la venganza del gauchito tiktoker
Cuando Víctor Díaz, un peón rural devenido influencer, contó en las redes que lo habían despedido injustamente, nadie imaginó que se desataría una inmensa ola de indignación y solidaridad. Esa fortuita rebelión digital funciona como un gran revelador del espíritu de la clase obrera que labura en el campo, el principal sector de la economía nacional.
C orre el mes de julio. En lo peor del invierno los presidentes argentinos suelen ir a Palermo a rendir examen ante la Sociedad Rural, que se arroga representar “al campo”. Para la aneja corporación terrateniente, el campo son ellos mismos. Y para buena parte del progresismo, también. Por eso, durante esos días en que celebran su feria anual, cámaras y micrófonos de uno y otro lado del espectro ideológico apuntan hacia allí, hacia la rosca de arriba: intentan detectar cada gesto del poder terrateniente y cada ademán de los elencos gobernantes, para adivinar las próximas escaramuzas de la coyuntura política. Este 2025 la incógnita a discernir era qué pasaría con las retenciones, ese fetiche temático del debate agrario nacional. Mientras tanto, pasaban más cosas en el campo, que no está hecho solo de empresarios ni de dólares, sino también de laburantes, explotación y extrañas formas de venganza.
En efecto, mientras dentro del predio premiaban a los toros gigantes, en la vereda de La Rural algunos gremialistas repartían volantes como medida de protesta. Posan con una bandera que se retuerce viento en contra. Se sacan una foto. Postean en redes. En cuanto pueden se van. La acción pasa desapercibida. La cosa ni siquiera vuelve a la normalidad: nunca la abandonó. Es la voz afónica del sindicato UATRE, que dice representar a las y los obreros rurales. Su iniciativa intentaba visibilizar la situación de los laburantes, pero lo que retrató terminó siendo otra cosa: la impotencia de las estructuras cuyos modismos y reiteraciones no llegan al corazón de nadie. Su gimnasia no sale de las reuniones de cúpulas, movilizaciones sin gente y declaraciones sin sangre.
Esta incapacidad de generar dinámicas disruptivas por parte de quienes hablan en nombre de las clases populares contrasta con las ganas insaciables de los grupos dominantes de tomarse revancha. Por momentos, da la sensación de que su deseo de matar es superior a nuestro deseo de vivir. Y esa asimetría está ahí, evidente, sin lugar para los débiles. Los avances del poder son rápidos, múltiples y eficaces. En algún momento, antes de hacerse absolutamente previsible, el movimiento popular tuvo esos atributos.
Así, mientras Milei aprieta la rentabilidad de los productores con un dólar bajo, les entrega como carta de negociación la cabeza de los trabajadores rurales que lo votaron en 2023, homologando salarios muy por debajo de la línea de pobreza. Por su lado, el ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger, ofreció aplicar su “rayo desregulador” sobre la Ley de Trabajo Agrario, ejecutando un proyecto literalmente redactado por la Sociedad Rural para facilitar despidos y reducir los aportes patronales. Por último, un hombre de Martín Menem opera como interventor de la obra social del gremio obrero-rural, desviando fondos para negociados propios que no la dejan funcionar y ya le costaron la vida a un paciente oncológico en Necochea. Aquella famosa coima del 3% para Karina Milei se pagó en buena medida con estos fondos que se traspasaron de OSPRERA, la obra social en cuestión, a la Suizo-Argentina. Los libertarios acusan a la conducción de José Voytenco, líder de la UATRE. Lo desangran pero lo culpan: maquiavélico y rentable. Voytenco está al borde del knock-out, mientras la lógica de su propia organización no le deja esquivar los golpes ni contraatacar.
si no te gusta te mato
La ofensiva patronal en el campo no se reduce a un choque de estructuras en Buenos Aires. Esa es la resultante. La agresividad de los que mandan es micropolítica y se respira en cada hectárea tierra adentro. Incluso se cobra vidas. Como la del peón alambrador acuchillado por su patrón en Tres Arroyos, el 4 de septiembre de 2024. El empleado lo quiso golpear con un palo por pagarle poco y recibió como respuesta un faconazo fatal. Ante este duelo criollo entre el trabajo y el capital, un tribunal popular dictaminó la inocencia del patrón, por haber actuado “en defensa propia”. Esta atmósfera envalentonó a otros dos productores rurales en Vedia, que torturaron a su empleado el 30 de septiembre pasado, acusándolo de haberles robado plata: lo emboscaron en su casilla, lo ataron, le pegaron durante una hora y media, le rompieron huesos, le apuntaron con una carabina en la cabeza y le sacaron un pedazo de oreja a mordidas. Uno de los empleadores-torturadores era médico. Lo amenazaba con pararle el corazón con una inyección y “hacerlo desaparecer”. Siguen libres. Y en esa misma localidad, un monumento a Néstor Kirchner sobre la ruta 7 conserva un tiro en la cara.
Sin llegar a tanto, la asimetría que experimentan los trabajadores se manifiesta en el recorte de derechos consuetudinarios que no estaban en ningún papel pero se ejercían, como permisos para tener animales, usar herramientas y vehículos del empleador para sus cosas, o escaparse cada tanto para sostener una vida social y familiar fuera del campo. Cámaras de seguridad, control a tiempo real de los empleados a través del celular del patrón, planillas, horarios, y otras novedades de un management 5G que les quita autonomía y posibilidades de generar ingresos complementarios a sus magros salarios. Además, pequeños cuestionamientos, reclamos o insubordinaciones menores se están transformando en automática causal de despido, en un sector donde el 70% de las y los trabajadores están en la informalidad.
Eso es precisamente lo que le pasó a Víctor, el gauchito tiktoker despedido en un campo de San Vicente en julio de este año por haber subido algunos reels que no cayeron bien a su empleador. Evidentemente, la libertad que avanza no es la de los trabajadores rurales. Pero lo que no sospechó este patrón es que hasta hace poco tiempo su subordinado también estaba empuñando armas desconocidas en el campo.
la venganza de los giles
A fines de la década pasada, con la extensión de la internet móvil a casi todo el campo —al menos en la zona pampeana—, se generalizó el boom de los gauchitos influencers: jóvenes que viven o laburan en el campo, que aprendieron el código de las redes y que teatralizan cotidianamente su vida rural por el celular. Hay cuentas de “milipilis” que se exhiben en un tractor sin ensuciarse, como modelo de éxito del duro trabajo empresario de sus padres, y otras más “proletarias”, que ironizan sobre los quehaceres diarios, el bicherío, el fernet y la cumbia. No se enfrentan entre sí como una suerte de “lucha de clases” digital. Para nada. El antagonismo común que les hace de argumento es otro. Porque lo primero que organiza la subjetividad colectiva del mundo rural es la división campo-ciudad.
Hay dos auditorios imaginarios entre los influencers: los propios que aplauden y la ciudad que aprende. Se exhibe para reforzar un sentido de pertenencia y mostrarle a la urbe, en su propio lenguaje digital, que en el campo también hay joda, que allí se produce más o que también se puede ser feliz sin todo eso que, justamente, no tienen. A esta vindicación que esconde mal un complejo de inferioridad se suma que los likes, seguidores y comentarios operan como un reconocimiento compensatorio de todo eso que falta, y de la compañía que no se tiene en la soledad de la llanura.
Víctor Díaz era uno de esos gauchos influencers. Peón rural. Joven paraguayo. Una vida postergada en el fondo de un campo ganadero en la provincia de Buenos Aires. Pero con una revancha al alcance de la mano: su celular. Con su cuenta, construida a partir de postear día a día lo que hacía y vivía en la soledad sin fin de su puesto entre las vacas, logró reunir decenas de miles de seguidores. Hasta que de repente, por la ventana de ese diario no íntimo de Tiktok, animado por la dopamina de ese auditorio imaginario, Víctor empezó a filtrar antagonismos de segundo orden que también son parte de la subcultura plebeya del campo: se la agarró con los ingenieros. Embajadores de la ciudad en el campo y optimizadores de la explotación. Capataces móviles, que nunca se quedan, que van en camioneta de un campo a otro diciendo qué hay que hacer. Figura odiosa de un saber venenoso, que pincha el globo de la autonomía que los laburantes encuentran en hacer las cosas como les gusta, como creen mejor, y sin que nadie los joda. La lucha milenaria entre la teoría abstracta y la práctica concreta.
Víctor libró esta batalla en su cuenta de Tiktok, ironizando sobre las indicaciones de los señoritos. Una y otra vez. Hasta que llegó la réplica en la realidad no digital. No previó que en su auditorio imaginario también estarían los ingenieros, que recibieron los posteos de Víctor como una afrenta. Para restituir su honor, los profesionales de la productividad pusieron en juego otros recursos: la solidaridad de clase con los patrones y la denuncia por la espalda, hasta lograr el despido del influencer.
Pero aquí viene lo mejor: después de diez años de trabajo, Víctor transmitió en vivo el momento exacto en el que abandonaba a gamba el campo, solo, apenas seguido por un pequeño perro que lo acompañaba como todos los días. Ni más ni menos que la canción de José Larralde, “cosas que pasan”, repetida por enésima vez en la vida de los paisanos. Víctor rompió en llanto al ver al leal animalito seguirlo, mientras se ponía el sol a lo lejos, construyendo en primera persona la escena cinematográfica que lo viralizó al instante.
El reel se masificó en las pantallas de cientos de miles de usuarios: por su llanto, por el despido, por la humildad, por el acento paraguayo, pero también en buena medida por la ternura que generó su perrito. El combo de mascotismo, autenticidad personal y celular generó más solidaridades espontáneas que muchos de los cientos de miles de despidos y movilizaciones colectivas que experimentamos en lo que va del anarcocapitalismo.
Entonces su cuenta alcanzó casi un millón de seguidores. La anécdota se convirtió en una doble historia para los medios convencionales como la televisión, los diarios y los portales; noticia por lo que le pasó y noticia por la viralización. Le llovieron cientos de ofertas laborales y muestras de afecto. Llegó invitado a La peña de Morfi en Telefé, donde los urbanitas de la conducción lo trataron con superioridad, le preguntaron preocupados por su perrito y se rieron al aire de su esforzado look para salir en televisión. La ciudad lo folklorizaba y le hacía pagar los minutos de aire reproduciendo la lucha ancestral entre la urbe ilustrada y la ruralidad tosca.
sangre fresca
Recién ahí, en el summum de su trágica fama, tocaron a su puerta las máquinas burocráticas que no interpelan a nadie. Vinieron a succionar la sangre fresca de alguien que sí llegó al corazón. Llegaron a sacarse una foto con él, a subirse a su tren, a resucitar parasitando lo que sigue vivo. Llegaron el sindicato y el Ministerio de Trabajo de la Provincia de Buenos Aires, corriendo de atrás a la realidad. Sin ese logro por cuenta propia, Víctor no hubiese conseguido jamás una entrevista con ningún representante importante de esas estructuras, ni mucho menos que visiten el campo en el que trabajaba. Lo alcanzó sin plan ni cálculo, desde abajo y por afuera.
El hecho es que las autoridades realizaron una inspección en el campo. Y en ese cruce, con ese nuevo respaldo, Víctor comenzó a transmitir en vivo algo que nunca había mostrado: las condiciones infrahumanas en que lo tenía el patrón, durmiendo entre trapos en el piso, pasando frío en invierno y calor en verano, solo, entre los olores y las moscas, en la informalidad laboral y finalmente con un despido sin causa. Todo lo que no se enorgullecía de mostrar en su viejo personaje de Tiktok ahora era el argumento de una miniserie de reels acerca de las injusticias que sufría. Crecían los likes, que pasaron de la ternura a la indignación, mientras él giraba a un tono de denuncia, al ritmo de los aplausos. Víctor era la estrella de su propio drama.
Antes de volver a irse, el sindicato y el Ministerio le hicieron grabar un reel de agradecimiento en el que, bastante poco espontáneamente, Víctor aconsejaba a todos los trabajadores “que se acerquen” a esas instituciones demasiado lejanas “para cualquier problema que tengan”. Como él no hizo. La succión de lo vivo le quitaba el alma al personaje, sin revivir del todo al gremio o al gobierno. Pero lo cierto es que gracias a esas presencias, que si tuvieran algo de vitalidad deberían estar allí todo el tiempo, en la base, el gauchito tik-toker, que empezó por delirar a los ingenieros, terminó por vengarse en serio del patrón, que además del escrache en las redes ahora enfrenta un juicio por despido sin causa, y deberá pagar además una fuerte multa.
voto no positivo
Luego del invierno vinieron las elecciones de septiembre y octubre en la provincia de Buenos Aires. Y la mayoría de los peones como Víctor operaron otra extraña venganza: votaron por los libertarios. El éxito del axelismo y sus aliados del interior bonaerense entusiasmó a muchos con un supuesto voto “del campo”. Sin embargo, los votos al peronismo vinieron de ciudades pequeñas e intermedias, donde la gente ocupada en el agro no supera el 15%. En las urnas verdaderamente rurales, en esas escuelas lejanas de 200 votantes para abajo donde emiten el sufragio quienes posta laburan en el campo —en su mayoría muy pequeños productores y peones asalariados con sus familias—, el voto a La Libertad Avanza fue mayoritario. Además, en septiembre también se generó otra ilusión óptica en la ciudades del interior bonaerense: al peronismo lo benefició la división del arco opositor entre libertarios, radicales y vecinalistas, que permitió a las “fuerzas patrias” imponerse sin ser mayoría. Pero en octubre, en cambio, toda esa fragmentación se encolumnó detrás de la boleta libertaria, que pinchó el globo del supuesto triunfo peronista en el campo: el interior de la provincia se volvió a teñir de violeta.
En el mundo rural, en un marco de retiro crónico de mediaciones estatales, la justicia y la injusticia social se ejercen por mano propia. La gente se acostumbra a resolver mal o bien sin contar con el Estado. Eso induce a una estructura de sentimiento que pendula entre la autosuficiencia resignada y la rabia antipolítica. Ni más ni menos que en muchas áreas de la vida urbana en la que los derechos, los sindicatos, el Estado o la comunidad política se han transformado en abstracciones ajenas a la cotidianidad. En el caso del campo hay algo más: la idea de que produce riquezas autónomamente y las cede a través de impuestos a un Estado que no las devuelve en la misma proporción. En esa asimetría se percibe una explotación que no es entre “clases”, sino entre políticos-parásitos de ciudad versus ciudadanos-productores de campo, otorgando a estos últimos una superioridad moral y el lugar de víctimas postergadas, aunque algunos ganen de a millones de dólares y otros no lleguen a fin de mes. Esta relación de explotación cambiada de lugar sintonizó con la estrategia que propuso Milei, a través del cual cada quién creyó vengarse de algo diferente pero con un denominador común: la rabia antipolítica y, particularmente, antiprogre.
Pero esos cauces políticos no son los únicos que existen entre las clases populares del campo. Tampoco son inclinaciones eternas o fatales. Se trata de mucha de la misma gente que votó a Cristina en 2007, a Macri en 2015 e incluso a Alberto en 2019. Salvo entre los productores medianos a grandes, de 2008 para acá no hay un “antiperonismo estructural”. Las frustraciones de los últimos tiempos, la impotencia del progresismo para conectar con la rabia y generar cualquier tipo de disrupción —por no decir la política de desmovilización lisa y llana— han inclinado el corazón de las clases subalternas del campo a quien propuso romper todo. Incluso a ellos mismos.
Inesperadamente, el gauchito tiktoker visibilizó y permitió conectar con lo que sufren millones. Eso que no pueden hacer las estructuras sin alma de la representación popular. Lo de abajo se filtró por afuera. Y cuando llegó el momento de votar, la mayor parte de los peones como él volvieron a elegir la motosierra contra la hipocresía política, aunque en eso se peguen también un tiro en el pie. Que la venganza se traduzca en adhesión electoral es el resultado de una exitosa ofensiva molecular del capital y la ultraderecha. Por eso interpela no solo a aquellas estructuras ciegas de la política profesional, sino también a quienes les pedimos que hagan un movimiento que no van a hacer, como requisito para movernos nosotros. Recuperar la disrupción también es retomar la iniciativa al nivel en el que estemos, desverticalizándonos, con lo que tengamos a mano, sin saber si dará resultado.
Quién lo hubiera pensado de Tiktok. Si se decía que el auto era el caballo del hombre moderno, el celular quizá sea hoy el cuchillo del gaucho contemporáneo.





