bienestar neuronal
Los laboratorios y las neurociencias se amaron, e incluso inventaron un género editorial con abanderados como Estalisnao Bachrach, Facundo Manes y Mateo Niro, Fabricio Ballarini o Mariano Sigman. Científicos cancheros que te ayudan a vivir mejor. ¿Qué pasa con el boom de la autoayuda científica del cerebro? ¿Qué presupuestos y que promesas sobre el individuo?
Ilustraciones: Mariano Grassi
10 de Febrero de 2016
crisis #23

El actual auge de las neurociencias puede verse como una moda más palanqueada por el cartelizado mercado editorial argentino, o como otro capítulo en la historia de la guerra por los relatos del alma: aquel que el humanismo del Renacimiento le robó a la Iglesia y luego derivó en explicaciones mecanicistas, de aspiración newtoniana, durante el Barroco, para, luego de la Revolución Francesa, dejar paso a la preocupación por la kultur y la sociedad. Hasta que llegó Darwin para fascinar a todos con su relato de evolución natural y la animalidad humana. El biologicismo invadió a toda la cultura finisecular, desde la Segunda Internacional hasta la burguesía liberal: servía tanto para combatir a las iglesias como para asegurar el orden midiendo cráneos y conductas. La Segunda Guerra Mundial acabó con el prestigio de ese discurso: las leyes raciales nazis, la bomba de Hiroshima, la dialéctica de la Ilustración y la nueva epistemología de Thomas Kuhn y otros tendieron un manto de relativismo sobre las ciencias duras, y la biología en particular. Las ciencias humanas aprovecharon para volantear su giro cultural y, desde entonces, todo fue símbolo, discurso, construcción social. Si hubieran leído bien a Kuhn hubieran sabido que ese paradigma también iba a pasar: el relativismo cultural paralizó a los progresismos del mundo ante la violencia poscolonial, y el abuso de la semiología empantanó el debate social.

Desde finales del siglo XX asistimos a un retorno de cierto imaginario decimonónico respecto al lugar de la ciencia en la sociedad. A caballo de un capitalismo que, al decir de Piketty, vuelve a cerrarse a la movilidad social luego de los impactos del siglo XX, esta belle epoque 2.0 recupera el optimismo sobre la capacidad de la ciencia y, en especial, las nuevas tecnologías digitales y los psicofármacos, para ordenar su vida. El Proyecto Genoma Humano nos devolvió la imagen del Hombre como una bolsa de células perfeccionable. Y una sociedad cansada de cargar los imperativos políticos del siglo XX aceptó esa imagen como una liberación.

 

científicos en zapatillas

Ya sea para difundir sus investigaciones, para saltear los límites del conservadurismo académico o como una simple respuesta ante la demanda creciente del mercado editorial, los libros de divulgación florecieron en el siglo XIX como parte del auge cientificista. En ese sentido, obras como Usar el cerebro de Facundo Manes y Mateo Niro, ÁgilMente de Estanislao Bachrach, La vida secreta de la mente, de Mariano Sigman y Rec, de Fabricio Ballarini, se ajustan perfectamente a los requerimientos del género: un paseo pautado en breves etapas en las que se describen la fisiología y las patologías del cerebro apoyado siempre en ejemplos de investigaciones recientes sobre la manera en que el funcionamiento neuronal explica nuestras conductas, decisiones y emociones. 

Los neurodivulgadores se manejan como peces en el agua de las entrevistas y las cámaras: Sigman es un abonado a las charlas TEDx; el prólogo del libro de Ballarini está firmado por Mario Pergolini y el epílogo por Nazareno Casero; Bachrach fue columnista del programa radial de Andy Kutznezoff; Manes es un habitual invitado a programas televisivos de interés general y su fama incluso lo llevó a sonar como posible ministro de Mauricio Macri. 

Ya sea con el lenguaje claro e impersonal de Manes y Niro, las viñetas autobiográficas de Ballarini y Bachrach o los chistes y referencias pop de Sigman, sus libros apelan a una estructura amable de capítulos cortos, tono descriptivo y relatos de investigaciones llevadas a cabo por prestigiosos colegas neurocientíficos. Los voceros del neuroboom expresan acabadamente esta idea del científico en zapatillas. Esa nueva generación de científicos jóvenes, carismáticos o, al menos, comunicativos que surgieron gracias a la proliferación de becas y la difusión de blogs como elgatoylacaja.com.ar y le acercaron a la sociedad una nueva imagen de lo que se espera que sea un científico: un ser coloquial, empático y pedagógico, lo más distante posible de la leyenda de Mengele o el busto ebúrneo de Houssay. Sigman refuerza el color humano de la corporación científica al presentar a cada autoridad como “mi amigo y colega”.

 

tecnologías del yo

A la par del costado divulgador de toda un área de investigaciones complejas, una promesa de bajada “técnica” de los avances de ese campo al mundo de la vida aparece orientada a mejorar nuestras habilidades. El subtítulo del libro de Manes y Niro es “Conocer nuestra mente para vivir mejor”; el de Bachrach reza “Aprendé cómo funciona tu cerebro para potenciar tu creatividad y vivir mejor”. La descripción coloquial de la neurofisiología, la revisión de los problemas asociados a la vida de la mente (el estrés, los olvidos, las emociones negativas, las decisiones impulsivas, los bloqueos creativos) se vende junto al énfasis en poner todo ese aparato explicativo al servicio de un programa pautado de ejercicios mentales destinados a desarrollar cualidades bien específicas: la creatividad, la imaginación, la atención. La neurología como tecnología del yo, como autoayuda.

A partir de los best sellers de la segunda posguerra en Estados Unidos, la autoayuda fue un género imperialista que se expandió desde la psicología más o menos seria a cualquier aspecto de la interacción social. Autoayuda para los negocios, para el amor, para la política. La plasticidad del género se debe a su estructura sencilla: la combinación de una serie de técnicas individuales con el relato del éxito que el autor ofrece como ejemplo de su eficacia. Un tipo de saber que promete despojar a los conocimientos filosóficos o científicos de su aura esotérica y metodológica para adaptarlos a cada uno. 

En el caso de los libros de neurociencias lo que resalta es el contraste entre el universo casi desconocido del sustrato biológico de la mente, con sus neurotransmisores y hormonas, y la confianza plena en la capacidad de la voluntad individual para dominar y reconducir provechosamente toda esa actividad cerebral. El cerebro humano, nos dicen Bachrach y sus colegas, es plástico y se reconfigura todo el tiempo al compás de los estímulos que recibe. Nunca deja de aprender, es una máquina que se perfecciona a sí misma constantemente. Pero también es un órgano que puede decaer, funcionar mal y en última instancia atrofiarse si no es sometido conscientemente a un trabajo que lo fuerce a desarrollar su potencial. El cerebro entra así a ese enorme gimnasio que es la sociedad de mercado.

Pero no es solo en la autoayuda donde se despliega la voluntad práctica de las neurociencias. Sigman dedica los dos últimos capítulos de su libro a esbozar cómo usar el conocimiento neurocientífico en “el experimento más vasto de la historia de la humanidad: la escuela”. Ballarini, que no duda en presentarse como “adolescente de los 90” y alternar sus argumentos con memorias de su vida en la escuela, la Universidad y el Conicet, directamente conduce parte de sus experimentos con alumnos de un colegio de Lanús. 

La voluntad imperialista de las neurociencias apunta así a esa fortaleza corroída que es el sistema educativo, canal de partidas presupuestarias, formación y empleo de recursos humanos, médula del imaginario social, justo en un momento en que es puesto en tela de juicio por las nuevas formas de circulación de la información y las nuevas estructuras familiares. Quizás la nueva ola tecnocrática que apunta a desplazar al giro cultural de la administración de la sociedad tenga un lugar para las neurociencias y sus voceros.

 

la república del cerebro

“La ciencia habla de cómo somos” dicen Sigman y Ballarini en diferentes partes de sus libros. Los escribas del neuroboom son conscientes de que contribuyen al imaginario de la sociedad sobre sí misma y la elección de la metáfora sobre el cerebro no es arbitraria en ese sentido. La más habitual, la del cerebro como una computadora, ya es una tautología complaciente con el ingenio humano: si el cerebro se parece a una computadora es porque estas se inspiran en el funcionamiento de aquel.

Sigman es más original y emplea metáforas políticas para explicar funciones cerebrales: poder ejecutivo, batallas internas, gobierno de la mente, consorcio de personalidades. La idea no es tanto la de un hombre mecánico o animal como la de un territorio a gobernar, con mucho énfasis en el rol de controlador del cerebro. La reivindicación que el autor hace de Freud apunta a la expansión de la soberanía neurocientífica sobre lo irracional: las corazonadas contribuyen a la toma de decisiones acertadas, las ensoñaciones diurnas son sueños controlables. El cerebro de Sigman es un Estado de Bienestar dispuesto a incluir a consciente e inconsciente, a cambio de mantener el control. Un freudismo legalista sin unheimlich.

Junto a esa politización del cerebro está la biologización del comportamiento político. Sigman abre su libro con una reivindicación de Jacques Mehler, pionero en el estudio de los fundamentos biológicos del comportamiento. Una declaración de principios que el autor modula al referirse al “bucle” evolutivo entre naturaleza y cultura. A partir de sus propios experimentos con bebés, el autor discute con el empirismo y las teorías de tabula rasa de Piaget: los bebés de Sigman ya traen una estructura chomskiana de lenguaje, criterios éticos, preferencias socioidentitarias y una noción de propiedad previa a la identidad. Hacia el final del libro, el autor invierte el signo de la polémica para rebatir a Galton acerca de los límites biológicos del rendimiento individual. Para Sigman el esfuerzo y el entrenamiento son la base del talento, incluso de aquellos históricamente entendidos como dones, como el oído absoluto o la pericia deportiva.

Los cerebros de Sigman son extremadamente cívicos: traen nociones sociojurídicas innatas al tiempo que son mejorables por el esfuerzo y la educación. Seres naturalmente democráticos. Desde esta premisa, el autor puede avanzar con “neuroautoridad” sobre temas como la corrupción, la confianza, la empatía o el debate ético entre utilitarismo o deontología. Sus conclusiones, sin embargo, son conocidas y reconfortantes: debemos vivir juntos, confiar en el otro nos enriquece, nos gusta comunicarnos, los niños disfrutan al enseñar. Y, en última instancia, “un sujeto es, por lo menos en algún atributo, único, distinto de otros (…) la mente humana tiene una esfera irreductible de privacidad”.

De esta manera, el nuevo lenguaje cientificista es amable con el narcisismo del sentido común, no hay una intención fáustica que reclame del lector un cambio de paradigma en sus maneras de pensar y pensarse. Los autores hablan desde su autoridad como neurólogos, físicos o biólogos de Conicet, Harvard, Cambridge o el Brain Project. Incluso no se privan de acreditarse como miembros del canon del pensamiento occidental: Sigman discute con Sócrates, Platón, Locke, Rousseau y Hegel. Pero, al mismo tiempo, esa fuerte carga de autoridad no convierte a los libros del neuroboom en un tipo de obra que pretenda instalar una teoría “fuerte” que cuestione radicalmente las nociones convencionales de su público. Con la excepción de Ballarini, interesado en rebatir la religión y explicar la pobreza desde el cerebro, lo que campea es el tono amable de quién emplea herramientas e hipótesis sustentadas empíricamente para ilustrar cuestiones debatidas desde siempre por la filosofía, las religiones o el arte, sin la pretensión de darles una respuesta totalizadora. Así, eternos temas como el libre albedrío contra el determinismo, o la violencia política en contextos “civilizados”, quedan abiertos entre interrogantes sobre los que no se pueden ofrecer más que tentativas de explicación parcial. Es una reivindicación, claro, de la humildad del progreso científico como tarea lenta y acumulativa, pero al mismo tiempo una toma de posición que excluye cualquier posibilidad de incomodar a los lectores, de ponerlos frente a la posibilidad poco grata de cuestionar su soberanía individual.

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