goodbye venezuela

La revolución bolivariana puede haber llegado a su fin de la manera menos pensada. El quiebre tuvo lugar durante la madrugada del 3 de enero, pero en el teatro venezolano las apariencias engañan. ¿Hay una tortuosa persistencia más allá de los gestos evidentes de entrega al imperio? ¿O la continuidad es un acto de subordinación sin decoro? El autor de esta nota vivió en Caracas durante los años chavistas y volvió hace unas semanas para percibir de cerca lo que quedó de aquella odisea.

Este es el momento más difícil de la revolución, me dijeron en 2013 cuando me mudé a Caracas. Era cierto, recién moría Hugo Chávez y comenzaba un tiempo para el cual nadie estaba listo. Trece años después me dicen lo mismo, que este es el momento más difícil de la revolución, y también es cierto. Estados Unidos bombardeó Caracas, los peores presagios de lo que podía pasar se cumplieron, y fueron aún más graves: no hubo resistencia encarnizada, ni la épica del “entran pero no salen» que repetía el chavismo. Con excepción de treinta y dos cubanos y un número impreciso de venezolanos de los últimos anillos de seguridad que enfrentaron a las fuerzas de élite norteamericanas, el resto fue pasividad y shock. Dos horas y media resultaron suficientes para entrar, salir, y dejar un gran silencio en todo el país.

Esa madrugada quebró la historia venezolana en dos. Estados Unidos apuntó, disparó y acertó en su primera agresión militar directa en Sudamérica. Dio en el corazón de un proceso político que tenía una poderosa ingeniería de sostenimiento del poder hacia dentro del país, pero una fuerza militar disuasiva que resultó pólvora mojada. Teatralidad, una de las palabras claves en la política venezolana de estos años: la realidad estaba detrás de las puestas en escena.

Quienes quedaron en el palacio de Miraflores depusieron las armas que no sirvieron cuando debían, y comenzaron las concesiones. Petróleo, minerales, alfombra roja para funcionarios gringos, a cambio de tiempo, levantamiento de sanciones, y la permanencia en el poder político por tiempo aún indefinido. Una entrega bajo amenaza, marcada por el pragmatismo de una dirección que hace tiempo incorporó la máxima leninista de que salvo el poder todo es ilusión. Reinterpretada como “todo puede romperse, negociarse, menos el poder”.

Las concesiones se hicieron semanales, con disonancias dentro del chavismo. Algunos criticaron el desembarco de la CIA en Caracas, apenas unos días después del secuestro presidencial; el cambio express de la Ley de Hidrocarburos, a la medida de las empresas gringas; la extradición a Estados Unidos del empresario Alex Saab (encumbrado como héroe primero, villano ahora, sospechoso siempre); o el sobrevuelo de aviones estadounidenses sobre Caracas en acuerdo con Miraflores (un paseo del Ejército vencedor), con visita del jefe del Comando Sur incluida. El cronograma de entregas sigue como las campanadas de un reloj, donde Donald Trump festeja la obediencia de Caracas, y tiene un negocio redondo donde maneja los flujos de petróleo, dólares y política exterior de Caracas.

La defensa optimista argumenta la necesidad de ceder para ganar oxígeno y la ausencia de opción. Un tratado de Brest-Litovsk caribeño, en referencia a cuando Moscú negociaba en 1918 con grandes pérdidas ante las potencias europeas para sobrevivir. La revolución rusa era entonces naciente y comenzaba su expansión. El proceso venezolano en cambio viene en declive, convertido en dominio sin hegemonía, con pérdida de base social y una mesa de dirección reducida ahora a su último triángulo: Delcy Rodríguez como presidenta encargada, Jorge Rodríguez su hermano al frente del Legislativo, y Diosdado Cabello con su campo de poder. Ceder en esas condiciones cambia radicalmente el horizonte.

el enemigo no ha dejado de vencer

La apuesta principal del Gobierno es la economía. Que las concesiones a Washington abran un flujo de dólares que permitan resolver demandas de servicios, salarios o jubilaciones, luego de años de bloqueos y corrupción a gran escala. Revertir con eso un estado de ánimo social adverso que tiene tres demandas centrales: la paz social luego de tanta confrontación, la estabilidad económica luego de tanta penuria, y el cambio político luego de tanto loop de discursos, apellidos y agotamiento del espectro. Lo primero en esa ecuación (para el Gobierno) es que entre dinero a los bolsillos, el sueño de que los petrodólares hagan su magia como otras veces en el pasado.

Por eso, cuando se pregunta en cualquier encuesta callejera cómo está la situación en el país, la primera respuesta es económica. Ese es el centro de gravedad, la expectativa o desesperación principal. Luego viene lo político: relatos dispares de cómo se vivió el 3 de enero, qué se pensaba cuando caían las bombas, cuál sentimiento se tuvo al ver a Maduro esposado, cómo se percibe el regreso de Estados Unidos que recuperó uno de sus antiguos reservorios petroleros, o la opinión sobre quienes quedaron al frente en Miraflores.

“Ahora sí somos colonia. Yo no quiero la bota de nadie aquí, y ellos con ese desmadre provocaron eso, Maduro y su combo. Ahora se llevan el petróleo gratis, le cobran a todo el país. Es igual en tu país Argentina, casi todos somos colonia”, me dice un viejo mototaxista de los que aún se resisten a usar aplicaciones. Un “pure” como se conoce en Caracas. Una explicación entre las muchas en una sociedad desmovilizada y cauta.

El país está en un limbo. El Gobierno sigue con una nueva presidencia, se toman medidas negociadas con Washington, y nada cambia: no llega lo nuevo, tampoco sigue lo viejo, el país vive su propio interregno con agotamiento, confusión y una distancia siempre más grande entre el idioma de la política y el de la calles. En ese interín vuelve incluso a ponerse en debate el sentido del pasado reciente del chavismo y la oposición. “Ni siquiera los muertos estarán a salvo si el enemigo vence”, decía Walter Benjamin.

Cada quien arma su explicación ante la vacancia de un argumentario oficial. No es nuevo: el Gobierno, amparado en el bloqueo estadounidense, decidió años atrás restringir las informaciones públicas, moverse detrás del telón para sortear las sanciones. Se formó un Gobierno sin rendición de cuentas y la opacidad se extendió de la economía al conjunto de la vida pública, incluyendo a los resultados electorales y la multiplicación de detenciones de personas con denuncias posteriores por los abusos recibidos.

Se pidió creer sin ver, o contra las propias evidencias. Creer en la dirigencia, la apelación a su estrategia superior, su capacidad para maniobrar en la tormenta. La revolución se convirtió en un acto de fe.

la gramática de las bombas

Como siempre es el momento más difícil de la revolución, nunca es momento de disentir, criticar o debatir: alimenta al enemigo y desmoraliza a los propios. Así creció un gran silencio, un repliegue de voces del chavismo, una imposibilidad de nombrar elefantes que se multiplicaron en la habitación. En medio de ese silencio cayeron las bombas la madrugada del 3 de enero, impactaron con toda la violencia de un imperio (concepto que volvió a estar de moda) que anunció que América Latina y el Caribe deben estar sometidos hasta el ridículo.

Venezuela fue el gran objetivo: Washington la rodeó económicamente durante años, militarmente durante meses, hasta que asaltó el cielo de Caracas, ingresó al Fuerte Tiuna, secuestró a Maduro y Cilia Flores, y se retiró. “Primero se escuchaba el silbido, luego la explosión, el terror, no sabía qué pasaba”, cuenta una amiga que estaba cerca del epicentro esa noche. No hubo tiempo para comprender la magnitud del temblor. A los pocos días comenzaba la aceptación pública de la derrota, la agenda de cambios exigidos y el trueque de lenguaje. Así fue Venezuela en todos estos años: nunca hubo espacio para respirar, a cada ola le siguió otra un poco más grande.

La revolución bolivariana aún es objetivo de la Casa Blanca y el Departamento de Estado, que buscan empujarla a entregar sus símbolos y realizar las reformas liberales sin la resistencia que tendría un gobierno opositor. Que la revolución desmonte lo que queda de la revolución en nombre de la revolución, para luego desalojar a su dirección del poder político.

Lo que sucede en Venezuela es además una lección regional: las bombas y la entrega. Todos tomaron nota la madrugada del 3 de enero, desde Claudia Sheinbaum, Gustavo Petro, Lula da Silva, Miguel Díaz Canel, hasta los presidentes aliados, que fueron a las semanas a la casa real de Mar-a-Lago, a jurar lealtad y sumisión a Trump. El presidente logró un golpe de fuerza en el tablero regional más desintegrado y desorientado en lo que va de este siglo.

El resultado embriagó a la Casa Blanca, que lanzó luego su aventura iraní donde está ahora empantanada, y en la impotencia redobla su amenaza contra Cuba. La Habana responde que no es Venezuela, que no se equivoquen, pero América Latina y el Caribe están envueltos en la gramática de las intervenciones y las operaciones encubiertas de una CIA con esteroides, desplegada ante los cárteles reconvertidos, según Washington, en Organizaciones Terroristas Extranjeras en Colombia, México, Venezuela y ahora Brasil. Las reglas del juego cambiaron y comenzó por Caracas.

lo mas seguro es que quién sabe

Las especulaciones sobre las próximas elecciones abundan. Se estima que podrían celebrarse después de la votación de medio término en Estados Unidos este año (la esperanza progresista de un freno a Trump) y antes de las presidenciales de 2028. Un lapso de poco menos de dos años que le permitiría al Gobierno mejorar variables económicas, sostener su nivel organizativo, buscar perdones sociales por los errores políticos, los graves abusos institucionales que reconoce ahora parcialmente (8.740 personas con libertades otorgadas en 63 días con la Ley de Amnistía) y renovar el discurso político con el riesgo de ser acusado de traición a lo interno. Salir de la zona de minoría atrincherada, para dialogar con un país herido que atravesó las siete plagas.

Su oponente es aún borroso: el gran ánimo social que le es contrario, la crisis de representatividad, una oposición dividida en un archipiélago de dialoguistas, oportunistas, viejos liderazgos, dirigentes fuera del país con prontuarios golpistas, en particular María Corina Machado que espera la luz verde de la Casa Blanca para regresar a Venezuela. Ella jura poder sublevar al país, Trump desconfía de su capacidad: su interés ahora son los negocios, y usar el secuestro de Nicolás Maduro, Cilia Flores y el petróleo venezolano como triunfo de vitrina para exhibir en cada emergencia.

El oficialismo tiene dos años para recomponer poderes del Estado degradados, poner fin a las sanciones económicas, ofrecer libertad de candidaturas y lograr un acuerdo sobre el día después de las urnas para que la posible salida del poder no sea una sentencia de persecución o traje naranja. ¿Una elección así sería una resolución al conflicto venezolano? Una parte, en la superestructura política de representatividad, que es una de las facetas de una policrisis que se extiende a los planos de la ética, la institucionalidad y la economía.

Los días siguen mientras tanto. Y si bien, como dice el dicho venezolano, “lo más seguro es que quién sabe», algo parece haber terminado: el lugar de Venezuela como parte de la arquitectura geopolítica del campo de países que tienen como punto en común la oposición a Washington. Ahí donde el chavismo ocupaba un lugar destacado en la región. Cada concesión aprieta un poco más el amarre, y recuperar autonomía no parece posible en los tiempos venideros.

El país, su economía, su política, vuelve a reconectar sus arterias con Estados Unidos: los vuelos Miami-Caracas, los barcos petroleros con destino a las refinerías de la costa este, las reuniones en inglés, el desembarco de la inteligencia estadounidense en Caracas, sus brindis en el hotel Marriott y degustaciones de arepas en Altamira o Chacao. Un golpe para el chavismo y su antiimperialismo estructurante, un alivio para quienes vieron los años de enfrentamiento con Estados Unidos como un error en un país tan permeado/dominado/imbricado a Washington desde la aparición del petróleo. Al fin se vuelve al cauce natural, piensan muchos. Nada de Beijing, Moscú o Teherán: Mayami nuestro, otra vez. Por el momento el país está en la antesala de lo que vendrá. Que podría ser una continuidad con ruptura encabezada por quienes quedaron en Miraflores, un reseteo revanchista capitaneado por Estados Unidos con un administrador local de presidente, un reencuadre democrático general para un país que aprendió a reinventarse más allá (o a pesar) de la política. Un país que cambió, por los traumas del éxodo, la sobrevivencia colectiva o desesperada, la violencia, los dolores de cada campo y la necesidad de reconstruirse hacia lo que viene. Y lo que viene en Venezuela es justamente lo que nadie sabe con exactitud.