la comoditización organizada | Revista Crisis
economía de guerra / diálogo picante / habla gustavo grobocopatel
la comoditización organizada
Gustavo Grobocopatel, alguna vez llamado por los medios el “rey de la soja”, es un intelectual orgánico de los agronegocios. Pero es ante todo un auténtico progresista, es decir alguien que cree ciegamente en el progreso. ¿Qué piensa nuestra élite económica más sofisticada sobre la ultraderecha que viene por todo? Una conversación a fondo, en el precipicio.
Fotografía: Sebastián Pani
07 de Marzo de 2024
crisis #61

Conocimos a Gustavo Grocopatel en 2010, cuando ya todos le decían Grobo. Publicamos aquella conversación en el número dos de esta nueva etapa de crisis y fue una pequeña osadía: ¿cómo puede ser que gente que se dice de izquierda le dé espacio al intelectual orgánico de los agronegocios? Justo Néstor Kirchner había muerto de improviso y la pregunta sobre el futuro del país generaba angustia. “No hay nada de que preocuparse: los chinos nos van a seguir comprando soja hasta el 2030”, respondió palabras más, palabras menos “el ideólogo de la mística sojera”. Desde entonces quisimos volver a entrevistarlo en varias ocasiones. Esta vez respondió con un sí de inmediato.

Estaba en Colombia, pasaría por Buenos Aires solo un día rumbo a Uruguay, donde reside desde 2016. Nos recibió en su luminoso departamento de Puerto Madero, con vista al río. Un inmenso barco pasa frente a nuestros ojos, mientras Grobo cuenta qué anduvo haciendo en el país de su tocayo Petro: “Hace nueve años el Gobierno de Santos me pidió hacer una consultoría sobre la agricultura en la altillanura colombiana. Hice el trabajo, al presidente le gustó mucho, quedamos en contacto. Cuando fue el diálogo de paz en La Habana me pidieron que fuera a conversar con los líderes de las FARC que participaban en la mesa de negociación sobre su plan de reinserción en la vida agrícola. Hice un taller y quedé vinculado directamente con los exguerrilleros. La idea era que cuando estuvieran en la tierra me llamarían para ayudarlos a producir. Recién ahora, después de tanto tiempo, les empezaron a dar tierras, por eso fui a visitarlos. Me pareció muy interesante y voy a empezar a trabajar con ellos formalmente en proyectos productivos”.

Apasionado y culto, incluso sofisticado, el personaje descoloca: del interés por el proceso de paz colombiano a la esperanza con la aventura de Milei. Todo un signo del desconcierto de la época.

¿Qué impresión te merece el gobierno de Milei?

Una obra en construcción, porque todos los días va cambiando. En Argentina hemos vivido durante varias décadas con sucesivos shocks, construimos una sociedad del sálvese quien pueda, que no puede pensar colectivamente ni a largo plazo sino que vive a corto plazo y sectorialmente. Cada uno a su manera trata de defender derechos, privilegios. Esta circunstancia generó una necesidad muy grande de cambiar. Y creo que hay bastantes coincidencias sobre lo que hay que cambiar: el déficit fiscal no es bueno, hay que reformar las leyes laborales pensando más en la creación de trabajo que en la preservación de empleos, transformar el sistema educativo en algo más moderno. Lo cual no significa ir contra los derechos adquiridos. Uno piensa en reforma y dice “me quieren serruchar el salario”. No, yo pienso que las reformas tienen que ser para modernizarse. La discusión es cómo hacer esos cambios: si hay que venir con una motosierra a destruir todo para volver después a construirlo, o hay que hacerlo con un bisturí. Si hacerlo de un día para el otro, cueste lo que cueste, o a través de un proceso republicano y con mucho debate. Yo quiero que le vaya bien porque estoy de acuerdo con el contenido de lo que quiere hacer: desalambrar, quitar burocracia y regulaciones, liberar la fuerza productiva para generar más trabajo, facilitar los flujos de inversión. La sociedad quiere que haya cambios profundos y rápidos. Es preferible que haya consenso, porque si no es difícil que ese cambio se sostenga. Pero la sociedad quiere que no pateen la pelota para el costado. Basta de fulbito, hay que ir a fondo.

La sociedad quiere que haya cambios profundos y rápidos. Es preferible que haya consenso, porque si no es difícil que ese cambio se sostenga. Pero la sociedad quiere que no pateen la pelota para el costado. Basta de fulbito, hay que ir a fondo.

¿Ves al empresariado apoyando de manera homogénea?

En el empresariado, como en el resto de la sociedad, hay distintos puntos de vista y emociones encontradas. Es probable que haya empresarios que estén en contra, porque a lo mejor les tocaron algún privilegio. Y otros que no creen que esta sea la solución del país.

¿A quién ves que se oponga? Yo percibo bastante unanimidad, desde Eduardo Eurnekian y Paolo Rocca hasta los unicornios como Marcos Galperín y Martín Migoya, pasando por Marcelo Mindlin y José Luis Manzano.

Me dejaste pensando. Si él logra lo que quiere, que es un país abierto al mundo, a las inversiones, con baja de riesgo país y equilibrio macroeconómico, va a provocar que el valor de las compañías se recupere. Hay sectores empresariales que apoyaron a Sergio Massa, en general los menos dispuestos a competir en un esquema de economía abierta, que quizás ahora cambiaron de opinión y acompañan. Yo, por ejemplo, no estoy ideológicamente en contra de la protección a ciertos sectores, pero tiene que ser de cara a la sociedad, explicar los motivos, asumir que hay pros y contras.

 

desregulame que me gusta
 

Fuimos al encuentro de Grobocopatel para averiguar cómo piensa el sector empresario en este momento bisagra del país. Intuíamos que sus concepciones progresistas podían funcionar como anticuerpos y despertar cierto escrúpulo ante una ultraderecha que viene por todo. Sin embargo, Grobo confirmó nuestra escasa capacidad para comprender el razonamiento de la élite económica argentina.

 

 

¿En el sector de los agronegocios hay debate sobre si conviene Milei o no mucho?

Ahí yo creo que el apoyo es más homogéneo, no sé si a Milei como persona pero sí a las ideas de libertad, desregulación y demás, porque hemos sido víctimas de políticas erradas, que no son solamente las retenciones sino los distintos tipos de cambio, obstáculos para importar, obstáculos para exportar. Eso hizo que la producción no creciera, mientras en Brasil se duplicaba.

Ahora viene la cosecha y la discusión sobre si liquidar o no: ¿pensás que le van a esconder los granos a este Gobierno también?

El productor no se guarda los granos porque especula, sino porque no especula. Frente a un escenario de shock, de turbulencia, prefiere quedarse con los granos. Yo diría que el productor necesita vender la mitad de la cosecha para vivir, o sea que el 50% o 60% se va a vender en abril, mayo, junio y julio. La otra mitad va a depender de si hay algún indicio de que se estabilice la macroeconomía y de que no haya riesgo de devaluación. Creo que va a haber una actitud analítica de los productores, no ideológica. Si vos pensás que va a haber una devaluación, es ilógico vender. Si persiste la inestabilidad, los productores van a tratar de vender lo menos posible. Y no tiene una intencionalidad política, como no la tuvo con Cristina antes. Más bien es pura lógica.

Frente a un escenario de shock, de turbulencia, el productor prefiere quedarse con los granos. Yo diría que el productor necesita vender la mitad de la cosecha para vivir, o sea que el 50% o 60% se va a vender en abril, mayo, junio y julio. La otra mitad va a depender de si hay algún indicio de que se estabilice la macroeconomía.

 —¿La industria aceitera se vio perjudicada cuando el Gobierno aumentó las retenciones a sus productos?

Te referís al diferencial arancelario para productos elaborados. Esa es una vieja disputa que hay dentro del sector agropecuario. Hay una posición, en la cual yo me encuentro, que plantea que ese diferencial debe mantenerse porque es una manera de industrializar más productos, y además porque pienso que si existe una demanda local más firme el productor se beneficia. Hay quienes dicen que no, pero para que haya industria tiene que haber algún tipo de reintegro u otras políticas que favorezcan la industrialización.

¿Y no te parece que el apego por la desregulación que tiene el Gobierno va a terminar fortaleciendo la primarización?

No necesariamente. Es cierto que el Gobierno tiene un problema de principio con las regulaciones, por lo menos desde lo oral. Pero creo que, en la medida en que esas regulaciones sean simples y faciliten las inversiones, van a fomentarlas. Conozco al secretario de Agricultura, que intentó poner el nombre de Bioeconomía porque conoce el tema. Por ahora está en el corto plazo, pero en la medida en que logren arreglar los temas más globales van a impulsar cuestiones vinculadas con un desarrollo inteligente.

¿Con la dolarización estás de acuerdo?

Antes de dolarizar es necesario lograr la estabilidad macroeconómica y una serie de parámetros monetarios. Hay que ver si, una vez que se den esas condiciones, tiene sentido dolarizar. Yo tiendo a pensar que los países necesitan tener una moneda propia porque te da más flexibilidad. El problema es que la flexibilidad en Argentina se convierte en relajo. Entonces la dolarización sería como una especie de corset que te ponen, para limitar el ingenio que tienen los argentinos de hacer un quilombo.

No parece muy libertario el razonamiento. Te leo un fragmento del documento que publicó Cristina Fernández hace poco: “El sector productor de manufacturas de origen agropecuario (MOA) y de granos y carne representa más del 55% del ingreso de las divisas en Argentina. ¿Qué va a suceder con la competitividad de este sector? ¿Qué sucedió con el sector agropecuario durante la vigencia de la convertibilidad en la segunda experiencia neoliberal y sin retenciones? Perdió competitividad y el Banco Nación terminó rematando campos hipotecados. ¿Qué piensan que va a suceder con la competitividad del campo argentino frente a Brasil, hoy nuestro principal competidor de la región en materia de producción de carnes y granos?”.

Está desinformada. O sea, de ciertas verdades concluye cosas erradas. Es cierto que en la convertibilidad el costo argentino quedó muy alto, los empresarios entramos en crisis, había que endeudarse y después era difícil salir de la deuda. Por eso a fines de la década del noventa algunos bancos remataban campos. Ahora, durante esa década se incorporó tecnología, hubo un aumento de productividad y un crecimiento de la agricultura que llevó a Argentina de los 40 millones de toneladas a 90 millones. O sea que el sistema en su conjunto reaccionó positivamente, cierto que en un escenario donde había ganadores y perdedores. Entonces, es probable que en un escenario de dolarización vos tengas que ajustar costos y ser mucho más competitivo, lo cual genera movimientos al interior del sistema. El punto es que ella piensa que fueron las políticas públicas del kirchnerismo las que hicieron crecer la producción argentina de 90 millones de toneladas a 130 millones durante la primera década de este siglo. Pero en realidad fueron los precios internacionales. En ese mismo período Brasil creció el doble. O sea, el kirchnerismo tuvo un viento de cola de 2003 a 2008 que hubiese sido la oportunidad para transformar de raíz el sistema económico de la Argentina y ellos lo dilapidaron. En lugar de subirse a ese avión, lo que hicieron fue sacarles el dinero a los productores y crear un Estado un 50% más grande, y a cambio tuvimos más pobreza, bienes públicos desarmados y no tuvimos inversión.

Pasa algo raro hoy cuando se enfrenta la Nación contra las provincias. Por primera vez, los productores no parecen estar del lado del federalismo y más bien apoyan al poder central.

Yo no creo que en el pensamiento de los productores haya un posicionamiento por el federalismo o el no federalismo. Se trata de su propio negocio. Me parece que la discusión hoy es quién hace el ajuste. Y obviamente las provincias quieren que lo haga la Nación, para tener menos costo político. Desde el poder nacional antes se negociaba y se cedía frente a las provincias; hoy Milei no quiere porque pretende que el ajuste lo hagan también las provincias. Si está bien o está mal, te lo digo sinceramente, no lo sé.

Desde el poder nacional antes se negociaba y se cedía frente a las provincias; hoy Milei no quiere porque pretende que el ajuste lo hagan también las provincias. Si está bien o está mal, te lo digo sinceramente, no lo sé.

Vos solés decir que los problemas del capitalismo se resuelven con más capitalismo. ¿Eso es válido aun si está en riesgo la democracia?

No, es un paquete.

Pero ¿no te parece que el ultracapitalismo de Milei pone en riesgo la democracia?

Yo no lo veo. Lo que veo es una discusión efusiva, dramática, pero el Congreso funciona.

El presidente ha acusado a los diputados de delincuentes.

Más allá de lo que pueda decir el presidente, y de la forma en que lo dice, hay discusiones en el Congreso, y el Parlamento le pone límites al Poder Ejecutivo. Yo por primera vez veo que el Poder Legislativo frena al presidente.

Pasó con la 125.

Sí, es cierto. Pero los gobiernos anteriores gobernaron con decretos como quisieron. A este le está costando.

O sea, no ves riesgos de un devenir autoritario.

No, hay un debate poco refinado, a los palos, con motosierras y a los gritos. Pero realmente no veo ese riesgo, por lo menos por ahora. La realidad es que Milei fue votado democráticamente. Y está tratando de cumplir con sus promesas de campaña. Lo hace de una forma poco convencional, que puede no gustar, pero creo que es parte del sistema democrático. La democracia no funciona siempre de la misma manera en el tiempo. Hoy tenemos una democracia cada vez menos mediada, gente más joven eligiendo, hay una juventud enojada con el sistema y quieren que cambie. Viene un tipo que dice que lo cambia, parece creíble. Eso es parte de la conversación pública. Por ahí es muy agresivo, no te gusta porque amenaza. A mí tampoco me gustan esas formas.

Normalmente el liberalismo y el republicanismo hacen un culto de la forma. Sin embargo, ahora parece estar en un segundo plano. ¿La utopía capitalista es más fuerte que los pruritos democráticos?

El problema es que la forma está cambiando. Vivimos en una sociedad turbulenta, los presidentes comunican por Twitter, todo pasa rápido, prima lo inmediato.

Entiendo lo de la flexibilidad y la instantaneidad, pero la pregunta es por el uso de la violencia como método político.

Somos una sociedad que desde el punto de vista del lenguaje es violenta. Recordemos a Cristina.

Cristina al lado de Milei era la niña santa.

Cristina era re violenta. Hacía escraches. No entregó el bastón presidencial, lo cual es simbólicamente muy violento. Yo no estoy de acuerdo con las formas de Milei, obviamente. Pero no veo, todavía, que eso pueda devenir un problema para la democracia. Sí hay un riesgo de que salgan las cosas mal y que haya una deriva, digamos, hacia lugares que no conocemos bien.

Vos tenés seguramente interlocutores en Estados Unidos y Brasil. ¿No están preocupados ellos con Trump y Bolsonaro?

Sí, muchísimo. Pero creo que Milei no es comparable con Trump. No tiene partido político, no tiene historia. Creo que es mucho más interesante que Trump. Pone sobre la mesa temas que no se hubiesen discutido si no aparecía él. Eso es muy, muy valioso. Podemos construir un relato de esperanza, esa es mi impresión.

 

se fue el tren, se fue lejos
 

En su verdadera acepción, el progresismo no es una categoría política, ni cultural, ni moral, sino ontológica. O sea implica una cierta noción sobre el ser, o más precisamente sobre el tiempo. Su credo es simple pero contundente: el futuro es por definición mejor que el presente y (obvio) que el pasado. La historia progresa, indefectiblemente. Por eso ser progresista es sinónimo de optimismo. Aunque la realidad indique lo contrario.

Hace trece años, el dueño de Los Grobo tenía motivos de sobra para el entusiasmo. Luego de torcerle el brazo al kirchnerismo en la disputa por las retenciones, “el campo” se autopercibía como un sujeto político pujante, los precios internacionales de los commodities andaban por las nubes y la globalización seguía siendo una promesa. “De acá a diez años esta región tiene que llegar al fin de las aduanas, tiene que haber una movilidad de gente, de flujos, de capital”, profetizaba Grobocopatel en aquel entonces.

¿Quedó definitivamente atrás ese proyecto o sigue estando pendiente? “Lo de China y el aumento de la demanda global de alimentos está vigente. Obviamente no con el ritmo de aquella época, pero ahora se agrega la India, el Asia Pacífico con Vietnam, Indonesia, incluso África. Segundo punto: en ese momento yo no vi que Brasil iba a crecer tanto, la magnitud de ese crecimiento me ha sorprendido y eso va en contra de Argentina. Esto es una carrera por ver quién va más rápido y nuestro país cedió el liderazgo. Por eso hoy nos cuesta mucho. Un ejemplo: si a Argentina hoy le va mal en la producción agrícola, no tiene impacto sobre el mercado mundial porque es chica; antes si teníamos una crisis los precios internacionales subían y se balanceaba. Dicho esto, aquí hay muchas posibilidades de recobrar el protagonismo: eliminar las retenciones o reducirlas sustancialmente, destrabar ciertas regulaciones, unificar el tipo de cambio y Argentina explota. Podemos pasar de 130 millones de toneladas a 200 muy rápido. Después tenemos que procesar esa materia prima, industrializar. Paradójicamente, el mejor programa sobre nuestras oportunidades de futuro se llama Plan Estratégico Agroalimentario 2020, y lo presentó Cristina. Claro que hizo todo lo contrario a lo que propuso, por eso estamos donde estamos”.

 

 

Según tu concepción del desarrollo China y Brasil son estratégicos: dos países que Milei considera comunistas y con los cuales no piensa articular.

Me parece que no tiene relevancia lo que dijo, hay que ver lo que va a hacer. Creo que habrá un vínculo con China más fuerte, a través del Mercosur. Lo mismo va a pasar con la Unión Europea, con la India. Todo va a pasar por el Mercosur.

En verdad, ya lo hizo: se negó a ingresar a los BRICS.

Sí, me parece un error. Pero los BRICS no tienen tanta incidencia en la cuestión económica. Creo que Argentina no tiene que dejar pasar estas oportunidades de vínculos comerciales, económicos, financieros con el mundo en general, más allá de la diferencia política.

Que la promesa del agronegocio no se haya desplegado como imaginabas ¿es solo culpa de las políticas públicas o hay también una necesaria autocrítica que el empresariado del sector debería hacerse?

En el agro no. Yo creo que ha hecho todo lo que podía hacer, y más, para resistir y seguir adelante. La agresión que padeció el agro ha sido muy grande. Durante el último gobierno no podíamos importar. Es inaudito. Afuera, cuando escuchan nuestros problemas, se maravillan y dicen: ¿cómo hicieron estos para sostener las fábricas abiertas?

¿El paquete tecnológico de la agricultura transgénica no está un poco vetusto ya? ¿Por dónde pasa la innovación hoy?

Hay una nueva generación de tecnologías: la robótica, la nanotecnología, la agricultura satelital, la Inteligencia Artificial, las fintech, que van modelando un nuevo sistema productivo en el que aumenta la productividad, bajan sustancialmente los costos, se simplifica la gestión.

¿Todo eso sería para producir soja más barata?

Exacto. Son innovaciones de procesos, porque no te cambia el producto. En cuanto a los productos, la novedad pasa por la carne artificial, la vegana, las algas que se pueden cultivar en el mar. O sea que el mar podría ser una nueva superficie fotosintética.

¿Y ves que el ecosistema del agro está yendo hacia ese futuro?

Está calentando motores. Pero deberíamos haber empezado hace diez años, lo que pasa es que estuvimos entretenidos peleándonos con Cristina. Vivimos de las innovaciones que hicimos hace dos décadas y nos quedamos ahí. Tenemos que ponernos al día rápido.

Un amigo que conoce mucho el agro asegura que la culpable de este estancamiento es la logia primarizadora, un actor organizado para evitar la industrialización, cuyo objetivo es que se sigan produciendo granos, materia prima, porque les conviene. ¿Qué te parece la hipótesis?

Yo creo que no existe eso. Hay gente que produce granos y no quiere que la jodan, entonces trata de conservar el statu quo. Como hay otros que son emprendedores y quieren experimentar. Hay de todo y el Estado tiene que generar condiciones, plantear reglas del juego, ofrecer incentivos para que haya una disrupción a favor de la sociedad.

Hay 7 u 8 empresas trasnacionales que controlan el mercado mundial de los commodities agroalimentarios y que no parecen ser muy innovadoras.

Primero, no es un sector innovador, son traders. Su negocio es comprar barato y vender más caro. Segundo, no controlan el mercado mundial sino que se matan entre sí, compiten mucho. Salvo en una situación: cuando las atacan. En ese momento se juntan y se cartelizan. Hay que dejarlas tranquilas, que se maten. Pero no les pidas que innoven, porque no están preparadas para eso.

¿No serán acaso un factor de conservación de la lógica primarizadora?

Bueno, son un factor de conservación de una cadena de valor estructurada, integrada globalmente. Tienen interés en que eso funcione, fluya y crezca. En paralelo, hay que crear nuevos emprendedores que armen otros negocios, en algunos casos compitiendo con ellos y en otros casos complementándose.

Me da la impresión de que ese actor le pone un límite al despliegue del ecosistema productivo en Argentina. Te pongo un ejemplo que detectamos en una investigación: 24 de febrero de 2022, Rusia invade Ucrania, al día siguiente las multinacionales liquidan en Buenos Aires buena parte de la cosecha de ese año, sabiendo que pronto el precio mundial subiría mucho.

¿Y cuál es el problema?

Que se quedaron con la renta inesperada que generó la guerra. Ni el Estado, ni los productores, se la quedaron ellos.

Sí, tienen más información, más musculatura y en mercados que no son estables, que son turbulentos, intervenidos, los tipos encuentran más oportunidades de hacer su diferencia. También han perdido.

No, nunca pierden.

Sí, la caída de la producción les hizo perder plata. Ellos tenían las fábricas al 50% de su capacidad instalada.

Bueno, la sequía les hizo perder plata a todos; pero ellos manipulan el mercado porque lo controlan, y se quedan con la renta que podría ir a innovación y desarrollo.

No, esos sistemas funcionan bien. A veces ganan plata, otras ganan menos. Recuerdo un libro de la década del setenta… ¿cómo se llamaba?

Los traficantes de granos.

Exacto. Ahí explican que estas empresas hacían guita porque tenían información asimétrica. Con internet eso ya no se puede y estas empresas entraron a caer. Hoy estamos en un proceso que yo llamo de “destreiderización”. Los traders se están transformando en procesadores de alimentos. Si ves los portfolios de Bunge, Dreyfus, Cargill, ADM, cada vez producen más.

Hace unos días Manuel Castells, a quien vos conocés bien y respetás intelectualmente, escribió un artículo a propósito de las protestas de los agricultores en Europa, en el que dice lo siguiente: “La agricultura tradicional fue transformada a la fuerza por la producción química de la agroindustria y su mercado fue globalizado. Los productos de cercanía han sido desplazados por los transportados para consumir en cualquier estación. Y ahora que las consecuencias perniciosas del modelo de producción impuesto por las multinacionales son medibles, las élites ilustradas dan marcha atrás ante el riesgo de los peligros para la salud y para la futura habitabilidad del planeta… mientras una agricultura ecológica selectiva y mucho más cara se dedica a las élites urbanas, que se sienten salvadoras del planeta consumiendo tomate ecológico en sus ensaladas de diseño”.

Yo creo que el interés por la comida saludable es súper positivo, pero pongo en duda que lo orgánico sea superior. La agricultura extensiva basada en agroquímicos y productos transgénicos ha logrado aumentar la productividad y bajar los costos, redujo el precio de los alimentos, especialmente de las proteínas de carnes y pollo, y permitió así que más gente en el mundo acceda a comer. Por eso se explica el fenómeno de China, donde hace treinta años se comían siete kilos de carne por habitante al año y ahora se consumen 130. Dicho esto, la agricultura extensiva va hacia un modelo menos químico. Porque cada vez la vara está más alta. Vamos hacia la eliminación de los agroquímicos y el control biológico.

Yo creo que el interés por la comida saludable es súper positivo, pero pongo en duda que lo orgánico sea superior. La agricultura extensiva basada en agroquímicos y productos transgénicos ha logrado aumentar la productividad y bajar los costos, redujo el precio de los alimentos, especialmente de las proteínas de carnes y pollo, y permitió así que más gente en el mundo acceda a comer.

Supe que estás explorando la producción de bioinsumos con los militantes del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE).

Sí. Tengo una anécdota bárbara. En los encuentros con gente del MTE y de otros movimientos sociales para encarar la producción de bioinsumos, que se hacen de forma muy artesanal —semillas de paraíso, poner un poquito de alcohol, revolver en un tacho, filtrar y sacar el producto para aplicar a la planta—, un día fui a ver una experiencia que estaban haciendo cerca de La Plata y les planteé: “Che, ¿y si en lugar de hacerlo revolviendo a manopla ponemos un tanque con un revolvedor mecánico, así en lugar de vender veinte litros vendemos dos mil o veinte mil litros?”. “Uau, eso sería buenísimo, así podemos proveer a los otros productores”, responden. “Y lo ponés en un bidón lindo, con una buena marca que represente el espíritu del movimiento. Pero te digo más: ¿y si en lugar de poner un tacho armamos unos tanques enormes, le enchufamos unas megaturbinas y en lugar de producir para los de la provincia producimos para el mundo y empezamos a exportar bioinsumos?”. Los ojitos les brillaban: “Si hacemos eso le rompemos el culo a Monsanto”. “Bueno”, les digo, “eso es el capitalismo”.

Muy buena la anécdota. Es tal cual lo que está diciendo Castells: no se trata tanto de lo orgánico versus lo químico, sino de la subsunción de los alimentos por parte del capital que es algo nuevo para la humanidad. La famosa revolución verde.

A ver, explicámelo.

Hay un debate entre la idea de soberanía alimentaria y la de seguridad alimentaria: al convertir el alimento en un commodity que se comercia con las reglas del mercado mundial, les estás sacando a las comunidades la capacidad de producir su propio alimento.

Yo creo que lo ideal es que todo se vuelva commodity. Por ejemplo el tomate, porque eso te permite aumentar la oferta y bajar el precio. También te permite comer tomate todo el año, porque si solo se produce en cercanías podrías consumirlo en enero, febrero y marzo, y el resto del año comerías lechuga con lechuga. Ahora, ¿a vos te preocupa la calidad del tomate? Okey.

Pero no es una cuestión colateral: se trata de cómo cierta organización de la sociedad en cuestiones esenciales como la alimentación te introduce en un modo civilizatorio que es un problema.

Sí, es así. Es un problema y una oportunidad.

¿Viste lo que dijo Milei sobre los ríos?

No, ¿qué dijo?

¿De verdad no lo viste? El razonamiento es el siguiente: dicen que las empresas contaminan los ríos, pero eso es mentira. Cuando una empresa tira sus residuos al río no está generando un daño, porque el agua no es un bien escaso, no tiene valor mercantil. Solo si el río pasa a ser una mercancía la acción de contaminar se convierte en un daño. Desde el punto de vista capitalista, el razonamiento es impecable.

Bueno, pero lo que quizás él no conozca es el concepto de servicios ambientales, que explican perfectamente por qué un río, una yunga o las islas del Delta generan servicios ambientales. Debe desconocer el concepto. Hay que explicárselo.

Relacionadas
después de la tormenta / el ingeniero que no fue / ciudad commodity
Por Marcelo García
narrar la opulencia / el gigante con pies de barro / vencedores vencidos
Por Diego Vecino
Destacadas
podcast de revista / quinta temporada / análisis de coyuntura
Por Colectivo Editorial Crisis
podcast de revista / quinta temporada / análisis geopolítico
Por Marco Teruggi
políticas de la verdad / dónde está santucho / nueva enemistad
Por Diego Sztulwark
podcast de revista / quinta temporada / análisis de coyuntura
Por Colectivo Editorial Crisis