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el pogo del payaso asesino
¿Es noticia un tornillo inserto en un sándwich Pechuga Crispy? Cuando la comida enferma, las estrategias de marketing llegan hasta la sala de espera de los hospitales. La industria alimentaria hace de las suyas, y a la justicia no le importa que la tengamos adentro.
Fotografía: Sub.coop
05 de Agosto de 2015
crisis #16

McDonald’s es un invernadero de hoax, esas microhistorias que navegan las sobremesas, las bandejas de entrada, los medios digitales que se copian y pegan entre ellos sin nunca levantar un teléfono. Historias que son falsas en sus orígenes pero pueden ser verdaderas en sus efectos: en un restaurant taiwanés se pueden comer tiernos fetos humanos, en Japón se fabrican gatos bonsai adentro de frascos cuadrados. Antes de internet, no se las llamaba hoaxes sino leyendas urbanas y de esas McDonald's inspiró unas cuantas, las más estremecedoras tratan sobre la carne que no es carne: primero las hamburguesas se hacían con unas lombrices californianas gordas y rosadas, con el tiempo todo se puso peor, porque ya no eran ágiles gusanitos, sino unas vacas sin patas ni huesos ni pelos, entubadas sobre unas camillas que habían sido descubiertas durante una investigación de la Universidad Estatal de Michigan.

En pos de la credulidad empezamos entonces por decir que la historia que sigue es parte de una causa judicial que cualquiera puede ir y pedir en la Cámara de Apelaciones en lo Civil: expediente 14.148/2009, “Valdéz, Verónica contra Arcos Dorados s/ daños y perjuicios”.

A las 7:15 de la tarde del viernes 13 de febrero de 2008, Verónica se sienta en el McDonald's de Cabildo al 2500 y le da el primer mordisco a su sándwich Pechuga Crispy. Cierra la mandíbula y dolor, diente que hace crack, gusto a sangre en la boca. Escupe todo y entre los restos está la cosa que protagonizará los siguientes cinco años de su vida: un tornillo de metal de tres milímetros, cabeza redonda, con ranura para un destornillador plano que, lo sabrá Verónica después, no se consigue en ninguna ferretería. Se arma revuelo en el local, los empleados no saben qué hacer, no le prestan mucha atención al incidente. Después de ir al dentista, Verónica fue a tribunales. 

El perito que opinó en el juicio dijo que las máquinas que se usan en los locales de McDonald's no tienen tornillos y que probablemente el objeto no estaba en el pollo –donde hubiera sido muy difícil introducirlo–, sino en el pan. El restaurante no hornea los panes para sus hamburguesas, se los compra a Fargo, una empresa que integra la galaxia del grupo mexicano Bimbo, la panificadora más grande del mundo que en Argentina concentra el 80 por ciento del mercado de panes y masas industriales.

Allí fueron los peritos, a ver qué onda la planta de Fargo. “Se han comprobado múltiples hechos relacionados con desperfectos en el funcionamiento de los detectores de metales durante febrero de 2008 en la empresa Fargo S.A., proveedora del pan”, dice la sentencia judicial y el aliento helado del lenguaje jurídico se proyecta sobre las góndolas de paquetes verdes que envuelven el lactal de salvado doble para la saludable tostada con queso del desayuno. También hubo una auditoría IRAM en el local de Cabildo de McDonald's, que concluyó que había “no conformidades en requisitos de higiene del establecimiento o de la elaboración”.

Cinco años después, en mayo de este año, la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Civil decidió que McDonald's le tenía que pagar a Verónica los siete mil pesos que le salió el implante de una prótesis dental más los gastos e intereses. La empresa pagó, sin hacer muchas olas.
Gabriela Lauga lleva diez años de batalla judicial contra Arcos Dorados y los relata con el tono tranquilo y pausado de una misión pedagógica. Hablamos ahora del expediente 15368/2005 en el Juzgado Nacional de Primera Instancia en lo Civil Nro. 45.

Para contar la historia de Gabriela tenemos que irnos hasta uno de los últimos días del verano de 2003. Gabriela va con Micaela, su hija de 2 años y 8 meses, a comer al McDonald's del shopping de Villa del Parque. Una Cajita Feliz para cada una: Coca, papas pequeñas, hamburguesa con queso, juguete. Al día siguiente, Micaela se descompuso, primero fueron dolores de panza, después fiebre, diarrea con sangre. Siguieron 27 días de internación. Micaela tenía el Síndrome Urémico Hemolítico (SUH), una enfermedad causada por la bacteria Escherichia coli O157:H7 para la que no hay un medicamento que la cure, durante la que se sufre muchísimo y que deja consecuencias crónicas. El SUH destruye, literalmente, los riñones. Hoy Micaela tiene 13 años, una dieta estricta y medicación constante.

El comienzo del siglo XXI fue un desastre para los consumidores argentinos de Mc Donald's. El 6 de agosto de 2001 un hombre denunció que un McPollo le había caído muy mal. La Dirección de Higiene del Gobierno de la Ciudad recolectó muestras de hamburguesas y patitas de pollo en varios locales para hacer pericias. Resultó que en cuatro había Escherichia coli, en tres muestras crudas y una cocida. Hacia fin de ese mes, cuatro locales fueron clausurados y la situación se trasladó a la televisión en modo espectáculo. Lanata dijo en su programa Detrás de las noticias que no había que comer en McDonald's bajo ninguna circunstancia, que él nunca llevaría a su hija a un local de la cadena. Y Daniel Hadad en su memorable programa Después de hora sostuvo una semana de campaña a favor de la empresa que tocó el punto más alto cuando masticó una hamburguesa en cámara.

El asunto McDonald's se sostuvo en la agenda muchos días, bastante mérito en un país en el que se caldeaba el estallido. Fue tapa de los diarios hasta que apareció un título como este: “McApriete, un combo que llegó desde Balcarce 50. El gobierno nacional presionó al de la ciudad para desinflar el conflicto con McDonald's”. Fernando De la Rúa era el gobierno nacional, Aníbal Ibarra el de la ciudad. Una nota en Página/12 recopiló testimonios de funcionarios porteños que relataban presiones para desinflar el escándalo que llegaban de la otra punta de la Plaza de Mayo. Como siempre en estos casos McDonald's estaba recurriendo a la importancia de los 12 mil puestos de trabajo que en ese momento generaba en el país (son más de 15 mil ahora mismo)

El tema se terminó aplacando. Pero un año y medio después todo se puso peor. En marzo de 2003 se enfermó Micaela, la hija de Gabriela. En junio, Alejandro Torreta, un nene de siete años, murió a consecuencia del SUH. Antes de enfermarse había comido en un McDonald's de La Plata. Después de su muerte, cuatro locales fueron allanados por orden judicial. En diciembre de ese año la Asesoría Pericial de la Suprema Corte de Justicia bonaerense dijo que las muestras de carne cruda tomadas en dos locales de McDonald’s tenían la bacteria que genera el SUH. 

Para ese momento, Gabriela ya había empezado la batalla judicial. Primero fue un juicio penal, una demanda que terminó sin que se pudiera probar el “nexo causal”. Las pericias de esa causa judicial probaron que en el local de McDonald's en Villa del Parque, meses después de que Micaela se enfermara, había bacterias de la cepa más virulenta de Escherichia coli. Pero entre la presencia de las bacterias en el local y la enfermedad de Micaela falta un eslabón perdido que solo se se hubiera podido encontrar si Gabriela hubiera conservado un pedazo de la hamburguesa que su hija comió. Lo mismo pasó con la causas que iniciaron los padres de Alejandro, el niño enfermó y en La Plata había bacterias, pero no había nexo desde el punto de vista judicial.

En 2005, Gabriela, con las pruebas acumuladas en la causa penal inició un juicio civil por daños y perjuicios. La causa está abierta todavía, ella cree que puede haber una sentencia en los próximos meses. También hizo una denuncia en Defensa del Consumidor por publicidad engañosa. En octubre de 2005 Patricia Vaca Narvaja –actual embajadora argentina en México– firmó una multa de 250 mil pesos contra la empresa, que todavía hoy McDonald's se las sigue ingeniando para no pagar. En ese momento Defensa del Consumidor consideró que Gabriela tenía razón al denunciar que el programa Puertas Abiertas engañaba a los clientes. Esa campaña –similar en espíritu a la actual “Va más allá” que muestra vacas a las que nunca se les grita y comen pasto fresco bajo el sol como fuente de procedencia de la carne con que se hacen las hamburguesas– decía que las parrillas de los locales no se pueden abrir durante la cocción y por lo tanto es imposible que salgan hamburguesas medio crudas. Se comprobó que era mentira, que las parrillas sí se podían abrir y que por lo tanto la campaña inducía a “error, engaño y confusión al consumidor acerca de las características del proceso de cocción y elaboración de los alimentos que comercializa”. La resolución también consideró “el agravante de que el consumo de hamburguesas debería evitarse hasta después de los cuatro años, conforme lo recomienda la Asociación Argentina de Pediatría y el folleto de la sumariada pretende inducir a padres de menores al consumo de ese producto en el combo “Cajita Feliz”.

Gabriela, el papá de sus dos hijas y otros padres de chicos que tuvieron SUH armaron una ONG para concientizar y prevenir esa enfermedad. La organización todavía existe pero Gabriela hace tiempo que renunció. Cuenta que enseguida aparecieron en las reuniones personas, entre ellas algunos médicos, que se oponían a que se mencionara a McDonald's en las campañas de difusión, que enroscaban las conversaciones en debate interminables y muy ásperos que concluían en la inacción. Gabriela apela a un estadística cierta: Argentina es el país con más enfermos por cantidad de personas del mundo. Según datos que se expusieron en el 5º Congreso Argentino de Nefrología Pediátrica en junio de 2012: “Argentina registra la incidencia anual de síndrome urémico hemolítico (SUH) post entérico en niños más alta a nivel mundial. (…) En la última década, aproximadamente 400 casos de SUH fueron notificados anualmente, y la incidencia anual estimada varió de 10 a 17 casos por cien mil niños menores de cinco años”. Gabriela pregunta: “¿Por qué no hay ni una sola campaña de salud que explique cómo prevenir esta enfermedad?” Tal vez haya alguna campaña pero seguro que no se corresponde a la magnitud de este problema de salud pública.

“Si yo hubiese tenido esa información, nunca hubiera llevado a mis hijas a McDonald's”, dice hoy Gabriela y sigue contando situaciones que vivió en esta década. El juicio penal primero y el civil después implicaron pericias físicas y psiquiátricas de Micaela y su familia. En el transcurso de los años varios peritos renunciaron; una perito pediátrica, por ejemplo, demoró dos años en presentar el informe y al final desistió de la pericia. McDonald's impugnó peritos que la misma empresa había propuesto después de que presentaran informes que no los beneficiaban. Por fuera del juicio, la gente de McDonald's tenía la capacidad extrasensorial de enterarse si iba a haber un discurso público en una actividad de familiares de enfermos de SUH que nombrara a la marca y les enviaba una carta documento. Gabriela tiene muchas historias de estas, de su teléfono pinchado y de médicos que vio cambiar de opinión y vos que leés podrías pensar ¿por qué McDonald's –puesto número 7 de las marcas más poderosas del mundo según Forbes– va a invertir tanta energía y dinero en aplacar a una decena de padres en Buenos Aires?

Entonces, podés buscar cuál es el caso judicial más largo de toda la historia de Inglaterra. Resultado: McDonald's Restaurants versus  Morris & Steel.

David Morris y Hellen Steel. Chico y chica. En 1986 eran dos activistas de una organización llamada Greenpeace que no tenía nada que ver con la Greenpeace global. Organizaban acciones de protesta callejeras y les pareció que McDonald's era un buen lugar para hacer foco. Escribieron, en grupo, un panfleto titulado ¿Qué está mal en McDonald's? Todo lo que ellos no quieren que sepas. Denunciaban que la comida produce enfermedades, que la publicidad es abusiva, que los puestos de trabajo son malos y que las actividades de la empresa dañan el medioambiente de manera irreparable. En septiembre de 1990 les llegó a sus casas una citación judicial: la empresa había iniciado un juicio por difamación contra cuatro activistas. Dos de ellos se retractaron. David y Hellen decidieron no decir “lo siento”. El litigio tuvo dos fases. La primera, en Gran Bretaña, duró siete años. McDonald's invirtió diez millones de libras en el juicio, el tribunal le dio la razón y ordenó a David y Hellen a pagarle 40 mil libras a la empresa. Esa sentencia dictaminó que no se podía probar que la comida de McDonald's generara cáncer u otras enfermedades. Pero dijo que algunas cosas sí se podían probar. Por ejemplo que la cadena de comidas “explota a los niños” como sujetos más susceptibles a su publicidad para de esa manera presionar a los padres.

Los activistas no pagaron y recurrieron al Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Ahí comenzó otro litigio. En 2005 el Tribunal dictaminó que en el juicio contra Hellen y David se había violado dos derechos: el derecho al juicio justo ya que en Inglaterra en los litigios por difamación no existe la posibilidad de contar con un defensor público y el derecho a la libertad de expresión. Y condenó al gobierno británico a indemnizara a Hellen y David con 57 mil libras. El director de cine Ken Loach codirigió McLibel, un documental sobre este caso que se puede ver en Youtube, subtitulado y todo. La peli incluye el testimonio de un actor que renunció a seguir siendo Roland McDonald cuando se dio cuenta de lo mal que le estaba haciendo a los niños de su patria.

La historia de este juicio de McDonald's contra dos personas que decidieron hablar en público tuvo este 2013 otro broche al borde de la inverosimilitud. El libro Undercover: The True Story of Britain's Secret Police reveló que la organización activista en la que agitaban Morris y Steel estaba infiltrada por la policía secreta británica y que un agente de esa fuerza participó de la redacción del manifiesto que dio origen al juicio. 

El blanco de la publicidad de McDonald's y de tantas otras fábricas de alimentos son los chicos. Los mismos a los que se les dice que si comen yogur van a vencer a la pachorra, un monstruito marrón, triste y feo que amenaza la potencial vida exitosa de todo protociudadano. En este lado del mundo, el gobierno de Brasil ratificó a principios de este año una multa a McDonald's por un millón y medio de dólares que le había impuesto en 2011. Procon, la entidad que protege a los consumidores, sostiene que la empresa destina sus avisos al público infantil, un grupo más vulnerable a la publicidad, para instarlos a consumir alimentos poco saludables a través de la venta de sándwiches acompañados de juguetes.

El juicio y su lenguaje técnico de pericias, agravios, recursos, vistas, nexos causales,  indemnizaciones y multas son como un bote de origami en el medio de un vendaval. El juicio no sana las enfermedades. El juicio no hace estallar a los capturadores de deseo ni a los que organizan átomos para crear gustos. En el mejor de los casos, concluye en un monto de dinero que arbitrariamente se fija como compensación por un daño que nunca tiene vuelta atrás.

Afuera de los fast food las cosas tampoco parecen ser mejores, la estadística de enfermos por SUH en Argentina no es culpa de McDonald's. En buena medida, es consecuencia del modo de producción de la carne. El uso de antibióticos intensivos para que los animales resistan la alimentación con granos y balanceados genera bacterias intestinales más poderosas de lo que los humanos sabemos controlar. Cuando la faena no se hace bien –en mataderos descuidados, poco higiénicos, despreocupados– la carne se contamina con bacterias que salen de los intestinos de los animales.
Las ciudades son un alud de alimentos con marca. A muchas las reconocemos. Otras son marcas sin logo, sin payasos, marcas que auspician a los periodistas no para que hablen bien de ellas sino para que jamás las pronuncien. Marcas cuyos nombres ignoramos, a las que no se nos ocurrirían hacerles un juicio, ese liminar acto de fe en que un funcionario judicial va a poder acomodar las cosas que el modo de producción desencajó hace tiempo.

Cuando alimentación y enfermedad se cruzan hay algo que temblequea. Gabriela Lauga, la madre de Micaela, dice: “Fijate que el Garrahan está patrocinado por McDonal's”. Efectivamente, adentro de uno de los principales hospitales para niños del país funciona, desde 2009, una casa de Roland McDonald. Macri quiso hacerle el favor de cederle también un predio en otro hospital para chicos, el Gutiérrez, pero una medida judicial detuvo el inicio de las obras. En el Garrahan, McDonald's hace algo que el abultadísimo presupuesto público de la ciudad de Buenos Aires también podría hacer: una sala para que duerman las familias de los niños enfermos. Hay más de 300 casas de este tipo en todo el mundo. McDonald's es comida, juguetes, peloteros y hospitales. Fijate.

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