Mesiánico, apocalíptico y visionario
Mariano Canal escribe sobre "La Amargura Metódica", de Christian Ferrer
15 de Junio de 2016
crisis #23

 Irracionalista. Mesiánico apocalíptico. Fatalista telúrico. Anarquista de derecha. Profeta energúmeno. Erudito a la violeta. Espíritu negativo de nefasta influencia. Intuicionista místico. Verborragia parasociológica. Hábil sofista liberal. Resentido. Pesimista. Inteligencia extranacional. Macaneador. Nacionalista negativo.

Esas son algunas de las críticas, palos, epítetos y etiquetas que le fueron dedicadas a Ezequiel Martínez Estrada y sus obras desde las más diversas trincheras del mundo cultural argentino de su época, fueron enunciadas por adversarios tan disímiles como Jorge Luis Borges, Juan José Sebreli, Arturo Jauretche, Gino Germani o Jorge Abelardo Ramos. Forman una parte no menor del rastreo del paso de esa vida por medio siglo de discusiones intelectuales que Christian Ferrer reconstruye en La amargura metódica (Sudamericana, 2014), la extensa biografía que le dedica al ensayista nacido en San José de la Esquina en 1895 y muerto en Bahía Blanca en 1964. Y si esas reacciones airadas, crispadas de enemistad, bordeando muchas veces la crueldad y la exageración, tienen un sentido que supera el habitual registro de las rencillas propias de un mundo pequeño como el de los intelectuales de un país periférico y siempre cruzado de tensiones políticas que lo superan, es porque revelan el rasgo principal del personaje biografiado: su carácter incómodo, su posición irreductible a los bandos en pugna, su extraterritorialidad, su negativa a encuadrarse, su insistencia en dar malas noticias.

 

Alguna vez el propio Martínez Estrada se definió a sí mismo como un “aguafiestas”, un “puritano en el burdel”. Le tocaron a Martínez Estrada vivir tiempos de pesimismo (los años 30) y optimismo cultural (los 50, los 60), pero más allá de los cambios de clima, fueron sus ideas sobre la Argentina y sus problemas los que siempre chocaron contra las versiones de la historia que desde la izquierda marxista, la derecha liberal y el nacionalismo popular en todas sus variantes pensaban en términos de progreso y desarrollo económico el devenir nacional. Para Martínez Estrada el país era un jeroglífico a descifrar y sus formas exteriores cambiantes encubrían algunas constantes recurrentes que las historias oficiales y revisionistas, las sociologías científicas y el ensayismo de las plumas consagradas no querían enfrentar: la violencia sobre los cuerpos ejercida por las diversas encarnaciones del poder, desde la época de la colonia a la de la gran industria moderna, la edificación de una burocracia estatal diseñada para lucrar con los bienes públicos, la relación caníbal entre Buenos Aires y el interior. Radiografía de la pampa, La cabeza de Goliat, Muerte y transfiguración de Martin Fierro, eran ensayos agobiantes, desesperados, repletos de observaciones sobre las formas en que el país había crecido entre sucesivas oleadas de euforia y depresión. Y a ese diagnóstico Martínez Estrada no lo acompañaba con la prescripción de ninguna terapia. A contrapelo del optimismo histórico de una época donde a nivel mundial los grandes sistemas ideológicos se debatían en guerra abierta o larvada, no ofrecía soluciones ni por derecha ni por izquierda, apenas elevaba un espejo en el que se mostraban – monstruosos, expresionistas – los males que cruzaban la historia argentina desde sus inicios. Una voluntad desmitificadora que confiaba el poder catártico del desvelamiento de los tabúes sociales. De ahí las constantes críticas a su obra que repetirán durante décadas casi siempre las mismas acusaciones: fatalismo, pesimismo, esencialismo, resignación política. Y de ahí también, como respuesta, la construcción del escritor como figura pública que Ferrer va siguiendo paso a paso: Martínez Estrada como profeta incomprendido, sus sobreactuaciones altisonantes, sus polémicas contra los escritores de capilla, su descentramiento de los grupos de pertenencia, su incomodidad con los consensos, su convicción de que estar a la contra, en solitario, es siempre un espacio de libertad y mayor lucidez.

 

En las casi 600 páginas de La amargura metódica, Ferrer sigue en detalle el vaivén de las idas y vueltas de Martínez Estrada con los nucleamientos intelectuales de su época. Por ahí desfilan polémicas ya hace mucho olvidadas y otras que trascendieron la coyuntura más inmediata. Fragmentos de la larga historia de contradicciones, posicionamientos, oportunismos, lealtades y rechazos de los escritores argentinos en una época de profundos cambios, los años que van desde la quiebra de la Argentina agropecuaria con el golpe del 30 a la radicalización de los años 60, pasando por, parada obligatoria, el cataclismo que representó la emergencia del peronismo. Ahí desfilan las querellas de Florida y Boedo, la formación de la revista Sur (de la que Martínez Estrada fue colaborador desde el inicio aunque ocupando una posición distante y muchas veces conflictiva, a pesar de su amistad profunda con Victoria Ocampo), las internas frecuentemente esperpénticas de la SADE, la división del campo intelectual (antiperonista) después de la caída de Perón y el surgimiento de una nueva generación de ensayistas que pondrían en cuestión la preminencia de las vacas sagradas de la literatura argentina. En ese cruce entre biografía e historia, el Martínez Estrada de Ferrer siempre aparece cultivando su perfil incómodo para todos los grupos, una obra-problema difícil de encasillar, siempre a tiro del rechazo y la valorización al sesgo. En fin, con sus palabras: “La Argentina es un país que no soporta la verdad”.

 

Y toda esa constante contrera que había definido la vida de Martínez Estrada encuentra sobre el final de su vida un momento que para muchos fue desconcertante, un período que contrasta con su trayectoria solitaria. En 1960, Martínez Estrada se instala en La Habana y se convierte en uno de los primeros intelectuales argentinos en prestarle un apoyo completo a la revolución cubana. Ferrer le dedica a esta etapa buena parte del último tercio del libro, desplegando el contexto en que se produce esa “conversión” política, la primera y última vez en que Martínez Estrada abandona su desconfianza ácrata por los gobiernos para ponerse (como se tituló uno de sus últimos libros publicados en vida) “al servicio de la revolución”. Es el paso de la indagación obsesiva de “lo argentino” por el plano más abarcador del tercermundismo, la fascinación por la retórica de Fidel Castro y Ernesto Guevara y la entrega al proyecto de interpretación de la vida y obra de José Martí. Es el abandono, por primera vez, del tono amargo por el descubrimiento festivo de un proyecto colectivo que juzgó como una bisagra en la historia de fracasos cíclicos de America latina. Es la época en que firma sus cartas con la consigna que años después sería de forma en todos los movimientos revolucionarios latinoamericanos: “Patria o Muerte. Venceremos”. ¿Fue la promesa de regeneración moral de esos primeros años de la revolución cubana lo que atrajo a Martínez Estrada, más que la dialéctica marxista y sus proyectos de “nueva sociedad”? Ferrer, en todo caso, tensa esas páginas con las contradicciones entre la deriva autoritaria del socialismo cubano y las interpretaciones optimistas que Martínez Estrada producía frente a ese experimento recién nacido. En todo caso, sus habituales antagonistas argentinos, siguieron desconfiando de su nueva aventura. La tomaron como una última excentricidad, ni siquiera a la izquierda vernácula le alcanzó para considerarlo entre los suyos.

 

A la vuelta de los años, sin embargo, la acusación recurrente de intuicionismo y esencialismo que cayó sobre los ensayos de Martínez Estrada, desde la izquierda a la derecha, desde las filas del revisionismo nacionalista a las del cientificismo progresista, no deja de iluminar una cara de la historia argentina que, ahora, con cincuenta años de ventaja, nosotros podemos apreciar mejor: esos fallos en la constitución moral de país, esas inalterables permanencias del fracaso y la coacción, ese eterno retorno de la soledad y la crueldad de la llanura que Martínez Estrada plasmó en sus textos de los años 30 y 40 – su opera magna – ya no parecen el bramido de un pesimista inveterado que escribía a espaldas del progreso del país, sino una colección de observaciones que captaban algo que el optimismo de aquella época pasaba por alto, algo que se negaban a ver esos contemporáneos y que a nosotros nos cuesta menos reconocer, teniendo como tenemos la posibilidad de saber qué pasó en la historia argentina desde que Martínez Estrada dejó este mundo. Porque si Martínez Estrada jugó muchas veces, hasta la sobreactuación dramática, la carta del profeta apedreado que trae malas nuevas y encuentra el rechazo de sus destinatarios, nosotros conocemos los naipes que se jugaron desde su muerte en 1964: la sucesión de dictaduras, dictablandas y democracias, la entremezcla de crisis y booms, de inflaciones y estabilidades, de ilusiones y desencantos, de cosechas salvadoras y campos hipotecados, de consensos de los commodities y desarrollismo de vuelo bajo, la calesita incesante de la muerte y la transfiguración de la sociedad argentina. Ese es uno de los méritos del libro de Christian Ferrer: no la resurrección de una vida ya hace mucho acabada a través de la reconstrucción detallada de su tiempo (dejemos eso a las películas de época) sino la conexión de una mente infectada por el virus de pensar la Argentina con el inmediato futuro, con el presente, con las décadas que lo sobrevivieron, con los destinos que no pudo contemplar. Momentos como cuando Ferrer relata las biografías truncadas de los jóvenes comunistas con los que Martínez Estrada se cruza en uno de esos festivales de “la juventud y la paz” que los países de la Pacto de Varsovia organizaban en la Guerra Fría, trayectorias rotas por el terrorismo de estado y las guerrillas latinoamericanas; o cuando enhebra la decadencia de instituciones que fueron vitales en el mundo cultural argentino como la SADE, su destino agónico hasta la intrascendencia total; o la proyección en las décadas por venir de sus contrincantes ocasionales, sus devenires, sus posicionamientos contradictorios.

 

Todo en La amargura metódica parece hablar de cómo el tiempo con su crueldad anónima confirma los chispazos de verdad revelados en los ensayos de Martínez Estrada, como las invariantes argentinas se empecinan en manifestarse una y otra vez, cargándose a generales fascistas, caudillos políticos carismáticos, jóvenes militantes, escritores que sueñan con arquitecturas europeas, intelectuales enamorados de revoluciones caribeñas, científicos sociales de una gran ciudad que nunca existió, profetas de la pampa solitaria. Todos girando en el vórtice de interpretaciones y conflictos inacabables sobre el país, girando en ciego durante doscientos años de soledad.  

 

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