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volveré y seré millones
Hace tres años @otroperiodista se animó a explicar por qué el fundador de Página/12 pudo reinventarse de la mano de Clarín. Si hay algo atractivo en Lanata, decía, es su imagen de hombre solo que pone el cuerpo y avanza a bife limpio. Los detractores de este King Kong suelto creen poder derribarlo con avioncitos cargados de material de archivo, pero el minuto a minuto no da tregua.
Fotografía: Leo Vaca
16 de Mayo de 2016
crisis #15

Lanata lleva veinte años diciéndole al país cómo debería ser. Educando desde los medios audiovisuales. Primero desde la radio, después desde América, ahora desde el 13, esa pantalla que parecía inalcanzable. La escuela filosófica que propaga su monólogo se llama lanatismo: gira sobre sus intereses pero congrega mayorías.  

El primer lanatismo fue una escuela que surcó el periodismo argentino desde el arranque de los noventa. Una referencia ineludible para los jóvenes que entraron –o buscaron entrar– a un circuito prestigioso que además ofrecía la posibilidad de llegar lejos. El mejor lugar para trabajar y sentir al mismo tiempo –los modestos– que se hacía un aporte para mejorar la sociedad o –los otros– se ingresaba por la puerta grande a la legión del Robin Hood argento. Neojusticieros, que el periodismo tiene mucho de eso. 

La autora de Timerman, Graciela Mochkofsky, lo describió con nitidez en un recorrido que es su propia vida, “Memorias de una joven promesa” en la revista digital El puercoespín.
“Se venera a Página/12 –el diario que hace temblar a los presidentes del momento–. Me explican que es independiente y crítico, que es de izquierda, que está comprometido con la democracia y los movimientos defensores de los derechos humanos fundados por familiares de las víctimas de la dictadura militar. Que tiene el carácter narrativo del nuevo periodismo norteamericano y la opinión política de los diarios europeos. Que trabajan en él los periodistas importantes. En los pasillos leemos con devoción sus columnas, sus investigaciones sobre la corrupción en el gobierno de Carlos Menem. Se reverencia la portada en blanco con que informa sobre los indultos que da Menem a los militares condenados unos años antes por crímenes que más tarde llamarán de lesa humanidad”.

El lanatismo era, entonces, casi todo. La oportunidad de prosperar en una carrera personal que combinara la escritura, la investigación y la certeza de que la profesión –que estaba hecha para desafiar a los poderosos– contribuía al bien común. Una corriente liberal progresista que era capaz de conjugar la figuración profesional y la preocupación por las buenas causas. El imán que atraía a los estudiantes de las carreras de comunicación y periodismo en todo el país. 

Desde lo discursivo, la escuela del lanatismo inicial combinaba tres elementos centrales: denuncia, ironía y derechos humanos. En otras palabras, progresismo. Si el programa económico de Página/12 de los noventa es el que está vigente, el diario no se caracterizaba por plantear cambios de fondo, sino más bien honestismo, como definió Martín Caparrós a los proyectos que solo se preocupan por la corrupción. Me dice el querido Eduardo Blaustein que no es así, que Página fue más que eso: “Honestismo fue periodismo progre liberal/ progre/centroizquierda y solo en parte Página (economía, minorías, latinoamérica, pobreza, gatillo fácil, drogas, homosexualidad, minorías, discusión de la idea de poder). Página fue bastante mucho más que Lanata”.  Blaustein, que compartió redacciones con Lanata desde El Porteño hasta Crítica, acaba de escribir “Años de rabia”, sobre la relación entre los medios y el kirchnerismo. Destacamos, para arrimarnos a la justicia, el papel de Julio Nudler y el suplemento Cash, que también tuvo seguramente una época de gloria. 

Como versión osada y díscola del periodismo local, el lanatismo inicial educaba hacia adentro y hacia afuera. Hacia adentro, a las nuevas camadas de periodistas: los entrenaba para ser sensibles con las historias de gente de a pie e indiferentes a cualquier épica que surgiera de la política, salvo quizás un setentismo difuso. Hacia afuera, a manera de consuelo para una clase media que venía castigada por la derrota de los setenta y asistía, entre desconcertada y vencida, a la impotencia y la decepción del alfonsinismo. Página/12 jugó un rol importante sin dudas, pero acá no interesa elogiarlo: para eso están los homenajes que el diario se hace a sí mismo, como cualquier otro, y los lectores que le quedan. Era un refugio para las buenas conciencias y, al mismo tiempo, también demarcaba –como haría el kirchnerismo después con el diario como amuleto– la línea de lo posible en materia de transformaciones, reformismo y ambiciones democráticas. 

Cada uno se construye su propio Página/12 y su propio Lanata. Con la izquierda –entendiendo por eso también a lo que fueron unos cuantos organismos de derechos humanos hasta Kirchner–, Página nunca fue demasiado amplio. Ni con Jorge ni después. Los escraches, por ejemplo, no eran bien vistos por la conducción del diario. Sigamos. 

Lanata en Página/12 hasta 1993, 1994, Lanata en XXI, XXII, en Día D, en el poster de la habitación al lado del Indio y el de Maradona. Los noventa. Allá lejos. 

El diario excedió a su director y viceversa. Pero fueron y son gérmenes y derivas del  progresismo argentino. Lo que se charlaría después entre Cristina y Carrió, en aquellas reuniones en la casa de Julio Bárbaro, con Timerman hijo como lazarillo de Lilita, por el 2002/2003. 

Lanata no cambió tanto. Hace casi dos décadas, el 24 de marzo de 1995, abrió su programa de Día D con una carta dedicada a su hija Barbarita. Decía que durante años había pensado que si hubiera tenido edad de participar en el enfrentamiento de la década del setenta, hubiera estado claramente de un lado. Y decía que –ya entonces– se había dado cuenta que no hubiera estado en ninguno de los dos lados. Mucho después vendría el “dejen de robar con los setenta”, que es una buena máxima, casi necesaria. Por lo menos por dos años. ¿No roba Jorge –como lo hizo el kirchnerismo– con los noventa? ¿Con esa manera noventista de leer e imponer la lectura de los 2000?

No cambió tanto. Solo fue cada vez más liberal y menos democrático pero nada más. Y, sin embargo, la pregunta vuelve, todos los días: qué le pasó a Jorge y por qué cambió. Lanata está blindado ante la clase media no kirchnerista. Lo detesta en cambio el progresismo que encontró en el gobierno la tabla de salvación que lo rescató de la impotencia testimonial. El frepasismo que lo miraba en los noventa y que iba a su programa. Que ahora no lo puede creer. Ni ver ni visitar.

Pregunta tardía: ¿por qué Elisa Carrió cautivó al público y a los/las periodistas de Página/12? Más allá de que investigaba a los bancos, reclamaba por la asignación universal y se rodeaba de figuras de centroizquierda. Carrió encarna la vida paralela de Lanata: el liberalprogresismo en su variante indignada profética o cínica punk. El horizonte que dibujan es, desde siempre, la república que nos falta. Los recordamos juntos en tapa de la revista TXT, “In-do-ma-bles”, albores del kirchnerismo. 25 pesos en Mercado Libre, para los fundamentalistas del archivo. Fueron marginales hace dos o tres años y son ahorita mismo la verdad que renace. “Acarreó con la corrupción. Acarreó con la incompresión y, por eso, acarreó con la soledad”.

El lanatismo es, sobre todo, una forma de narrar la política. Sostiene que el fondo no cambia, aunque el modelo haya trastocado los términos de su ecuación, de los noventa a los dos mil. El metamensaje es recurrente porque el público se renueva: la política proviene de una casta de dirigentes a los que les pagamos el sueldo para que vivan bien y hagan negocios personales. La parte por el todo, como hace la política, pero al revés. Esa escena en formato PPT se toma de elementos ciertos –y/o no– y aplasta todos los actos y discursos del kirchnerismo en la escena pública. Por eso Lanata nos otorga en cada frase el documento nacional del boludo, para que nos rebelemos.  

Su mensaje descree de las esquirlas del 2001: no hay asambleísmo posible que nos saque de la escena, no hay futuro colectivo hecho desde abajo. La esencia del proyecto L ha sido –hasta hoy, mañana no sabemos– su carácter destituyente, en un sentido menos inquisitorio que el que patentó Carta Abierta. 

Pero con el 2001, también expira una época dorada y sobreviene la caída de un paradigma de periodistas que ensayaban el vuelo de Superman. El kirchnerismo desacomodó a Lanata de la misma manera que desacomodó a todo el periodismo, en especial al de tinte liberal antiperonista, que gobernaba la mayor parte de los medios hasta 2003. 

Lanata comenzó a escribir en Perfil en 2005. Desde ahí, sepultó a Felisa Miceli, conoció El Calafate y apoyó –en una central prístina de una edición histórica– los sueldos de 900 pesos que pagaba Fontevecchia. Se quedó bancando a la distancia la ley de medios, la pelea con Clarín, los derechos humanos.

Aquel primer lanatismo, prekirchnerista, murió. Fue desencantando camadas de laburantes, con cinismo, con irresponsabilidad y con desprecio. Cerrando medios, cagando gente, como un aventurero que sólo le rinde cuentas a su espejo (“¿Qué querían? ¿Qué los adopte?”, nos responde Jorge).

Fue herido de muerte con el cierre de Crítica de la Argentina; para algunos, muchísimo antes. Se fue agotando como posibilidad, como proyecto para las nuevas generaciones. Dejó de ser una escuela viable capaz de encauzar buenas intenciones y ambiciones profesionales. Pero su líder sobrevivió en la pantalla de canal 26, como fenómeno for export vía Infinito hasta que Clarín –carcomido por su propia crisis– no aguantó más y dijo basta. En ese momento, el lanatismo –que había sido dado por muerto por todos nosotros– resucitó. Sería más preciso decir: mutó. Creímos que moría Lanata como potencia. Pues no: recursos, tiempo, ficción, pantalla. Y la voluntad. 

Se convirtió en un tanque de guerra que comenzó a disparar desde el prime time del domingo contra el gobierno nacional y todo lo que se mueva a su alrededor. Clarín hizo lo que nunca había hecho: ofrecer un show político para reemplazar al fútbol. Y Lanata hizo lo que nunca había hecho: trabajó con plata para escenificar la corrupción que carcome al proyecto nacional. Plantó la agenda de los desesperados ante la primacía kirchnerista del 54 por ciento. Perdió la épica de los débiles pero ganó un alcance inédito. Comenzó a investigar a Milagros Salas y Amado Boudou, a Lázaro Báez y a Luis D’elía: los igualó en la mira de su máuser. En los pasillos de canal 13, el equipo crece en confianza: vamos ganando. El 54 por ciento ya no existe y el rating anda por los veinte o treinta puntos. Hay mayorías que piensan como Lanata, por primera vez. Como Clarín, otra vez.

Clarín, que no estaba preparado para el nivel de combate que planteó el kirchnerismo, se nutrió de periodistas de otras escuelas que llegaron al diario sin un Norte. Se fueron en algunos casos, se cansaron, renunciaron. Desde 2012, el Norte tardío fue Lanata, la columna vertebral de ese otro monstruo cansado al estilo Sullivan que es Clarín. 

¿Cuál fue el punto de unión entre un lanatismo y otro? La moral. El rol de fiscal mediático que tanto desquicia a la corpo política, que también existe y tiene sus intereses. Lanata sale a escena cada domingo. Aparece cuando se corre el telón, como si fuera un ciclope bañado en mierda que se hunde en el pantano. Pero le queda fuerza. Junta y tira todas las semanas a un personaje distinto y lo hunde en ese, su mismo pantano. A veces gana (Milani), a veces pierde (D’Elía), como todo jugador. Manoseados en el mismo lodo. Víctor Hugo como maestro de ceremonia de los milicos del Batallón Florida. Lázaro y la fuga de capitales de la clase dominante.

Boudou y sus fechorías en Ciccone. La platea aplaude de pie y tiene letra para toda la semana. Lanata ya no enamora a los románticos que se inician en el periodismo: cautiva a los dueños de los diarios y denuncia a todos los que trabajaron con él y no aprendieron. Creció. Es millones.

Si, a la hora de las argumentaciones, el kirchnerismo es una infancia política, el lanatismo es una infancia antipolítica. “Voy a dejar de fumar el día que dejen de robar” y otras máximas. Un sentido común fácil de aprehender para los indignados. 

Ahora Lanata lleva a las masas el contrato moral que Carrió escribe en la sede del Instituto Hanna Arendt. Lleva a la tele las denuncias que Lilita hace cada mañana. Juntos resucitan y ganan votos. Ellos no se dejan doblegar por las capas discursivas que hablan de la vuelta de la política. Lanata lee una carta en la penumbra del 13 y se despide. Ahí, entre otros discursos, pide que hagamos algo cuando Clarín muera y dice  que está harto de que los setentistas –como Verbitsky– le vengan a dar clases de moral. Vieja disputa por el cargo de titular de cátedra.

Lanata no abandona el rol de fiscal que señala y fulmina con una frase. Habla porque acá nadie puede hablar. Quiere preguntar para confirmar lo que ya sabe. No cree, esa es su esencia. No creyó nunca en las historias épicas, aunque tuvieran más o menos rating. No creyó en Gorriarán en los inicios de Página/12, mucho menos podría creer en Kunkel. Nos ofrece un horizonte posible si somos capaces de no creer en nada, salvo en la nuestra, que es la suya. Finalmente, cada domingo, se pone en juego la creencia, la fe. El kirchnerismo se dice a sí mismo que no le cree y mira fútbol: el antikirchnerismo lo mira como acto militante. Unos lo tratan de mercenario. Otros se abrazan a él y lo erigen como líder del hastío. 

Lanata exalta la virtud de desconfiar siempre. De haberse entrenado para eso. Hay un mérito indudable y es político. El del tipo que se abraza a su verdad última hasta el final, pase lo que pase. ¿Cuál es? Primero el lanatismo, es decir, la filosofía del yoismo, que atraviesa a la mayoría de los periodistas, aunque no sean Lanata. Segundo, la convicción –no sé si existe otra palabra– de que la corrupción es lo que divide al mundo. Y la corrupción política, entendida por flujos de dinero, bolsos, sobreprecios, coimas, bóvedas, profesores de tenis, empresas fantasmas y facturas truchas, autos de lujo que hacen inviable al capitalismo. No, esencia del capital sobre el trabajo, no dependencia, no extranjerización de la economía. La terquedad militante –aunque no política– que está convencida de que su forma de narrar la política no puede haber perdido vigencia en la fase kirchnerista. Y que eso es lo único y principal a la hora de televisar la década ganada. El lanatismo se mueve guiado por la utopía escandinava de que un capitalismo en serio es posible, si antes −ya mismo− comprendemos que la guerra de hoy es la paz del futuro. Lanata anuncia el futuro los domingos a la noche, lo nombra con otras caras, entre ellas la suya.

En esta guerra de elefantes que avanzan, ninguno repara en daños colaterales. Hormigas y ratones, los que más sufren.

Tercer mérito pero no menos importante: el de poner el cuerpo. Por la idea de justicia que él cree encarnar, como siempre, y por la viabilidad del multimedios como renovado aglutinador de deseos. Fontevecchia tiene razón en algo: nadie puso el cuerpo por Clarín como Lanata. Ninguno de sus diez mil empleados.

Blaustein opina que el grupo no fue capaz de crear sus propios Lanatas. En realidad, su estrategia exitosa durante un cuarto de siglo consistía en fumigar cualquier forma de lanatismo y forzar la homogeneidad. Después, claro, era muy difícil ir a pelear con esa tropa. Lanata fue el anabólico. 

Wikipedia dice que el cinismo se desarrolló en Grecia, durante los siglos III y IV antes de Cristo, y siguió en las grandes ciudades del Imperio Romano hasta el siglo V. En sus orígenes la escuela cínica despreciaba las riquezas y a cualquier forma de preocupación material. Los cínicos fueron famosos por las sátiras contra la corrupción de las costumbres y los vicios de la sociedad griega, irreverentes. Con el tiempo, el concepto de cinismo fue mutando, y hoy se asocia a la tendencia a no creer en la sinceridad o bondad humana. A la ironía, el sarcasmo y la burla.

El lanatismo, está dicho, también fue mutando y creciendo. Cambiando de interlocutores y de audiencias. Encarna la fuerza de la antipolítica que predica y promete que, con las mismas armas de los noventa, es posible construir el mañana. “El kirchnerismo no es tan distinto. Te mostramos que está lleno de chorros y mentirosos, de menemistas y de represores”. 

Así llegamos a la escena de 2013. Lanata camina al frente de una columna por una ancha avenida. “Un héroe del pueblo antipolítico, desde mucho antes del kirchnerismo. Que puso su revólver en alquiler” (Blaustein otra vez). Detrás vienen los heridos del kirchnerismo, los liberales de Prat Gay a Longobardi, la gente buena que odia al peronismo, la gente mala que odia al peronismo, los peronistas que aborrecen al progresismo gobernante, la izquierda que gana protagonismo con la derecha, los empresarios modernos, los jóvenes profesionales, las víctimas de la inseguridad, los pasajeros del Sarmiento, los que luchan contra la minería, los miembros de la Comunidad La Primavera que solo encuentran un oído en PPT y en el Vaticano. Son muchos.

Es lógico y saludable: la antipolítica vive en el pueblo argentino, desde la clase media hasta los sectores populares que no fueron tocados por las políticas sociales del kirchnerismo. ¿Cuál es la salida, Jorge?  Un país normal donde el que robe vaya preso. Para que no choque el Sarmiento Lázaro Báez tiene que devolver su bodega y la guita que fugó. ¿Es posible, a partir de la desconfianza en la política, resolver los problemas con un flechazo? Sí, sí, sí. Todos los días, a toda hora.

Pese a la crisis del periodismo, Lanata sigue siendo la línea del Ecuador si pensamos en masividad. Más por carencias ajenas que por virtudes propias. Los periodistas más destacados –vistos y/o considerados–, la generación Día D, ocupan importantes espacios en los medios. Encarnan alguna forma de lanatismo, son hijos que emprenden su propio camino sin dejar de reconocer –para bien o para mal– al padre.

Como diría el filósofo Jorge Asís, inspirador de PPT con su saga sobre la marroquinería: “el tipo está en la lona, pero mientras va cayendo mira al costado y dice: con estos giles, me quedo con todo”. Asís lo decía del último Kirchner. Puede decirse también del último Lanata.

Por eso, hablar de Lanata todavía vuelve importante a cualquier periodista. Contar la pelea, la ruptura, la anécdota minúscula en la que nos regó con su cinismo para después decir que, ahora, ya, no tenemos nada que ver porque Él cruzó un límite: vendió su alma. La denuncia a Lanata para marcar diferencias. Hacer lanatismo para ser por un segundo atendible. Colgarse de sus tetas, eso es triste. El periodismo que somos. 

El desafío, el único importante, es entender una época. Lanata entendió los ochenta. Entendió los noventa y no se fue en helicóptero. Kirchner fue el que entendió el 2001. Lo que viene –si no es más kirchnerismo– no está claro. El viejo discurso de la moral retorna. La alquimia del presente no da para un regreso a los noventa. Dejen de robar. Lo que viene, lo que viene se sigue anunciando desde Canal 13, los domingos a la noche. ¿Será?

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