Te miran con cara rara: entrevista a Antonio Gasalla | Revista Crisis
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Te miran con cara rara: entrevista a Antonio Gasalla
Apelando a la sátira, por vía de la burla y la exageración, el humor de Gasalla se ofrece como una insólita convocatoria a reflexionar nuestro estar en el mundo. Acaso porque ese otro mundo, el que Gasalla y un elenco notable construyen en la pantalla, no sea más que un espejo poco complaciente, apenas desaforado, apenas cruel, si bien se mira.
11 de Noviembre de 2022

 

Tanto quienes disfrutan de tu programa como los otros, los que optan por censurarlo, coinciden en destacar los aspectos transgresivos de ese mundo que presentás. ¿Creés, en verdad, estar tocando algún límite?

-Lo que pasa es que este país es muy cerrado, muy reprimido. Yo me manejo con libertad, nada más. No me veo tan transgresor si me comparo con lo que se hace en otros países. En España, a partir de los comienzos de la década del 80, en la televisión se puede hablar sin restricciones, se acepta mostrar el pecho femenino, por ejemplo, lo que es normal en un teleteatro. Acá también se acepta la transgresión en un programa serio, pero sucede que el humor genera siempre una reacción mucho más exaltada en la gente. Toda nuestra televisión, a partir de la democracia, se volvió un poco más honesta, digamos, más dispuesta a mostrar las cosas como son, y se han escuchado palabras y se han visto imágenes que antes estaban negadas. Pero en cuanto al humor, basta apartarse un poco del esquema previsible para correr el riesgo de irritar, quizá porque la comicidad entra más, porque el humor tiene una capacidad de penetración mayor que una puesta dramática.

¿El ingrediente clave es el tratamiento de la sexualidad? ¿Allí donde tus personajes, los entrevistados y hasta el público confiesan estar “calientes”?

-No exclusivamente en lo que se dice, sino en cómo se encaran los temas. No hay, tampoco, un desenfado en lo sexual, específicamente. Más bien se trata de un desenfado general en la propuesta, porque en realidad no tocamos el erotismo tan crudamente como lo hacen otros programas de humor. Creo, sí, que lo que yo introduzco, y el elenco comparte, es esa actitud transgresora que comentábamos. Estamos siempre caminando en una cuerda floja, haciendo equilibrio. Para algunos ya nos pasamos del otro lado, para otros no llegamos aún al límite.

¿Qué sucede con tus personajes? ¿Por qué esa predilección por los esperpentos?

-Tendría que detenerme y analizarlo más, o confiar en que alguien se ocupe de hacerlo. En principio, resultan del modo en que mi humor se fue perfilando con el paso del tiempo y acabó por emparentarse con el grotesco, con esa cosa esperpéntica que vos decís. Es un humor que se funda en la observación de la realidad, pero sometido a una vuelta de tuerca muy extensa, exagerada y muy cruel, seguramente. No todos mis personajes, pero sí algunos, tienen una actitud desaforada, son víctimas y victimarios a la vez, siempre en situaciones límite. Son parte de nosotros, me parece, de los argentinos. Ahora, pensar cómo se incluyen dentro de un género o un estilo es algo que, francamente, no he tenido tiempo de hacer.

¿Reconocés antecedentes, influencias, modelos?

-Hay una tradición de este tipo de personajes entre nosotros, una tradición que recorre el humor argentino. Aunque no lo vi en vivo, el tipo de laburo de Florencio Parravicini, o Luis Arata. Un montón de caracterizaciones de las cuales muchas quedaron registradas en el cine, como la de Mario Fortuna, por ejemplo. La herencia del grotesco, lo tragicómico como rasgo dominante.

¿Y Niní Marshall?

-De Niní, seguramente, todos los que hacemos humor tenemos influencias. Ella abarcó una gama muy amplia, al punto de reflejar todos los estratos sociales, las maneras y costumbres, las formas de hablar de su época. Es inspirada, talentosa. No sólo acá, sino en Latinoamérica e incluso en España, Niní Marshall ha marcado un estilo, un modo de dar cuenta del humor de su tiempo. Ella nos ha enseñado, además, qué significa llevar adelante una carrera, es un ejemplo de vida profesional.

Vos tenés una percepción muy clara de lo que es el humor popular. ¿Cómo lo definirías?

-No creas, no tengo percepciones demasiado claras. Diría, mejor, intuiciones. Me cuesta hablar de lo que hago, explicar el fenómeno que supone que la gente se ría, saber qué busca la gente en un humorista. Por supuesto, como no soy tonto, hay cosas que las puedo elaborar en el momento en que las vivo, pero hay ocasiones en las que no puedo sacar ninguna conclusión. Evidentemente, luego de veintipico de años, casi treinta en esta profesión, he llegado a visualizar una suerte de patrón de eficacia de mi humor, fundamentalmente en relación al público porteño, que es el que más conozco. He ido al interior, pero la respuesta ante una figura que llega desde la Capital es diferente.

Ante esas diferencias, ¿se puede hablar de un humor argentino?

-Sí, hay un patrón general, y después humores regionales con rasgos particulares, como sucede con los cordobeses o los santiagueños. Lo que nos caracteriza es un humor socarrón, es la cargada, el gusto por la broma pesada. No somos para nada ingenuos, si nos comparamos con la actitud que la gente de otros países tiene frente al humorista. En principio, puede decirse que tenemos una extendida raza de cómicos nacionales. Nombré a Parravicini, debo agregar a Marcos Kaplan, a Pepe Arias. Y se puede decir que hay un estilo de humor argentino que ha mareado prácticamente a toda América Latina. He visitado ciudades y países donde los cómicos se parecen en mucho a los nuestros, tal como eran hace cuarenta años, como un efecto de la difusión que alguna vez tuvo nuestro cine.

En tu programa se advierte un componente, si no político, al menos sí de fuerte crítica ideológica de ciertos aspectos de nuestra sociedad. La burocracia, por ejemplo. También la burla de los predicadores electrónicos, el arribismo pequeño burgués o el buen decir televisivo. Pero, ¿por qué dejar de lado la política misma, su folklore, sus personajes?

-Por cierto que opino a través de mis personajes, que me expongo. Pero comentar la política cotidiana exige leer todos los diarios, todos los días, y yo no soy capaz de recordar el elenco de ministros y secretarios. No podría, no me interesa. La política, las declaraciones del día, como recurso humorístico se agota rápidamente, al segundo. Lo escribís hoy, lo tenés que decir mañana, y ya pasó. Y, de pronto, cuando hacés un humor tan enganchado con la coyuntura te supera la realidad. Hay cosas que uno lee que ya están redonditas, no hay que agregar ni quitar una palabra, y te hacen reír.

A diferencia de otros programas de humor, que reiteran situaciones y así preparan el gag, trabajando sobre la repetición, tus sketches evolucionan como episodios de un gran relato. Más aún, en las últimas ediciones se verifica una estructura distinta, las diversas historias se entrecruzan, los personajes migran de una situación a otra. ¿Qué sucede allí?

-Por un lado, yo no podría hacer lo mismo todas las semanas y opté por armar historias que continuaran. Allí también pesa la complicidad del público, que se va enganchando con los personajes e, incluso, les va añadiendo cosas. Es muy loco lo que pasa con la televisión, recibís cartas con comentarios sobre tal o cual personaje, indicaciones. Algo que me sorprende, porque daba por supuesto que la comunicación a través de un programa grabado iba a ser muy fría, pero la gente interviene, escribe, te dice cosas por la calle. Por otro lado, esos cruces entre las distintas situaciones que el público ya conoce le dan más continuidad al programa y me permiten jugar con mis propios códigos.

¿Siempre escribiste tus propios textos?

-Durante mucho tiempo escribí junto con Enrique Pinti, pero ahora hago mis guiones con la colaboración de un chico del elenco, Atilio Veronelli. Prácticamente todo el programa es mío porque los personajes son los mismos que hacía en teatro. No fue fácil adaptarlos, encontrar la manera televisiva, menos hablada. No eran grandilocuentes, pero estaban metidos en situaciones que, aunque durante diez minutos, eran muy concentradas. Sketches con principio, desarrollo y fin, y ese remate se decía con toda intensidad. La televisión exige otra síntesis. Al principio me jugué, a ver cómo salía, pero después de un año y medio creo que vamos encontrando el lenguaje adecuado.

Al recibir el premio Martín Fierro, en esa ceremonia tan tensa, vos asumiste una posición muy clara en defensa de las fuentes de trabajo. ¿Qué pensás de la situación que se generó entonces?

-Creo que esa fiesta es algo que sólo los argentinos podemos generar: ir a una celebración mientras tenemos que sufrir paralelamente a ese festejo. Realmente no habría que haber entrado, al menos yo no tendría que haberlo hecho. Pero había una exigencia, gente golpeando un bombo y diciéndote "entrá y hablá con nosotros" y dándote papeles. Y sí, tenés que hablar. Lo que quise decir, y no sé si se entendió, es que todos sabemos cuándo alguien roba, conocemos la cara del que roba cuando estamos trabajando en algo, sea un teatro o un canal. Y no entiendo por qué no se empieza por decirlo, porque luego las cosas son irreparables.

¿Cómo ves la actitud general de los actores ante este conflicto?

-Los actores no defendemos el trabajo. Me corrijo, yo lo mío sí lo defiendo. Si bien este es un laburo como cualquier otro, la cuestión no se agota en Ia actitud gremial. El 90 por ciento del gremio esté hablando de plata, y casi nadie de algún proyecto artístico. Entiendo muy bien que lo principal es comer, pelo el actor tiene que desarrollar el instrumento que le da de vivir, conocer su profesión. Yo vi una reunión de los actores franceses, presidida por lves Montand, que duró siete horas. estaban dentro de su gremio, discutiendo las cosas de su profesión, y eso se televisaba para que lo viera todo el mundo. De ese modo me parece que se impulsa una toma de conciencia en el público y entre los mismos actores. y no haciendo ese tipo de mamarrachos que comentábamos y que a alguna gente le pareció una demostración maravillosa.

En tu caso, desde la perspectiva profesional, ¿por haber apostado al humor sentís que se te desjerarquiza?

-Sí, totalmente. Hay un montón de prejuicios, de marginaciones. Hablo del aspecto técnico, fundamentalmente. A cualquier proyecto dramático se lo piensa, se lo estudia y ensaya más. El humor es algo que hay que hacer, y punto. No podés dedicarle demasiado tiempo porque te miran con cara rara.

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