiere una proporción de pastas químicas de pino. Además, a fin de que las fibras cortas no queden todavía más cortas por culpa del molino de piedra, se han desarrollado métodos semi químicos: las maderas se ablandan en una sustancia y para no desintegrarlas, se cortan con discos. Esta técnica es más cara y el desperdicio, sin ser tan enorme como en la metodología puramente química, alcanza un respetable 60 por ciento.

 

donde los tigres quedan sin sostén

A las exquisiteces derivadas de la carencia de materia prima, hubo que añadir el sobrecosto impuesto por las exigencias de disminuir la “contaminación ambiental”. Parece que las fábricas de papel eran muy "sucias". Los dispositivos para controlar estos efectos representaron una suba del 20 por ciento en el valor de las instalaciones. Como si eso fuera poco, la década del 60 vivió una depresión en los precios. Se hallaban funcionando muchísimas plantas productoras: en Estados Unidos, Canadá, Japón, la URSS, Alemania Occídental, Inglaterra, Suecia, Finlandia, Francia, China... La demanda era inmensa pero la capacidad instalada resultaba todavía mayor y una quinta parte de plantas permanecía ociosa. Decididamente, ser papelero no fue negocio. Los bancos pensaban dos veces antes de darles un crédito.

La situación era crítica, sobre todo, en el rubro de papel-prensa: el 62 por ciento de la demanda estaba manejada por Estados Unidos; el 16, por Europa Occidental. Bastó que los norteamericanos disminuyeran un poco las importaciones de sus propias fábricas en Canadá (aumentando la producción en las que tenían sobre su territorio) para que las cotizaciones internacionales se fueran al piso. La venganza de los escandinavos tardó en sentirse pero fue terrible. Simplemente, dejaron de invertir, no renovaron las maquinarias y en algunos casos desmantelaron los establecimientos. Finlandia era el sexto productor mundial de papel-prensa. Contaba con 24 fábricas especializadas. Ahora quedan cuatro: las demás se dedican a hacer distintas clases de papeles más rentables. Hacia 1970 los niveles de importación volvieron a subir: no obstante, todavía hubo que acabar los grandes stocks acumulados. En 1973, cuando los yanquis volvían a comprar mucho, se encontraron que las huelgas ferroviarias y otros conflictos laborales en Canadá habían limitado la producción. Al enterarse, Mao Tse Tung debe haber lanzado una carcajada estruendosa: el imperialismo ya no tenía papel para sus tigres.

 

argentina: se acabó la discusión, pero no del todo, está claro

Por el momento, no se puede prever si la recesión europea por el problema del petróleo atenuará o agravará el desquicio. Las adquisiciones del Mercado Común bajaron; sin embargo, las plantas de Escandinavia funcionan quemando hidrocarburos, o sea que los precios tenderán a subir por presión de costos aunque la demanda se equilibre. Las canadienses no se alimentan con energía hidroeléctrica, pero ni las empresas perderán la oportunidad de ganar más, ni Estados Unidos desea mandar a la quiebra a los suecos, fineses y noruegos, porque ya sabe lo que ocurre cuando ellos dejan de producir. El desenlace más probable, pues, habrá de ser la continuación del encarecimiento, para desdicha de los lectores de las editoriales y de los trabajadores de la cultura en general.

¿Y los argentinos? Nos autoabastecemos prácticamente en todos los tipos de papel, excluido el de prensa. Pero no cantemos victoria: acá se fabrican las láminas: empero, un tercio de las pastas celulósicas se traen de afuera. La industria no está integrada por completo. Además, salvo unas 3 o 4 mil satinadas o semi satinadas que se confeccionan acá, el resto de las 250 mil toneladas anuales de papel de diario debe importarse. En esta línea tenemos el honor de ser el quinto importador del globo. A precios normales, antes de 1973, pagábamos unos 40 millones de dólares por las bobinas para diarios y revistas; alrededor de 20 millones adicionales por otros papeles especiales; 25 millones por las pastas químicas de fibra larga; 35 por la madera de pino para obras (que si tuviéramos suficientes plantaciones de coníferas como para una industria papelera integrada, también nos alcanzaría para la construcción). A los valores vigentes, el diablo sabe lo que nos costará importar todo esto.

La crisis tuvo una virtud: puso punto final a las discusiones. Hoy nadie duda de que nos conviene producir en el país papel de diario, continuar las ingentes inversiones para llenar de pinos Formosa y Entre Ríos, explotar con métodos semi químicos las salicáceas (sauces, álamos) del Delta, aprovechar el bagazo de la caña tucumana y cualquier reserva celulósica disponible.

Tres años atrás, cuando las autoridades promovieron la instalación de la primera fábrica con ese objeto, la gritería fue seria. Excepto unos pocos que estaban en el negocio, casi todos los editores de diarios y revistas protestaron. El papel prensa importado era barato. A fin de establecer la industria, se aplicaba un impuesto al uso de dicho artículo y se anticipaba la fijación de aranceles proteccionistas que lo volverían aún más inaccesible. El lector sufriría las consecuencias. Aún a principios de 1974 se esgrimían estos argumentos. Ahora, cuando la primera fábrica se dispone a funcionar el año que viene y se llama a licitación para montar una segunda planta, nadie insiste en las quejas. La única pena es que la iniciativa no se adoptó antes. Porque la suba de costos vino igual. Pero las diferencias van a pasar al Canadá. O sea, a los dueños norteamericanos de las empresas de aquel país.

Aunque no todos son (totalmente) yanquis. Tienen un socio argentino. En una de las firmas estadounidenses allí radicadas habría capitales de Alberto Gainza Paz, director de La Prensa de Buenos Aires. Cuyas ganancias, no obstante, quedan lo mismo en América del Norte.

Fotos al ejemplar de la revista original: Jazmín Tesone.

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