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la hora del lobo
En diciembre de 2013 la policía de Córdoba se acuarteló por reclamos salariales y la ciudad fue conmovida por una siniestra violencia civil, con saqueos y linchamientos. Aquello fue un fogonazo anticipatorio de la mentalidad colectiva que llegó al poder hace un año. El muestrario, blanco sobre negro, del nuevo orden social que está gestándose. Una película de media hora logró captar de manera sobria y brillante la muy razonable sensibilidad asesina que hoy cala en nuestra juventud maravillosa.
21 de Diciembre de 2016

Hace tres años los cordobeses se desayunaron con la noticia de que, por unos días, la ciudad entera se convertiría en una enorme zona liberada. La policía provincial bajó los brazos en reclamo de mejoras salariales y dejó a la segunda urbe del país sin el servicio de seguridad que el Estado brinda a sus ciudadanos. Suspendido el monopolio de la fuerza represiva, la violencia emergió más salvaje que nunca.

El epicentro de los enfrentamientos fue el barrio de Nueva Córdoba, donde residen unas 37 mil personas, en su mayoría estudiantes universitarios. El miedo a una agresión potencial se transformó en angustia. Las imágenes y sonidos penetraron los hogares blindados a través de los medios de comunicación que anunciaban la inminente catástrofe. Cuando adentro ya no queda refugio se abre una escena de excepción donde todo resulta posible. La ley no rige. Tierra de nadie. Salir afuera y convertirse en actor de algo, para ayudar a los demás. En la calle hay estudiantes, comerciantes, vecinos que se reúnen y se vuelven protagonistas. El tumulto gana en confianza. Se organiza. Comienza la cacería.

La hora del lobo, de Natalia Ferreyra, fue estrenada en diciembre de 2014. Hablan los estudiantes universitarios. Como en el Cordobazo del 1969, como en aquel diciembre de 2001, esos jóvenes aprendieron más en una noche de fragor callejero que en varios años de cursada curricular. Las imágenes tomadas con celulares desde lo balcones capturan el latido de la calle en estado de emergencia. Corridas multitudinarias, ladridos caninos, ruido de motores, gritos desaforados.

Hay que ver esta película que replantea, en menos de treinta minutos, lo que entendemos por cine de terror: 

La Hora del Lobo from Ideas por Rosca on Vimeo.

***

“Sentía la cabeza fría”. “No estaba enceguecido”. “Yo corrí a un chico muy a conciencia de lo que estaba haciendo. No es que hoy me acuerdo y digo ‘uy qué hice’. Le pegué y me arrepiento de no haberle pegado más. Y me arrepiento de no haber agarrado más saqueadores también”.

El estudiante parece compungido cuando cuenta a la cámara su experiencia. Al día siguiente de los acontecimientos escribe: “Anoche era morir o matar. En el medio del caos, en medio de la acción, no había tiempo para preguntarse si aquel que patotea leyó a Levinás, no había tiempo para citar a Sartre, no hubo lugar para el humanismo. Ayer la cosa fue primitiva. Darwin a la quinta potencia”.

El razonamiento es avalado por otros testimonios menos intelectuales. La verdad de este pensamiento colectivo radica en su vínculo con la adrenalina, esa voluntad general en estado nervioso. Por eso aparece como una obviedad. Como algo irrefutable. Y en cierta medida lo es. No resulta nada fácil salirse del campo magnético de una multitud convencida en busca de orden y justicia.

Gastón Merino, santiagueño, estudiante de derecho, militante estudiantil, esa noche nadó contra la corriente. Más bien remó en dulce de leche. No se paró en una tribuna para orientar a las masas, sino que recogió al moribundo motoquero e intentó ponerlo a salvo. Gastón supo lo que es ser minoría en una democracia civilizada. Casi lo linchan a él también. Y no puedo dejar de imaginar que tal vez ese sea, a juzgar por el horizonte inmediato, nuestro destino común.

***

Gastón volvió a Santiago del Estero poco después de aquella velada inolvidable. Necesitaba huir del recuerdo. Desde allí me cuenta por wasap que hace muy poco pudo ver La hora del lobo íntegra. Le costó.

“La había visto por partes, puntualmente las entrevistas: la de los testigos y la mía. Lo que me costaba ver eran las distintas grabaciones de esa noche, enfocadas desde diferentes ángulos y sobre diversos segmentos del episodio. Me negaba a verlo. No era por miedo. Había un respeto al fantasma de esa noche terrible que no quería resucitarlo sin necesidad”.

“Mi recuerdo de esa noche, las primeras semanas, pasó exclusivamente por lo político: los distintos análisis que parieron los saqueos, los vencedores y vencidos, los inevitables anatemas que iban a surgir después de una jornada de covulsión (des)organizada, donde los muertos los iban a poner, otra vez, los pobres”.

“Luego vino la exposición pública que conllevó contar la historia, el ensalzamiento vacío y cierta apelación al ‘héroe’ o al ‘buen ciudadano’. ¿Cómo no hacerme ruido si algunos halagos provenían de los mismos sectores que habían fogoneado la crisis política con la policía, avalando la vigencia de un aparato represivo ciudadano y para estatal esa noche, o de operadores comunicacionales como Cadena 3 a los que les llamaba poderosamente la atención mi historia”.

“Creo que lo único que me salva de caer en un recuerdo tenebroso, desalentador y tétrico, es la constitución como activista político, pues me permite ver la realidad como un escenario transformable. Toda la organización de esa jornada fue un hecho político, previsible y premeditado. El saqueo indefectiblemente está acompañado de una garantía mínima: la zona liberada. Alguien tiene que dar la seguridad de que no habrá una sola bala del estado en la situación de caos. La policía de Córdoba tiene diálogo directo con las bandas de delito organizado que habitan en las barriadas y las villas. Esas bandas están prácticamente obligadas a trabajar para una fuerza represiva que controla y regula el territorio cordobés. Hoy, a la distancia, veo una policía mucho más fuerte, más mafiosa y con muchísimas mejores condiciones de apriete a su favor”.

Gastón está en lo cierto. Aunque su razonamiento, de tan general, choca contra las evidencias fácticas vivenciadas el día de furia. Le recuerdo que en aquella oportunidad fue la policía quien le salvó la vida, al sacarlo en patrullero del edificio donde sus conciudadanos amenazaban ingresar como una tromba para darle su merecido. “Valga la suerte nuestra de que esos efectivos llegaron, porque la situación no iba a aguantar mucho más”.

El joven licenciado Merino ingresó en 2015 al equipo jurídico del Movimiento Campesino de Santiago del Estero (MOCASE). Se mantiene muy ocupado y quizás aquella jornada de espanto vaya quedando en un brumoso y perecedero ayer. “Todos los recuerdos que provengan de esa noche están distorsionados ya. Algunos por el tiempo y otros porque la memoria los transformó en lo que quiso”. Salvo que pesadilla haya sido mucho más que una anomalía, y empiece a convertirse en algo normal. Gastón participa por estos días en un complicado litigio contra Manaos, la gaseosa nacanpop, por enviar matones civiles a quemar ranchos campesinos. Otro episodio de violencia parapolicial y clasista, amparada por el Estado y los consensos mayoritarios. Esta historia continuará.

 

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