la utopía no cabe en una app

Silicon Valley logró apropiarse del imaginario utópico de la informática y convertirlo en un motor de acumulación, mientras las izquierdas quedaron rezagadas. En esta entrevista, el pensador vasco Ekaitz Cancela hace un recorrido por el vínculo entre economía digital y neoliberalismo, el caso chino como espejo incómodo y las posibilidades de construir alternativas tecnológicas desde América Latina.

Durante el siglo pasado la informática fue considerada por las izquierdas y los progresismos una herramienta clave para la emancipación y la construcción de sociedades más igualitarias. Pero algo cambió. En la era de la inteligencia artificial generativa, las infraestructuras y los discursos sobre la computación están capturados por el capitalismo y la derecha más extrema. La capacidad de imaginar utopías digitales quedó reservada al valle californiano, donde hoy reina un aceleracionismo reaccionario que crece con la amenaza china como combustible.

“El ser humano tiene la capacidad de imaginar el mundo, pero también de intervenir sobre él y transformarlo. Silicon Valley ha entendido esto y los socialistas no”, lanza Ekaitz Cancela, escritor vasco que lleva una década investigando la intersección entre las tecnologías y el sistema. En su último libro, Utopías digitales. Imaginar el fin del capitalismo(Prometeo, 2024), propone la liberación de las energías creativas respecto de la irracionalidad mercantil. Y reapropiarse de los teclados para construir otra sociedad.

Cancela edita The Syllabus, una interesante plataforma de curación de contenidos, forma parte del Center for the Advancement of Infrastructural Imagination (CAII), y es uno de los animadores de la versión hispana de Verso Libros, la famosa editorial marxista. En esta conversación le preguntamos si el tecnooptimismo es solo de mercado, sobre las alternativas realmente existentes y las que van a existir.

En tu libro hablás de utopías digitales, pero los tecnócesaristas —Elon Musk, por ejemplo— también se autoproclaman utopistas. ¿En qué se diferencian estas visiones?

La promesa que desplegaron los neoliberales se basa en que el Estado es altamente ineficiente, no ya en garantizar el bienestar sino también para descubrir las novedades del mundo. Cada vez que quieres encontrar una serie o una película vas a Netflix, Amazon o HBO. ¿Quieres descubrir amigos o un ligue? Los puedes encontrar en aplicaciones privadas. Cada aplicación se convierte en una institución casi fenomenológica que capta la experiencia cotidiana y la mercantiliza. Son una herramienta ubicua permanentemente conectada a los mercados financieros, que lleva esa financiarización hacia cada ámbito de la vida. No apela a un futuro posible, sino que los capitalistas de riesgo gastan enormes cantidades de dinero en crear las aplicaciones para que esa utopía libertariana se convierta en práctica mediante la expropiación de la creatividad: se empaqueta a través del mercado y para eso te diseñan una interfaz que tiene una serie de reglas determinadas para que esa imaginación se plasme en algo que a ellos les sirva para ganar dinero y recopilar datos.

¿Hay una conexión entre esta lógica de Silicon Valley y el fenómeno de Milei en Argentina?

Karl Marx distingue entre una esfera de las necesidades —comer, el techo: lo que algunas teóricas feministas llaman la reproducción social— y una esfera de las libertades, donde emerge la creatividad y la imaginación. En teoría, primero cazas y labras la tierra, y una vez terminado, vas a casa y haces poesía con una copa de vino. Lo que han conseguido los neoliberales es abolir esa diferencia. Ahí está el núcleo de la economía digital: los influencers, los gamers, los criptobros. Trabajar y jugar, la fábrica y el ocio, todo fusionado: estás produciendo valor permanentemente. Y Milei ha entendido este ethos neoliberal que Silicon Valley instaló a un nivel pre racional en las personas para encerrarnos en sus infraestructuras. Milei lo usa para llevar a cabo un giro macabro en el neoliberalismo y propone tener tres trabajos, que se privaticen o cierren los hospitales públicos, que se encuentren en estafas como la criptomoneda Libra la capacidad para ganar dinero. La ideología que entiende que no existe división entre las necesidades y las libertades son los neoliberales autoritarios, que piensan que la única forma de solucionar los problemas en la actualidad es el mercado. Milei lleva a cabo un movimiento ideológico que el peronismo no ha podido responder: entendió que “la libertad” es el concepto a politizar en el siglo XXI. Por eso su espacio se llama La Libertad Avanza. Perón entendía al ser humano fundamentalmente como trabajador, una categoría que hoy ya no alcanza para capturar todo el territorio de la vida subjetiva. Milei llevó a cabo su propia adaptación de Silicon Valley.

informática con características chinas

Mientras en Occidente las grandes compañías tecnológicas concentran poder bajo lógicas de mercado, China suele aparecer como el reverso: un modelo donde el Estado controla la infraestructura digital y despliega sistemas de vigilancia masiva. La pregunta, quizás, sea quién gestiona los datos, con qué fines y bajo qué modelo de sociedad. “En términos de políticas de privacidad, no hay tantas diferencias entre China y Estados Unidos”, afirma Cancela. “Pero es cierto que China puede desplegar cámaras de vigilancia sin el marco liberal de derechos fundamentales que existe en Occidente, y eso le permite extraer cantidades enormes de datos y entrenar modelos de IA”, matiza.

Una de las justificaciones del tecno-optimismo occidental es mostrar a China como ejemplo de lo que pasa cuando el Estado controla estas tecnologías: vigilancia masiva, control poblacional. ¿Qué tan diferente es realmente el caso chino?

Lo primero es entender que buena parte de la hegemonía cultural estadounidense se basa en la búsqueda de un enemigo. Hoy es China; antes fue la Unión Soviética. China, además, está gobernada por un Partido Comunista, que no sé cuánto tiene de comunista, pero mediáticamente es muy útil. China ha pasado de ser un país semifeudal a una megapotencia mundial en cuarenta o cincuenta años, y eso le sirve a Estados Unidos para movilizar recursos públicos hacia el sector tecnológico, financiero y militar. Por otro lado, cuando hablas con académicas chinas y estudias en detalle el supuesto megapanóptico, resulta que en la práctica funciona muy mal: hay municipios muy conectados y otros casi desconectados; las bases de datos de ayuntamientos y la policía no se articulan bien entre sí. Además, yo preferiría darle a mis datos al gobierno chino porque al menos sabría que va a haber una planificación de los recursos a diferencia de aquí, que se van a vender.

¿Qué ideas interesantes ves en China?

Hay un sistema de reputación social alternativa al que ofrece el mercado, que en todo momento ordena las identidades y las marcas de las personas y crea capitales simbólicos o digitales en las redes sociales. Toda la economía de Instagram y de TikTok, por ejemplo, se basa en sistemas de crédito social que centralizan los capitales simbólicos y culturales en muy pocas marcas llamadas “influencers” y el resto no puede desarrollar sus capacidades culturales y simbólicas. ¿Qué ocurriría bajo el neoliberalismo autoritario? Te dirán: «si te manifiestas te subo el alquiler” o “si te manifiestas no puedes salir del país”. Esto es problemático. Pero, ¿qué pasaría si tuviéramos un sistema como el que propone China, no basado ni en la gamificación ultra individual y neoliberal de Estados Unidos pero uno que fomente el altruismo y la solidaridad? ¿Si, como algunas ciudades europeas están haciendo, empezáramos, en lugar de disciplinar y castigar a los usuarios que se comportan mal, a crear un sistema de incentivos? Es decir, un crédito social como el que opera en muchas organizaciones de la militancia: ¿qué pasaría si tú dedicaras 4 horas a la semana a trabajos comunitarios o si tú estuvieras en centros culturales enseñando karate o teatro y cuando llegaras a casa, tuvieras un pack de verduras del huerto comunitario? Un sistema de crédito social que se base sobre el tipo de capital cultural y simbólico que opera en los movimientos sociales y en los espacios culturales que están en los márgenes del mercado y en los márgenes del Estado. Pueden existir alternativas al mercado para fomentar la sostenibilidad, el reciclaje en los barrios. Pero los ciudadanos deberían ceder datos al Estado. Y yo realmente estoy muy a favor de que el Estado me vigile y me mande notificaciones.

Hay algo que me parece central: mucha gente sabe del costo ambiental de usar ChatGPT, sabe que el dueño de X financia a Donald Trump, sabe que sus datos se venden, y aun así lo usa. Ya no importa la conciencia y nuestra actitud se parece más bien al cinismo. ¿Cómo analizás eso?

El cinismo es la patología más contemporánea del mundo. Cuando “no hay alternativa”, solo puedes ser un cínico. Hay una buena parte de gente que usa ChatGPT que no sabe que entre 5 y 50 prompts consumen medio litro de agua; no te llega una notificación que diga: “se han extraído X tierras raras y litio en Argentina”, “se ha utilizado X agua”, “se han extraído X recursos”, “30 mujeres mexicanas le han enseñado ese chatbot, viendo imágenes de suicidios y están destrozadas a nivel de salud mental”, “X niños han trabajado de manera esclava en el Congo”. Las empresas han conseguido ser tremendamente hábiles a la hora de hacer invisibles, con abstracciones como “la nube” o “inteligencia artificial”, toda la economía política que hay detrás. La tarea que tenemos es visibilizar esa opacidad y ofrecer una alternativa que dé lugar a interfaces tecnológicas distintas. El [celular] es una ventana al mundo: ellos han conseguido crearla y hacernos sentir mal por utilizarla. La pregunta no es si somos conscientes o no, sino cómo creamos una economía cibernética donde no nos tengamos que preocupar por nada de esto, donde haya una “caja negra socialista” y tú solo te tengas que preocupar de ser la mejor persona que puedas ser, de cómo te involucras en tu comunidad, de desarrollar una conciencia ecológica, con un sistema que se autorregula, se autogestiona y se sostiene mediante las prácticas diarias de las personas. A eso le llamamos utopía.

tecnoutopías latinas

En 1971 el gobierno de Salvador Allende se propuso crear lo que luego se llamó una “inteligencia artificial socialista”: un sistema informático llamado Synco o Cybersyn, que pretendía apoyar la centralización de la economía nacional. Los trabajadores participaban en la construcción de modelos de empresas estatales, cuyos datos luego se transmitían en tiempo real a un “comité” de siete personas, permitiendo generar estadísticas y solucionar problemas antes de que fuera tarde: una especie de big data primigenia al servicio del socialismo. Hoy, salvo por algunos ejemplos concretos, Latinoamérica parece relegada de la discusión sobre los usos de la informática.

Brasil también está tratando de plantárseles a las Big Tech. Bloqueó X y presentó iniciativas como un proyecto para que los usuarios cobren por los datos que las plataformas extraen de ellos. ¿Qué ves ahí?

Lula está dejando pasar la mejor oportunidad en el siglo XXI para desafiar la hegemonía de Silicon Valley y es porque la correlación de fuerzas que tiene en el gobierno es una mierda. Que la gente gane dinero por sus datos sólo legitima el modelo de negocios de Silicon Valley y bloquear X sin levantar una plataforma de comunicación alternativa no sirve de absolutamente nada. Todas estas medidas sólo están orientadas a llevar a cabo ejercicios de relaciones públicas. Son batallas muy importantes: se problematizan en la esfera pública, pero no vale de absolutamente nada si no hay un doble movimiento, si de manera paralela no se construyen infraestructuras alternativas. Pero el software producido solo en Brasil no serviría de nada si no se crea un GitHub latinoamericano: un repositorio libre internacional donde un país desarrolle tecnología con dinero público y a medida que encuentre una solución a un problema —por ejemplo, a cómo organizar mejor hospitales donde no hay alta conexión— luego lo puede utilizar otro, introducir variables y mejorar la vida de las personas. Ese es el modelo al que hay que ir.

¿Dónde ves destellos de esa economía cibernética socialista? ¿Hay iniciativas concretas en América Latina o Europa que valga la pena mencionar?

Las alternativas y las utopías digitales están en todos los sitios. El único problema es que no están institucionalizadas en un stack común o unificado. El sur global está lleno de mujeres que crean sus propias plataformas para la pedagogía, la cultura y la organización. Todo el movimiento feminista, buena parte de los movimientos decoloniales, desde Indymedia a los zapatistas pasando por el Movimiento Sin Tierra, llevan adelante utopías descentralizadas, autogestionadas y sostenibles. El problema no es que no existan; el problema es que no les damos una infraestructura político-económica para desplegarse. En Barcelona se crearon plataformas de democracia radical (como Decidim). Fue un intento serio de dar una coordinación distinta a la ciudad, un ejemplo de que había un movimiento hacker enorme heredado del 15M. Lo que necesitamos es que los Estados los financien —casi siempre a escala municipal o barrial— y que los que funcionen los escalen e incorporen a un GitHub del pueblo. Una política industrial que financie experimentos de todo tipo y vaya institucionalizando los que den resultado, para que otros países puedan inspirarse. La utopía está en todos los sitios: vivimos la mayor explotación psíquica de la historia del capitalismo y, aun así, no paramos de inventar y de imaginar cómo sería el mundo si no hubiera mercado mediando.

Estás proponiendo una red, alejada de la planificación central que muchas veces se veía cuando se pensaba en la informática como aliada de la construcción del socialismo en los 60 y 70, ¿no? ¿Qué diferencias y qué continuidades hay?

Era un país tremendamente subdesarrollado tratando de nacionalizar su industria y usando ordenadores para apoyar ese proceso. La utopía de fondo de Cybersyn era que cada fábrica en propiedad de los trabajadores tuviera su sala de operaciones para planificar. El propio Stafford Beer [el informático británico que desarrolló Cybersyn] tiene un libro sobre planificar la libertad que creo que hay que recuperar. En último término, de lo que trataba la utopía, era de que los trabajadores explotados por los managers pudieran introducir todo el “big data” que habían acumulado durante los últimos treinta años en un modelo de inteligencia artificial y les permitiera impulsar su creatividad de una manera mucho más altruista. Entonces, yo creo que la perspectiva que tenemos que extraer no tiene tanto que ver con la economía, sino con la cultura. En los peores momentos de represión de Chile había teatros, conciertos, exhibiciones, exposiciones, todo tipo de cursos callejeros: una infraestructura cultural sin parangón en la historia chilena para buscar formas de resistir a la dictadura. ¿Qué pasaría si creáramos instituciones culturales para que toda la creatividad fluyera de la manera más dirigida posible contra el régimen existente? ¿Si esas salas de operaciones no estuvieran en las fábricas, sino en los centros culturales o en las sedes de los movimientos sociales?

Pero en concreto, ¿cómo imaginás un uso socialista de la inteligencia artificial? La IA es, en términos simples, un sistema que encuentra patrones en bases de datos muy grandes y da un resultado. Es la pregunta que se hicieron los cibernéticos socialistas en la URSS —y cuyas ideas fueron rechazadas porque en el Partido les decían: “no queremos que un dispositivo tecnológico sustituya al soviet”. La tecnología siempre es un producto del desarrollo de las relaciones sociales, y la actual es capitalista: maximiza la productividad empresarial, reduce costos, aumenta ganancias. En el plano militar crea sistemas de gobierno soft para que el imperialismo digital yanqui funcione al menor costo posible. ¿Cómo se piensa una inteligencia artificial socialista? Primero hay que responder cómo se piensa la inteligencia humana socialista: cómo serían las bibliotecas del futuro, los hospitales, los museos, los colegios. Y luego, qué IA puede desarrollarse para esa sociedad. Necesitamos más bibliotecas que modelos de lenguaje natural. Con una enorme base de datos digitalizada es relativamente sencillo crear un modelo de lenguaje al que un investigador del CONICET pueda decir: toda la ciencia del país va orientada a resolver el cambio climático y la desigualdad. Puedes desarrollar modelos que predigan enfermedades y dárselos a la gente como servicio público, no que te lo cobre Google por prompt. O crear plataformas culturales públicas donde todos los circuitos teatrales, musicales y artísticos estén integrados y conectados a los clubes, y usar IA para que los usuarios hagan match con el tipo de show o actividad que necesitan esa noche. O invertir masivamente en alimentos, trazarlos con IA y cadena de bloques, hacer predicciones de dieta saludable para las periferias y distribuir cada semana a quien lo necesite las dosis de proteínas y alimentos necesarios para vivir. Crear modelos climáticos propios. Insisto: primero hay que pensar en qué tipo de sociedad queremos. Eso no lo decide un pensador vasco. Será fruto de los acuerdos colectivos a los que lleguemos.