Algo se cuece en las capas tectónicas del ánimo popular en la Argentina. Una tras otra se suceden inmensas manifestaciones de carácter federal, en las que se elaboran a cielo abierto los dolores del presente, las heridas del pasado y una comunidad de destino lánguida pero resistente. Hablamos en el número anterior de aquel marzo antidictatorial que ya parece muy lejano, porque pocas semanas después vivimos la despedida del Indio Solari en una memorable misa ricotera con epicentro en el conurbano sur bonaerense, donde se congregaron un millón de personas sin que hubiera un solo episodio de violencia callejera. Durante aquellos primeros días de junio se mezclaron la tristeza y el agradecimiento de una multitud policlasista y transgeneracional, que rindió tributo a una poesía rockera capaz de conectar con lo más profundo de su alma.
Y apenas un mes después asistimos a otro episodio vibrante y conmovedor, esta vez vinculado al fútbol. El espectáculo mundialista fue creciendo en intensidad y color hasta llegar a su clímax el 15 de julio. Esa tarde la selección nacional le ganó la semifinal a Inglaterra en un partido épico. Al finalizar la contienda, que fue algo más que un enfrentamiento deportivo, los jugadores exhibieron la bandera que se volvió icónica: “Las Malvinas son argentinas”. Esa frase y ese gesto también tocaron algo recóndito. En la conferencia de prensa, al finalizar el encuentro, el director técnico dijo: “Son indios, en el buen sentido de la palabra”. Scaloni agregó: “Se han criado en ambientes donde no tenían miedo a nada”. La fiesta fue imparable y las plazas de cada ciudad, de cada localidad, fueron inundadas por algo muy parecido a la felicidad popular.
Quienes participamos de esos inolvidables ritos de comunión callejera salimos de allí con una información valiosa sobre lo que podemos y lo que queremos. Experiencias corporales de una potencia anímica que deja marcas indelebles de esperanza y autoafirmación colectiva, pero cuya proyección simbólica no es lineal. Cada vez parece más evidente que no hallamos la lengua política para nombrar el deseo de una sociedad que desborda y continúa sintiendo un profundo malestar. Hay algo que está obstruyendo, en sus cimientos, la capacidad de expresión crítica del cuerpo colectivo, y no está claro que alcance con una razonable narrativa electoral.
atropello a la razón
“El conjunto de operaciones destinadas a influir, alterar o bloquear los procesos de percepción, razonamiento y formas de comportarse de individuos y colectivos”. Palabras más, palabras menos, así definen algunos pensadores contemporáneos lo que ha dado en llamarse la “guerra cognitiva”, el último grito de la teoría bélica. El peso de la fuerza militar sigue siendo relevante, pero lo decisivo consiste en obturar la facultad de reaccionar con coherencia o de articular una resistencia consistente. Es la gran diferencia entre Irán y Venezuela.
A nuestro país le caben las generales de la ley. No sabemos cómo, ni siquiera si hubo algún responsable, pero una poderosa ola de odio se desató contra la Argentina a medida que la Copa del Mundo llegaba a su fin. Esa corriente de enemistad resultó altamente inverosímil e injusta para quienes la percibimos desde el lado oscuro de la nube virtual, pero se impuso en el mainstream mediático del “mundo civilizado”, también en los cenáculos de la progresía internacional, incluso en vastos sectores populares del “sur global”. Lejos de victimizarnos, la respuesta que se atinó a estructurar fue un desatino en espejo: alguien nos había robado la final, como castigo por la audacia de reclamar contra el colonialismo inglés en el centro del imperio. El grado de estupidez colectiva alcanza niveles alarmantes. Y nos envuelve indefectiblemente, aunque tengamos como método descartar cualquier teoría conspirativa, las propias y las ajenas.
Hay un sujeto que se mueve como pez en el agua en este desierto de lucidez. La ultraderecha acelera, no teme descarrilar y gana siempre en el chicken game. Sabe que la política tiene como trasfondo una auténtica batalla cultural y despliega su filosofía a los bombazos. Por eso tiene la iniciativa histórica. No se trata de imitar sus métodos, mucho menos de copiar sus argumentos. Pero para salir de la afasia hay que desplegar muchísima más audacia. Asistimos, al cierre de esta edición, a un interesante debate sobre el nacionalismo. Entre un Gobierno lacayo que intenta capitalizar la noción de patria con las retóricas del anticomunismo y la xenofobia, viejas canciones que sin embargo funcionan. Y un campo popular que reorganiza sus fuerzas en contra de la Ley sobre Inviolabilidad de la Propiedad Privada, cuyo cometido es la extranjerización de la tierra. Para recuperar la eficacia hay que perder el miedo. Ser indios, en el mal sentido.





