fantasías y matrioshkas de ayer y hoy
Hernán Vanoli escribe sobre El primer hombre malo, novela prima de la multiartista estadounidense Miranda July. 
Ilustraciones: Pedro Mancini
20 de Agosto de 2016
crisis #25

En 2014 Miranda July lanzó Somebody, una aplicación para iPhones. La aplicación vinculaba un servicio de mensajes con un sistema de GPS. Su objetivo era que los usuarios pudieran enviar mensajes a sus contactos pero a través de personas reales, desconocidos que también fuesen usuarios de la aplicación y estuvieran muy cerca de los destinatarios. De esta manera, un extraño podía acercarse y decirte “Corazón de azúcar dice que te extraña”. O “Corazón de azúcar dice que ya no quiere vivir más con vos”.  El destinatario no participaba necesariamente de la red social. Entonces un extraño, geolocalizado por la red social, podría haberse acercado cuando hacías la fila para pagar en Día % y haberte dicho: “Corazón de azúcar dice que tu papá se acaba de morir de un paro cardíaco”. Siempre y cuando tuvieras un iPhone. 

 

Este proyecto, que intuyo fracasó aunque ojalá no lo haya hecho, condensa muchísimas de las preguntas que aporta la obra de Miranda July. Por eso, antes de avanzar, voy a plantear una primera paradoja ocasionada por el consumo de la diversa gama de productos culturales que ostentan la marca Miranda July. La paradoja es que aunque todos sus productos llevan implícitas las marcas de la angustia existencial de la burguesía bohemia de un país desarrollado y las exponen a través de múltiples dispositivos que no hacen otra cosa que encumbrar la hipersensibilidad de la multiartista llamada Miranda July (y no se me ocurre algo más siglo XX que esto), esos mismos productos poseen un horizonte utópico. 

En tiempos en que el realismo literario parecería orientarse hacia aquello que el crítico marxista norteamericano Frederic Jameson ha llamado “arqueologías del futuro”, por lo general fantasías técnicas de orientación distópica o ucrónica que habrían fagocitado también a la ciencia ficción tal como la había leído el siglo XX, Miranda July vuelve a formular la pregunta por la utopía. Esta pregunta está arraigada en la posibilidad de construcción de formas sociales raras y perversas, artificiales y sinceras, sentimentales y muchas veces crueles. Gracias a una elusión del pensamiento sobre la totalidad tan necesario para el realismo, la propuesta de Miranda July es un arte de lo social donde lo que se presenta es menos un producto inscripto en la tradición de una disciplina (la literatura) que una serie de dispositivos capaces de cuestionar, desarmar, densificar y pervertir las expectativas producidas por los roles y por las identidades. Una exploración del otro que invita a la transformación del yo bajo el filtro de la incertidumbre, pero no de una incertidumbre simbólica o espiritual –la incertidumbre del lector–, sino de una incertidumbre activa o pasional –la incertidumbre del actor. 

Por eso no es casual que Miranda July haya empezado haciendo performance, luego actuado sus propias obras de teatro, y más tarde escrito, dirigido y protagonizado las películas You, And Me, And Everyone We Know (2005) y The Future (2011), además de sketchs y cortos para YouTube. Entre sus publicaciones de narrativa se cuentan el premiado e imperdible libro de cuentos No One Belongs Here More Than You (2007, hay una traducción de la Editorial Planeta pero no se consigue en el país) y la novela El primer hombre malo (2015). 

Hay, sin embargo, otros dos libros que considero fundamentales en su apuesta por transitar ese poroso límite entre la lectura y la acción, entre la literatura entendida como una religión minoritaria y la potencia de un proyecto vital y comprometido, utópico y de a momentos conmovedor. El primero es Learning to Love you More (2007), realizado junto a Harral Fletcher. El origen del libro es un proyecto colaborativo de 2002, lanzado desde una página web donde se propiciaban una serie de disparadores para que los integrantes de la comunidad realizaran diferentes actividades e intervenciones, y cuyo resultado muchas veces fue curado y expuesto en museos. El segundo libro se llama It Chooses You (2012) y contiene una serie de entrevistas y de fotografías con personas anónimas que vendían objetos usados casi sin valor en la revista Penny Saver, una suerte de Segundamano yanki. July relata en forma escueta y entrecortada su angustia de autora al no poder cerrar el guión de The Future mientras se abre a los mundos, las historias y la conversación que le proponen los vendedores. 

Podría decirse que la performance ya se ha realizado y que no lleva a nada, que las películas indies sobre subjetividades absurdas y polimórficas son una suerte de lugar común, que los proyectos participativos en la web tienen más de una década y que entrevistar oscuros personajes anónimos es una fórmula más que trillada. Que, a pesar de todo, el ethos arty de Miranda July se encuentra muy cómodo en el mundo. Y hasta un punto todo eso sería cierto. Tengo muchas razones para detestar aquello que Miranda July representa. Sin embargo pocas veces las actividades de una persona comparten un horizonte común tan claro, poseen una calidad tan certera y exponen de una forma tan cruda a esta misma persona sin la necesidad del chantaje de la autoficción. Lo que hacemos merece ser valorado en términos de nuestra capacidad de arriesgarnos, de fallar, de mostrarnos vulnerables.

Y, además, pocas veces esta concatenación es capaz de erigir a su autora en una especie de referencia, de precursora, de hada madrina de la nueva sinceridad y de la cultura hipster para los nacidos desde los ochentas en adelante, aunque Miranda July no pertenezca plenamente ni a la generación más joven ni a la de los que tienen más de cuarenta. Miranda July es tan envidiada como imitada, y es preciso leerla para comprender la sensibilidad de aquellos escritores que construyen su pathos en el universo digital. 

la primera novela 

Si uno forzara un poco las cosas y mirase por debajo del permanente juego de espejos y de matrioshkas rusas que Miranda July utiliza para esculpir las diversas y contradictorias relaciones de amor, sumisión y fraternidad que son representadas en El primer hombre malo, su primera novela, podría decir que aquel sustrato primordial no es otro que la alienación en el trabajo. En particular, la alienación en las ONG que llevan adelante reivindicaciones de género. Allí, en una ONG llamada Open Palm, es donde Chery Glickmann, la cuarentona, soltera y maniática protagonista de El primer hombre malo se desempeña como coordinadora general de eventos. Cheryl es una gestora de la buena voluntad, pero sus fracasos y sinsabores no la vuelven cínica sino que distorsionan sus fantasías. 

Sus jefes son una pareja de ricos benefactores a la comunidad interesados en las artes y en la igualdad entre los géneros (uno no imagina a los padres de Miranda July como sujetos demasiado diferentes a los patrones de Cheryl Glickmann). La desprecian. Tras casi dos décadas de trabajo, permiten que Cheryl integre el honorario comité directivo de la fundación recién cuando acepta hospedar por tiempo indeterminado a Clee, su problemática y maleducada hija veinteañera. Clee es descripta como una chica voluptuosa y adicta a la comida chatarra, dueña de un universo simbólico del tamaño de una papa frita de McDonald’s, en sintonía con el nuevo canon estético del capitalismo goloso, lindante a la obesidad, que encarnan Nicky Minaj o Kim Kardashian. 

Claro que las cosas van a salirse de cauce. Con el tiempo, y tras ser invadida y humillada por Clee, Cheryl aprenderá que sus ancestrales fantasías de conexión con Phillip, un hombre mayor enredado en un romance con una chica de dieciséis años que le pide autorización por mensajes de texto para avanzar en su escalada sexual, deben ser abandonadas y reemplazadas por actividades más concretas. En este caso, peleas a golpes con su invasora. Después de todo, Cheryl no puede permitir que Clee la siga bullyiando en su propia casa.

Luego de un inicio por muchos motivos exquisito pero errático, El primer hombre malo vuelve a arrancar cuando Cheryl empieza a defenderse de los ataques de Clee, que no sólo había convertido el living de su preciado y neuróticamente minimalista refugio en un oloroso campamento adolescente, sino que además la aterrorizaba. La defensa se convierte en combate, y el combate en un particular ritual adrenalínico que cura a Cheryl de los quistes (Globus Hystericus) que se le formaban en el cuello y ni la terapia psicológica ni la cromoterapia habían podido sanar. Cheryl y Clee aprenden a respetarse en una virtuosa y homoerótica rutina de lucha entre mujeres. 

De repente Clee queda embarazada. La identidad del padre, hasta cierto punto previsible, se conocerá recién al final de la novela. Cheryl acompañará a Clee durante todo su embarazo, la cuidará y la cobijará. Ayudará en su parto junto a Rick, un jardinero que Cheryl suponía un homeless de origen latino y luego demuestra no ser ninguna de las dos cosas. Jack, el bebé, bordeará la muerte pero sobrevivirá. El nacimiento dará lugar a nuevas formas de amor que siempre, en la obra de Miranda July, están construidas con una geometría triangular.  

Si en la primera parte de la novela Cheryl dice que “yo era un fantasma que espiaba mi antigua vida pero sin mí”, luego, al hacerse cargo del pequeño Jack, hijo de Clee, comprenderá que ser madre “es estar terroríficamente enamorada pero sin opción de largarse”, y al ser abandonada por Clee al cuidado de Jack, también aprenderá que “ocurre a cada momento, una pasión fugaz tuerce el verdadero rumbo de una persona y no hay nada que se le pueda hacer”. El primer hombre malo es menos una novela sobre la maternidad que un sensacional aprendizaje sobre el dolor y, principalmente, sobre el desprendimiento. Una bildungsroman al revés: el aprendizaje es permanente porque los personajes, en lugar de sólo chocar con un mundo hostil y madurar de una vez y para siempre, deben lidiar en forma conciente, permanente y atroz con la dimensión ingobernable de sus fantasías. 

la heredera

En algunas zonas de la crítica anglosajona la novela fue acusada de exagerar y de extender demasiado aquella maestría para las situaciones hilarantes y levemente bizarras propia de July, quizás más atinada para cuentos como los de No One Belongs Here More Than You. El paroxismo de este tipo de situaciones estaría dado por la relación de Cheryl con su psicóloga-recepcionista, a su vez tiranizada por un cromoterapeuta en un particular “juego de adultos”. Hay algo de verdad en la crítica: no era necesario que Cheryl tuviera que orinar en unos tarros y detrás de un biombo porque el consultorio no tiene baños.  

Sin embargo, pensar a El primer hombre malo sólo como otro producto en la eterna góndola de Amazon sería un error. Tampoco se trata de “una moderna gran historia de amor americana”, tal como desliza Cheryl (quizás en rol “fantasma de las navidades futuras” de Miranda July). La novela no es interesante porque lidie con agenciamientos lésbicos o porque trate sobre modelos emergentes de parentalidad, dos temas que bien podrían haber sido objeto de campañas de difusión por parte de ONG como las que Cheryl repudia. 

Esto sucede porque su locus es la relación entre los roles y los contratos en una sociedad que no acepta otros límites que los del hedonismo mientras sostiene un arcaico sistema de convenciones. En este contexto, el malentendido es la norma. Y la fórmula que nos ofrece Miranda July, para contrarrestarlo, no es clarificarlo sino sobresignificarlo a través de una perversa ternura capaz de hacerlo arder en llamas de fuego. Toda la obra de Miranda July puede enfocarse desde esta perspectiva. Para July el trabajo nunca es fuente de vida o de agenciamientos positivos y las instituciones destrozan el poder revulsivo del arte, que debe ser accesible a todos y prepararnos para la muerte.  

Miranda July es importante porque es una maestra de los pliegues. Sus personajes tienen una facilidad congénita para entrar y salir de fantasías personales que siempre tienen fricciones con el espejo de lo social. Las fantasías son antes que nada formas de mirar o conexiones íntimas. Siempre requieren de terceros: el yo, el objeto y la mirada externa sobre la relación entre el yo y el objeto constituyen su gramática. Las fantasías crecen y se deforman. Pero, en un punto de su crecimiento, explotan. Se pinchan contra la frontera de lo social. 

Voy a dar un ejemplo. Cheryl cree tener una conexión especial con un cierto tipo de bebés, a los que llama Kubelko Bondy. Kubelko Bondy es una suerte de alma gemela cuyo origen es un niño que Cheryl conoció en su infancia. Transmigra de bebé en bebé, permitiendo que Cheryl establezca diálogos sinceros con aquellos que sí son Kubelko Bondy. A lo largo de la novela se establecen conexiones con diferentes bebés. Y cuando Jack, el hijo de Clee e hijo adoptivo de Cheryl está al borde de la muerte, Cheryl descubre que ese bebé es y no es Kubelko Bondy. Lo es porque ella siente tener una conexión especial y única con ese bebé, lo ama. Pero no lo es porque si fuese Kubelko Bondy, Jack nunca podría desarrollarse en su singularidad. Entonces, a partir de que comienza a criar a Jack, Cheryl deja de lado su fantasía de Kubelko Bondy. 

Esto nos lleva al pop. El de Miranda July no es un realismo inocente. Se basa en la construcción de una serie de pantallas y de simulacros que no tienen absolutamente nada que ver con el realismo norteamericano tradicional y son más deudores de ciertas lecturas de Andy Warhol que de Hemingway. El entorno de las obras de Miranda July es internet, y la construcción de una vulnerabilidad bella frente a la proliferación infinita de afecto frío en imágenes horribles que es la web. 

¿Puede rastrearse la presencia de internet en alguno de los cuentos de Lorrie Moore, quizás la mejor escritora realista norteamericana viva? Es una pregunta difícil de responder. Sin embargo, Lorrie Moore, que además es una mujer infinitamente sabia, leyó a Miranda July. Esto es lo que escribió sobre ella al final de un bello texto en la New York Review of Books
“Y de esta manera una le da la bienvenida al territorio de la escritura de novelas a la multitalentosa Miranda July. Es difícil de categorizar. Está entre generaciones. Cree en la conexión psíquica, en los aspectos purificadores de la pasión, en la porosidad del yo. Sus oraciones cantan. Ella misma canta. No conoce tanto sobre estructuras narrativas. Nadie pertenece a este lugar más que ella”.  

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