adicción a las harinas / reina de meriendas
soy el cuerpo de Cristo, amén
Sin promoción en la vía pública ni en los medios de comunicación, Pepsico lanzó las galletitas Toddy. Dos correas de transmisión del deseo las convirtieron en un fenómeno singular dentro del consumo masivo: el boca en boca y las redes sociales. Cómo leer la devoción en tiempos de cinismo.
04 de Octubre de 2012
crisis #11
ilustración Gastón Caba

Hola, soy una galletita Toddy. Soy el eslabón perdido entre las cookies que Starbucks vende a precio dólar blue y el resto de los círculos hechos con pasta de harina de trigo transgénico, azúcar, grasa vacuna refinada, aceites, glucosa, leudantes químicos, colorantes, gluten, bicarbonatos y emulsionantes que ustedes pueden encontrar empaquetados en cualquier góndola. Fui concebida para destruir a mi competencia, soy la yegua de Troya de Pepsico en un mercado de tres mil ochocientos millones de pesos anuales. Más allá de los rumores malintencionados que corrieron por Internet, mis ingredientes son un cien por cien nacionales y populares. Tengo una antecesora seca y con sabor a leche en polvo que se llama Pepitos, y una cantante de covers que me imita bajo el nombre de Pepitos Chispas, reacción tardía de Kraft Foods, con quien nos hermanan los conflictos laborales, la mano de hierro. Copio a una estrella de Hollywood que se llama Chips Ahoy y a veces manda saludos por Internet. Soy la reina de las meriendas, el huracán de los paladares juveniles. Los quiosqueros pintan cartulinas con marcador anunciando que llegué, las chicas de Barrio Norte me acaparan para cuando terminan de fumar el autocultivo que les pasaron sus novios, soy el postre menos pensado. Acá estoy, me fabrican en Mar del Plata pero amo las luces del centro. Eso sí, me angustia que ustedes puedan olvidarme.

Quizás no lo sepan, pero mi familia tiene historia. La historia de mi apellido es la historia de las corporaciones del ayer y del mañana. En 1928, un portorriqueño llamado Pedro Santiago consiguió los derechos de Toddy para su comercialización en América Latina. Se radicó en Buenos Aires, y desde que sólo éramos cacao en polvo hicimos publicidad en medios masivos, la revista Caras y Caretas, Billiken, Radio Splendid. Teníamos programas y concursos, comunicábamos salud, energía para los chicos que iban a la escuela. Nuestro objetivo era la familia. En 1954 conseguimos identificarnos con Tarzán, rey de los monos. Como dice la página marcasconhistoria.com.ar, Tarzán había nacido para consumirnos, era un superhéroe creíble que no recurría a ningún artificio para tener fuerza y valentía. En los setenta ya nos vendían en botella, y al calor de la época nos hicimos juveniles. Tomar Toddy era apiolarse, el discurso médico ya no servía. Nos diversificamos, hasta que en 1981 nos compró la Corporación General de Alimentos. Turbulencias hasta que pasamos a manos de Alimesa SA, junto con otras marcas como Okey y Zucoa. Alimesa pertenecía a Molinos Río de la Plata. Hasta que a fines de 2008 fuimos comprados por Pepsico, nuestra patria de hoy, por un poco más de 8 millones de dólares. Ustedes conocen a Pepsico: no sólo la Pepsi, sino también Gatorade, Tropicana, avena Quaker, y casi todo el mercado de snacks, con Lays, Pehuamar y Bun, primera, segunda y tercera marcas, semi oligopolio. Treinta y nueve mil millones de dólares facturados en el mundo durante 2010, ciento ochenta y cinco mil empleados en 200 países. Somos más que una nación, somos una mitología cotidiana. Somos cada vez más, de todas partes, y apostamos fuerte por las galletitas. Esto viene planificado, no se vayan a creer. En 2011 Pepsico compró Mabel, una empresa brasileña que era la segunda en América Latina. Quinientos veinte millones de verdes. Venimos con fuerza, ya tenemos las Toddy chocolate para competir con las Oreo, y las Dale en el segmento de las más baratas. Es que, como cuenta el diario BAE, Argentina es el país con mayor consumo comparativo de galletitas en el mundo. Ustedes comen entre 12 y 13 kilos anuales de galletitas, chicos. ¿Les parece mucho? A mí no. Quiero que gocen, que disfruten entre 15 y 20 kilos anuales de mi amor.

En Facebook me aman, fui trending topic en Twitter. No necesito publicidad en televisión, en las calles ni en las radios. Una de mis estrategias principales es el desabastecimiento, pero no fue planificado. Otra vez, hay malas lenguas que dicen que nací del espionaje industrial, que apuraron mi aparición a $ 1,90 para tapar la llegada de Pepitos Chispas, para embarrarle la cancha a Bagley-Danone que iban a sacar las galletitas Cindor. Que después no estuve más en los lugares que solía frecuentar sólo para volver un 80% más cara, y que cada vez que falto vuelvo con un aumento en la mochila. Basura. Cuesto cinco pesos en un paquete con otras cinco Toddy más, por lo que damos somos muy baratas. La gente nos persigue. Cosas que pasan cuando tu único pecado es ser bella y tener chips de verdadero chocolate Toddy. Los animadores de la tele te mencionan en sus cuentas de Twitter, somos un virus lleno de amor y masa crocante tipo casera. Cuando tus groupies te encuentran te abrazan y te muerden, te mojan en chocolatada Toddy. Y eso no les alcanza, entonces filman videos donde piden que volvamos, donde preguntan cómo pueden encontrarnos, donde explican porqué somos las mejores. Nos hacen fanpages, son tan tiernos. Pero lo que más nos gusta son las fotos, los videos, que esos videos sean linkeados y comentados. Voy a hacer una confesión, y espero que el resto de mis fans no se enojen. Tengo un video favorito, un video que produce verdad sobre lo que somos. Lo hizo Malena Souto, una chica que saca fotos y tiene un blog y hace videos. En el video está con Lautaro Negri, un amigo. Es de mañana, y Lautaro, tan lindo, tan histriónico con sus dientecitos separados muestra una galletita a cámara y dice “mirá, con una de estas, terminás dado vuelta en avenida Calchaquí, largando espuma de chocolate por la boca” Con Male hablan de la ecuación precio-calidad, y de la otra competencia que tengo, porque si la Coca Cola también compite con el mate y la cerveza cuando pensamos en ocasiones de consumo, yo, la Sexy, compito con algunos panificados. Dice Lautaro: “señora, compra facturas en su casa, los domingos a las nueve de la mañana, porque no tiene nada mejor que hacer, métase las facturas por el piiiiiiip”, Lautaro dice que estoy hecha con grasa de chancho vegetariano, que la antigua frase de “me lo tomé Toddy” no vende nada. ¿Les pagaron? ¿Por alrededor de 2000 reproducciones en Youtube? Eso forma parte del morbo, no me interesa saberlo. La edición y la música son profesionalmente amateurs. Pero lo que quería decir, lo primero que quería decir sobre este video, es que me presenta en mi dimensión sagrada. Quiero que sepan que detrás de mi fachada frívola, soy mucho más que una galletita. Soy una hostia. Soy eso en lo que ustedes, muchos de ustedes, necesitan creer desesperadamente, lo que les hace bien es pensar que las galletitas Toddy son lo mejor que les pasó en la vida. Esto es lo que quería contarles: Lautaro hace una parodia de la bendición de un sacerdote a la hostia, conmigo, con una Toddy, y dice “En el nombre del padre” Malena, que tomó la comunión en su colegio de monjas, lo corrige: “es el cuerpo de Cristo”. Y eso es lo que soy, soy una encarnación. Transubstanciación, como les gusta decir a algunos teólogos. Soy la hostia de la bonanza kirchnerista, el amuleto dulce de la sustitución de importaciones. Soy, por un momento e irónicamente, ese Nombre del Padre que anuda, tan difícil de renovar el deseo en el capitalismo de las sensaciones. Y yo soy capaz de ponerlos no sólo a consumirme, sino también a hacerme publicidad. Doy consignas en base a mi ausencia. Soy una pequeña válvula de sentido en una livianísima máquina sorda con pisadas de elefante. Hoy me tienen acá, fresquita entre sus labios. Mañana nunca se sabe.

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