
"Como verás acá está un poco la historia política de mi vida. Y como verás estuve con todos. Con algunos pensaba más similar, con otros no tanto. Pero con todos los que me crucé en el proceso político, estuve muy cerca”. Miguel Pichetto se refiere a las decenas de fotos cuidadosamente enmarcadas que revisten las paredes de su oficina del Congreso Nacional. En rigor, el despacho no se ubica dentro del clásico palacio parlamentario, tampoco en el moderno Anexo donde se amontonan la mayoría de los diputados, sino en el cuarto piso de un edificio sobre la avenida Callao, a escasos metros de donde se corta el bacalao. Es por lejos la más espaciosa y confortable oficina de un legislador nacional que yo haya conocido. Un indicador de los años que lleva en el baile. Y de la pericia para estar siempre cerca del director de orquesta. Sea quien sea.
Un rápido recuento por esas imágenes colgantes ofrece pistas valiosas para comprender al personaje. Todos son políticos o políticas, no hay empresarios ni sindicalistas, ningún artista o deportista, tampoco militares, policías y mucho menos curas. Pero dentro de la corpo todo vale: retratos con Bush y con Clinton, con Uribe y con Raúl Castro, Lula y Bolsonaro, Néstor y Macri. Dentro de su despacho personal, allí donde pasa el mayor tiempo del día, solo hay dos instantáneas. Una de Alfonsín y Menem caminando de espaldas por los jardines de la Quinta de Olivos, ensimismados en sus cavilaciones. La otra sorprende: Cristina Fernández de Kirchner sonríe en su momento de esplendor, mientras abraza a un Pichetto de larga corbata celeste, que posa como un muñequito de torta. Le hago notar lo raro que me resulta ver a “la señora” en semejante sitial de honor. Elude el tema y comenzamos formalmente el reportaje.
En diciembre de 2023, recién asumido Milei, una de las tres principales figuras del peronismo hoy me dijo: “Hay que ver si Milei es más parecido a Menem, o es más bien como Macri. Si fuera lo primero, no es tan grave. Pero si se trata de lo segundo, viene la guerra total”. ¿Vos qué pensás?
— Milei no se parece a Menem ni tampoco a Macri. Menem tuvo una construcción institucional muy importante. Estaba avalado por un Partido Justicialista poderoso, que venía de un proceso democrático interno impresionante, la Renovación, en una etapa de la democracia de mucha credibilidad. Gobernó con mayoría parlamentaria en ambas cámaras y armó un gabinete con figuras que venían de otros sectores, como Cavallo. Aunque Milei trata de emparentarse en base al discurso, en el fondo no tiene nada que ver con Menem. Tampoco se parece a Macri, porque él intentó gobernar con el Congreso, medianamente lo logró y consiguió acuerdos tanto en Diputados como en Senadores. No avanzó en todo lo que quería, pero tampoco Milei hizo todo lo que pretendía. Si analizás la Ley Bases y algunos otros proyectos que presentó, el Congreso logró refrenarlos.
Son cuestiones procedimentales, pero creo que la comparación tenía que ver con lógicas de poder y programáticas.
— Claro, pero lo que quiero decirte es que Milei tiene una estrategia minoritaria y su ambición para este proceso electoral es construir una fuerza de bloqueo. Lo que está planteando es tener el número necesario para bloquear cualquier ley que el Congreso pretenda sancionar. Este es un gobierno de minoría sin precedente y que no tiene la intención de armar una mayoría negociada, acordada, convocar a otros sectores, establecer un espacio de coalición. Su propósito es apenas tener noventa diputados propios, comprometidos con mucho fanatismo con sus ideas, para instalar como instrumento de gobierno el DNU. La idea es gobernar sin el Congreso. Y contra el Congreso. Es un horizonte político institucional muy precario.

Vos lo conocés bien a Macri, ¿por qué pensás que se subordinó tanto a Milei?
— Es muy difícil analizar el pensamiento de los hombres y mucho más de aquellos que han pasado por el poder. Tal vez Macri entendió en lo personal que podía hacer un aporte significativo al gobierno. Y luego se encontró con el principal problema que tiene Milei, que ni siquiera reconoce el apoyo que le dio el PRO para llegar a la Casa Rosada. Ahora, si hizo esta alianza para octubre es porque tuvo una experiencia electoral negativa, luego de la separación del comicio porteño respecto del nacional. Para mí fue un error. Macri como expresidente y figura central del PRO debería haber defendido su espacio político territorial, presentándose como candidato a senador en una elección unificada, pero no lo hizo, perdieron mal, salieron terceros. Y eso pudo haberlo llevado a la comprensión de que en este momento conviene salvaguardar algunas posiciones y ver cómo evoluciona el gobierno.
Te propongo un análisis marxista: si Macri hubiera percibido en su base social la demanda de una alternativa a Milei, lo hubiera enfrentado. Pero me parece que el poder económico, es decir el empresariado, apuesta por los libertarios.
— Ese es otro dato muy interesante: hay mucho silencio de los actores económicos en Argentina. Tal vez era válida esa prudencia durante el primer año, pero hoy empiezan a verse afectaciones muy fuertes, incluso para las dos grandes empresas exportadoras de acero y aluminio, por la decisión que tomó Trump con los aranceles. Techint y Aluar se ven afectadas porque a los americanos les interesa proteger su industria nacional, mientras acá no importa. Al mismo tiempo, al gobierno de Milei no le importa absolutamente la preservación del mundo del trabajo. Según los datos del último año y medio se han perdido 15 mil empresas y 220 mil empleos. Sturzenegger lleva adelante un proceso destructivo con una visión muy limitada, sobre todo por las medidas de apertura irrestricta a productos tecnológicos, ropa y todo lo que venga de China, que llega sin aranceles, entra libremente, y no solamente pierde la industria sino también el comercio. Es una mirada corta porque solo piensa en el consumidor y nos conduce a un mundo sin trabajo. Pero así el circuito se agota, porque si no hay trabajo no hay plata ni para comer.
Es lo que pasó con el menemismo.
Yo diría que no. Hay dos etapas en el menemismo. En todo caso, se parece al menemismo del 97 cuando la convertibilidad había perdido sentido después de la devaluación brasileña. Al comienzo de los noventa se da un proceso político en diversos países de Latinoamérica, donde se busca la estabilidad económica a través de medidas ortodoxas que implican la convertibilidad. En 1997, Fernando Enrique sale de la convertibilidad y Argentina sigue. Menem reemplaza a Cavallo por Roque Fernández, que puso la economía en piloto automático, sin tener en cuenta las realidades micro. Entonces la Argentina se volvió cara en dólares, la rentabilidad de las empresas bajó, y todo terminó muy mal en 2001.
¿Cómo es eso de que ves silencio en las empresas? ¿Qué te parece que deberían estar diciendo? ¿Y por qué te parece que callan?
— Yo veo un llamativo silencio de la Unión Industrial (UIA). El presidente me parece un hombre interesante, pero su voz no suena con la fortaleza con que debería. No lo entiendo. Hacen declaraciones, salen con algunos tuits, pero la presión que viven muchos empresarios, pymes, comercios, frente a una realidad económica que va a ser mucho más dura en el futuro, reclama mayor protagonismo. Incluso de los sindicatos argentinos. Los grandes dirigentes sindicales han tenido en este último semestre una actitud deplorable, para calificarlos generosamente. Han deteriorado el salario de los trabajadores de una manera miserable. Sobre todo en los sectores estatales, la caída del poder adquisitivo fue equivalente o superior al de los jubilados.

Tampoco se armó una alternativa de centro derecha como la que vos estabas promocionando.
— No, no está maduro. Pero está en proceso de formación. Lo que hace falta es tener un fuerte compromiso con el liderazgo. En el 27 la propuesta va a estar más madura. Además porque se elige presidente. Y me parece también que aparece la realidad del centro productivo del país. Hay un eje que hay que mirar: casi todos los presidentes de las últimas etapas fueron porteños. Tiene que ver con la concentración de los medios, con el rol del poder económico. Le cuesta mucho a un dirigente de provincia instalarse en el ámbito nacional. Hay que tener una voluntad de hierro para construir el poder. Pero no es un centro de la avenida del medio lo que hay que armar, ese me parece un término ya agotado. La alternativa tiene que ver con el centro del país, con un modelo de producción, el capitalismo productivo. Tiene que ver con provincias que son muy potentes. Y tiene que ver con establecer una alternativa al mileísmo y al kirchnerismo, que permita a sectores del peronismo confluir en este espacio para tomar el poder.
Milei no es Macri, tampoco es Menem. ¿Es un fenómeno que no se puede emparentar con ningún antecedente de la historia política argentina?
— No tiene precedente, salvo alguna figura vinculada con golpes de Estado. Tiene características propias especiales, pero algunas las exorbita con intencionalidad porque están dirigidas a su propio público y le permiten mantener el poder de determinar la agenda.
político de raza
Si el filósofo Jean Paul Sartre hubiera conocido al diputado Pichetto, quizás le hubiera inspirado el mismo razonamiento que aquel mozo parisino de El Ser y la Nada: actúa con tanta convicción su oficio de político, se adhiere de tal manera al rol, que interpreta con gran virtuosismo la partitura pero al mismo tiempo ya no puede ser otra cosa. Al no tener afuera, su desplazamiento se circunscribe al palacio, como un péndulo que se inclina naturalmente (muy) a la derecha, para luego regresar hacia el centro en busca del equilibrio. El objetivo es estar siempre en el corazón de la rosca.
Sin embargo, en tiempos en que la política es vilipendiada, el orgullo de ser casta se vuelve contracultural. Su regreso al peronismo, que incluye elogios a Cristina y la audacia de emparentar los programas del macarto Trump y el soviético Kicillof, genera expectativas. Aunque hay quienes denuncian estas oscilaciones con vehemencia, como Juan Grabois. Semejante cualquierismo, argumenta, confirma la sospecha popular de que importan más los intereses de una élite que el propósito colectivo. Lo cierto es que Pichetto hoy expresa aquello que en Brasil impidió la reelección de Bolsonaro: la defensa del estatus quo como elemento de galvanización de un frente amplio contra la amenaza libertaria. En ese sentido su análisis de la coyuntura adquiere un insospechado valor.
“Hay algo que no se había visto nunca: periodistas que hacen de voceros del gobierno. En general, el periodismo argentino mantenía cierto espíritu crítico. Hoy hay indudablemente una captación del oficialismo que lo está haciendo inteligentemente”.

¿Eso es convicción de los periodistas? ¿O vos qué pensás?
— No, yo creo que ahí entran otros temas, económicos, cuestiones que modifican la vida de esos periodistas.
¿Qué pasa con Villarruel? Porque lo que uno ve es que Milei se fagocitó a Macri, impide que surja una derecha más productivista como vos querés, y también se morfó a Villarruel. De vuelta la pregunta: ¿es un fenómeno o genera enemigos donde no debería?
— Creo que tiene un problema. El riesgo de un político y de un hombre del poder es quedarse demasiado solo. La figura de Villarruel fue muy útil para complementar a Milei en el proceso electoral. Hoy el enfrentamiento parece irreversible. Para mí es un grave error, porque la Argentina puede encaminarse hacia un esquema como el peruano, donde el poder económico concentrado es más poderoso que la política, que las instituciones, y todos los presidentes terminan presos, porque son meros fusibles. Lo que hoy le tocó a “la señora” mañana le puede tocar a Macri, a Alberto Fernández y al propio Milei. Yo vengo advirtiendo hace un tiempo que la justicia se está convirtiendo cada vez más en un árbitro de política, y eso es muy peligroso.
¿Y no te parece que a Milei le puede interesar una peruanización del sistema político?
— No, le interesa el debilitamiento del Parlamento. Algunas manifestaciones de su grupo de seguidores en las redes denostaron al Congreso, incluso instando a poner tanques allí. Son ideas locas. Creo que el Congreso es muy poderoso, que las instituciones en la Argentina todavía funcionan, aún deterioradas, porque están siendo atacadas permanentemente. Y esto empezó en la década del 90, cuando los grandes medios de comunicación se dieron cuenta de que era importante ocupar el rol de la política. Empezaron con el proceso de denuncias, y lo hacen desde un plano de soberbia extrema. Para ellos, el político siempre es un sujeto despreciable, un congresista presuntamente es un corrupto, esa mirada despectiva de los Nelson Castro de la vida. Y ahí aparece otro mecanismo de sustitución, en este caso del rol de los medios sobre las atribuciones de la política, que no conduce a la renovación o profundización democrática, sino que el gobierno termina en manos de los sectores más poderosos. El ejemplo más categórico es el de Berlusconi.
Ahora estamos en otra etapa, que es la de las redes.
— Bueno, ahora estamos entrando en otra dimensión del proceso de concentración y anarquía. Y ya no importa la verdad, que es el otro elemento central de la vida actual. Si los medios reclamaban para ellos una verdad excluyente, cuando se trata de las redes la verdad prácticamente no importa.
A este paso, ¿considerás posible una ruptura del orden constitucional?
— No, lo que veo es la ruptura definitiva del mecanismo del diálogo institucional. Aparece el elemento de la agresión, una característica de estos gobiernos de extrema derecha que se basan en el desprecio al otro, en la construcción de un enemigo. Se priva de la oportunidad de ir al encuentro de sectores que les podían haber dado más institucionalidad y eficacia en la gestión del gobierno. Su discurso es de un fuerte desprecio hacia las instituciones, incluso a contramano del propio Fondo Monetario. Pero creo que, si intenta una ruptura, puede ocurrir un proceso inverso. Además, ese tipo de modelos casi de perfil africano no le sirven al país, porque eso no te trae inversiones, no te da previsibilidad, no te da ninguna garantía.
Pero más que África estamos hablando de Trump y Bolsonaro, que no reconocen las elecciones cuando las pierden.
— Trump tiene mayoría en el Congreso. Además, vos comparás a Trump con Milei pero Trump tiene una política proteccionista de defensa de la industria nacional americana, quiere que las empresas vuelvan al país, defiende el trabajo en el medio oeste donde las fábricas se fueron a producir a Taiwán, a Medio Oriente, a China. Si vos me planteás ese proyecto acá, yo te lo compro. Pueden no gustarme algunas cosas, pero la noción que tiene Trump sobre el interés nacional americano sería interesante que se aplicara en la Argentina.
Lo que une a Milei con Trump es una conceptualización política, propiamente de ultraderecha, según la cual la crisis del capitalismo occidental se debe a que las democracias son incapaces de competir contra China, que tiene un modelo estatal de partido único, capacidad de planificación…
— Y tiene también trabajo esclavo, lo cual abarata el costo laboral.
Justo eso no le molestaría mucho a Milei, ¿no? En todo caso, lo que aparece como horizonte para esta teoría política postdemocrática es una reivindicación de la monarquía, o de la lógica imperial, por eso las referencias a Roma.
— Sí, veo indudablemente cierta decepción con el modelo democrático de Occidente, pero si analizás el proceso del mundo en los últimos doscientos años te vas a dar cuenta de que este sistema, aun con imperfecciones, decepciones y frustraciones, ha permitido mejorar la vida de los pobladores. No solo en el avance tecnológico, sino en las libertades.

resistir es rosquear
Pichetto decidió no sumarse al fenómeno de La Libertad Avanza. Desde el Parlamento le concedió un año de gracia para explorar su aptitud a la negociación y luego decidió oponerse frontalmente con duros discursos que develan una punzante destreza en el arte retórico. Desde entonces se dedicó a imaginar el posmileísmo. Quisimos hablar con él para entender cómo está pensando la derecha que viene después del cimbronazo. Sus variantes, dilemas y recomposiciones. Parece haber una convicción indeleble: Milei es un accidente, excepción que confirma la norma, un desvío de la matrix que pronto volverá al cauce. En la previa de las elecciones de octubre esa parece ser la tónica. La crisis del experimento libertario puede ser una agonía. Los gobiernos pasan, el poder queda.
“Acá hay un proceso que no se analiza suficientemente, y es la simiente principal del triunfo de Milei: la pésima actuación de Alberto Fernández. Frente a la pandemia, la economía. Y sobre todo, por su indefinición como líder. Cristina cometió un error garrafal al no ser ella la candidata a presidenta. Alberto Fernández no podía ser ni candidato a concejal en CABA”.
Y sin embargo, era un hombre de la política que conocía el arte de la componenda y cómo se comporta el poder, ¿no? Teóricamente por eso lo eligió.
— Era una figura de la mediación política. Había sido un buen funcionario de Néstor Kirchner, que era un líder. Pero no era un hacedor del poder político propio. Yo fui concejal primero, luego intendente, dos veces legislador en mi provincia, otros dos períodos diputado nacional, tres mandatos como senador, perdí dos elecciones para gobernador. Gané y perdí, pero lo construí yo. Me financié yo. Hice todo lo que pude. Alberto Fernández siempre fue un hombre de la estructura, es un modelo capitalino, insustancial.
Eso puede haber ocasionado la derrota del peronismo, pero ¿por qué perdieron Macri, vos y la derecha más histórica contra Milei?
— También el proyecto Juntos por el Cambio tuvo fallas muy grandes. La primera tiene que ver con el líder. Macri había perdido la elección de 2019, donde yo lo acompañé como vice, con el 41% de los votos. No perdimos de manera bochornosa, no tenía que retirarse de la política. Lo difícil en la Argentina es construir un líder, que tenga conocimiento público en todo el país. Y esa coalición de centro-derecha tenía un solo líder. Y vos no podías invitar una candidatura de Bullrich o Larreta. Ahí está la decisión de los hombres. Trump perdió la elección y volvió. Macri dudó. Él no tenía que haber dejado ese lugar. ¿Y por qué Trump lo hizo? Porque tiene sentido de la trascendencia histórica. Es lo principal que los políticos tienen que tener: la voluntad de hacer todo lo posible para que los libros de historia hablen de vos.
Bien, Cristina y Macri se equivocan al no encabezar ellos sus respectivas fuerzas, y emerge una excepcionalidad que se llama Milei. ¿Y ahora cómo sigue según tu perspectiva? ¿Termina Milei y todo vuelve a la normalidad?
— Yo veo que el sistema político argentino se va a reformular y el emergente de eso va a ser un hombre de la política. Este desprecio epocal construido por los medios va a terminar. La política es la única herramienta para tratar de resolver los problemas de la gente y tratar de equilibrar las injusticias. Lógicamente, no hay que permitir que haya corrupción, terminar con taras que están insertas en el sistema político como los proyectos conyugales, etcétera. Si estuviera en el gobierno o me pidieran asesoramiento, les hubiera aconsejado no confrontar con el Congreso, acordar una mejora para los jubilados, analizar el tema de la discapacidad, ordenar el tema de las universidades. Hay muchos frentes sociales que tienen que ver con lo humano, con la gente que va y vota. Yo no defino estos comportamientos con términos morales como la crueldad y esas pavadas. Estas son respuestas que tienen otro sentido, concesiones al círculo rojo, a los sectores económicos más poderosos, a los sectores del Fondo Monetario que están mirando, pero eso tiene una contrapartida en la pérdida de apoyo electoral.
¿Ves que podría tener éxito Milei en esta estrategia inédita o va camino a chocarla?
— No sé si el concepto es chocar, lo que digo es que poco va a poder cambiar o transformar si no tiene una mayoría parlamentaria que acompañe. Y una Corte Suprema, también, que entienda el proceso. Si querés hacer una reforma estructural, ya sea impositiva, laboral o previsional, no vas a poder hacerla a base de decretos, porque tiene una endeblez extraordinaria. Quiere decir que se le acota mucho el margen de acción.




