los días que irritamos al mundo
El mundial puso patas para arriba una vida cotidiana hostil, cada vez más ajustada y se armó una fiesta zarpada, bien gedienta, desmesurada, en las calles, las casas, las pantallas. Parece que esta rebelión desde el extremo sur irritó a los que la miraron desde afuera y se armó un bardeo feo que incluyó a países variopintos. Crónica de una alegría que quedará en la historia y una respuesta irreverente a los que exigen buenas modales.
Una bandera en las tribunas con Messi y Maradona y la frase: “Nunca es suficiente”. Como si la manija, la energía gedienta, fuese un recurso humanoide renovable en esta patria. Siempre es difícil inscribir en un momento transparente el comienzo del clima acorde a una sociedad mundializada. Sabemos que no son días, que lo que se va a desparramar es un quilombo de emociones visibles; la piel de una sociedad revertida y expuesta. Sabemos que la mejor manera que tenemos para percibir bien una gran intensidad es cuando de fondo se le antepone una normalidad fea. Esta vez, todo se demoró un poco más.
Faltan quince minutos para que Argentina le gane a Argelia. Nos apuramos para llegar a la buena previa, pero todavía se escuchan fuerte las quejas por ese uso siniestro que hace BetWarrior de un Diego Apostólico. Todavía estamos puteando a las pausas de hidratación. Todavía el productivismo laboral (y por varias semanas más) apenas disimulado y camuflado en colores celeste y blanco va a continuar molestando y dispersándonos de la necesaria concentración en los ciento cuatro partidos que se van a disputar y que no vamos a poder mirar en su totalidad. Todavía es reciente el dolor por la muerte de Indio, pero empieza a reproducirse solo el “compatriota” que le dedica al capitán y el movilizador: “Estás para eso, viejo”. Todavía hablamos (y eso será una constante) de los diferentes y extraños gritos de gol que se van a escuchar durante cinco semanas. Pero los partidos pasan y ya estamos en los de eliminación directa y entonces todo se precipita. Pasamos cagando con Cabo Verde y nos imaginamos, por primera vez en un mundial, que nos va a devolver de la muerte o de la eliminación cuatro veces más y que vamos a habitar con la frase que tendría que atravesar la bandera nacional: primero hay que saber sufrir. Pero, ¿para qué paisaje mental salís rajando si un viernes a la noche, con la tristeza y el escabio encima, siendo el día más frío del año, con un ajuste criminal apretándonos por todos lados, quedás afuera de un dieciseisavos de final?

Y se vino, sí, el partido que rompió con fuerza un umbral social. Contra Egipto, encarnada en medio de la semana laboral, una tristeza que no podía entrar. Esa sensación de lo irreversible. Quedamos afuera. Pero no. Volvimos a respirar. Los memes de la infartoneta y de los “te invito a mi próximo infarto». Durante 78 minutos estuvimos afuera del mundial. Sensación intensa de supresión, de pérdida de ese cuerpo sensorial, colectivo, del órgano mundial que se estaba empezando a hinchar. Toda la realidad entrando por la ventana y aplastándote. Después del segundo gol me quedé quieto, puteé porque “se veía venir” y pensé en cómo carajo iba a reacomodarme. Me dolió toda esa normalidad metiéndose tan rápido y sacándote a sopapos la gran embriaguez de M-26. ¡Qué garrón! Octavos de final afuera del Mundial. Falto al Instituto. Falto mañana también a todos laburos y actividades. Modo avión y a la mierda. Iba ir igual. Más vale. Pero con qué semblante. Ahí sí, por cómo se dio, íbamos a ver a una sociedad hundida casi como en un accidente geográfico. Un pozo. La putísima madre. Toda esa tristeza bajando de golpe. Me dio tanta tristeza imaginar todos los rejuntes que se iba a desarmar, una vez más, hasta el próximo mundial. Todas las banderas que iban a dejar de ondear. Pero empiezo por lo que pasó después, una hora después, estamos alegres en el curso, doy las notas de los trabajos finales que no le importan a nadie, pero sí hablamos de la felicidad mundial que tenemos en los rostros, en los olores extraños que hay en el aire, en la directora que entra al aula y se sorprende por verme ahí sentado. Explotó la alegría. Está entrando a todos lados. En los cuerpos. Se desplegó fuerte. YA ESTÁ toda la sociedad enrolada, fulbolizada. Mundializada.
chau a los piratas
Ahí empezó a tomar todo, a derramarse, la alegría mientras los nervios siguen tensos. Comienzan los días de excepción. Hasta las vidas más normalizadas conversan en lengua gedienta. El país más intenso del mundo. Acá también tomó fuerza y empezó a escucharse más cómo nos aman odiar. Se llama argentofobia. La argentinización amigable y la rechazable empiezan a alterar sus proporciones. Crece para afuera, luego de Suiza, y cuando ya está en el horizonte la posible semifinal histórica, el partido que puede ridiculizar las declaraciones convencidas de que la final del mundial 2026 debe ser entre selecciones europeas. Somos una incomodidad existencial. Unos colados. Unos mandados, que se mandaron. Unos renegados que no deberían estar. Jódanse.

Estoy lateralizando, disgregando, demasiado. Estoy demorando el ingreso al área chica del escrito. Esperen unos minutos más. Quiero antes recordar la final anticipada. El partido que queda siempre afuera de un mundial y se mete en la historia de nuestro país. Estamos levitando desde que se confirmó el cruce. El octavo partido. Se siente más intenso el olor a Italia 90. Desde aquel mundial que no clasificaban cuatro campeones del mundo a esta instancia. Quedamos en el aire, días sin ley de gravedad, en el momento del salto, así por una masa de horas enquilombadas y vividas a pura emoción. Se rompe la forma día. Antes: se confirmó que se juega con la remera azul; jugadores y cuerpo técnico declaran que es solo partido de fútbol; está por pasar un acontecimiento histórico y en la víspera infinita el estómago y el sistema nervioso lo sabe y lo saben las farmacias en donde se pide Sertal, Buscapina, algún ibuprofeno de rápida acción en promoción, alguien que cae a pedir tomarse la presión, etc.; se busca calma provisoria en cualquier mensaje o reels. Todo sirve: una astróloga dijo, la estadística dice, un amigo dice. Lo importante es que digan algo que se parezca a una certeza que dura segundos y se la morfa de nuevo la víspera; se duda de si habrá, esta vez, virales de trompadas y corridas; se miran, una y otra vez, videos del Diego; se sabe que son esos partidos que no se pueden perder; cada vez es más marcada la diferencia con el modo tan diferente de sentir de los europeos (diría, de nuevo, el Diego); se viene un partido épico y nos interrumpen con solicitudes institucionales (una dispersión del mundial que no ayuda al país); no duerme un país entero y parecen frases dictadas por un redactor publicitario, pero es así nomás y después el fulbo las vuelve a recuperar y a encantar, se entiende que no hay que evadirse del cagazo y del delirio, hay que habitarlo cantando: Esta es la banda loca de la Argentina, la que de las Malvinas nunca se olvida. Los de treinta y largos y cuarenta y pocos nos la pasamos charlando con la generación que nos parió y nos futbolizó (me tomo un café con mi viejo y charlamos del partido. Me dice como siempre en la infancia: “no sabeés lo que fue ese partido”. Después suena la alarma del celular y me despierto. Cuando sea el miércoles a la noche le voy a decir no sabés lo que fue este partido y lo que te perdiste). Es un partido que ves con una generación atrás y con la que te continúa y pensando en todas las que vendrán. Se levantan, de manera apurada, las actividades cotidianas y se percibe que el país está enrolado y preparándose; todos los tribuneros y tribuneras desean ganar este partido y se declaran hechos (después vamos a querer más, pero que lo dijimos es verdad); medios de comunicación del Reino Unido hablan de tener cuidado con “las mañas”, “los rebusques”, “las ayudas que recibe Argentina” (apenas variaciones del “animals”). Flasheo imágenes de un posible paisaje público de dolor, de lágrimas de una multitud puchereando de tristeza, de calles sucias y vacías. Caer de golpe, luego de la masa de horas flotando, en la tierra derrotada. Un paisaje anímico en ruinas. Desolación. Ojalá sea una ucronía porque el cagazo es demasiado.

Durante el partido: banderas vistas desde arriba; suena el himno de INGLATERRALACONCHADETUMADRE (así fue rebautizada en las millones de banderas que proliferaron, hijas de aquel gigante trapo madre, en cada festejito de cada localidad, cada pueblo, cada ciudad, cada grupito de amigos y amigas, de familias) y se escucha fuerte el que no salta es un inglés; suena el himno nacional y los jugadores se quedan afónicos gritando. Pero minuto 83 y vamos perdiendo; pero está ahí, minuto 92 y ya ganamos 2 a 1. Como en el 86. Vimos a un equipo inglés acobardado, replegado en bloque bajo, por otro lado, a una Argentina que con huevos y fútbol, con la nuestra, se lo llevó puesto. Después: suena el silbato y es todo un delirio. Las lágrimas. El agite. La repetición del gol de Enzo con las burlas. El Cuti Romero golpeándose el pecho a lo indio y gritándoles en la cara a los ingleses. El que no salta es un inglés. Un minuto de silencio: shhhhh. Ellos, adentro de la cancha, todos en el resto del país saltando a la vez y sin tocar el suelo por mucho tiempo. Se soltaron del todo los días aferrados. No hay ley física que tire al cuerpo para abajo.
Después lo vamos a reconstruir con más precisión, en el momento nos mandamos mensajes, estamos borrachos y no prestamos mucha atención, pero sí. Pasó. El momento de historia pura, como le dijo Messi a Scaloni (Nos defendemos expandiéndonos. Todos los que atentan contra ese ánimo popular hinchado son enemigos. Se festeja con la intensidad que sale del verde césped. Y por ahí pasa la historia. La historia entre las patas) El gesto que armó un quilombo diplomático. La foto de nuestro mundial. La que no se van a olvidar más. La que ya tiene vueltos y una furia total en la potencia imperial. Resulta que las normas de la FIFA dicen que no. Que las normas de USA dicen que no. Que la ministra de seguridad local agrega también que no (“que no esté la banderita”), pero un flaquito, con el amigo, la entran enrollada al cuerpo, una bandera hecha con una sábana de hotel, y ahí tenes: LAS MALVINAS SON ARGENTINAS. La empieza a desplegar debajo de la tribuna, antes que venga un policía la tira a la cancha. La agarra Lo Celso. Se la lleva al área. La hacen flamear con Cuti y Lisandro (que después va a declarar, rompiendo la cuarta pared en una entrevista, con timidez y seriedad, que no iban a fallarle al pueblo argentino y que sienten como nosotros; que les llega todo. Dicen todos que no era un partido de fútbol nada más y que lo sabían). La dejan en el campo con respeto y solemnidad. La imagen inmediatamente hace que se busque ese nombre en millones de lugares. Imperdonable. Los fans de Thatcher titubean y no saben que decir. MESSI dice que esa alegría es para la gente en Argentina que la está pasando mal, que no llega a fin de mes.
oh juremos gedientos vivir
Fua. Marodonearon, argentinizaron, malvinizaron. Ya no queda nada de lo amigable. Ahora somos un peligro y nos lo hacen saber. Esa boqueada al mundo: una patriada alentada, agitada, desbordada. No existe ciencia ficción para este amor popular; para hacer relatos sobre el horror cósmico pero piola, para la monstruosa y sin forma humana, extraterrestre (saltamos tanto que llegamos a salir de la tierra): un rezo, una respiración corta y contenida, un grito de gol que sale de afuera del cuerpo y lo toma y lo usa como caja de resonancia por la piel, un gran pedo, un nervio gigante tenso y después una descompresión: el gran pedo largado y todos agitando. La gediencia nacional. La climatología detectó una perturbación social que pasó al umbral de fenómeno atmosférico. De tanto saltar y saltar se movió el país. Cuando pasas a las semis, esa semana, se levanta todo calendario social, institucional, laboral. Se paraliza y queda en movimiento solo la libido, el vitalismo gediento argentino flotando y levantando asfalto y doblando árboles y haciendo sonar bocinazos todo el tiempo, pero de alegría (qué lindo el sonido de esas trompetas que son de felicidad, esos bocinazos de pasamos y no los de puteadas en el tránsito). Hay olor a Italia 90 (el himno silbado, acá en las redes odiado, la bandera, odiados por las razones adecuadas: la patria con coraje e insubordinada).

bravos muchachos
Desmesurado, esto, todo, cada día. Somos un estribillo. Una canción. Una voz que grita y alienta cuando ya no queda nada. Un fulbo que siempre hospedo a la patria cuando tuvo que esconderse porque no se vivían buenos tiempos. Sale a la cancha. Se escucha, justo, fuerte, “el que no salta es un inglés”. En cada caída, de ese salto, se afirma, rotunda, con el peso del cuerpo (no grita solo la voz: es todo un cuerpo) la soberanía. Perdieron la forma de jugadores: son representantes totales de sus pueblos. El equipo más identificado con un pueblo de todo el mundo. Un estado (de ánimo): un pueblo: un equipo de futbol. Representación absoluta. Nada más. En el medio. La selección de la buena sangre. Estamos todos saltando y festejando más la victoria de hoy que el pase a la final que es un plus (sí, claro, mañana o pasado vamos a querer ganarla). Pero ahora, y para siempre, es una locura inolvidable. Vi pibes trepados a árboles, carteles y semáforos. Vi banderitas flamear y otras arder. Vi gente de todas las edades y colores rejuntadas celebrándose. Escuché millones de ruidos de explosivos. Escuché las motitos tirando cortes que siempre puteo y ahora me alegran. Escuché bocinazos, vuvuzelas, alarmas sonar de felicidad. Se escuchó, escuchamos, un gruñido de un monstruo gigante al que solo le vemos la panza mientras nos cubre y algunos de sus tentáculos cuando relampaguean los fuegos artificiales y lo iluminan, con alguna captura en videos. Seguimos saltando hasta el domingo la efeméride de las décadas venideras. Un país en forma vertical. Virales. Un empachó de reels y todo lo que pueda ser mirable y likeable y compartible y texteable. Lo que te vas a acordar toda la vida es el partido y su inseparable contexto, o la piel sensible que lo rodeó, la piel afectiva, la corteza. Todo mezclado. Partidos. Vida. Infancias. Amigos. Familias. Todo lo que ya no está y que vuelve acá. Un paréntesis hermoso. Se escucha fuerte el himno nacional y la frase embriagada: OHHH JUREMOS CON GLORIA MORIR, OHHH JUREMOS GEDIENTOS VIVIR. RE GEDES VIVIR.

invadirnos de odio
El país es una fiesta y el mundo, en el mundo, el clima antiargentino es casi unánime o un ánimo igual de intenso y con ganas de invadirnos (de odio, por ahora). Comienza la guerra psicológica fuertísima contra los jugadores de la selección. La Europa colonial no quiere dejarnos celebrarnos. Por qué odian la manera que tenemos de amarnos.
Contra el Reino de España se jugaba también una lucha verbal, gramatical; era también el idioma de los argentinos que se disputaba. Pero ya vuelvo a eso. Ahora decir que perdimos la final y no pueden parar de hablar de nosotros. Tendría que estar todavía en pedo recibiendo a los jugadores o volviendo a mirar videítos de la final. Pero no. Estoy acá escribiendo y leyendo lo que dice el cobarde inconsciente imperial susurrado y más o menos disimulado. Con un temor atávico a la siempre distante otredad loquita del culo del mundo. España se anexó el trofeo, Europa recupera al fin el centro del poder global del fútbol y también quiere la salpicada de sangre razón moderna. Denle todo y chau, que cierren el Horto (una resistencia ortográfica. Agregar al diccionario y dejame de hinchar las pelotas, Word de mierda)

Argentinización amigable y odiable. Escucho el “Cucu-cucurella, se come una paella” y me imagino el masivo “POR MALVINAS POR EL DIEGO POR LA ULTIMA DE LEO” sonando en los festejos y se me retuerce el alma plebeya creativa de nuestro país. Hay que tirar con de todo y con lo que haiga que se vienen en plan ejércitos reales virtuales de troll, periodistas, intelectuales invasores, influencers y se ponen a drenar odio de que somos malos perdedores. Se ve solo, del domingo, el cortito de Ayala a la boca racista de Dani Olmos (parece que le dijo que éramos todos simios). La trompada de Paredes a Eric García y a Gavi. La boqueada de Otamendi a Rodrigo. La selección dándole la espalda al equipo del Rey y mirando emocionada a la hinchada argentina.
Si me preguntan que pienso creo que tendrían que haberse sacado las medallas, revolearlas como boleadoras y al grito de juira realistas de mierda haberlos corrido por toda la cancha. Me lo imagino, viralizado, musicalizado con esa cancioncita de Benny Hill y me cago de risa.

Pero todo el odio comenzó mucho antes del domingo y lo único que hizo fue ir preparando el terreno y dejar listo el plano de enunciación de los adjetivos que se iban a usar, que nos iban a disparar. En la última conferencia de prensa del técnico español, antes de la final, un periodista le pregunta cómo iban a hacer para contrarrestar a los cancheros argentinos (me parece que lo que les repele a la Real Academia Española es la ch, de ahí gran parte del problema). La categoría es difusa porque mezcla todo: una actitud corporal, una forma de mirar y de pararse, una personalidad extrovertida, un hablar y faltar el respeto a las jerarquías instituidas (en paréntesis mundial no respetamos ni los calendarios laborales y sociales y nos vamos a subordinar a vos, Corona de España, GUIEN SOS, GUIEN SOS. Saquen sus disciplinamientos morales de acá)y se empieza a deslizar a lo tramposo, lo ilegal, lo vandálico, lo no señorial, lo pillo, lo soberbio, etc. Cancheros. Arrogantes. Ladrones y todos los adjetivos calificativos de la buena ciudadanía imperial proyectada en su retobada ex colonia.
Hay algo más en el rechazo total de los países con coronita y sus simpatizantes. La insistencia en intentar silenciar, anular, expulsar esa pérdida de forma humana individual que acontece cuando devenimos un pueblo futbolero (todos los pueblitos: el pueblo. En un país en el que el fútbol es la anfetamina de los pueblos, de los cientos de que se reúnen para verlo. Todos esos realismos se arremolinan, se rejuntan, se funden en una masa agitable y pierden su cualidad de hechos y su peso de datos, son materia movible y viviente: manijeable. Sacudible todo el calendario normalizado y apretado hasta lo insoportable).

Sienten en su cuerpo esa vitalidad gedienta gritada, alentada, hinchada, desmesurada, insolente, irreverente, desprolija, envolvente, invasiva, irracional: bárbara. Algo viscoso que se quiere sacar de encima como sea. Una patologización (más que una moralización) del desborde de abajo, de los de abajo del mundo, los del hemisferio sur. Un peligro, siempre, para cualquier civilización al mando. Siempre que nos quieren quitar lo que nos sobra (recursos naturales, vitales, tierras y orgullos, acá da igual) y siempre que nos critican lo que tenemos de más y entonces lo que nos falta (educación, civilización, sumisión) tenemos que estar en guardia.
No hace falta aparatos teóricos sofisticados ni sesudos análisis geopolíticos: che, odien de frente y listo. Es más, una cuestión sensible (acá, de piel). Así, como lo hacen los de derecha rabiosa, díganlo así, aunque están a dos cervezas de largarla: “los ODIO”. Primero, les tengo rechazo fisiológico, visceral, emocional; después voy a pensar algo para más o menos organizar ese odio y hacerlo circular, lateralizarlo, tocarlo para los costados y que quede más cortes. Adjetivos que remiten a lo bajo: a la parte baja: al sur, al culo del mundo. ¿Para qué tantas horas de reflexión si solo se trata de una simple sugestiva y contagiosa corriente de odio? Son poco profundas las explicaciones que se escuchan. Bastan, para contrarrestarlas, con mostrar esa foto del utilero de la selección en andas con la Copa América y los trofeos que le dedican al Reino. En vez de admitir el racismo de los civilizados, hacen piruetas retóricas o ideológicas que no se sostienen un salto en el aire. Análisis realistas, mandadas a escribir por la Realidad, me refiero, hablan por izquierda de la cuestión geopolítica y entonces se odia a la Argentina porque se odia a Milei que odia a los argentinos y le gusta que lo admiren los que odian a la argentina. ¿Por Macri también? Que dijo que fue «una de más” el gesto de la bandera y que pensó, se alegró un poco, por el Rey que al festejar la copa no tuvo que atravesar la angustia que hubiera sentido en la derrota. Menos sofisticado, más sincero, brutal, es lo dictado por lo casi confesado: un rechazo fisiológico, vital, sensible a lo que nunca les va a corresponder. Delirantes, nos dicen, arrogantes.
A lo que nunca van a entender: esos loquitos y loquitas que desde un país insoportable del cono sur la van a seguir agitando. Siempre el odio está primero y las ideologizaciones después. Para odiar no hacen falta razones previas, pero están en lo cierto: nos odian por las mejores razones.

los próximos trapos
Mientras escribo esto chusmeo que hay un boicot espontáneo y se devuelven las entradas para el recital de Rosalía (y aumentan muchísimo los views de videos de la marodoniana Lía Crucet); se aprovecha la oleada y se quieren devolver discos de Sabina y familias salen apuradas a agotar el olvidadolibro “Para mirar al gordo Ibai. Strimin de masas y neocolonialismo” y llegan a las casas matrices de las editoriales miles de libros célebres que con sus traducciones repletas de españolismos arrojaron a la vista puñados de arena transformando bellas experiencias inmersivas de lectura en un martirio físico. Y hasta alguno se acordó indignado de que tradujeron como ¡Olvídate de mí! la película Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (algunos de estos datos no están verificados).
Duele la derrota. Nos hace mal. Vemos a los pibitos y a las pibitas tristes, llorando a Messi, y somos nosotros a esa edad y mirando aquella otra final y aquellas otras lágrimas; algunos flashes que recordamos en el mundial 90, que por momentos tantas simetrías tuvieron con esta copa en Estados Unidos. Ahora jode, pero el tiempo la va a acomodar. Una selecciónn histórica, que remarcó el contorno completito de la patria, un Messi coronado de gloria popular (y no por obligación de una monarquía real) y muchas emociones para recordar. Lo que pasó el domingo, las oleadas de bronca que se escucharon y vieron antes y después, el país del que nunca vamos a poder traernos una Copa del Mundo, los que ahora se ríen, todos, ya están transformándose en la ficción que van a agitar argentinos y argentinas adultos en el 2046. Todo lo que está pasando ahora se va a cantar en unos años y se va a agregar a las banderas. Se va a recordar (la memoria de un país alentado; hecha trapo y canción) lo que pasó, se va a mencionar el nombre del sucesor del 10 como emblema, y van a agitar los que eran chicos en este mundial que no pudimos festejar.

