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de Chicago a Plaza Lorea: los comienzos del mayo obrero
Casi al mismo tiempo eligieron la carrera de las armas. Uno en los Estados Unidos, el otro en la Argentina. El primero probablemente no oyó hablar nunca del segundo. Hay razones, en cambio, para pensar que el segundo tuvo al primero como admirado modelo. El norteamericano era el capitán Bonfield; el argentino, el coronel Ramón Falcón. Si por esas cosas de la naturaleza, ambos no hubieran sido militares, tal vez esta historia del 1ª de Mayo hubiera sido diferente. O no. Lo cierto es que ellos la marcaron a fuego: el de sus fusiles.
29 de Abril de 2022

 

Aquel Mayo en Chicago de 1886

Desde 1881, los Estados Unidos se encontraban convulsionados por grandes protestas obreras reclamando la jornada de ocho horas, de acuerdo con la campaña lanzada en Pittsburg por la Federación de Trade Unions poco después transformada en la Federación Norteamericana del Trabajador (AFL). Su cuarto congreso, reunido en Chicago en 1885, decidió exigir que a partir del primero de mayo del año siguiente se hiciera efectiva la nueva jornada laboral.

Aquel día establecido en 1886, Chicago entró en una agitación sin precedentes. Las huelgas se confundían con los lockouts patronales, los 40 mil trabajadores en las calles chocaban con los grupos rompehuelgas reclutados por los industriales entre gente del hampa. Los despidos masivos se sucedían por minuto, entre ellos 1200 operarios de la gran fábrica de maquinaria agrícola Cyrus MacCormick. El 3 de mayo, dos días después, los 7 mil trabajadores de aquella fabrica se reunieron en un meeting para escuchar la palabra de su dirigente August Spies y elegir una comisión de representantes para exigir las reincorporaciones. Mientras se parlamentaba, los grupos patronales de choque provocaron incidentes, y la policía tuvo entonces la justificación para abrir fuego: seis muertos y cincuenta heridos fue el resultado. La dirección anarquista del movimiento obrero no retrocedió. Convocó para el día siguiente, 4 de mayo, a una nueva concentración en Haymarket Square: "La guerra de clase ha comenzado. Ayer frente a la fábrica Mac Cormick han fusilado a los trabajadores. Su sangre pide venganza..."                     

Pese al tono de la convocatoria, 15 mil trabajadores se reunieron pacíficamente. August Spies fue nuevamente orador, y su discurso, según el propio alcalde de Chicago, Hamson, "era tan moderado que lo calificaría de sosegado… Nada había ocurrido que exigiera una intervención; habrían podido darse órdenes de retirar las fuerzas policiales”. Pero no fue así. Aquéllas, al mando del coronel Bonfield irrumpieron en el parque y balearon indiscriminadamente a la multitud produciendo una gran matanza.

Como respuesta al fuego graneado, alguien no identificado arrojó una bomba y mato a ocho policías. La ciudad fue colocada bajo el estado de sitio y centenares de obreros encarcelados. Entre ellos, la dirección anarquista: August Spies, Albert Parson, Adolph Fischer, George Engel, Louis Lingg, Michael Schwab, Samuel Fielden y Oscar Neebe.

Para justificar la masacre, se armó el proceso de Chicago, escandalosa parodia judicial: “¡Ahorcadlos y habréis salvado nuestras instituciones!”, pidió el fiscal. Años después, cuando bajo la presión de la opinión pública el gobernador de Illinois, John Altgeld, reabrió la investigación, quedó claro que se habían presentado testimonios falsos, fabricado pruebas y presionado al jurado para lograr un veredicto condenatorio bajo las exigencias de prominentes industriales y banqueros. Esta nueva encuesta no logró devolver la vida a los acusados. El jurado los había encontrado “culpables de asesinato” pese a que ninguno de ellos se le comprobó una participación personal en los hechos. El 20 de agosto de 1886 fueron sentenciados todos a la pena de muerte, salvo Neebe, condenado a 15 años de trabajos forzados.

El 11 de noviembre de 1887, en el patio de la prisión, fueron ejecutados Spies, Parsons, Fischer y Engel. Lingg se había suicidado en su celda y a Schwab y a Fielden se les conmutó la pena por la prisión perpetua. Cien mil personas acompañaron en manifestación los restos de los mártires de Chicago hasta el cementerio de Waldheim.

 

El Primero de Mayo

Efectivamente, el drama de Chicago conmovió a la clase obrera internacional, y se transformó en uno de los momentos claves de su lucha. A partir de entonces se generalizaron las acciones para imponer la jornada de ocho horas, y la fecha del Primero de Mayo -la del primer intento de huelga general de los trabajadores norteamericanos, con el precio de su martirologio- se convirtió en símbolo en la mayor parte de los países, instituida como Día del Trabajo, salvo en Estados Unidos, donde su burguesía jamás la reconoció, consagrando arbitrariamente otra fecha del mes de septiembre para esa conmemoración.

El Congreso Obrero Socialista de París de 1889, con la presencia de delegados de 16 países de Europa y América dictó la siguiente resolución: "Será organizada una gran manifestación a fecha fija, de manera que en todos los países y en todas las ciudades a la vez, el mismo día convenido, los trabajadores intimiden a los poderes públicos para que reduzcan legalmente a ocho horas la jornada de trabajo y apliquen las demás resoluciones del Congreso Internacional de París. Visto que una declaración parecida ya fue decidida para el Primero de Mayo de 1890 por la Federación Norteamericana del Trabajo en su congreso de diciembre de 1888, realizado en Saint-Louis. esta fecha es adoptada para la manifestación internacional. Los trabajadores de todas las naciones llevarán a la práctica dicha manifestación, de acuerdo con las condiciones especiales que existan en sus países.

El Día internacional de los trabajadores comenzó a celebrarse desde el año siguiente, 1890, con una gran acogida obrera y una característica propia de la situación fueron jornadas de lucha, cuando no de sangre y de luto.

 

De Chicago a Plaza Lorea

El Club Worwarts, primera entidad socialista de nuestro país, fundada en 1882 por emigrados alemanes, convocó en 1890 a “la primera celebración de la fiesta del trabajo”, a la que se sumaron las existentes entidades obreras y los círculos de residentes extranjeros identificados con las luchas de los trabajadores. Esta primera conmemoración argentina se realiza en el Prado Español (hoy avenida Quintana entre Ayacucho y Junín). No se registraron incidentes, aunque ese día se inauguró la practica patronal de despedir a los operarios que faltasen al trabajo los Primero de Mayo. En dicho acto –al que concurrieron mas de 1.800 personas- se aprobó un programa cuyos principales puntos eran la exigencia de la jornada de ocho horas, la prohibición del trabajo de menores de 14 años y condiciones especiales para las mujeres y los menoras obreros.

La década del 90, de revoluciones y crisis, y de organizaciones sindicales surgentes, fue transcurriendo sin que los enfrentamientos pasaran a mayores en medio de huelgas multiplicadas y de reclamos que en sus pequeños logros iban tonificando al movimiento obrero. Comenzado el siglo, ya el Primero de Mayo de 1901, la intervención gubernamental llegó más lejos, la manifestación fue disuelta mediante una carga policial a sablazos. Pocos meses después, en octubre, los obreros de la Refinería Argentina de Rosario se declaraban en huelga. La policía intervino brutalmente y un trabajador de apellido Budislavich fue muerto de un balazo. La primera víctima del movimiento obrero argentino había caído. Pronto le seguirían muchas otras.

El año 1902 fue el comienzo de la gran represión obrera. El movimiento sindical se había intensificado y con él las huelgas, que alcanzaron proporciones desconocidas. La de los trabajadores del Mercado Central de Frutos y de las barracas se convirtió en la primera huelga general de alcance nacional. La policía y el Ejército respondieron con arrestos masivos y represiones violentas, que resultaron totalmente inconducentes. Fue entonces cuando el Poder Ejecutivo decretó el estado de sitio, que tampoco dio resultado.

Frente a este nuevo fracaso, el 23 de noviembre de 1902, el Congreso sancionó la llamada ley de resistencia o de expulsión de extranjeros (cuyo proyecto originario era de Miguel Cané, quien se declaraba a algo más que a la literatura mantantirulirulá). Esta ley fue aplicada intensa y brutalmente, y los trabajadores extranjeros fueron arrancados de sus lugares de trabajo y embarcados como ganado, sin permitirles siquiera despedirse de sus familias. Del interior llegaban contingentes de obreros maniatados y hacinados para ser subidos en los barcos que partían hacia Europa. También fue cerrada la prensa proletaria y clausurados los locales sindicales.

Había transcurrido poco más de un año, ya levantado el estado de sitio, cuando se organizaron las manifestaciones celebratorias del Primero de Mayo de 1904: la socialista con el trayecto Plaza Constitución-Plaza Colón, y la convocada por el anarquismo, de Plaza Lorea a Plaza Mazzini. Cuando esta última arribó al Paseo de Julio entre Viamonte y Córdoba, la policía a caballo, con sus sables en mano y disparando sus armas de fuego atacó indiscriminadamente a hombres, mujeres y niños, con un saldo de 2 muertos y 24 heridos graves. El primero de noviembre del mismo año, la represión policial contra una asamblea de trabajadores en Rosario ocasionó otra muerte y decenas de heridos.

En mayo de 1905, el mitin obrero debió realizarse el día 21 (en Plaza Lavalle) por haber sido levantado recién el nuevo estado de sitio decretado. El gobierno lo autorizó, aunque prohibido la portación de banderas rojas. Cuando un manifestante –denunciado como “un provocador policial”- agitó un pañuelo de ese color en la punta de su bastón, cargaron tanto la policía como el Cuerpo de Bomberos, armado con máuser. Tras el desbande general, quedaron en el suelo 2 manifestantes muertos y 20 heridos graves. Ninguno de estos hechos logró disminuir la actividad obrera. Por el contrario: los anarquistas en especial encontraban más que justificado su discurso rupturista con el Estado.

 

Eran años en que la protesta social se tonificaba con episodios como la huelga de los ocupantes de los múltiples inquilinatos de Buenos Aires, entremezclada con atentados como el que perpetrara un tipógrafo anarquista contra el presidente Manuel Quintana o el intentado contra su sucesor, Figueroa Alcorta. La represión, convertida en acción homicida, no escatimaba balas ni muertos, como en Ingeniero White, donde una asamblea de obreros del puerto de Bahía Blanca que se desarrollaba en un local cerrado fue baleada desde la puerta por un piquete de marineros al mando del oficial Passo, matando a 6 obreros y a un niño. En el entierro de los mismos, para hacer callar a los oradores, el comandante Astorga, responsable de la Prefectura, mandó abrir fuego. Hubo otro muerto más.

En el marco de la situación de la situación descripta, el presidente de la República, José Figueroa Alcorta, envía a su ministro del interior, Manuel Montes de Oca, a entrevista en su domicilio al coronel Ramón L. Falcón para ofrecerle la Jefatura de la Policía. Este, que había alternado su actividad militar –fue ayudante de Sarmiento en la campaña contra la montonera de López Jordán y jefe del Cuerpo de Guardiacárceles- con la actividad política (fue senador provincial y diputado nacional), acepta gustoso. Falcón, un genuino representante de la oligarquía bonaerense, era también un hombre de mano dura, de conocido coraje y vida espartana. En una oportunidad, como respuesta a un petitorio de suboficiales de la policía, reunió a todos en el patio del Departamento Central y le arrancó las jinetas al cabecilla y lo sacó a empujones.

Por eso no fue extraño verlo el Primero de Mayo de 1909 frente a la manifestación convocada por las fuerzas anarquistas, como un general al frente de sus tropas desplegadas. No había comenzado aún el acto –aunque ya había millares de personas- cuando un incidente promovido por la policía misma determinó de ésta “con una ferocidad inconcebible”, bajo el mando del jefe del Escuadrón de Seguridad, Jolly Medrano, y la mirada atenta de Falcón, matando a 8 obreros e hiriendo a 40. Al enterarse de esta masacre, en la nutrida columna de la manifestación socialista “las bandas de música acallaron los acordes sus himnos revolucionarios, enlutáronse las banderas rojas y multitud desfiló en silencio por la ciudad”. La respuesta obrera no quedó ahí: se declaró la huelga general de la Semana de Mayo, que logró incluso adhesiones en los gremios de los países limítrofes.

El 14 de noviembre de 1909, a la salida de la Recoleta, en la Avenida Quintana y Callao, un joven anarquista de 18 años de edad arrojó una bomba dentro del carruaje en el cual iba el coronel y su ayudante, Alberto Lartigau. A consecuencia de la explosión, horas después, ambos fallecían, lo que trajo aparejada mezcla de histeria, indignación y profundos sentimientos antiobreros.

Se inició la caza del proletario. Manuel Carlés, futuro jefe de la Liga Patriótica instigará a ella, como orador en el entierro. Los alumnos del Colegio del Salvador desfilarán ante sus restos, armados con máuses y en formación militar. Aparecerán también los primeros comandos civiles parapoliciales antiobreros. La oligarquía cederá uno de sus lugares cercanos a su corazón urbanístico para situar su estatua: Quintana y Junín, y, como si fuera poco, dos más se erigirán en Buenos Aires en su homenaje en Callao y Libertador (Monumento Desagravio) y el ubicado actualmente en la Escuela de Cadetes de la Policía Federal.

Hasta Almafuerte –santón poético- hará oir su voz no solo para exaltar la figura de Falcón sino para justificar la masacre del Primero de Mayo de 1909 diciendo: “Un jefe de policía de la estirpe de Falcón no podía proceder de otra manera que como procedió en aquel Primero de Mayo histórico…” Mientras tanto, más de 3 mil trabajadores extranjeros fueron deportados y las cárceles y buques se llenaron de activistas políticos y sindicales, detenidos sin causa, golpeados y torturados.

Hoy, a un siglo del comienzo del Mayo obrero, muchas cosas han cambiado, pero sigue en pie la voluntad protagónica de los trabajadores frente a la oposición de las clases contra la marcha de la historia.

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